Imaginario (del lat. imaginarĭus), hasta aquí llega lo que podemos aprovechar de las acepciones que nos da la RAE de la palabra que nos ocupa, así que, si ninguna nos puede satisfacer, habremos de acudir a la filosofía, la epistemología, la antropología… Acudamos pues a esta última, para lo cual echamos mano de uno de sus más reputados especialistas, Jean-Jacques Wunenburger: «En los usos corrientes del vocabulario de las letras y de las ciencias humanas, el término “imaginario”, en tanto que sustantivo, remite a un conjunto bastante impreciso de componentes. Fantasma, recuerdo, ensueño, sueño, creencia, mito, novela, ficción, son, en cada caso, expresiones del imaginario de un hombre o de una cultura. Se puede hablar del imaginario de un individuo, pero también de un pueblo, a través del conjunto de sus obras y creencias».

La construcción de ese imaginario individual compromete lo sensorial, lo afectivo y lo intelectual, pero no se encuentra el imaginario en ninguno de estos campos, sino en la relación dinámica entre ellos. Para esa construcción se requiere acomodación y mudanza, vía esta por la que se relaciona con la experiencia. Esa acumulación de imágenes que aprehendemos, procesamos e incorporamos a nuestro complejo sistema de interpretación del mundo es, en sí misma, compleja, ya que se alimenta de lo individual para acabar dando lugar, liberándose de los elementos singulares, a lo social.

La manifestación del imaginario siempre tiene lugar en el terreno de lo simbólico y la manifestación más pura de lo simbólico se da en el lenguaje. En ese territorio la riqueza, dinamismo y plasticidad de nuestro imaginario procede de su capacidad de generar resonancias, de la posibilidad de crear nuevos sentidos al interactuar lo conocido sensorialmente y lo comprendido intelectualmente con la vertiente emocional del individuo.

Lo que aquí nos ocupa, la oralidad, no es en absoluto ajena a ese imaginario social, antes bien es en ella en donde tradicionalmente tiene lugar un contacto feliz con él. Nada más cercano a la narración oral que el imaginario, reservorio de símbolos, mitos, creencias… para los cuales fue la más antigua y fiel transmisora.

Al mismo tiempo, la narración de un cuento opera sobre el que escucha al dar a este la posibilidad de poner su imaginario en relación con una realidad exterior, que será punto de apoyo o elemento contrario para estimular la creación de nuevas realidades, ya que esa es la función del arte de la oralidad, no hacerse en el que escucha imaginario especular, sino elemento engendrador de una nueva realidad, que amplía y engrandece su imaginario y con ello ayuda a la creación del mundo interior propio, a la capacidad de poner nombre a las cosas, de escuchar y, con ello, tener en cuenta al otro, a que nuestros deseos sean más grandes que la realidad, a crear una nueva relación con el arte…

 

Xabier P. DoCampo