El ser humano es en esencia un ser emigrante.  Desde el principio de los tiempos, grandes oleadas de personas han recorrido el mundo en busca de nuevos asentamientos, huyendo de la guerra, de la pobreza, del odio, de las catástrofes naturales… Con ellas viajan su cultura, sus creencias, sus cuentos tradicionales, sus costumbres… En la actualidad, la afluencia de refugiados llegados a Europa desde diferentes zonas en conflicto, ha puesto en entredicho el sistema rígido e inhumano que mueve a los gobiernos a cerrar sus fronteras, a hacinarlos, a estigmatizarlos, a negarles una nueva vida en la que poder desarrollarse como seres humanos. Esgrimiendo argumentos de índole económica, laboral o de seguridad nacional, se fomenta la discriminación hacia los grupos de emigrantes, vengan de donde vengan, se los devuelve a sus lugares de origen o se los margina, negando refugio a los que paradójicamente dan en llamar “refugiados”, sin aceptar que desde el principio de su existencia la humanidad se ha ido nutriendo de las diferencias y solo gracias a ellas se ha consolidado y ha progresado. El bagaje cultural que lleva consigo esta marea humana, su manera particular de estar en el mundo, de interpretarlo e integrarlo constituye una riqueza de la que ninguna sociedad puede prescindir. Entre este bagaje se encuentra la tradición oral, los cuentos que se han ido transmitiendo a lo largo de los tiempos y que recrea el imaginario particular de cada pueblo. 

En el boletín de este mes nos gustaría recoger las experiencias de tres mujeres que han trabajado la narración de historias o su recopilación con gente perteneciente a comunidades desplazadas o en peligro de exclusión:

Gracias a las tres por su colaboración y su implicación a todos los niveles.