Comenzamos el año con un boletín dedicado a la narración oral y la sanación. En el boletín nº 15, editamos un excelente monográfico titulado "LOS CUENTOS Y SU PODER DE SANACIÓN", coordinado por Inés Bengoa. En él, Osane Matías, psicoterapeuta, coach y profesora de PNL, nos hablaba de El valor terapéutico de los cuentos.

Carmen González, narradora oral profesional y cuentoterapeuta, nos explicaba sobre La Cuentoterapia como ayuda en el desarrollo infantil y en procesos terapéuticos. Dos narradoras profesionales, Teresa Grau y Ana Apika compartían sus experiencias contando en hospitales, en Sobre los cuentos en el hospital, y en Cuentos de hospital. Por su parte, Irene Henche Zabala, psicoterapeuta y directora de Psicodrama Simbólico en España, nos presentó  El potencial curativo del Psicodrama Simbólico a través de los cuentos. Y Jennifer Ramsay, narradora oral profesional y arteterapeuta, nos habló sobre algunas experiencias internacionales, en torno a los cuentos que curan en Tejiendo historias, sanando historias.

El tema suscitó un interesante debate, y se publicaron en el boletín nº 17 un par de artículos al respecto:

Uno sobre “El uso y el abuso sobre el término terapia” a cargo de Javier Rodríguez Escobar, psicólogo clínico del Instituto de Psicoterapia Psicoanalítica y otro sobre el  "Terapias" a cargo de nuestro colega, el narrador oral Joxemari Carrere.

Como ya nos avanzaba entonces Inés Bengoa, el tema daba y da para mucho, y volvemos a abordarlo en este boletín, con el ánimo de profundizar en algunos aspectos, sin pretender  tampoco, que en esta ocasión dicho abordaje sea exhaustivo.

Contamos nuevamente con la colaboración de Irene Henche Zabala, que nos comparte generosamente dos artículos complementarios: “El viaje del héroe a través de los doce cuentos” y “El conflicto y la lucha contra los adversarios a través del Psicodrama Simbólico de los cuentos de hadas. (Desde Los Siete Cabritillos y el Lobo a la Bella y la Bestia)”. Una apasionante hoja de ruta en el proceso de individuación y en el encuentro con “la sombra”.  Este segundo artículo fue  publicado en la Revista Vínculos del ITGP, segunda etapa, cuarto número en octubre del 2011. El primero, Irene Henche lo compartió en el V Encuentro de narradores y narradoras / El cuento de nunca acabar, que tuvo lugar en el Escorial (Madrid) en 2009, en el taller que impartió, de “El guión de vida y los cuentos”. Tuve el placer de poder hacer aquel taller, y su trabajo ha seguido resonando en mí desde entonces, por lo que recomiendo vivamente sus talleres de psicodrama simbólico.

También Jennifer Ramsay, narradora oral profesional y arteterapeuta nos invita a compartir sus reflexiones sobre “¿Qué tiene en común la narración de cuentos con la arteterapia?”, en castellano y también en inglés “What do storytelling and Art therapy have in common?"

He tenido el placer de conocer a Jordi Amenós este verano, en el curso de Narrativa Terapéutica que imparte en el Institut Gestalt de Barcelona. Una formación muy inspiradora tanto a nivel personal como a nivel profesional. Llegado a la terapia desde el mundo de la comunicación y de la escena, Jordi Amenós nos introduce en su campo de estudio con un artículo de excepción: “La Narrativa Terapéutica: actualizar nuestros mitos.”

Nuestro colega, trajinante de cuentos y buena gente, Pep Durán, que es además terapeuta Gestalt, nos acompaña también en este boletín con unas reflexiones tan poéticas como filosóficas “Contar para darse cuenta”. Quienes hemos escuchado sus cuentos y tenido la fortuna de participar en alguno de sus talleres, sabemos que sus palabras son como un bálsamo, pura medicina.

Como varias de las personas que colaboran en este boletín mencionan el viaje del héroe, comparto aquí un fundido de dos artículos que escribí al respecto de “El viaje heroico”, para la revista ARTEZ, de artes escénicas, en la crónica sobre cuentos y oralidad “Vivir para contarlo”.

