Estas son algunas de las historias que Joaquín, del Módulo 10 – Terapéutico, recordó después de oír a Carmen Sara contar a los presos.
Historia del Tío Gurriato
El Tío Gurriato era inquieto, guerrero y muy gracioso. Tenía alma de detective. Una mañana, pasaba por su puerta y lo encontré esparciendo ceniza con un minicedazo. Hacía el trabajo con mucho mimo, tratando que la ceniza quedase uniformemente repartida; sellando con ella un franja como de cinco metros de su fachada y de lado a lado de la calle.
Yo, aunque tenía también mi propio mote, me dirigía a él llamándole “Angelito”. El diminutivo era en plan cariñoso, porque también en la formas era pequeño y recogido y siempre mantenía en la cara una sonrisa.
Total, que le pregunté a Angelito: «¿Por qué esta delicada siembra de ceniza sobre la tierra de la calle?». A lo que me contestó: «Como no voy a estar en casa en un buen rato, la ceniza me sirve para saber si durante mi ausencia ha venido alguien a mi casa».
Es de admirar la sabiduría que puede contener el cerebro de un hombre sencillo.
El Tío Alegría
El Tío Alegría era de Almeida. Hombre sensato y cabal; abrazado a la miseria como la mayoría de los ciudadanos de Sayago. Tierra áspera y dura, donde sobrevivir es la aventura de cada día. Sus posesiones se limitaban a una pequeña era y un pequeño establo, un galgo, seis ovejas y un burro. Su casa era una pequeña prolongación del establo con una chimenea, mínima despensa y un escaño que hacía de camastro.
Vivía sometido a una dura dieta de patatas y garbanzos y algo de tocino que conseguía con el trueque que hacía con los pocos corderos de su mínimo rebaño, algo de cebada para los animales y alguna liebre que cazaba el galgo. En el invierno el burro vivía en el pequeño establo con mucha paja y poca cebada.
El invierno fue duro –como casi todos- y llegó la primavera y el tío Alegría abrió la puerta que daba a la era y “Pilatos”, que así se llamaba el burro, del alegrón de ver tantas flores para él, se murió. Fue una muerte dulce, con tantas flores no era para menos. Cuando le preguntábamos al Tío Alegría de qué había muerto “Pilatos”, el hombre se ponía trascendental y nos decía: «Muchachos, no olvidéis que “ De grandes Cenas hay sepulturas llenas”».
Melitona
A la tía Melitona le embistió un carnero una mañana que la buena mujer iba camino del obrador a la taberna para comprar anís con el que aromatizar las riquísimas rosquillas que hacía y vendía en su panadería.
Del tremendo golpe la pobre mujer quedó impedida. Era la mejor panadera del pueblo y Evangelista, el músico, le hizo una canción muy bonita, como eran las canciones de entonces. En las letras se incluía lo secretos del oficio:
“La tía Melitona, ya no amasa el pan
Le falta la harina, el agua y la sal.
La levadura la tiene en Pamplona
Por eso no amasa, la tía Melitona”
(En la letra también salía su hija Úrsula).
“Úrsula que estás haciendo
Tanto rato en la cocina
Estoy contando los huevos
Que me han puesto las gallinas…”
(Y su vecina Quinidia)
“Quini qué estás haciendo
Tanto rato el el sobrao
Estoy viendo los chorizos
Que dejé aquí colgados.”
Estas son letras de juventud, que el tiempo sirve para idealizar los recuerdos, y recordar es vivir de nuevo. Porque la memoria es un mecanismo depurador que elimina lo “chungo” e intrascendente.
Mi abuelo
Mi abuelo Valentín, era la mejor persona y el mejor pastor del mundo.
En casa era inútil preguntarle donde estaba el azúcar, porque él era un hombre de campo cien por cien y en casa se encontraba más perdido que una gallina en un campo de aviación. Pero como pastor era único y genuino, ya que para manejar el rebaño no utilizaba ni palo ni perro. Los animales le hacía un caso total, creo que era porque se daban cuenta que les llevaba de modo que siempre consiguieran los mejores bocados. Era muy curioso y como el rebaño lo seguía a pies juntillas, aquello parecía una comunión de almas.
Personalmente no tengo ninguna duda de que los animales tienen alma; es más, creo que su alma es más noble que la de las personas. Ellos nos dan lo mejor que tienen, y nosotros, las más de las veces, los criamos con fines casi inconfesables.
Las personas que tienen mascotas saben muy bien del alma de sus compañeros porque se lo demuestran a cada instante.
Estas historias de Joaquín se publicaron en el Boletín n.º 105 – Cuentos en cautividad



