Mi abuela María era una gran narradora oral. Contaba cuentos, cantaba romances y recitaba oraciones, ensalmos y refranes. Apenas había ido a la escuela, pero tenía una memoria prodigiosa y, a veces, uno tenía la sensación de vivir al lado de una enciclopedia parlante. Con ella al lado aprendí la cadencia de la lengua; recitaba con cierta majestuosidad como si fuera una actriz que actuara para mis hermanos y para mí mientras atendía los guisos o fregaba los cacharros.

“Una vieja fregando
dijo al puchero:
ojalá te volvieras
chico soltero.”

Por supuesto, su repertorio procedía de la tradición oral. Todas las lenguas tienen un tesoro en esa tradición oral que se trasmite de generación en generación. Sancho es el mejor referente. Frente a la locura de don Quijote, Sancho representa con sus sentencias la cordura y el equilibrio popular. Mi abuela era descendiente directa de Sancho.

Sólo cuando mi abuela desapareció me fui percatando de la deuda impagable que tenía con ella. De forma inconsciente ella me había legado un caudal de conocimientos y un gusto por la palabra, por el ritmo, incluso por la entonación. Esa herencia inconsciente la siguen recibiendo hoy todos los niños a través de sus padres y de sus abuelos. 

De la misma manera, los profesores ejercen una influencia decisiva en los gustos literarios de sus alumnos. Cuando un profesor cuenta una historia entresacada de un libro o cuando pondera un episodio vivido por personaje concreto, ya le está poniendo la miel en los labios y empujándolo inconscientemente a abrir las páginas del ese libro.

El profesor, con frecuencia, goza de un aura para el alumno, es un modelo a imitar, cualquier sugerencia que salga de sus labios puede resultar decisiva para él.

Recuerdo al respecto a don José, mi profesor de Literatura. Entonces no había la oferta de libros que tenemos hoy. Utilizaba la táctica del resumen, del poema, o de la lectura de un fragmento especialmente afortunado de una obra por la que sentía atracción. Y tras la sugerencia éramos muchos los que, por nuestra cuenta, intentábamos saber de aquel autor que habíamos conocido gracias a él.

Pasa el tiempo y uno, posiblemente, se ha olvidado de muchos de aquellos autores que recomendaba don José. Da igual. Lo inolvidable es ese clima, la expectación, los comentarios que luego surgían y, lo mejor, cómo aquel autor nos llevaba a otro y a otro. Porque los autores forman una densa tela de araña. Pero el camino para andar por esa densa tela se lo tiene que trazar cada cual. Lo importante es el primer impulso, la creación del gusto y el poso inolvidable que todo ello deja.

De ahí que la narración oral, la trasmisión de cuentos y de historias ejemplares y emocionantes no solo a través de profesionales, sino de aquellos que están más próximos, pueda resultar decisiva para enganchar a los muchachos en esa aventura leer y para que ellos mismo, en su propio rodaje, eduquen su gusto. A la larga nada les hará más libres, más cultos y más capaces.


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