Este largo artículo pretende reflexionar sobre narración oral y compromiso. Cuenta para ello con dos partes diferenciadas: en primer lugar hay una introducción (preámbulo) con reflexiones sobre el tema objeto de análisis, introducción realizada por quien firma este artículo; y a continuación se pueden leer las respuestas a unas preguntas que enviamos a tres narradoras que han sufrido algún tipo de veto por su palabra comprometida. Ellas son Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott.

 

PREÁMBULO

El arte es una forma de expresión, es la manera como el artista manifiesta sus sentimientos, sus intuiciones, sus ideas, etc.; es, en suma, la manera como se relaciona con los otros y con el mundo. Obviamente esto es una simplificación de un tema mucho más complejo, pues, para empezar, el propio concepto de arte ha ido cambiando con los tiempos: no era lo mismo para Aristóteles (arte como imitación) que para Schopenhauer (arte como conocimiento); no era lo mismo el arte en la Edad Media (con un paralelismo entre la estética y la ética) que en el Romanticismo (donde busca ser la expresión de las emociones del artista, rompiendo con esa voluntad utilitarista medieval). 

Además de todo esto habría que considerar otras cuestiones, porque sí, el arte es una forma de expresión del artista, pero también del cliente, el que encarga y paga la obra (como tan bien me señaló Manuel Légolas en una conversación sobre este tema), como ha ocurrido durante siglos con las obras de arte encargadas por la Iglesia, por ejemplo.

Cuando la mayoría de la población no sabía leer ni escribir sus necesidades de información, conocimiento y diversión corrían a cargo de trovadores, actores, ciegos, clérigos y otros profesionales de la palabra oral, que suplían aquellas carencias alfabéticas con noticias, romances, bandos, sermones, historias….

Hoy tenemos la fortuna de contar con una sociedad donde el analfabetismo está erradicado, lo que, a su vez, ha provocado la adaptación de algunos de estos protagonistas de la oralidad.

Si fijar los contenidos de la memoria mediante la escritura supuso un paso enorme para el desarrollo humano, no menos relevancia tuvo la sistematización de su almacenamiento y conservación y, posteriormente, su difusión de forma indiscriminada y sin barreras mediante la institución que hoy conocemos como Biblioteca.

No obstante, ésta ya no es la situación, solo fue el punto de partida, porque actualmente la biblioteca es mucho más que eso, es un servicio cultural y social básico, la institución democrática mejor valorada por los ciudadanos desde hace años, personalización de la propia democracia con sus principios, sus objetivos y sus procedimientos. En la biblioteca encontramos a diario, y como algo natural, la máxima expresión de la igualdad (de oportunidades, de derechos, …), de la libertad (de acceso, de pensamiento, de expresión, de tráfico de personas e ideas…), y de la comunidad (inclusión, espacio público, segundo hogar, …)

 

La biblioteca se ha convertido en un polo de desarrollo para las comunidades, en un elemento activo y eficiente para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, en un centro de dinamización integral para la sociedad a la que sirve, y en una fuente de recursos para mejorar el nivel y la calidad de vida de sus vecinos.

En el pueblo donde crecí no había (ni hay) consultorio médico, ni banco, ni tiendas, ni biblioteca. Ni siquiera colegio. Un autobús nos recogía a los escolares en la plaza y nos trasladaba al centro educativo más cercano, situado en el pueblo de al lado.

De vez en cuando a la puerta del cole paraba otro autobús que no iba cargado de los niños y niñas de pueblos vecinos, sino de libros. Recuerdo la excitación y las ganas de ir a curiosear cuando por la ventana de clase veíamos llegar al bibliobús. Salíamos corriendo y corriendo subíamos a aquel oasis de libros donde nos permitían ojear, toquetear todo lo que quisiéramos e incluso llevarnos algún ejemplar que nos gustase a casa. La llegada de la biblioteca ambulante, sin duda, era una fiesta y estoy segura de que contribuyó a promover nuestra curiosidad y afición por la lectura. Actualmente estas bibliotecas sobre ruedas continúan realizando esta labor en numerosos colegios rurales a lo largo y ancho de la geografía española. 

No menos ansia ante su llegada manifiesta otro de los colectivos a los que atiende el bibliobús: la cada vez más envejecida población de los pequeños pueblos. Cierto es que los bibliobuses han cambiado mucho desde “aquellos maravillosos años” (los ochenta) y hoy, aparte del préstamo de libros, se organizan actividades como clubes de lectura, cuentacuentos o talleres que dinamizan la vida cultural de las poblaciones que visitan. Lo que se mantienen desde su origen es el mismo espíritu de entonces, el de llegar “Donde nadie llega”. Este precisamente fue el lema con el que se celebró el pasado 28 de enero el Día del Bubliobús, que pretende reflejar cómo acercan los libros y la cultura a la población de zonas rurales y/o desfavorecidas de las grandes ciudades y que no tiene acceso a una biblioteca pública cercana.

