Sentados en la mesa con las piernas colgando, sonriendo a quienes van entrando y sentándose en el aula, biblioteca o lugar donde se vaya a celebrar la sesión de narración, así es como recibían Tim y Casilda primero, Tim y Charo después, a los cientos, miles de adolescentes navarros que han tenido la suerte de escucharlos a lo largo de muchos años.

Fue a principios de este siglo, cuando los vimos por primera vez. La novedad estaba servida, pues ofrecían sesiones de narración bilingües en inglés y castellano que, cuando menos, sorprendían. No teníamos muy claro si Tim contaba y Casilda traducía, si contaban la misma historia de forma paralela pero cada cual con su estilo, si… Muchas eran las dudas sobre este nuevo formato, sobre todo porque nos costaba imaginar cómo se podía contar de este modo sin que la narración perdiera frescura, espontaneidad. Nos consta, de hecho, que su relación comenzó así, traduciendo Casilda a Tim, pero cuando vinieron por primera vez a Pamplona, lo que vimos no tenía nada de traducción, era algo mágico, único. Dos voces, dos idiomas, dos tonos dando vida al mismo relato de una forma tan coherente, coordinada y compenetrada, que rompían todos los esquemas, todos los prejuicios. No es que el relato no hubiera perdido frescura, es que la ganaba. Dos magníficos profesionales dando forma a bellas historias cuidadosamente seleccionadas y estratégicamente desarrolladas.

¿Se puede sonreír y tener gesto serio a la vez? También cuesta imaginarlo, pero se lo hemos visto a Tim en multitud de ocasiones. La sonrisa con la que reciben a los adolescentes se complementa con una sutil elevación de ceja, con la mirada fija en quien - ya sentado todo el mundo-, tarda en guardar silencio, un gesto suave, calmado, pero firme. ¡Funciona! Se hace el silencio y sin mucha dilación, entran en la primera historia.

A pesar de haberles escuchado en múltiples ocasiones, nunca he podido adivinar la selección de repertorio que harían en cada sesión, incluso con estudiantes del mismo curso y centro escolar. Cada contada ha sido siempre una incógnita, algo que me gusta. 

Tim comienza a narrar en inglés –¡me encanta escuchar su acento, aunque no entienda todo lo que dice!– y de forma simultánea, Casilda o Charo narra en castellano. Su presencia, su estar delante del público, su complicidad al contar, crea en cuestión de segundos un clima mágico. Chicos y chicas, desprevenidos por su compenetración, enganchados por un repertorio significativo, interesante, que habla de ellos mismos, se entregan a la escucha y disfrutan. La escena es maravillosa y se repite, año tras año, instituto tras instituto, para nuestra satisfacción. 

Los adolescentes suelen ser escépticos ante la perspectiva de una sesión de cuentos, seguramente debido al desconocimiento de que los cuentos no tienen edad o que los hay para todas ellas. 

¿Cuál puede ser la clave de su éxito? Supongo que una suma de muchas. 

Un acertado repertorio repleto de historias que les interesan, historias de la tradición popular de distintas partes del mundo que son universales, que sobreviven al paso del tiempo y de las generaciones porque ofrecen respuestas a las grandes incógnitas de la vida, porque hablan de lo que sentimos, de lo que nos pasa, de los que nos preocupa… Historias profundas y emotivas que dejan cierta inquietud en quien las escucha, que plantan la semilla de la reflexión, en cuanto que plantean debates morales de difícil solución. Intercaladas con relatos de humor, en la justa medida en función del público, conforman “sesiones redondas”, de esas de las que se sale con la sonrisa puesta. 

Sacan a escena cuentos y leyendas británicos –de esos que tanto nos gustan de la corte del Rey Arturo–, pero también de cualquier otra parte del mundo: europeos, asiáticos, africanos o de indios americanos. Da igual, siempre son cuentos jugosos, de esos que mueven por dentro, que permanecen en los participantes en las sesiones.

Una cuidadosa adaptación de cada historia que la hace única, diferente y que provoca la respuesta favorable de los jóvenes a los que se dirige, con su ritmo medido, sus silencios –cuantas veces más importantes que las propias palabras– sus giros cómicos, sus guiños de complicidad, los matices que aportan cada uno, sus aderezos. Chicos y chicas que pasan de la carcajada a la expectación, que imaginan respuestas y finales, que se quedan rumiando lo que les ha quedado, lo que les ha tocado en lo más íntimo, que participan de la complicidad de los narradores y agradecen la autenticidad de los relatos. 

Y por último, una impecable puesta en escena. ¡Cómo se puede expresar tanto sin moverse de la mesa! Narraciones repletas de gestos, sonidos, onomatopeyas, coreografías propias de un equipo de natación sincronizada, para conformar relatos aparentemente sencillos pero de gran complejidad. Una puesta en escena que invita a la participación y posibilita la comprensión de las historias, incluso en un idioma que no dominamos, y una actitud de respeto hacia los adolescentes que participan en las sesiones.   

En resumen, han sido años de muchas satisfacciones gracias a Tim y Casilda los primeros años y a Tim y a Charo los últimos, de felicitaciones del profesorado por el trabajo que hacen, por cómo llegan a sus estudiantes y los sumergen en la tradición oral invitándoles a viajar por distintas culturas a través de los cuentos, a recorrer mundos desconocidos e incorporarlos a su propio conocimiento, pequeños banquetes de oralidad.

Mª Cruz Aquerreta Cangas

Este artículo fue publicado en el Boletín n.º 52 de AEDA, monográfico dedicado a Tim Bowley


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