yoconociamuelle

Jorge Gómez Soto, Yo conocí a Muelle, SM.

 

Acabo de terminar de leer Yo conocí a Muelle, libro de Jorge Gómez Soto publicado por SM en su colección Gran Angular. Llevaba tiempo queriendo leer a este autor (y este libro que es, acaso, su título más conocido) y por fin, después de conseguir el libro, lo he podido leer y disfrutar en estos días.

La novela nos cuenta la historia de Luis, un chaval de quince años que se está iniciando en el mundo de los grafitis, para ello cuenta con la complicidad de su amigo Hot y de un mentor muy especial, Spirit. La historia de esta expresión artística que llegó a España en los años ochenta de la mano de grafiteros tan relevantes como Muelle y que fue tomando las calles en la década de los noventa transcurre paralela a otra pequeña eclosión artística y también urbana, se trata de la aparición de los narradores urbanos, de los nuevos cuentistas. Entre estos dos ámbitos artísticos Luis, animado por Ana, acaba por dejar el espray y el rotulador para dedicarse a contar cuentos.

Como el propio autor me comentó, los cuentacuentos son los grandes olvidados de esta novela que es, sobre todo, conocida por las aventuras de los grafiteros. Sin embargo la presencia de la narración oral a lo largo del libro es abrumadora y nos sumerge de lleno en un momento de gran ebullición cuentera en cafés de la ciudad de Madrid en los que grupos (muchos de ellos provenientes de talleres) se dedicaban a contar regularmente. Este bloque de mi estudio sobre la historia de la profesionalización de la narración oral en España está perfectamente descrito en el libro.

La primera aparición de un cuentista en un escenario ocurre en la página 30:

[Luis, escapando de la policía, entra en un bar donde alguien está en un escenario y] "Entonces empezó a hablar, nada más y nada menos, y fue como si alguien hubiese quitado el volumen a los murmullos de alrededor." (p. 30)

 
Sin embargo ya desde la primeras líneas nos encontramos enredados en las palabras de un narrador excepcional, el propio Spirit, personificación de las diversas propuestas de la novela:

"De este estilo eran las historias que nos contaba Spirit, casi con los ojos cerrados, recreándose con sus palabras. Sabía en qué parte del relato meter tensión, dónde hacer una pausa y cuánto tiempo debía durar esta, el punto donde debía alzar la voz con énfasis... No, no era la primera vez que las narraba.
Su voz abrumadora poblaba nuestra imaginación..." (p. 10)

El protagonista, al escuchar los cuentos, se siente literalmente "transportado". Y este es el punto de partida (este y la relación que nace entre él y Ana) para que Luis vaya acercándose más y más al mundo de la narración oral.
Habrá más momentos de cuento junto a Ana, de hecho, hay un momento muy interesante en el libro que es cuando ambos van al emblemático Café Libertad 8 a escuchar a un grupo de cuentistas ("Los fabulosos") y el narrador (ojo, en este caso literario) va analizando los diversos estilos de los cuentistas. (p. 63 y siguientes).
Más adelante, cuando Luis quiere declararse a Ana lo hace contando/leyendo un cuento, su primer cuento (p. 97), es muy interesante "ver" el paso desde el parque hasta la narración:
"Me puse en pie de un salto y, súbitamente, la historia inundó mi cabeza como un extraño mareo. Los bancos, los columpios, el césped... el parque entero se diluyó, y de la pasta viscosa resultante surgió el último vagón de un metro [donde transcurrirá el cuento]".

Hay también algunas incursiones en cuestiones como el repertorio, la creación, la oralización:
"Hasta entonces mis cuentos habían surgido sin premeditación. En ningún momento me había sentado con el propósito de escribirlos o con la obligación de que se me ocurriese una idea. Quizás por eso habían aparecido con tanta facilidad. Pero con este, los días pasaban y no saltaba la chispa.
Terminó la primera semana y la sequía continuaba. No puede decirse que estuviese histérico, pero los nervios empezaban a hacer todo más difícil." (pp. 120-121)
"Me pareció demasiado largo (...) Tenía que reducirlo, sacar el hacha y cortar de aquí y de allá. Pero el sacrilegio no terminó ahí, sino que además decidí cambiarle de lugar y tiempo. (...) Tuve que pelearme casi con cada frase (...)" (p. 121)
"La ventaja de haberlo elaborado yo mismo era que no tenía que aprendérmelo desde cero, sino que todo me sonaba mucho. Lo leí en voz alta no menos de veinte veces. Las primeras lecturas me sirvieron para cambiar algunas frases que, aunque escritas pareciesen impecables, a la hora de recitarlas no terminaban de sonar bien." (p. 122).
"Luego pasé a la memorización. (...) Hasta que al fin retiré los folios, me levanté y conté varias veces el cuento a las paredes de mi casa." (p. 122)

