contadorsaki

 


Saki y Alba Marina Rivera (ilust.), El contador de cuentos, ed. Ekaré

 

Previos.

En 1996 Estrella Ortiz y yo preparamos un espectáculo de cuentos para alumnos de secundaria. En las reuniones que tuvimos para elaborar aquella sesión de cuentos ella me habló de un autor que yo desconocía, Saki, y me dejó un libro (bastante leído y releído) de cuentos suyos, Juguetes de la paz, en una edición de Alfaguara, si no recuerdo mal.

Aquel libro causó una honda impresión en mí y de entre todos los cuentos que saboreé y disfruté hubo uno que me llamó especialmente la atención y que preparé para contar (en la sesión de institutos), se trataba de “El contador de cuentos”.

Desde aquel momento hasta hoy Saki se ha convertido en uno de mis escritores de referencia y cuento en mi biblioteca con varios de sus libros (todos llenos de notas y sugerencias para contar).

En 2008 la editorial Ekaré publicó un álbum ilustrado con este cuento con un formato insólito y una edición cuidadísima que contaba con ilustraciones de Alba Marina Rivera.

 

Algunas cuestiones interesantes a partir de este cuento.

  • Este libro es interesante para nosotros, para comenzar, porque el protagonista es un contador de cuentos. No se trata de un contador de cuentos profesional o tradicional como sucede en otros libros, sino de una persona que en una circunstancia concreta decide contar un cuento para hacer que unos niños dejen de darle la lata el resto del viaje en tren. Así pues nos habla de los cuentos como un recurso para entretener, y también para educar (educar deleitando, decían los clásicos): aunque dependiendo del narrador la carga educativa del cuento es bien diferente, como se puede apreciar en esta historia de Saki.

Además, en esta ocasión, el cuento está haciendo algo también muy interesante: da visibilidad a los niños, al mirar a los ojos de quienes escuchan el narrador les está diciendo que son, que existen, que están y que todos forman parte de la misma historia. Así pues el cuento es un puente entre personas, tiende lazos. Y esto es lo que hará que los niños, al fin, se estén quietos y no molesten al resto de pasajeros.

  • También a lo largo de la historia hay una crítica a esa gente que jibariza, que vacía de contenidos, que se aferra a lo políticamente correcto, aséptico e inane cuando se trata de trabajar con niños. Así pues la historia (y otros comentarios) que cuenta (o más bien, que trata de contar) la tía de los niños contrasta fuertemente con la que acaba contando el pasajero.

Este tema es de suma importancia para nuestro oficio y continuamente nos las tenemos que ver con textos estúpidos, disneyficados y vacuos, mucha paja para poco grano a la hora de buscar buenas historias para contar (a niños, jóvenes y adultos). No solo es una cuestión de la peste de lo políticamente correcto (que altera la forma y desbarata el fondo de las historias), sino que es también la idea cada vez más extendida de que “si es para niños, no hace falta esmerarse mucho”: una idea tan tonta como peligrosa.

Sabemos que estos cuentos que se salen de lo políticamente correcto son peligrosos, pues, como afirma la tía de los niños: “acaba de echar usted a perder el trabajo de años de esmerada educación”. Sí, contar cuentos puede ser un oficio peligroso y revolucionario.

  • Por un momento el texto se asoma a un abismo: “todos los cuentos eran espantosamente parecidos, sin importar quién los contara”. He aquí otro de los peligros que acechan a los narradores: la inexistencia de la propia voz. La voz propia articula el estilo de nuestra narración, y la manera de contar, también cuenta. Así pues, los narradores que no cultivan su propia voz, que no elaboran su propio repertorio, que no indagan acerca de sus personales capacidades y posibilidades narrativas, corren el peligro de convertirse en copias de otros narradores y de impostar su voz hasta asumir la de otros. Será ese el momento en el que la narración uniformada cuente los mismos cuentos y de la misma manera. De este peligro nos avisa Saki con la breve sentencia que daba inicio a este párrafo.
  • De la mano de lo anteriormente expuesto tenemos un gozoso ejemplo de cómo la forma de contar articula la historia y también cuenta, sólo hay que fijarse en este momento en el que el contador de cuentos habla de una niña “horriblemente buena”. El auditorio percibe este binomio extraordinario y Saki nos lo cuenta con detalle: “Se produjo una reacción a favor del cuento; la palabra horrible aplicada a la bondad era una innovación digna de elogio. Parecía introducir una nota de verdad que faltaba en los cuentos infantiles de la tía”.
  • Y siguiendo con el hilo de lo anteriormente citado, no hace falta reflexionar mucho para darse cuenta de esta nueva premisa que introduce Saki: la necesidad de que los cuentos (y los cuentistas) sean honestos, sean verosímiles y, sobre todo, sean verdad. Porque si el cuento es falso, si se trata de un engaño, entonces las palabras irán hueras y el cuento será una farsa, un decorado de cartón piedra que ante el primer suspiro se desmontará y será incapaz de mantener el armazón de la historia.
  • A lo largo de la narración del contador de cuentos los niños (el público) interrumpen y hacen preguntas sobre la historia que está siendo contada. Por un lado, las respuestas a esas preguntas articulan también la propia historia, pero por otro, que el público pregunte es una forma de mostrar en el cuento de Saki la implicación del auditorio (los niños y la propia tía) en el hecho narrativo, la aceptación de eso que está sucediendo y la asunción de ello como algo que también les es propio. Aquí, sin duda Saki incide en la necesidad de incorporar al público en el acto narrativo: contar es contar con quien escucha. Otra de las claves de nuestro oficio.
  • Hay un elemento también bastante significativo en el relato del contador de cuentos, lo resume una de las niñas: “el cuento empezaba mal, pero ha tenido un final precioso”. Señala así la importancia de los buenos finales, de los cuentos que cierran bien, que mantienen la tensión narrativa hasta la última palabra. No es una cuestión baladí porque un buen final puede salvar un mal cuento, y un mal final puede arruinar un buen cuento. El final es una de las piezas más delicadas de la materia con la que trabajamos y es preciso ser cuidadosos y afinados con ella.

Todas estas son algunas cuestiones sugeridas a partir de la relectura de este maravilloso cuento de Saki. Os animo a que os acerquéis a sus cuentos y leáis y volváis a leer sus libros. Siempre deslumbrantes, muchas veces, imprescindibles.


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