Desde el momento en que Tim puso el pie en Guadalajara, se produjo una fascinación. Llegó para actuar en el Teatro Moderno, en el Festival que se programa dentro del Maratón de los Cuentos, con Casilda Regueiro como pareja artística. Era uno de los primeros narradores extranjeros que participaban en el Maratón y eso, para quienes lo organizábamos, era un acontecimiento. Por eso conservo muy fresco el recuerdo.

Quienes vivimos el Maratón por dentro nos perdemos muchas de las cosas que ocurren ese fin de semana en la ciudad. Si hay que estar en el Palacio hay que estar en el Palacio y, por mucho que nos apene, no podemos ir a ninguna de las cosas que se desarrollan simultáneamente. Por eso, el primer recuerdo que tengo de Tim es lo que comentaban los compañeros que sí habían visto su actuación. Estaban muy impresionados. Por su voz –parecía un locutor de la BBC, decían– y por su presencia escénica. En ese Maratón, quizá porque todavía no conocíamos a Tim, no nos referíamos a él por su nombre sino que le llamábamos “el inglés”, pero lo pronunciábamos con mayúsculas. ¿Qué tal ha estado EL INGLÉS?, preguntábamos los que no habíamos visto su espectáculo a los que sí. Extraordinario, contestaban también en mayúsculas los que venían entusiasmados del Teatro Moderno.

El encuentro real con Tim, en mi memoria, viene precedido por un movimiento de sillas. Todavía puedo ver cómo, cuando en la medianoche de aquel mismo Maratón le tocaba contar en el Palacio, dos sillas blancas volaron al escenario desde las primeras filas del patio de butacas. Cuando él se sentó en una de ellas, esa modesta silla de plástico se convirtió en un trono. Porque desde el principio estuvo claro para todo el mundo que Tim era un rey de la narración. 

¿Que cómo supimos las mil personas presentes a esas horas que había llegado un rey? Muy fácil: porque iba vestido de rey –con esa camiseta multicolor que se pone en el escenario–, por la elegancia y parquedad de sus movimientos y por la autoridad que emanaba de su voz. Cuando el rey empezó a contar, el silencio de su pueblo (léase auditorio) podía cortarse con un cuchillo de plata. 

Alguna vez ha dicho Tim que él ha cambiado completamente de actividad en cada década de su vida. Como hombre pudoroso que es, no cuenta –al menos no a mí– cuáles son las cosas que hacía antes de dedicarse a la narración, pero yo no puedo imaginármelo en otro oficio. Sus dotes naturales para contar y su elección de repertorios cautivadores obligan a escucharle en cuanto abre la boca, y la aparente dificultad que supone para los que no sabemos inglés tener que esperar unos segundos la traducción, no crea ninguna barrera entre él y su público. Aprender eso nos ayudó a quienes programamos narración oral a solventar el difícil asunto de las diferentes lenguas, y nos abrió caminos para poder traer profesionales de otros países. Pero, la verdad, es muy difícil conseguir la perfección y armonía que Tim, ahora con Charo y antes con Casilda, da a sus espectáculos.  

Después de aquel aterrizaje triunfal en el Maratón, Tim ha actuado muchas veces en Guadalajara. Es uno de los narradores preferidos por el público, y eso se pudo comprobar cuando, hace años, el éxito rampante de los Viernes de los Cuentos nos obligó a cambiar el primer local, de ciento sesenta butacas, por otro de más del doble. El cambio se hizo en medio de la temporada, justo cuando estaba programado Tim, y recuerdo que pensábamos que la gente se despistaría y que, si había público esa noche, llegaría tarde porque primero habría ido al viejo local. Confiada en eso, yo llegué al salón de actos cuando sólo faltaban diez minutos para el comienzo del espectáculo, y me quedé estupefacta porque ya no había ni una butaca libre: el local estaba lleno, con gente abarrotando los pasillos. Ahí fue cuando vi claramente el grado de enamoramiento que Tim produce en la ciudad de Guadalajara.

Este rey de la narración, cuando se baja del escenario se convierte en una persona normal y corriente, de esas a las que les gusta el futbol y la cerveza. De esas que se ríen mucho. De esas que aman profundamente a su familia. De esas que agradecen a la vida, por ejemplo, la posibilidad de ver el mar desde la terraza de su casa. Lo sé porque he pasado con él algunos momentos memorables.

Aún vivía yo en el Palacio del Infantado, en un piso abierto a todos los artistas que venían a Guadalajara, cuando se encontraron en una sobremesa nocturna Tim y Gabriel Moreno, un gran mago que había venido a hacer un curso de magia para niños. Sobre las migas de la cena Gabriel extendió la baraja y, delante de nuestras asombradas narices, empezó a hacer cosas imposibles. Recuerdo de aquella noche la risa de Tim, medio nerviosa, medio encantada; una risa no tan diferente de la de mi hijo, que entonces tenía siete u ocho años.

Con ese mismo hijo y sus amigos compartió Tim piso años más tarde, una temporada en la que tuvo muchas actuaciones en Madrid. Le ofrecieron la habitación mínima que les quedaba –el zulo, lo llamaban ello por lo pequeña– y la aceptó encantado. Debió de correr mucha cerveza por aquellas gargantas, mucho futbol por la tele de aquel piso, mucha conversación de madrugada, mucha risa… Prefiero no imaginar lo que hacía aquella pandilla joven y alocada (adjetivos en los que, por supuesto, incluyo a Tim) pero, fuera lo que fuera, se tejió entre ellos algo tan fuerte y profundo que, aún hoy, Tim sigue siendo uno de los suyos.

Releo lo escrito hasta ahora y veo que he puesto ya tres veces la palabra “yo”. Eso me disgusta porque una vez le dije a Tim que estaba tratando de que ese término sonara cada vez menos en mi boca. Era un momento de esos en los que sabes que tienes que soltar algo pero no eres capaz, y él me dio alguna pauta que me sirvió de mucho porque, entonces pude comprobarlo, es un sabio.

Llego al borde de mi folio y medio y veo que, tras escribir más de mil palabras, no he sabido retratar a Tim. ¿Qué es él realmente?, ¿un rey, un niño, un joven alocado, un sabio? No lo sé. Lo único que de verdad sé es que, cuando aterrizó en el Maratón de los Cuentos de Guadalajara, entró en nuestras vidas alguien importante. Importante para mí, para el propio Maratón y, desde luego, para la narración oral en España.

Las cosas fundamentales ocurren sin que nos demos cuenta. Cuando Tim pisó por primera vez Guadalajara no supe lo que ahora sé: que la suerte nos hizo un gran regalo el día en que comenzó su generosa y larga estancia entre nosotros. 

Muchísimas gracias por ello, querido Tim. 

Blanca Calvo

Este artículo fue publicado en el Boletín n.º 52 de AEDA, monográfico dedicado a Tim Bowley


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