Por último, os comparto otro de mis artículos sobre el camino que he ido haciendo, a la búsqueda de finales que sean sanadores en los cuentos que cuento. “Verdad, justicia y reparación o sobre los finales de los cuentos.”

A la hora de coordinar este boletín, mi objetivo ha sido que tanto las personas que nos movemos en la narración oral, como las que lo hacen en la terapia y se interesan por los cuentos, podamos tener una nueva ocasión, para conocernos mejor y para reflexionar juntos. Estoy convencida de que es mucho más lo que nos une que lo que nos separa.  

Para empezar, entre las personas que colaboran en este boletín, hay narradores y cuenteros profesionales, que además tienen una formación terapéutica. Otras personas partiendo de una práctica terapéutica se han encontrado con los cuentos y se han rendido a su increíble potencial sanador. En ese lugar nos encontramos o podemos encontrarnos, si somos capaces de dejar los recelos mutuos a un lado para conocernos mejor.

Mi percepción es que en el mundo de la terapia, como en el de la empresa, como en el de la educación…, se utilizan los cuentos, en ocasiones, con una enorme carga de servidumbre e incluso de prostitución, que ahoga el arte. Yo soy narradora oral. El cuento es para mí ante todo, una expresión artística. No necesito que el cuento “sirva para nada”.  Buscarle la utilidad, o que su rentabilidad pedagógica, terapeútica, publicitaria… vaya por delante, en mi experiencia, puede hacer que un cuento sea tan políticamente correcto que no cuente nada. O hacerlo panfletario, light o paternalista. Un duro arnés para cualquier vuelo creativo. Intento evitar ese purgatorio. Ahora bien, considero que obviar el potencial pedagógico o terapéutico de los cuentos tampoco favorece nuestra práctica profesional. El nuestro es un oficio de canal. Como todo lo escénico, persigue el trance, la catarsis… Se trataría de estorbar con nuestro ego lo menos posible. Para ello es fundamental conocernos mejor. En un sentido amplio… ¿no acompañan en esta misma dirección del autoconocimiento, tanto la terapia como la narración oral?

Percibo un mayor desconocimiento, en general, por parte de la gente que narramos de las investigaciones y prácticas de la narración oral en el ámbito terapéutico que, por ejemplo, en el ámbito pedagógico.

Como maestra he padecido el celo curricular que consigue que un cuento sea tan didáctico que aburre a muerte. En la escuela se venden a veces como “cuentos” repertorios mejor o peor ilustrados de un vocabulario técnico específico, de una crónica de la vida cotidiana o de una recomendación de un determinado tipo de comportamiento.

Ya de entrada, hablar de cuentos “educativos” es una redundancia del mismo calibre que la expresión “educar en valores”. Toda la educación es en valores. Los nazis, por ejemplo, lo tenían clarísimo. La cuestión -  y la responsabilidad -  a la hora de educar, es decidir en qué valores queremos educar. Todos los cuentos educan y los cuentos poderosos más. Educan incluso pese a las intenciones u objetivos  de quienes contamos. Si la educación o la narración oral investigan sobre el poder pedagógico o didáctico de los cuentos, no es para educar o no con ellos. Es, o debiera ser, para educar mejor. Esto es, en los valores que cada quien considera que son los adecuados para transmitir a las siguientes generaciones. Contar requiere tomar decisiones éticas y estéticas. Y no decidir es también tomar una decisión.

Creo que no se genera ya tanta polémica sobre esta dimensión educativa de los cuentos. Lo que no convierte necesariamente a quien cuenta cuentos en maestro o maestra (ni falta que hace), ni a los y las docentes que cuentan cuentos, en  narradores/as.

Lo mismo se podría decir del poder sanador de la narración oral. Contar no nos hace terapeutas. Ni un/a terapeuta se convierte en narrador/a porque utilice en su terapia como recurso la narración de cuentos. Pese al uso y abuso del término terapia y de mis prevenciones al respecto, creo que los cuentos, como las palabras, pueden sanarnos o pueden enfermarnos.

Estoy interesada, siempre, en lo que otros gremios y otras andaduras pueden enseñarme de la cuentería, porque quiero contar más y más consciente, de lo que cuento y de cómo lo cuento.

