A todos los refugiados del mundo
A Buschra, Dhanun, Sayf y Yusuf
 

Mi primer contacto con el mundo de los cuentos palestinos de tradición oral fue allá por el año 1992 a través de una recopilación que, mi profesora, Carmen Ruiz Bravo-Villasante, me prestó y, cuya traducción y análisis, me propuso como proyecto de tesis doctoral. Después la vida y sus misterios me llevaron a México en donde tuve la suerte de conocer al que se convertiría en mi mentor y “maestro de maestros” en materia de tradición oral: Aurelio González, experto en Romancero y teatro cervantino. Con él aprendí la aproximación científica y académica a la tradición oral: metodologías, grandes teóricos y folcloristas, pero, sobre todo, me enseñó a comprender y amar esta área del saber más ancestral y auténtico de los pueblos. 

En 1994 hice mi primer trabajo de campo en Yarmuk, un campo de refugiados palestinos ubicado a ocho kilómetros del centro de Damasco. Joven e inexperta, y con tan solo un mes para realizar tamaña proeza, me di de bruces con la cruda e hiriente realidad; la de los refugiados palestinos, la de la gente refugiada, esa que se ha visto obligada a abandonar su casa, su pueblo, su país, su vida, para emprender el camino a la incertidumbre, a la miseria y a las penalidades, al olvido. 

Los refugiados palestinos se establecieron en Yarmuk 1948 tras verse forzados a abandonar su país por el entonces recién reconocido estado de Israel. En la época que yo lo visité, el campo parecía un barrio más de la ciudad, puesto que las tiendas de campaña con los años se habían convertido en casas y edificios no muy diferentes a los del resto de Damasco. Sin embargo, a pesar de la aparente normalidad del barrio y sus habitantes -completamente integrados, la mayoría educados y profesionales- a la hora de las entrevistas, puede comprobar que las heridas y penalidades que cargaron en su viaje como refugiados seguían ahí. Cada vez que les pedía que me contaran algún cuento de su tradición, respondían con otro tipo de historias, casi siempre relacionadas con sus traumáticas experiencias de persecución, balas, cárcel, hambre, frío, muerte. Y por esas heridas tan profundas que afloraban en casi todas las entrevistas, la sesión cuentística acababa truncada y convertida en llanto y abrazos colectivos. En muchas ocasiones, dichas sesiones cuentísticas ni si quiera llegaban a empezar, porque, en más de una ocasión, la desconfianza hacia una extranjera que venía a recolectar cuentos de su tradición oral, se tornaba en sospecha real de que la supuesta investigadora más bien podría ser una espía del régimen sirio al que ya entonces tanto temían. 

A pesar de que mi primer trabajo de campo fue una experiencia dura y poco fructífera –a penas recogí 7 u 8 cuentos en total– tuve la gran suerte de poder vivir con una familia palestina, la familia Qazaq, con la que aprendí muchas de sus tradiciones, y a la que acabé adoptando como una verdadera familia. En la actualidad, los Qazaq, se encuentran sanos y salvos viviendo en Barcelona donde, tras la catástrofe siria, han comenzado una nueva vida. 

Mi segundo trabajo de campo también fue con refugiados palestinos; esta vez en Líbano en el verano del 2003. Por aquel entonces, yo ya había escrito mi tesis doctoral y publicado mis primeros libros basados en la misma. La vida y sus misterios me habían llevado esta vez a Estados Unidos donde trabajaba como profesora en la Universidad de Chicago. En aquella ocasión decidí trabajar como voluntaria con una ONG palestina, Al-Najdeh, dedicada a mejorar la condición de vida de los refugiados palestinos de los numerosos campos ubicados en Líbano a través de cursos de formación, escuelas, bibliotecas, hospitales, etc. 

Esta segunda experiencia fue mucho más dura que la primera puesto que me destinaron a uno de los campos de refugiados más conflictivos y peligrosos de Líbano: Ayn al-Helwe. Este campo es como una pequeña Palestina en miniatura, sus refugiados llegados principalmente de las regiones del norte, se han distribuido en el campo según sus ciudades y pueblos de origen. El ejército y la policía libanesa no pueden entrar en su interior, aunque la entrada y sus alrededores están fuertemente vigilados. Sin embargo, son los propios palestinos los que se encargan de su organización y administración. Su peligrosidad radica en que en él operan numerosos partidos políticos y religiosos armados. Las rivalidades y rencillas entro los mismos se saldan la mayoría de las veces a tiro o bombazo limpio, con lo cual es habitual escuchar el ruido de la metralla o de las bombas, sobre todo por las noches. Además de esto, Israel, ha bombardeado en varias ocasiones el campo con la excusa de que estaba lleno de terroristas y con la impunidad que caracteriza a todas sus acciones contra los palestinos dentro y fuera de su territorio. 

