Hará(1) unos treinta años, Johnny Cassidy, un hojalatero nómada que a la sazón vivía en el condado de Dublín, en Irlanda, le narró la siguiente historia a la folklorista estadounidense Artelia Court: 

 

Érase una vez un joven caballero que salió a buscar cuentos, y se encontró con un anciano que sabía de esas cosas.

Dice:

–¿Anciano, me contará un cuento?

–Sí –le responde al joven caballero–, te contaré un cuento.

Y bueno, pues le contó un cuento extraordinario.

–Bueno –le dice al joven caballero–, págame el cuento.

–¿Cuánto quiere? –dice el chaval–. Era una historia extraordinaria.

–Oh, no –replica el anciano–, no quiero dinero, pero tienes que pagarme el cuento.

–Claro, pero si no acepta dinero, no puedo pagárselo. Sin embargo, la que me ha contado era una historia extraordinaria, y le pagaré la suma que me pida.

–Bueno, cuando me pagues ese cuento –dice el anciano–, yo te contaré otro. Pero me lo tienes que pagar.

–Señor, no puedo hacerlo –contesta el joven caballero– si no acepta dinero.

–Pues sí, no aceptaré dinero –dice–, pero te diré lo que voy a hacer contigo. Si no me pagas el cuento, te transformaré en un pájaro del cielo durante un año y un día.

Y eso hizo. Transformó al muchacho, digamos, en una golondrina del cielo, durante un año un día. Y pasado el año y el día, el anciano volvió a llamarlo.

–¿Has averiguado –pregunta– cómo pagarme el cuento?

Estudié trabajo social, tengo claro que fue por mi capacidad de empatizar con el dolor y la dificultad ajena, pero ¿de dónde viene esto?

Podría hablar de claras influencias en mi historia familiar, pero creo que si frunzo el ceño y miro hacia el vacío (arriba a la derecha), lo que viene siendo reflexionar, puedo conseguir despejar la bruma de lo que nunca, hasta ahora, me ha sido revelado por falta de planteamiento. Cómo los cuentos que me contaban de pequeña influyeron en mi trayectoria profesional y en las decisiones y proyectos que emprendo.

Leía y escuchaba mucho, recuerdo mi infancia pidiéndole una y otra vez a mi madre que me contara el mismo cuento “El pájaro que habla, el árbol que canta y la fuente de oro” una de las historias de las Mil y una noches. Me encantaba, me transportaba a miles de historias paralelas, un cuento dentro de un cuento que, además, tenía muchos relatos.

Soy Begoña López Cascales, directora y gerente del Salón Begoña Estilistas.

Begoña estilistas es una empresa que lleva treinta años dedicada a la belleza facial y corporal. Realizamos servicios de maquillaje, peluquería, tratamientos faciales etc.…

Me preguntan si los cuentos que mi madre y mis abuelos me contaban han influido en mi manera de trabajar. Tengo que pensarlo porque antes no me había detenido en esta cuestión.

De lo que siempre he sido consciente es de que los cuentos me han abierto la imaginación y desde pequeña he tenido más capacidad creativa que ninguna otra de mis amigas.

Maquillaje corporal

Aún recuerdo como un eco lejano la cálida voz de mi madre refiriendo historias una y mil veces contadas en los cuentos infantiles. Cada vez que narraba historias o fábulas introducía variaciones que solía inventar para hacerlas más atractivas. Yo esperaba impaciente el momento de descubrir qué nuevos pasajes adornaban sus relatos. Me asombraba su capacidad de invención para sorprenderme con situaciones inesperadas.

En sus narraciones siempre había algún personaje que era capaz de curar las más terribles enfermedades y sanar los corazones de gente perversa. “La muerte madrina” de los hermanos Grimm, con el joven médico que intenta engañar a la muerte, era uno de mis preferidos.

Pero yo deseaba sanar a los enfermos con la adquisición de conocimientos, sin recurrir al engaño como hacía el joven de la historia. Estoy segura de que las pócimas mágicas en forma de cuentos labraron el camino que me conduciría a amar la Medicina. Conforme iba creciendo, mi interés por descubrir cómo funcionaba el cuerpo humano, cómo enfermaba y cómo era capaz de sanar me llevó a licenciarme en Medicina y Cirugía.