La narración oral es mestiza, bastarda y en ocasiones hasta maldita. Y todo, porque no se le puede negar una capacidad increíble de hibridación. Todo cuenta o puede contar historias. La cuentería tiene conexiones evidentes con la literatura escrita. Con esta es quizás con la que menos nos peleamos, aunque se trate a menudo de una relación jerarquizada y dominada por objetivos alfabetizadores o letrados de promoción a la lectura. Y también, como hemos mencionado, con la educación, claro. El aula. También nos sale sarpullido con algunas prácticas en el ámbito pedagógico, pero la mayoría debemos mucho a las escuelas y a los y las docentes que aman los cuentos. Nos han ayudado a curtirnos profesionalmente.

La narración oral está también conectada con la escena. En el margen del arrabal de la periferia… pero es un arte escénico. Y es lo que andamos reivindicando a propios y a extraños, como lo demuestran nuestras dos escuelas de verano. Una tarea que habrá que continuar sin duda.

Pero hay al menos otras tres conexiones, que en mi opinión, conocemos menos y peor: la terapéutica, la de inclusión social/mediación intercultural y la de las empresas, con el storytelling aplicado en ocasiones con efectos tan perversos. Se diría que nos llegan referencias sólo de las malas prácticas…  

Es cierto que la propia palabra “terapia” puede activarnos alarmas que nos impidan el acercamiento a este mundo, del que también podríamos extraer aprendizajes e inspiración para nuestra práctica profesional. Cuando voy a contar cuentos no me planteo que la gente que va a escucharme esté enferma y que yo le vaya a curar de nada, incluso en contextos de enfermedad, como pueden ser los hospitales. Pero he renunciado a la inconsciencia que supone para mí obviar el hecho de que el cuento puede o no tener una dimensión sanadora. Prefiero hablar de sanación que de terapia y creo que la sanación empieza en quien cuenta. Cuento para contarme el mundo y para contarme al mundo. Los cuentos que elijo, la manera, el tono y el estilo de contarlos, son ya actos de sanación, una manera de expresarme. Esto es, de sacar lo que está preso dentro de mí. Contar me hace bien. Me ayuda a buscar sentido al oficio de vivir, me sostiene con todas las respuestas que el imaginario colectivo ha ido encontrando a lo largo de los tiempos para los problemas que nos ocupan y nos preocupan. Narrar me ayuda a pescarme en mis mitos personales y familiares y a revisarlos y actualizarlos. No puedo hablar por quién me escucha, pero cuando me cuentan un cuento, escuchar también me hace bien. Si estoy escuchando en grupo, siento entre otras cosas, pertenencia. Soy invitada a realizar un viaje en el imaginario donde con suerte, me moveré por dentro, me emocionaré, aprenderé algo… Entiendo que la sanación es también acompañamiento. Si un cuento me ofrece alguna clave para integrar polaridades, para conocer y aceptar mi sombra, para ponerle nombre a mis emociones, para empatizar y comprender a otra persona, a cambiar mi mirada o ampliar mi perspectiva… esto ya es profundamente sanador para mí, aunque quien narra no sea terapeuta.

Algunas de las cuenteras y de los narradores con los que más resueno hacen, a mi manera de ver, un trabajo chamánico. No es su objetivo. Cuentan, dicen. Sólo cuentan… Pero al contar se convierten, a menudo sin pretenderlo, en hombres y mujeres medicina. ¿No era a menudo el chamán quien contaba cuentos también a su comunidad? ¿O era al revés?

Creo que merece la alegría dedicarle un rato a darnos cuenta de qué historias nos contamos a nosotras mismas a nivel personal, para tener la vida que tenemos. Porque en este oficio nuestro (yo diría que en todo lo escénico) lo personal y lo profesional se unen o pueden hacerlo en nuestra tarea narrativa. El viaje es siempre hacia adentro. Para un narrador o una cuentera profesional creo que siempre son pertinentes las preguntas: ¿Qué historias contamos? ¿Cómo las contamos? ¿Qué imaginario queremos ofrecer o inspirar a la comunidad?

Creo que son ámbitos a los que tendríamos que entrarles de la forma más desprejuiciada y rigurosa posible. Tenemos mucho que aprender y mucho que enseñar, de y a profesionales de otros gremios. 

Para terminar, os invitamos a visitar nuestra agenda y poder disfrutar este mes de sesiones de cuentos contados.

 

El boletín n.º 39 de AEDA ha sido coordinado por Virginia Imaz


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