La entrada de extranjeros al campo está completamente prohibida, pero con la ayuda de algunos miembros de la ONG al-Najdeh puede entrar de manera clandestina y residir dentro del campo durante un mes. Mis tareas como voluntaria estaban todas enfocadas al campo de la educación. Por las mañanas ayudaba a las maestras de una escuela de verano, algunos días apoyaba también en un centro de alfabetización de mujeres, y por las tardes trabajaba con niños en una biblioteca realizando con muy pocos medios actividades de lectura, dibujo, enseñanza de inglés, etc. 

A diferencia de Yarmuk en Damasco, los campos de refugiados libaneses siguen pareciendo campos, y aunque las tiendas de tela se han convertido en edificios, la falta de espacio provoca el crecimiento hacía arriba de las viviendas, a modo de enclenques y desgarbados rascacielos, amontonados unos a lado de los otros, con tampoco espacio con respecto a los de enfrente que lo que discurre entre ellos no son propiamente calles sino laberínticas sendas donde difícilmente pueden pasar dos personas a la vez. Por esta razón la luz natural apenas entra en las viviendas, la mayoría de ellas de dos o tres habitaciones y habitadas por diferentes familias. 

Otra diferencia notable en el trato a los refugiados entre Líbano y Siria es que en Líbano los refugiados tienen prohibido ejercer la mayoría de las profesiones, por lo que las oportunidades para mejorar su condición de vida son prácticamente nulas. De este modo los hombres se ven obligados a emigrar nuevamente a los países del golfo para poder enviar dinero y mantener a sus familias. Los que no pueden emigrar suelen trabajar como mano de obra barata en la agricultura o vendiendo en los mercados. Por esta razón la mayoría de los habitantes del campo son mujeres, niños y adolescentes. Estos, muchos de ellos educados pero sin ninguna perspectiva de futuro, deambulan por las calles sin finalidad alguna, expuestos a las propuestas de muchos partidos políticos radicales que los utilizan como carne de cañón. Las jóvenes, la mayoría volcadas en cuidar a los ancianos y niños, o a tejer, perciben una escasa remuneración económica, y, sobre todo, viven en un sentimiento de frustración profunda por no encontrar maridos para formar sus propias familias. El panorama social es desolador. 

Dar con una familia con la que vivir en condiciones más o menos decentes no fue fácil. Al final, me encontraron una familia compuesta por tres mujeres y un niño: la abuela Jadiyya, su nieto Muhammad, su nuera Intisar, y su hermana Ibtisam. En la casa había dos “mártires”, el marido de Jadiyya y su hijo, ambos muertos en los bombardeos de Israel contra el campo en 1982. En comparación con las demás viviendas, nosotros compartíamos dos grandes habitaciones y además había baño y un patio. ¡Un verdadero lujo! 

En esta ocasión pensé que, estando dentro del campo y como ya tenía experiencia en trabajo de campo, me iba a ser más fácil recopilar cuentos, pero me encontré con otro tipo de dificultades imprevistas, además de las ya relatadas sobre mi experiencia en Yarmuk. La nueva situación para mí fue comprobar que la mayoría de las manifestaciones del folclor palestino que encontré en el campo estaban completamente politizadas y manipuladas. Por ejemplo, en la escuela de verano donde trabajaba ayudando a las maestras, se realizaban visitas a  las personas más ancianas del campo para que los niños escucharan de sus bocas la descripción de sus casas, de sus pueblos, de sus costumbres, de cómo los habían echado, de cómo había sido su viaje hasta Líbano, sus penurias, dificultades, etc. Con el material recopilado se realizaban actividades teatrales en las que se representaban escenas típicas de la vida tradicional palestina: cosecha, elaboración del pan, bodas, etc. Entre las actividades musicales se les enseñaba a los niños a tocar instrumentos tradicionales tales como el oud (laúd), shebbabe, nay, etc., o a bailar la danza tradicional por excelencia: el dabke. Sin embargo, todas estas manifestaciones folclóricas estaban completamente manipuladas y no se vivían por los niños ni los adultos como algo natural sino que estaban fuera de contexto y su finalidad era reforzar en los niños un sentimiento identitario y nacionalista exacerbado. El resultado de toda esta actividad era unos niños enormemente politizados con unas ideas y un leguaje poco propio de sus edades. Niños de cuatro años gritando consignas políticas contra Israel, mascullando odio y rencor desde su más tierna infancia. 

