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Cuando empecé a narrar allá por el año 1993 me atraía mucho contar historias Inuit y me solía preguntar a mí mismo que derecho tenía yo de contar esas historias. Si una historia no es de mi cultura ¿por qué tengo tantas ganas de contarla?, y ¿cómo puedo llegar a su esencia?, ¿cómo?, si nunca he estado en los lugares de donde proceden esas historias.
Esta era una pregunta muy difícil para mí.

Paul Jakson

No tenía el dinero para visitar esos sitios ni el ingenio de intentar encontrar la manera de viajar a aquellos lugares.
Primero simplemente continué narrando esas historias. Posiblemente de mala manera, pero había algo en mí que estaba conectando con algo en ellas. Necesitaba sentir las historias a través de su narración. Hay un momento en la narración cuando las historias pasan a formar parte de ti y tú a formar parte de ellas. Ya no hay una división entre tú y ellas, no las estás recordando ya que te estás convirtiendo en las historias como si te trasportaras al lugar donde ocurren. Se convierten en totalmente reales y así lo sientes. Las empiezas a ver y sentir desde diferentes perspectivas. ¡Las historias comienzan a cobrar vida!

Y tú te das cuenta de que la historia está tratando de compartir algo asombroso contigo.

Parece que ciertas historias inuit pueden hacer esto. Pueden meterse en tu interior y despertar tu corazón, tus emociones, tu compasión y tu comprensión.

Como historias que son han sido dotadas de llaves que nos sacan de este mundo moderno e indiferente y nos dan acceso a algo mucho más rico y gratificante.

Al abrirte de esta manera, empiezas a creer en algo mucho más profundo que hay en ti, ya que ciertas historias empiezan a llegarte al corazón, a las emociones y hasta los mismos huesos.

Como yo no había llegado a ese punto todavía empecé a investigar la condición humana. Investigué sobre los grandes viajes que hicieron nuestros antepasados.

Aquellos viajes a través del “puente” que llegaba a las Américas desde Siberia hace 15.000 y 20.000 años. Primero investigué mucho sobre lo que se sabía de los primeros humanos en las Américas. Como se extendieron a través de ese puente de tierra y despacio con el tiempo alcanzaron América del Sur. 

Como narrador visualicé ese viaje y vi al Sol y la Luna en su inmensidad descansando en el puente de tierra con un estrecho camino entre ambos. Después pasé un tiempo desarrollando una sesión de narración basada en el folclore conocido. Las historias de Siberia son muy parecidas a las historias del lejano Norte de las Américas, incluida las Inuit. Por lo que la sesión estaba centrada en una sola y pequeña tribu que cruzaba de un continente a otro llevando con ellos los huesos de sus ancestros. Utilizaba instrumentos que hacían sonidos atemporales. Golpeando sobre trozos de madera hueca y pequeñas piedras.

Como narradores nosotros llegamos al espacio que hay detrás de las palabras y es ahí que reposan la verdad de las historias que, aunque fueron creadas hace mucho tiempo, han sido recordadas y recontadas tantas veces que parecen yacer en la memoria de cada uno.
Por lo que llegué a estar en paz conmigo mismo. Ya no necesitaba hacerme preguntas: ¿Qué derecho tengo a narrar historias tribales? Sabía que mi motivación era que sentía una profunda conexión espiritual, emocional y creativa con ellas. Sé que hay una conectividad universal que se trasmite a través de las historias que me alcanza y me dice: “Anda aquí, respira aquí, esto somos nosotros”.

Hay dos historias de los Inuit que continúan ahondando en mi entendimiento de mí mismo y son historias que me encanta contar.

