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Dicen que en el mundo fantástico de los cuentos maravillosos –les rondalles– hay un enigmático castillo llamado “d’Iràs i no Tornaràs” en el que se habla de Aliorna o Liorna, donde quien va no vuelve (de qui va no torna), de pequeñas luces azules que indican al viajero que allí, en aquel punto lejano que justo aparece brillante entre la oscuridad, hay unas casas donde se esconde algo fascinante y secreto... El espacio de los cuentos maravillosos es un espacio genérico, a menudo poco detallado, formado por caminos que se bifurcan y bosques espesos, hostales providenciales, casas de las que sale el miedo cada noche, jardines subterráneos donde el cielo y el sol brillan como si estuviesen sobre la tierra y no dentro de sus entrañas, cuevas que encubren mil peligros desconocidos, palacios deslumbrantes de encanto, castillos que defienden y esconden, que muestran y atraen, que son al mismo tiempo destino y punto de partida.

El castillo es, pues, un escenario habitual en las  rondalles de nuestra área cultural. A veces no es mucha la diferencia entre palacio, fortaleza y castillo, son términos que se usan casi como sinónimos. Pero, en principio, la fortaleza tiene una función básicamente defensiva, el palacio una función esencialmente residencial y el castillo combina ambas. Así, los castillos suelen estar situados en lugares estratégicos, comúnmente en lugares elevados para controlar el territorio y rodeados de murallas que los defienden de cualquier ataque y desde los cuales se puede atacar al enemigo. En ocasiones son lugares que delimitan y guardan las fronteras. Complementan los muros altas torres dentro de las que guarecerse del peligro y desde las que poder ver bien lejos, hasta en el horizonte. Y a menudo se encuentran rodeados por un foso que se puede llenar de agua y así reforzar el aislamiento y la defensa. Pero también cuentan con espacios de residencia: salas, cámaras, cocinas... en las que desarrollar una vida de comunidad o en familia.

Pero el castillo en los cuentos maravillosos es esencialmente un espacio simbólico, equiparable a veces al de la torre. La narrativa oral es poco descriptiva en general, su esencia es la acción, el desarrollo narrativo. Es por eso que quien narra justo suele denominar el espacio –que conceptualmente ya se revela en quien escucha– o bien lo describe de manera sumaria, en cambio, en las versiones escritas en ocasiones podemos encontrar más detalles que no siempre podemos saber si se deben a la voz del narrador oral o a la pluma del versionador. De los castillos en los cuentos maravillosos se nos dice poca cosa, pero se destaca su presencia imponente, su magnificencia o su inexpugnabilidad. El castillo es el centro del poder de la realeza, la casa del rey y, por tanto, de los príncipes y princesas que son hijos y herederos. Pero, paralelamente, en el castillo se desarrolla también la vida del ejército (los soldados que lo defienden) y la de los sirvientes (criados y criadas, nodrizas, niñeras, mayordomos, cocineros, jardineros, cosedores, reposteros, armeros, etc.). A menudo hay una interrelación entre los dos mundos (una verdadera tensión argumental) que se resuelve con el ascenso social del héroe y la heroina, que puede acceder a casarse con un príncipe o una princesa gracias a sus cualidades positivas, su ingenio, su bondad o su inteligencia, de forma que  el castillo  se convierte  en una parte de la recompensa, el símbolo claro del ascenso  social.