Una de mis mayores sorpresas fue descubrir que los niños no conocían ningún cuento maravilloso de su tradición oral, y sí todos los cuentos europeos o las edulcoradas versiones de Disney. Cuando les relaté alguno de ellos, no podían creer que se trataba de cuentos de su propia tradición. Quizás porque este tipo de cuentos ficticios son poco manipulables para fines políticos o, tal vez, porque no son tiempos de cuentos maravillosos para ellos, sino de lucha y resistencia. 

De nuevo, fue muy decepcionante para mí encontrar a informantes que conocían esta tradición, pero se negaban a contar, porque preferían relatar toda su experiencia como refugiados, sus miedos, sus esperanzas, sus sueños truncados, su constante deseo de retorno al que no estaban dispuestos a renunciar. Finalmente, y después de mucho insistir, encontré tres informantes dispuestos a revelarme estos tesoros todavía latentes en sus mentes, pero completamente enrobinados por llevar años sin ser contados, sin pertenecer a su medio natural: la oralidad. Así que las pocas sesiones cuentísticas que fui capaz de conseguir fueron para mí verdaderas “experiencias místicas”. 

Después pasaron muchos años… En el 2007 la vida y sus misterios me llevaron a un nuevo destino: Alemania, primero a Duesseldorf y después a Berlín donde resido en la actualidad con mi pequeña familia. Desde entonces me alejé un poco de la tradición oral palestina y me convertí en narradora activa de cuentos de diferentes tradiciones en diferentes actividades con niños, y cada noche al llevar a mi hija a la cama.

En el año 2015 tuve una nueva experiencia trabajando como voluntaria con los primeros refugiados sirios e iraquíes llegados a Berlín tras los desastres acaecidos en sus respectivos países. Mi trabajo como voluntaria tenía la finalidad de ayudar, pero también se me ocurrió que a la vez que ayudaba a otros, podría desarrollar un proyecto académico en el que recopilaría historias y experiencias de vida y todo tipo de cuentos o manifestaciones orales que los refugiados trajeran consigo. ¡Inocente de mí! Como si no hubiera tenido suficiente con las experiencias anteriores y no hubiera aprendido lo duro que es hacer trabajo de campo con gente que ha tenido vivencias tan traumáticas. Me embarqué con mucha ilusión en el nuevo proyecto, aunque por poco tiempo. En un principio, mi trabajo como traductora en un centro de acogida, y, poco después, como mentora de una familia iraquí me llevó a conocer las experiencias de guerra y éxodo más dolorosas y crudas jamás escuchadas por mí: huidas en la noche, bombas, torturas, ahogamientos en el Mediterráneo, tiros en la cabeza, etc. Hasta tal punto quedé impresionada con las vivencias de estas gentes que empecé a somatizar sus experiencias y me enfermé psicológica y físicamente. Cuando comprendí lo que me estaba pasando, debido a mi personalidad altamente sensible, empática y débil ante semejantes tragedias, decidí, con mucho pesar, posponer el proyecto académico y, un año más, tarde abandonar mi trabajo como voluntaria. No pude, sin embargo, abandonar a la familia refugiada iraquí que apoyaba, con la que había creado unos vínculos y lazos muy personales, pero eso desembocó en un nuevo trauma para mí cuando el verano del 2017 el gobierno alemán decidió no aceptar su petición de asilo y fueron expulsados y devueltos a su país. Cuando volví de mis vacaciones de verano, ya no estaban. Por suerte mantengo la comunicación con ellos y se encuentran bien. En la actualidad, residen en Bagdad acogidos en casa de familiares porque ellos provenían originalmente de Mosul, a donde no han podido regresar. Pero mi alma vive en vilo cada vez que me entero de las explosiones constantes que azotan la ciudad y las masacres que se producen entre la población civil. Inmediatamente mando un breve mensaje: ¿Todo bien? Y respiro cuando leo un: Alhamdulillah! (¡Gracias a Dios!)

Mi sueño hoy es que estas injustas situaciones de guerra y destrucción que asolan tanto Siria como Iraq, y otros muchos países como mi amado Yemen o Libia, terminen cuanto antes, que los refugiados puedan volver a sus casas,que sus vidas y las del resto de los habitantes resurjan, y con ellasla tradición oral, cual Ave Fenix, de sus propias cenizas. Inshaa’ Allah! ¡Ojalá!

 

Montse Rabadán

 

Este artículo pertenece al BOLETÍN N.º 62 Ab18 – Cuentos sin refugio


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