La mujer esqueleto

Esta historia es estudiada a menudo en Occidente. Es una metáfora que nos habla de como la crueldad, el compañerismo, la soledad y la duda son comunes a todos nosotros.
La mujer esqueleto empieza con un problema que es desconocido por nosotros pero que es tan grave que lleva a un padre a arrojar a su hija al mar desde un acantilado. Él ya no puede hacer nada por ella... sola, tirada y despojada, su carne es comida pos los peces que viven en la bahía. Al día siguiente los pescadores Inuit se van a pescar y notan que algo horrible ha pasado, pero no están al día de la chica desaparecida. Ella les observa muerta, debajo de las olas y los pescadores perturbados, abandonan la bahía y pescan en algún otro lugar.
En la historia los años pasan, muchos años pasan y nadie se atreve a adentrase en la bahía ya que les da miedo pescar. Luego, un día, hay una gran tormenta en el mar abierto y un pescador forastero se adentra en la bahía para guarecerse.
Cuando el tiempo mejora no vuelve al lugar de donde vino ya que ve que hay muchos peces y nadie que los pesque. Prepara su caña y anzuelo, y empieza a pescar, y lanza su hilo y anzuelo muy profundo hasta que se engancha en las costillas del esqueleto de la chica. Entonces comienzan una serie de viajes terroríficos en los que haga lo que haga el pescador no puede escapar. Ya que una vez que pesca a la chica ella sale del agua creyendo que ese hombre es su padre y ella se quiere vengar. Aterrorizado el huye en su kayak a través del mar abierto mientras ella la persigue atravesando las olas, desapareciendo y volviendo a aparecer. Allá donde él vaya ella le sigue.
Esta historia termina tan extrañamente como empieza. El pescador llega a su tierra perseguido por la chica. Trepa por un acantilado seguido por ella. Cuando llega a su iglú ella le sigue. Ella se tumba silenciosamente a sus pies en la oscuridad y la voz de ella le calma. Él sigue vivo, pero ¿qué es lo que ha pescado? Y El pescador ve el hilo de su caña de pescar enrollado alrededor de los huesos de ella y decide liberarla, y la arropa con una piel de foca. Luego, agotado, decide descansar. Mientras él duerme ella le vela y ve la vida de él encapsulada en una lágrima que baja por la mejilla del pescador. La lágrima contiene todas las pesadillas que ha tenido sobre ella y sus miedos hacia ella. Ella desea la lágrima y acerca su calavera a la cara de él hasta chupar la salada lágrima. Entonces oye el corazón del pescador latir bajo la su ropa y recuerda como era la vida antes de que su padre la denegara la vida.
Ella quiere el corazón del pescador por lo que mete su mano en el pecho de este y rasgando su piel se lo roba. Todo mientras él duerme. Ella crea un segundo corazón y sujeta ambos corazones en sus manos, ambos latiendo y empieza a recordar como solía ser... su piel, sus pechos, su sonrisa, su voz, su pelo, sus ojos oscuros, su aspecto, su olor. Su cuerpo vuelve a tomar forma alrededor de sus huesos mientras sus venas vacías esperan un corazón. Ella se pone su corazón y le devuelve al pescador el suyo, y se enrolla fuerte en torno a él.
La historia llega rápido a un final abrupto, cuando a la mañana siguiente los hijos del pescador primero encuentran el kayak vacío del padre y después el iglú vacío con sangre por todas partes. Eso es todo lo que los niños ven mientras su madre llega y al verlo todo empieza a llorar.

Esta historia es brutal y misteriosa y deja muchas preguntas sin contestar.
Esta historia deja un sentimiento de verdadera incertidumbre. Una de las cosas que hace que esta historia sea tan poderosa es la perdida de esperanza tanto al principio como al final de la misma, dejándote dentro de ella, con incertidumbre. Narrarla te deja con incertidumbre también. Pero, hay una querencia a dejar la historia tal y como es. El final es que el que es y no hay conclusiones, no hay un “felices para siempre”.
Esta historia es perfecta para adolescentes de alrededor de los 15 a los 18 años. También es una historia interesante para trabajar el camino narrativo y las puertas abiertas que hay en ese camino, y ver lo que se esconde detrás de ellas.

Mi segunda historia Inuit no podría ser más diferente a la anterior y nos enseña todas las cualidades que los antiguos grupos tribales tenían... el entendimiento de la naturaleza, la generosidad y el aprendizaje.
En nuestras vidas a veces sentimos que no llegamos a formar parte de la comunidad, que nos quedamos fuera de ella. Como si un elemento de la vida se nos hubiera escapado. En esta historia la comunidad cuida de la anciana. El cuidado viene en forma de comida. Los hombres jóvenes de la aldea cazan y pescan y siempre la dan algo.
Amo esta historia por el profundo valor emocional que la anciana le da a su deseo de dar amor, o de su realidad al principio de la historia en la cual no es capaz de dar amor.
Ella quiere, por encima de todas cosas en su vida, tener su propio hijo. Uso esta historia en talleres porque cosas como el cuidado y la capacidad de amar son absolutamente inherentes a la condición humana, y nosotros como narradores a menudo nos sentimos atraídos por historias que contienen nuestros propios anhelos y nuestros deseos no satisfechos.