Cae la noche en la selva ecuatorial de Camerún. Se encienden las estrellas, miles de luciérnagas y los fuegos de los pigmeos baka. Ascuas encendidas avanzan en el negro horizonte hasta el lugar donde un techo de palma anuncia que es el lugar que da cobijo a los que se reúnen. Es la plaza del pueblo en la selva africana. Hacia allí se dirigen las ascuas. Vienen de los fuegos familiares a ser parte del fuego comunal. Se juntan las ascuas y se enciende la hoguera. Todos acuden en la oscuridad enmarañada y se sientan alrededor del fuego. Comienza el ritual que da paso a los licanó, los cuentos o consejos –pues eso significa licanó– que se cuentan en la noche ecuatorial. Alguien entona la primera canción, que dice: “En la selva todos somos importantes, aquí no sobra nadie”. Después el jefe del pueblo pide permiso a las mujeres para contar los licanó: ellas son las dueñas de la palabra, de la memoria, ellas construyen los mongulus –esos iglús de hojas que cobijan los sueños y el fuego de la población baka– tejiendo lianas y hojas, y también tejen los relatos que construyen la identidad de los baka. Y cuando las mujeres asienten, comienzan los licanó: “Sa sa é”, dice el narrador. “Sa” contestan todos. Y el narrador comienza a contar y pronto repite un estribillo, y en seguida comienza a repetir la comunidad allí congregada, primero los hombres y las mujeres, luego las niñas y los niños. El coro de voces de toda la comunidad se alza por encima de las llamas. El narrador se pone en pie y comienza a bailar con paso oscilante: el mono ha aparecido, se ha hecho presente en la voz de la comunidad y en el cuerpo del narrador.

El origen de mi vida de narradora está vinculado a la tradición oral. Comencé a escuchar cuentos antes que a contarlos. A través de la investigación, o más bien de la recopilación, empecé en este mundo. Los cuentos que oía se contaban en comedores, en cocinas de pequeños pueblos, con una mesa de por medio, una taza de café, un bizcocho o unas galletas y la mirada directa de los ojos del informante a los míos. Y el primer paso fue escuchar un cuento, devolverle otro, en su mismo tono, sin nada en medio. 

Es un tipo de narración muy próxima, tan cercana que te llegan los suspiros a la piel. Por eso creo que mi trabajo ha quedado tan influenciado por esta forma de contar. Sin artificios, sin decorados, sin disfraces, sin escenografía. Solo la palabra dicha, solo la emoción directa. 

De las cocinas y comedores pasé a las sesiones en las que había muchos más oyentes pero intentando reproducir esa misma sensación, ese mismo ambiente. 

En mi trabajo no suelo utilizar megafonía, digamos que es lo que se sale de lo normal en mi día a día. Y si la utilizo es porque son sesiones muy grandes o espacios abiertos, pero es en muy contadas ocasiones al cabo del año. Por norma general intento que no haya un micro entre el público y mis palabras. 

Hace unos años, dos intrépidos narradores decidimos diseñar una actividad para grupos y que se desarrollara en la calle. Comenzamos entonces el proceso de diseño de una ruta literaria. Iniciado un proceso de gestación, incubación o germinación (elíjase el símil que más guste al lector), gracias a la idea de una tercera persona muy cercana al dúo de narradores, concretamos que la actividad sería sobre leyendas de la ciudad de Sevilla. Pero una ruta de leyendas por Sevilla se antojaba demasiado extenso en el espacio y en el tiempo dada las dimensiones de la ciudad y la cantidad de leyendas de las que disponíamos según la bibliografía facilitada por esta tercera persona y la que comenzamos a consultar.

Para contar en la calle, se nos ponía por delante el reto de acotar la actividad en el espacio para que entrase dentro de una franja temporal de aproximadamente una hora. De esta manera, el grupo al que atendiésemos, podría contemplarla dentro de una jornada agradable y complementaria a otras posibles actividades en la ciudad de Sevilla, a la par de hacerla sostenible económicamente, pagando por ella un precio asequible para las personas asistentes y rentable para nosotros.

Respecto a este reto, tomamos la decisión de que el espacio fuera la antigua judería de Sevilla, desde el paseo de Catalina de Rivera, hasta la Plaza del Triunfo, junto a la Mezquita-Catedral. Este itinerario cumplía además de la duración estimada y unos espacios-rincones con cierto “encanto” y adecuados para parar durante unos minutos con un grupo de hasta 55-60 personas, un requisito importante: la logística para el grupo asistente o lo que es lo mismo, un lugar donde el autobús que lo transportase pudiera parar cómodamente para la subida y bajada. 

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