En noviembre del 2000, durante una salida al campo organizada por el grupo ecologista Ciconia, vi, junto a otras ocho personas, una pareja de lobos en la Sierra de la Culebra (Zamora).

Desde esta organización centrada en la defensa lobo, habíamos llevado a cabo acciones, algunas comprometidas, contra Administración y cazadores, que se negaban a considerar la especie como protegida y continuaban haciendo subastas para la caza de lobo.

Hicimos movimientos arriesgados para llamar la atención, hablamos mucho del tema, nos reunimos para debatir, convocamos jornadas en la zona para saber, para informar, para despertar…, pero, aun así, para mí el lobo seguía siendo “un animal de libro” al que nunca había visto.

También tuve el privilegio de escuchar a Manolín, que fue guardia forestal de la Sierra de la Culebra y una de las personas más sabias y conocedoras de la naturaleza y del lobo que me he encontrado.

“No se mueve un lobo en la sierra, sin que Manolín se entere”, solían decir quienes lo trataban. Cuando yo lo conocí ya era mayor y andaba con dificultad, pero su buen humor, su conocimiento y su amor por el lobo eran tan grandes que lo volvían joven: sus palabras sorprendían y conquistaban.

Él me hizo soñar con este animal, inventármelo, sacarlo del papel y meterlo en el corazón. Después, además, tuve la gran suerte de verlo, y fue entonces cuando le hice una madriguera aquí dentro y se quedó.

Estábamos muy quietos, detrás de unas peñas, en un sitio alto con buena visibilidad. La mayoría habíamos visitado ya la zona y sabíamos que no era fácil ver al lobo, aunque esta sierra fuera una de las zonas de mayor densidad en España.

Algunos miraban con los prismáticos lejos, buscando algún ciervo o algún jabalí y… de repente, se movieron unos brezos, ahí al lado, y aparecieron: primero uno más adulto y luego otro más joven. El mayor se paró, irguió las orejas y después se alejó; el segundo, el jovencico, desapareció detrás de una peña y volvió a aparecer, acercándose más hacia nosotros de forma que pudimos ver al animal, tan hermoso y tan tan cerca, que muchos lloramos.

En un instante, el joven lobo también se alertó, nos barruntó seguramente y decidió marcharse: lo hizo ligero, sin mover una mata, libre, elegante... nunca he visto nada igual.

De las experiencias vividas, ésta es una de las imágenes que guardo con lo especial, con lo importante, con aquello que te pone la carne de gallina y te estremece.

He tenido la suerte de vivir situaciones fascinantes, de esas que mantienen a los amigos en vilo cuando las cuentas, momentos que han ido llenando mi mente y mi alma con imágenes que luego, como narradora, pueblan muchas de las historias que cuento.

Y, sin embargo, esa imagen que guardé del lobo no ha pasado a ninguna historia narrada y tampoco he contado historias sobre lobos. Pocas veces he contado esta visión que tuvimos en la Sierra de la culebra y nunca en público.

Mucha gente sabe que me fascina este animal, pero no cuento cuentos sobre él: no cuento ni historias tradicionales, ni historias modernas, ni mitos, ni nada.Y aunque en muchas ocasiones he pensado hacerlo, no lo he hecho.

Me encanta leer a quien pudo estar cerca del lobo y cuenta sus vivencias y sus huellas: a Ramón Grande del Brío, o a Nick Jans en Lobo Negro que cuenta cómo un lobo negro pasó a formar parte de su vida y pudieron conocerlo a lo largo de varios años.

Pero algo que adoro es escuchar cuentos de lobos, en boca de gentes de  pueblo, o de compañeros o compañeras, también los tradicionales en los que el lobo es malo malísimo y acaba destrozado en un río o el que se zampa a la pobre Caperucita, o las historias que me contó Manolín en las que la raposa engaña al pobre lobo que es de lo más bobo.

Y me gusta escucharlas porque, en la voz y la palabra contada, el lobo vibra, como vibra cualquier cosa que se cuente bien.

Sí he contado una historia aragonesa que me encanta, sobre un mentiroso que dice que ha visto muchos muchos lobos y finalmente se le descubre la fanfarronada. Poco más.

Y ahora reflexiono: ¿qué me ha pasado? ¿por qué el lobo y esta profesión mía que me apasiona tanto como él, nunca se han mezclado en estos años?

Cómo solía decir Manolín, “un lobo sólo es verdadero lobo cuando caza y cuando juega”. Porque el lobo, como lobo, es feroz y depredador pero el lobo también juega y esa es una importante característica distintiva de este animal con gran sociabilidad. Pero esta condición lúdica es también un distintivo de la evolución humana: el homo ludens, como recuerda el historiador Huizinga, y recoge Ramón Grande del Brío, un gran naturalista y conocedor del tema, en su libro (muy recomendado) Tras la senda del lobo.

Entonces, humanos y lobos juegan...

El ser humano desde la antigüedad se ha fascinado con este animal y ha jugado con él, más bien con su imagen, con su aullido, con lo que había hecho o podía hacer.

Quizás el lobo también ha jugado, desde su inteligencia inmensa, con los humanos y por eso se ha colado en su imaginario, en sus leyendas, epopeyas, símbolos, en sus libros sagrados y en otros no tan sagrados, en su arte, en sus escudos heráldicos, en sus poemas, en su folklore, en sus producciones artísticas y literarias... Los humanos lo han magnificado, se han identificado con él, han inventado hombres-lobo, lo han temido, lo han asociado al violador y al asesino, lo han odiado y admirado.