Un gran número de cuentos se articulan en el entorno del tema o motivo del viaje. El protagonista –sea hombre o mujer– se ve empujado por las circunstancias a salir de su entorno e ir a otro lugar, lejano, a la búsqueda de algo. A veces el objeto buscado es una persona, otras se trata de un elemento mágico –en algunos casos, como en los cuentos maravillosos del ciclo del esposo transformado, es necesario que la heroina –o el héroe– queden en aquel lugar un tiempo indeterminado en compañía de un ser sobrenatural de aspecto feroz y sean capaces de resistir las pruebas que la nueva vida les presenta, tal como pasa en la conocida historia de “La bella y la bestia”. Muchas veces este sitio de destino es un castillo. Se convierte entonces en un lugar mágico, un sitio misterioso habitado por seres dotados de poderes sobrenaturales y donde no rige la lógica de la realidad conocida. Así, en el cuento de “Es castell d’Iràs i no Tronaràs” en la versión que publica Antoni M. Alcover en su conocida obra Aplec de rondaies Mallorquines d’en Jordi des Recó (tomo 7), el castillo es el lugar donde reina un oscuro personaje –un ser maligno equiparable al diablo– padre de tres doncellas. El héroe –Bernadet– tiene que ir, por una promesa que, en mala hora, hizo a su padre. Tanto la ida como la vuelta del castillo de Irás y no Volverás presentan numerosas complicaciones y peligros. El héroe tiene que viajar infatigablemente montando su caballo, obtener información de tres viejos ermitañoss –que son reyes de los animales de la tierra, de los peces del mar y de los pájaros del cielo, respectivamente–, volar doce días por encima del mar a lomos de una vieja y enorme águila, seguir las instrucciones que le dará una abuela de quinientos años, coger a escondidas el anillo de na Fadeta –la hija pequeña del rey del castillo– y después seguir estrictamente las instrucciones que ella le da para poder salvar la vida. Una vez en el castillo tendrá que realizar las tareas imposibles impuestas por el rey que sólo se pueden realizar mágicamente con la ayuda de na Fadeta y los seres mágicos que ella domina (los pequeños homenets i donetes de colzada y els dimonis boiets) para poder casarse (después de sortear un proceso de selección engañoso) con la chica que le ha robado el corazón. Sin embargo, una vez casados, y para huir de la ira del rey, tendrán que emprender el viaje de retorno y para escapar a la persecución usarán el encantamiento que les permitirá a ellos y a su caballo transformarse primero en un carbonero  y un depósito de carbón, después en un pastor y una guarda de ovejas y, finalmente, en una leona, un tigre y un oso que destrozarán a dentadas al perseguidor. En toda esta compleja peripecia el castillo es un escenario poco descrito. Por frases dispersas sabemos que tiene torres, carrera, portalón, comedor con una mesa bien puesta, cámaras con siete colchones, tienda, bodega y establo donde se guardan tres caballos, uno que corre tanto como el viento, el otro tanto como la vista y el tercero tanto como el pensamiento. Es sin embargo, y esencialmente, un espacio simbólico en el que conviven la belleza –de las tres hijas–, con la fealdad –el alma del padre–, el prodigio –los tres caballos, los seres fantásticos que hacen los trabajos imposibles– y la riqueza, la vida cotidiana y la vida sobrenatural, la inteligencia –se nos dice que el rey es muy listo pero que su mujer lo es siete veces más y aún lo es más la hija pequeña– y la violencia capaz de perseguir y aniquilar. Por tanto, el castillo de Irás y no Volverás lo podemos entender como una metáfora del viaje a nuestro interior, donde conviven nuestros sentimientos positivos con nuestras emociones negativas, nuestra bondad con nuestra maldad, el corazón y el cerebro, el impulso y la razón, el coraje y la debilidad. Ir al castillo, con todos los peligros que comporta, es hacer el camino hacia nuestra madurez personal. Al llegar, ser capaces de pasar las pruebas que la vida nos pone, de escoger la persona que nos apoyará, de recibir ayuda. Volver es poner en acción todo aquello que hemos aprendido con ingenio, inteligencia y firmeza. La recompensa es el equilibrio de la etapa adulta, poner cada cosa en su sitio, valorar aquello que tenemos y por lo cual hemos luchado.

El castillo es el lugar al que ir, la muralla que escalar, el espacio en el que ensayar una nueva vida, la fortaleza a la que conquistar aquello que deseamos, la torre desde la que mirar y calibrar aquello que nos rodea, el puente elevadizo que podemos abrir a los amigos y a los enemigod, la protección deseada de las inclemencias del mundo, el palacio de la vida de oro al que todos aspiramos. El castillo está en nuestro interior, el camino para llegar es un laberinto, el hilo de la vida marca el itinerario a hacer y deshacer, dónde ir y de dónde volver, más ricos, más sabios, más humanos.

Universitat de les Illes Balears – Grup d’Estudis Etnopoètics (GEE-IEC)

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