Este año hemos seguido caminando por el camino del cuento.

Un camino que compartimos los 41 profesionales de la narración que conformamos AEDA.

Por el camino hemos tenido que pronunciarnos contra leyes mordaza que coartan a quienes queremos expresarnos de una manera artística. Hemos apoyado al Maratón de Cuentos de Guadalajara frente a instituciones públicas que minan la valía de un evento referente de la narración oral a nivel mundial. En la misma línea hemos contado cuentos bajo el lema Ábrete Palacio con la esperanza de que el Palacio del Infantado de Guadalajara vuelva pronto a albergar dicho maratón. Como miembro del Consejo del libro un año más hemos colaborado en el Salón de Libro Infantil de Madrid contando cuentos y conduciendo la entrega de los Premio Lazarillo.

AEDA tomó la delicada decisión de abandonar la FEST (Federación Europea de Narradores) con el convencimiento de que cuando la gestión de dicha federación sea más transparente podamos volver a unirnos a ella y trabajar en pro de la narración a nivel europeo.

Corrían los años ochenta en Centroamérica. La guerra fría tomaba a la región como escenario principal en lo que algunos denominaron “el patio trasero de Estados Unidos”. De ahí que las guerrilla y los ejércitos  disparaban  a diario sus balas y desangraban a El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras.  Entre tanto, en Costa Rica, único país sin ejército del área, la guerra se hacía sentir por medio de refugiados, aeropuertos clandestinos, hospitales ocultos, espionaje y una crisis económica que intentaba poco a poco recuperarse, con apoyo económico de los gringos, a quienes no les servía que la crisis económica en Costa Rica favoreciera los intentos de la izquierda por tomar el poder en el país, como ya lo había hecho en su vecina Nicaragua. 

Todo esto sucedía en medio de declaraciones gubernamentales ticas sobre neutralidad en los conflictos de los países vecinos, a pesar de que por debajo de la mesa se toleraba y ayudaba a algunos bandos vinculados en las guerras vecinas, especialmente en Nicaragua. Poco después, un esfuerzo político permitió sentar a las partes a negociar la paz en Centroamérica, un proceso que le valió un Premio Nobel de la Paz al expresidente costarricense: Óscar Arias Sánchez. 

En ese convulso contexto, la cuentería escénica sembró su semilla en el país, aunque debió esperar más de dos décadas para recoger y mostrar su cosecha.  Fue en los ochenta cuando algunos cuenteros tradicionales pudieron visibilizar su trabajo en libros y discos, más allá de su efímera expresión en casas, plazas y parques.

También fue el momento en el que algunos actores, artistas plásticos, bailarines y narradores empíricos empezaron a hacer sus primeras búsquedas en la cuentería. Algunos de ellos conocieron la técnica de la narración oral escénica por medio de talleres impartidos por Francisco Garzón Céspedes, a quien se le reconoce como el promotor de esta expresión artística en Latinoamérica. 

Me preguntan si se puede vivir del cuento en Costa Rica. No hay fórmulas mágicas. Enrollarse las mangas, combinar otros saberes y poner el corazón en lo que haces, son solo algunos ingredientes para conseguirlo.

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Ana Coralia. Foto de Fernando Arguedas

Nací en una familia que hablaba mucho y de una madre que pasaba todo el santo día contándome historias. Algunas eran familiares, otras anécdotas personales y otras tomadas de los libros.

De manera que crecí rodeada de palabras y cuando hubo que decidir cómo pondría pan en la mesa, dirigí mi brújula hacia el periodismo que era lo más cercano a lo que quería hacer el resto de mi vida: contar.

Ya desde los 11 años componía mis propias canciones, pero no fue sino hasta los treinta y tantos, que tuve la oportunidad de escuchar por primera vez cuentos para adultos. 

Aquello fue como el “Ábrete Sésamo” de una cueva inimaginable de tesoros y se rompió mi paradigma de que los cuentos narrados eran solo para niños. 

Pep Bruno entrevista a Juan Madrigal

JuanMadrigal

Juan Madrigal es actor, músico y narrador oral. Una vez terminados sus estudios como licenciado en la Escuela de Artes Escéncias de la Universidad Nacional de Costa Rica en 1999 ha sido parte en diferentes elencos con la Compañía Nacional de Teatro de Costa Rica. En 1983 comienza a contar cuentos de viva voz o acompañado de su guitarra o de sus títeres. En la actualidad compagina su trabajo como narrador oral con la dirección del Festival Internacional de Cuenteros “Alajuela Ciudad Palabra” y su quehacer como gestor del Ministerio de Cultura de Costa Rica. Ha asistido a festivales en Brasil, Colombia, Ecuador, El Salvador, España, Honduras, Panamá, Perú y Venezuela, Cuba, México, Guatemala y Panamá. Ha recibido el Premio UNICEF 1995 y el Premio Nacional de Teatro en 1999. 

 

¿Cómo fue que comenzaste a contar cuentos?

Yo quería ser veterinario, inclusive tengo un titulo de Perito Veterinario, pero en el año 1980 regresando a mi ciudad natal, luego de estudiar cuatro años en un colegio agropecuario, ingresé a un grupo juvenil en la comunidad de Las Cañas – Alajuela, el grupo realizaba proyectos sociales pero además tenía clubes de teatro, danza, deportes... entre otros; una mujes que daba catecismo en el grupo me invitó a colaborarle (obvio, la mujer me gustaba), fui y me pidió que les leyera un cuento, yo lo hice y, seguro, muy mal, entonces cerré el libro y se lo conté, fue mi primera lección: contar no es lo mismo que leer. Este fue el big bang de mi historia. Seguí yendo todos lo sábados a contar cuentos al grupo de niños, luego empezaron a llamarme de otros grupos y luego de otras comunidades y me apodaron Juan Cuentacuentos, en ese entonces en nuestro país no se conocía el arte de la narración oral como se le conoce ahora.

 

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