La curiosidad es una virtud.

 

Según el Diccionario de la Real Academia Española, una persona que quiera llevar una vida primorosa (algo aconsejable) debe ser curiosa pero no tener curiosidad. Por que, según la misma Academia, si la persona es curiosa, es diligente, limpia, aseada y hábil manualmente, por lo tanto considerada apta para cualquier oficio... Pero si en ella nace la curiosidad, el deseo de saber o averiguar lo que no le concierne, entonces puede llegar a ser considerada viciosa. A pesar de lo que pueda parecer ese «vicio», puede no ser malo, porque resulta que podría ser vigor, fortaleza e incluso deleite, y el deleite no es otra cosa que un placer. Por lo tanto, finalmente podemos hacer dos afirmaciones: que el vicio no siempre es malo y que la curiosidad bien conducida, lejos de «matar al gato»*, puede llegar a transformarse en un placer, cosa que la convierte en una virtud.

La curiosidad no es imprescindible para vivir pero sí para estar vivo. Narciso no pensaba en otra cosa que en sí mismo, no podía inventar nada, no contestaba ni cuestionaba nada, no tenia curiosidad, estaba perdido en su mudo reflejo. Los cuentos muestran la vida que fluye entre los seres humanos, lo cuestionan todo, nos trasladan a un mundo en el que podemos imaginarnos las cosas en lugar de padecerlas. Los cuentos son un espejo que habla, los narradores son el soporte de ese espejo y la curiosidad, la herramienta que usan los narradores para congregar a la gente que está viva y que por su curiosidad acude a su llamada.

La curiosidad es imprescindible para narrar. Los textos fluyen por el narrador hasta que llegan a ser de su interés, entonces los entiende y asimila (y a menudo provocan más curiosidad). El narrador acompaña al público hacia nuevos horizontes y se nutre de la curiosidad que este muestra.

La curiosidad es peligrosa, es infinita, se retroalimenta. Es el motor imprescindible para contar, para saber qué contar, para poder vivir. Sin ella no somos nada.

La curiosidad es una virtud.

 

Albert Estengre

 

* Existe un cuento de Miguel Ángel Paz escrito hacia 1890 que dice lo siguiente (en resumen muy resumido): El gato de un líder de un sindicato de obreros husmeó en una bolsa negra con olor a pescado, la rompió y al meter el hocico fue mordido por una cobra que el dueño de la fábrica que estaba en huelga (dirigida eficazmente por el líder incorruptible ya dicho) había escondido allí para matar a su odiado enemigo. El que falleció en medio de grandes maullidos y saltos espeluznantes fue el pobre felino. De ahí la frase célebre.