En Catalá 

Las Jornadas “Som Rondalla” nacieron de la necesidad de encontrarnos profesionales de diferentes disciplinas dedicadas al estudio y divulgación de la etnopoética, de la recopilación, el estudio y la difusión de la rondallística y de la narración oral. 

Las narradoras y narradores bebemos de las fuentes de los recopiladores y, a la vez, recopilamos historias, practicamos un arte escénica, que está cerca del teatro. Somos un punto en un universo amplio muy correlacionado. Tània Muñoz y Almudena Francés quisimos que, como mínimo una vez al año, este universo gire al unísono y nos escuchemos. 

La Biblioteca del Museu Valencià d’Etnologia nos abrió las puertas, y así lo sigue haciendo, y facilitó los medios necesarios para el desarrollo de las Jornadas. Los recursos del Museo y el trabajo y tesón de su bibliotecaria, Amparo Pons, son el anclaje de estas jornadas

Cabe destacar que el punto de partida del encuentro entre diferentes profesionales lo propició, en parte, la Biblioteca con su campaña “Espanta la Por”. Una campaña de divulgación de los monstruos de la tradición valenciana que le planta cara a Halloween. 

La Jornada tiene lugar a lo largo de un solo día de sábado en la emblemática Casa de la Beneficiència de València, sede de los museos de Etnología y Prehistoria de la Diputació de València.  

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Cuando hablamos de literatura oral, y del trabajo de campo que tantos investigadores, y con tanto esfuerzo, acometen para recolectarla, en el mundo hispánico y en todas partes, se impone hablar de etnografía. La etnografía es la disciplina que se encarga de registrar informaciones orales (o escritas, o visuales, o audiovisuales) producidas y transmitidas en el seno de una cultura específica; en tanto que la antropología es la disciplina, mucho más compleja, que se encarga de interpretar esas informaciones en el marco de las ideas, los rituales y los usos sociales en que son desarrolladas.

En el mundo hispánico contamos ya con una bibliografía muy abundante de recolecciones de literatura oral hechas en escala etnográfica y plasmadas en formatos escritos tradicionales como el libro, o en soportes escritos de generación más avanzada, como las páginas de internet que se hacen para ser leídas. Hay también una apreciable producción de estudios y ensayos que abordan la literatura oral desde el punto de vista de la filología comparatista, y también desde la antropología que se interesa por las voces de la gente en relación con las condiciones de su entorno; y no faltan los acercamientos etnomusicológicos, los etnohistóricos, los sociológicos, los socio-políticos, y los de otros sesgos. Pero la base de todo el edificio es la que proporciona la recolección etnográfica y la edición literal o audiovisual de los materiales. Sin ese cimiento primordial, sin esa etnografía de base, no hay edificio que valga, ni filología ni antropología ni etnomusicología ni etnohistoria ni sociología que puedan prosperar.

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En en Castro de Mallou

Hay una palabra en gallego, “leirear”, que define perfectamente algo que adoro hacer. Coger mi Andariega y perderme por los caminos, siguiendo las indicaciones de la curiosidad. De una leira a otra.

No sé si con mi Micra he recorrido tantos senderos como la Andariega original de Javier Villafañe, pero doy fe de que lo intento.

En este oficio nuestro, muchos son los km y a cientos se cuentan los carteles indicativos que nos llevan a destino.

Muchos de ellos, por no decir todos, cuentan una historia que muchas veces no valoramos o “aprovechamos” en su justa medida.

Ávidos como estamos siempre de historias para contar, muchas veces no vemos que tenemos a mano un tesoro.

La tierra es un palimpsesto que a poco que rasquemos habla, canta, narra, ¡vive!

Los topónimos no solo nos dan una valiosa información geográfica plena de significado, sino que están llenos de contenido semántico y simbólico.

Los nombres geográficos no solo tienen la capacidad de conectar descripciones e ideas sobre el territorio, sino que también son etiquetas emocionales que nos retrotraen en el tiempo y el espacio a historias y hechos que identifican y distinguen a las personas que allí viven.

En los últimos años se ha empezado a poner en valor el hecho de que los topónimos son un tesoro inmaterial en el marco patrimonial y en el propio lenguaje.

La toponimia es el hilo conductor que articula la lectura y la interpretación del territorio, siendo su manifestación únicamente oral.

Los narradores orales trabajamos con patrimonio inmaterial, ¿cómo no enamorarnos de los topónimos? ¿Cómo no leer el territorio como un gran mapa donde las historias se superponen, capa a capa?

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A los seres humanos nos encantan las etiquetas, las generalizaciones, reducir grandes grupos de elementos o de personas a una serie de «circunstancias» para poder definirlos. Y tal actitud es comprensible en tanto que reduce en gran medida el caos existente en la Naturaleza y en cierto modo nos ayuda a entender el mundo ahora que lo hemos reducido a una pequeña serie de elementos. Tan solo hemos de apelar a ciertas características para determinar la clase social a la que pertenece una persona, por ejemplo. Sin embargo, sabemos que ninguna de esas personas responde a un único patrón, que es imposible abarcar de modo exhaustivo cada mínima diferencia.