La anciana cuyo hijo era un oso polar

En la historia es finales de invierno y una anciana va todos los días a los acantilados cubiertos de hielo y nieve y les habla a los dioses y les suplica tener un hijo. Pasan años y más años y sus ruegos no obtienen respuesta, pero ella insiste. Un día mientras ella ruega a los dioses delante de ella ve un pequeño oso polar encima de un trozo de hielo flotante.
Ella le pregunta: “¿Dónde está tu madre?” El osezno la mira.
“¿Estás solo como yo?” Pregunta ella y el osezno la mira.
“¿Vienes conmigo? ¿Quieres ser mi hijo?” La cría de oso polar la llama.
Ella se acerca al animal salvaje creyendo que los dioses han hablado.
La anciana le pone a su hijo Kunik y sujetándolo en sus brazos les da las gracias a los dioses por el regalo más grande de todos.
Vuelven a la aldea y la gente se acerca al oír a la anciana cantar y ven al oso polar correteando delante de ella. Los niños les siguen a su iglú y piden jugar con Kunik. Los niños y el osezno juegan en la nieve, persiguiéndose y tropezando. Y así todos los días. Por la noche la anciana envuelve con sus brazos a su hijo, el oso polar, y duermen arropados en su iglú. La primavera ha llegado rápido y los niños piden llevar a Kunik a aprender a pescar. El oso va y cuando coge su primer pez se lo lleva a ella. Sentada fuera del iglú corta el pez en dos y juntos comen. Cada día él vuelve a casa con una captura. Después de algunos días vuelve dos veces al día con cada vez más capturas, cada vez un pez más grande hasta que una tarde de finales de verano habiendo crecido mucho, el oso llega a la aldea habiendo cazado una foca. Un anciano que lo ve siente una gran vergüenza ya que ese oso se ha convertido en un gran pescador incluso mejor que todos sus hijos.
Se dejan llevar por lo celos que se convierten en miedo.
“¡Es peligroso! ¡Míralo!” dice alguien. “¡Que grande! ¡Es un animal salvaje!” Alguno de nuestros hijos pronto morirá por su culpa. “¡Deberíamos matarlo!” Sí... todos estaban de acuerdo en que el oso debía morir. Usaría su carne para alimentarse durante el invierno.
Un niño lo oye todo y sube la colina hasta el iglú de la anciana.
Cuando escucha lo que han planeado para su hijo, la anciana va a la casa del anciano y suplica por la vida de Kunik. “¡No es peligroso! ¡Él es mi toda mi vida! ¿De qué sirvo sin él? ¿De qué sirvo si no puedo dar amor?”.
Pero ellos no escuchan y la dicen que está ciega, que es una ignorante, y que no ve que es un animal salvaje y que sus hijos están en peligro. Al no poder convencerles la anciana vuelve a su casa y abrazando a su hijo le dice que debe irse de inmediato. Que si no él morirá. “Vete y yo te encontraré”.
El oso huye a través de la nieve y ella pasa cinco noches sola, sin poder dormir. No acepta comida de los aldeanos y llegado el momento se va en busca de su hijo.
Ella anda un día entero hasta que se desmaya. Tendida en el suelo a punto de morir el oso aparece, olfatea su piel, se va a pescar y vuelve con un gran salmón.
“¿Quieres que viva?” él la mira. “¿Por qué?” él la mira.
“Muy bien” ella corta el salmón en dos, pero él no come y cuando ella ha terminado el oso le da su mitad a ella.
“Ya veo...” dice ella. “Estamos unidos. Vendré a visitarte aquí”. Ella se pone en pie y se va a casa.
Cada día ella le busca y pasan semanas hasta que un día el anciano la ve volver a la aldea y dice: “Parece que estábamos equivocados. Mira como regresa todos los días. Nos ha enseñado lo fuerte que es su amor por su hijo y lo débiles que somos nosotros. Su amor es más fuerte que nuestro miedo. Dejemos a su hijo volver a la aldea”.
Kunik vivió entre los Inuit hasta que años después un viento del sur vino y se llevó el alma de la anciana al norte. Ese día, Kunik salió del iglú de la anciana y mientras el fuego consumía el cuerpo de ella, Kunik abandonó la aldea y nunca más fue visto.

Paul Jackson

Para conocer algo más sobre Paul Jackson, puedes verle y escucharle en esta entrevista. 

Este artículo pertenece al BOLETÍN Nº 55 de AEDA - INUIT. Las historias del gran norte.


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