Caben también momentos para conversar y aprender de otros cuentistas:
"ya se había enterado  de que me había picado el gusanillo de los cuentos, me preguntó por los problemas con los que me encontraba al escribirlos o al contarlos, me ofreció algunas soluciones o consejos, aunque también añadió que el mejor aprendizaje era la práctica, como en casi todo.
Uno de los trucos que le solían venir bien a él era, nada más subir a un escenario, fijarse en una persona del público: un rostro agradable que no estuviese muy cerca, para que no se diese cuenta, y contarle a esa persona el cuento.
-Tampoco debes estar todo el rato mirándola. Hay que pasear la vista por el resto de la concurrencia. Pero siempre ayuda tener ese rostro ahí, como un campamento base al que regresar y donde descansar hasta el próximo paseo." (pp. 123-124)

Y una primera vez: en las páginas 126-131 podemos ver a Luis contando su primer cuento en público y, mientras cuenta, pensando en las sensaciones que percibe. Y sobre todo podemos ver cómo va pasando de los nervios iniciales a una situación mucho más relajada y feliz. Nos topamos con frases como:
"El Refugio son ojos que me miran, incluso desde zonas donde no hay gente." (p. 126)
 "Me tiembla la voz. Lo noto yo y lo notará todo el mundo. Tengo pánico de quedarme en blanco o de atascarme en mitad de una frase. Me va a entrar hipo. Les va a aburrir el cuento. Hay algunas toses que son risas camufladas. Nunca más volveré a contar un cuento en público. Miro a Ana como único refugio para esta crisis de pesimismo." (p. 128)
"Ángel [un cuentista] afirma con la cabeza dándome a entender que le gusta lo que escucha. Es tan valioso cualquier gesto cuando tienes tan poco a lo que agarrarte..." (p. 128)
"Solo se oye mi voz en el silencio subyugante de la sala" (p. 129)
"No sé si es bueno o malo, pero me voy olvidando del público a medida que avanza la historia. Me centro más en lo que tengo que hacer y, aunque mire a Ana, no lo hago como antes, para recuperar la serenidad, sino como simple disfrute compartido." (p. 131)

Es interesante ver cómo Luis va entrando en el mundo de los cuentos contados y se va alejando del grafiti.
"Con los cuentos, todo me había sucedido de una forma extraña, como ajena a mí (...) y yo estaba encantado de que fuese así." (p. 136)
"Más o menos contaba cada dos fines de semana. Muchas veces, como el resto de miembros [de "Los fabulosos"], repetía historias. Porque la inspiración no llegaba a su hora, porque no me daba tiempo a prepararme bien una nueva  porque me había sentido muy cómodo al contarla." (p. 136)

Y, por último, este párrafo resulta especialmente interesante (desde mi punto de vista), al hablar sobre la elaboración en vivo de los cuentos:
"Lo bueno de actuar tan a menudo era que recibía una opinión inmediata de mi trabajo. Si observaba que en un pasaje la gente perdía la atención, en la siguiente ocasión lo abreviaba, le daba un nuevo enfoque o lo eliminaba; si no se reían como había previsto, trataba de sobreactuar para ver si era una problema del cuento en sí o de mi forma de contarlo. Potenciaba aquellos momentos que sentía que cautivaban al público, ensayaba distintas formas de contar un mismo pasaje, borraba de mi repertorio aquellas historias con las que, no siempre por motivos conocidos, me sentía incómodo en el escenario...
Aprendía a gran velocidad: me lo decían y yo lo notaba. De los momentos solitarios de escritura salía un primer ensayo de cuento que desarrollaba ante el público con el método, casi científico, de prueba y error.
Nada era definitivo, todo se podía modificar, y eso me quetaba presión a la hora de escribir y de contar." (pp. 136-137)

Hay también otras reflexiones interesantes a raíz de los cuentos contados:
"Solemos darle demasiada importancia a saber si algo es real o no -continuó Ana-. Es un error, pues todo es real: este parque, tú, yo, lo que nos cuentan, lo que leemos, lo que vemos, lo que imaginamos, lo que soñamos... Todo es real, todo existe." (p. 99)
"El mundo tendría ue estar lleno de Spirits. ¿Por qué siempre tratamos de separar lo que es real de lo que no, como si temiésemos que lo uno se fuese a contaminar de lo otro? Todo es real, todo existe (...) La memoria recrea, distorisiona, retoca, inventa la realidad, juega con ella. y eso es bueno. Si la imaginación no se entrometiese, todo sería muy aburrido, nos convertiríamos en notarios de nuestras vidas."  (pp. 116-117)

Como os podéis imaginar, el libro me ha encantado, me parece una novela muy valiosa para que los lectores jóvenes puedan acercarse al ámbito de la narración oral, sólo por eso ya creo que es un libro imprescindible. Muy interesante para mi oficio. Pero es que además sucede que la novelita me ha gustado, me ha tenido enganchado desde el primer momento. Y me he quedado, sobre todo, prendado de Spirit.
Un libro imprescindible. Totalmente recomendable.
Saludos


Comentarios   

#1 Juan Alfonso 27-03-2013 14:11
Menudo hallazgo, es fácil sentirse parte de esa historia que hemos vivido punto por punto. Un apunte, el truco que comentas de la página 123-124 es un viejo truco de cómico de los años 40, de los que representaban a Mihura y Jardiel Poncela. El cómico detectaba al inicio al que tenía la risa floja para centrarse en él y que la risa se contagiase a los de alrededor, y de ahí al teatro entero.
Gracias por la reseña.

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