Del mismo modo, el empeño en la clasificación de los cuentos folclóricos no deja de ser equívoco y frustrante. Es por ello que, si bien existe una «guía dominante» que supone una ayuda valiosísima a la hora de localizar y comparar cuentos, también hay posturas críticas respecto a dicho conato generalizador. La objeción principal, al igual que ocurre en el caso de las personas, es que no se tienen en cuenta todas las diferencias, es decir, las variantes, que pueden ser infinitas.

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Hablar, narrar, imaginar… son tareas culturales y por lo mismo han sido también objeto de estudio de la antropología. A lo largo del tiempo numerosas investigaciones se han interesado, por ejemplo, por la relación entre mito y rito.

El mythos es un vocablo griego sin equivalente exacto en otras lenguas antiguas. Los latinos lo tradujeron por la palabra fábula, término que implica algo fantástico, inventado, pero no ausente de valor pedagógico y por tanto de validez, aunque ésta se oculte bajo la apariencia de mentira. Sin embargo el uso que le dio la cultura griega al término fue mucho más amplio, quedando concretado por el contexto en el cual se incluía. Por ejemplo, en los textos homéricos significó indistintamente: palabra, discurso, relato, narración, fábula o cuento.

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Con el presente texto os propongo un juego de indagación y devolución. Os cuento primero el origen del juego y después las pautas.

Al recibir la invitación a participar en el presente Boletín nació en mí una inquietud, pues al haber participado ya en varios boletines de AEDA y en la revista AEDO tuve la sensación de que lo poco que sé, ya lo había contado por este medio. Mas “Antropología y narración oral” me resulta un tema tan apasionante que decidí aceptar la invitación y contaros no lo que sé, sino lo que en ocasiones intuyo. Y a modo de juego, ampliar con ustedes el mapa donde narrar.

El origen del juego. Iré desde lo pequeñito y personal, a lo grande y grupal.

Mi interés por la mirada antropológica en la narración oral tradicional nació con mi paternidad, hace 12 años. Mi primera hija, cuan aún apenas hablaba, seleccionaba de la biblioteca de casa los libros que quería que le leyese. De todos los libros que ella elegía, prácticamente la totalidad, eran de cuentos. De los cuentos que elegía, la inmensa mayoría eran populares (aunque su selección variaba con el tiempo, un mismo cuento lo solicitaba de forma reiterada durante un largo periodo) y de los relatos que no eran populares elegía aquellos que tenían relación con el origen de su vida (Sal bebé, La primera vez que nací…).

FOTO NATALIA

La antropología tiene mucho que ver con la narración oral. Los antropólogos pasan el tiempo recogiendo historias orales en campo, transcribiéndolas en sus etnografías, comparándolas en sus trabajos teóricos, e incluso haciendo cursos de storytelling para que el público lego deje de dormirse en las conferencias (1). Antaño les era más fácil encontrar estas historias: recorrían las selvas, mares y desiertos en busca de “pueblos primitivos”, por ende ágrafos y depositarios de una rica oralidad. Hoy la modernización de los pueblos tradicionales amenaza su clásico nicho de estudio, y aunque algunos perseveran en buscar “nativos verdaderos”, otros han decidido reinventarse, atendiendo a las franjas salobres donde se mezclan lo viejo y lo nuevo, surgiendo así antropólogos urbanos y antropólogos de la propia cultura, entre otros mutantes adaptados a la confusión postmoderna, y de paso confundiéndose ellos mismos con sociólogos y folcloristas. Así, mientras los antropólogos de la alteridad (2) lamentan el canto de cisne de los narradores tradicionales, los antropólogos del asfalto llaman la atención sobre nuevos fenómenos urbanos, como los resurgimientos de la narración oral en las ciudades, el giro narrativo de los años 80, o el boom del storytelling en los años 2010. Sea cual sea su asunto de interés, la mirada antropológica sigue siendo pertinente por muchas razones. En materia de oralidad, los estudios sobre culturas específicas nos recuerdan que en el mundo hay muchos tipos de narradores, muchos géneros de historias, e inumerables razones para contar y maneras de contar. También nos hace notar que el poder de una historia oral para lograr un propósito concreto depende estrechamente del contexto social y cultural en que se cuenta, y de la capacidad del narrador/a para entender este contexto y usarlo a su favor. Por último, los trabajos teóricos fieles aún a la pregunta fundadora de la disciplina — ¿Qué es lo que realmente nos hace humanos?— , siguen sospechando que tras la inmensa diversidad de formas culturales, existen rasgos compartidos por todos los seres humanos, y el reto antropológico es descubrirlos. Entre ellos, esa asombrosa habilidad y debilidad nuestra por las historias, que nos ha hecho acreedores de un merecido apodo: Homo Narrans.

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