Os vamos a contar cómo los libros también llegan a las zonas rurales…

Nos encontramos en el Colegio Rural Agrupado (CRA) Cabu Peñes, en Asturias. Un CRA es un centro que tiene sus aulas repartidas entre varias localidades. En este caso Santiago de Ambiedes, Bañugues, San Jorge y Verdicio. 
Las especiales características de nuestra escuela rural hacen que la norma general no sea siempre fácilmente aplicable, lo que supone para nosotros un reto añadido al permanente desafío que es la consecución de una educación de calidad. 

Esto también afecta a nuestra biblioteca, puesto que no es una biblioteca fija, sino que contamos con una “Biblioteca Escolar Itinerante”, la cual nace hace 12 años de la necesidad de aproximarse y disfrutar de un libro. Tal y como dijo Pedro Salinas: “No hay más tratamiento serio y radical que la restauración del bien leer en la escuela. El cual se logra, no por misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al escolar con los mejores profesores de lectura: los buenos libros”. 

Desde finales del 2011, los recursos destinados por las distintas administraciones para el mantenimiento y desarrollo de los servicios bibliotecarios eran insuficientes y escasos, llegando a cerrarse más de 40 bibliotecas en nuestra región. Como consecuencia de esta situación tan deplorable, en 2014, representantes de las distintas asociaciones de bibliotecarios de Castilla-La Mancha nos reunimos para reivindicar la importancia de las bibliotecas en nuestros pueblos. Se organizó un acto público  donde informamos de la situación tan precaria que se estaba viviendo:

Las Bibliotecas Públicas tienen las puertas abiertas para que las utilicen libremente y en igualdad de condiciones todos los miembros de la comunidad. Lo colectivo, lo común y compartido son la esencia de las bibliotecas, que en Castilla la Mancha son en su inmensa mayoría bibliotecas municipales rurales, más del 90% de los municipios en nuestra región tienen menos de 20.000 habitantes.

Las bibliotecas son un lugar de encuentro, de lectura, pero también de cultura en su más amplio sentido, son auténticas dinamizadoras de la vida de los pueblos. Los bibliotecarios municipales de la red de Bibliotecas de Castilla La Mancha son mediadores sociales, estimulan la vida cultural y social, fomentan y animan a la lectura, colaboran con proyectos de interés local. Únicas referencias culturales que trascienden las tradiciones especialmente de lunes a viernes cuando solo habitan los residentes. Y en estas zonas rurales llega poco, muchas veces ni internet, proporcionado también por las bibliotecas.

...42 han sido cerradas ya en nuestra región, mientras que otros muchos bibliotecarios son presionados con amenaza de cierre, de despidos, con la precarización de sus condiciones de trabajo, contraviniendo la propia ley de bibliotecas.

El pueblo saharaui es hijo de la palabra. Hijo de los versos, de las leyendas, de los cuentos. Allá donde iban con sus jaimas, auténticas casas veleras, esa palabra les proporcionaba una historia común, una relación mágica con el paisaje y sus nubes, con sus dromedarios, con sus estrellas, sus ángeles y sus djunn, los genios del desierto. 

Cuando hace ya 43 años tuvieron que abandonar su tierra ancestral, cuando los djunn de la traición, el olvido, la codicia y la geopolítica les condenaron a vivir en el exilio, en una tierra extraña y ajena, la odiosa y terrible hamada argelina, solo la palabra les mantuvo unidos. Unidos a sí mismos y a su esencia. En las improvisadas jaimas abuelas y abuelos contaban, madres y padres repetían, e hijas e hijos aprendían. Así ha sido siempre, y así seguirá siendo, se decían. Pero la ola de la modernidad llegó también a la hamada, y aunque la enseñanza ha sido una obsesión para ellos, aunque niñas y niños están escolarizados, no había capacidad para ofrecerles bibliotecas y libros que los incorporaran a la cultura global, y la narración oral comenzaba a ralear en las jaimas, algo a lo que no ayudó la larga ausencia de los que optaban por irse a estudiar a Cuba y otros países lejanos.

Así nació el Bubisher, para tratar de suturar ese corte del hilo invisible que ligaba a los primeros poetas que dijeron en verso “somos habitantes del desierto, somos saharauis” con toda la cultura moderna. Es sabido (y si no lo repetimos con mucho orgullo), que aunque la idea de ofrecerles acceso a esa cultura ya anidaba en nuestras mentes, fue un niño de un colegio gallego el que le dio forma a aquellas vagas intenciones: “¿Y si llevamos un bibliobús a los campamentos?”. Y lo llevamos, hace ya casi once años. Una biblioteca rodante con 1.600 libros en castellano, con el propósito de recorrer la cincuentena larga de centros escolares de los cinco campamentos, las jaimas, los barrios más alejados. Al principio fuimos voluntarios españoles, ingenuos e incansables, pero a todas luces insuficientes para calmar la sed de historias de aquel mar de niños curiosos e inquietos.

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