En su aspecto benéfico el lobo es un símbolo de luz, representa cualidades de fuerza y valor. Y así, por ejemplo, en Grecia el lobo se asoció con Apolo: Delphos había sido fundada por los supervivientes de un diluvio, guiados por los aullidos de los lobos. 

En Italia, una loba cuidó y amamantó a los fundadores de la ciudad, Rómulo y Remo y pasó a ser el emblema de la ciudad y símbolo de fertilidad.

Mientras en Grecia el lobo fue también una de las formas atribuidas a Zeus, en la mitología romana se asoció a Marte, dios de la guerra, y en otros países evoca también una idea de fuerza mal contenida, gastándose con furor, pero sin discernimiento.

También el lobo se asoció con divinidades infernales: la loba de Mormolice fue nodriza de Aqueronte, barquero de los infiernos; Hades, señor de los infiernos, se viste con un manto de lobo, y para los etruscos el dios de la muerte tiene orejas de lobo.

La boca del lobo, en la mitología escandinava, es un símbolo de reintegración cíclica, similar al que encontraos en la India, donde Skoll y Hati son gigantes en forma de lobos que persiguen al sol y a la luna,y eran causa de los temidos eclipses, en los que se los hubieran tragado, de no ser por los hechizos forjados contra ellos.

En la India se habla de la codorniz prisionera en la garganta del lobo Vrika, posteriormente liberada; aquí la codorniz es un símbolo de luz, y la boca del lobo las tinieblas, los infiernos; la liberación de las fauces del lobo es la aurora, la luz iniciática que sucede al descenso a los infiernos.

Pero en la civilización hindú, el lobo también es héroe, así, en la epopeya del Mahabharata, Vridokara (vientre de lobo) representa el valor, el honor y la victoria del héroe.

En Mongolia, el mito del lobo azul reviste una fundamental importancia: el lobo azul, Bortä-Tchino, o lobo celeste simboliza la luz uránica, el rayo. Es la pareja de la cierva blanca o leonada, que representa a la tierra, en la unión sagrada de tierra y cielo, padres de la dinastía Khan.

En Turquía, una leyenda explica cómo un pueblo fue masacrado, salvándose, sólo por descuido, un niño que sería recogido por una loba y protegido en su guarida. Posteriormente la loba se convertiría en su mujer, y la descendencia de ambos sería el origen de los primeros turcos. Cada año, se ofrecían sacrificios en la gruta en la que la loba habría dado a luz a los antepasados, lo que nos recuerda a las lupercales romanas, y al igual que entre los romanos, entre los turcos el lobo es un símbolo propiciatorio de fecundidad. En Anatolia, aún se ve a las mujeres estériles invocar al lobo para tener hijos. En Kamchatka, en la fiesta anual de octubre, se fabrica una imagen del lobo de heno y se conserva un año con el fin de que despose a las jóvenes de la aldea.

Los egipcios tenían un dios lobo de los muertos, llamado Upuaput, “el que abre camino”, encargado de guiar la barca del sol en su desplazamiento nocturno. Upuaput tenía una ciudad que posteriormente los griegos llamarían Licópolis. Según Diodoro de Sicilia, un ejército de lobos habría detenido una invasión etíope sobre el territorio, y el nombre conserva el recuerdo de la victoria de los lobos sobre el enemigo.

Cuando el dios lobo era invocado por los vivientes, los conducía por múltiples pruebas hasta llegar al camino de los Bienaventurados, lugar dónde Osiris los acogía e impartía sus enseñanzas. También, según Diodoro de Sicilia, el mismo Osiris resucita en forma de lobo para ayudar a Isis, su esposa, y Horus, su hijo, a vencer a su malvado hermano Set.

Una leyenda inuit cuenta que al principio sólo existió una pareja de humanos, sin animales; y la mujer pidió a Kaïla, dios del cielo, que poblara la tierra. Éste mandó perforar un agujero en el hielo, como los empleados en la pesca y de allí salieron todos los animales, el último de los cuales, y más preciado, fue el caribú que daría alimento, pieles y otros enseres a la comunidad. Sin embargo, al cazar a los mejores, pronto no quedaron más que los enfermos o débiles. Entonces la mujer volvió a pedir ayuda y, por el mismo sistema, pescó al lobo, enviado por Amorak (el espíritu del lobo), para que devorara a los animales débiles y mantuviera la calidad del caribú.

China también conocía un lobo celeste (la estrella Sirius), guardián del palacio celestial (la Osa mayor). El carácter polar se encuentra en la atribución del lobo al norte. Este papel guardián da lugar al aspecto feroz del animal. En ciertas regiones del Japón fue invocado como protector.

¿Qué pasó en occidente en la época medieval con el lobo? Algunos estudios (Morales Muñiz, 2014) apuntan que “en la humanidad anterior al cristianismo y religiones no morales, el lobo representa más una magnificación que una oposición”.

Y nos dice también:“El simbolismo animal nos revela la actitud medieval ante la ciencia, al menos hasta el siglo XIII. La ciencia zoológica no interesaba grandemente, aunque el mundo animal inspire curiosidad. Los aspectos científicos del animal importan poco, pero eso sí, reales o ficticios sirven, como en ninguna otra época histórica para enseñar y moralizar”.

Por otro lado, Arturo Morgado García (2011) apunta: “En los primeros siglos medievales tampoco las relaciones con el ser humano fueron especialmente conflictivas. En el Roman de Renart el lobo es tratado como un animal estúpido y ridículo, cegado por la rabia y el resentimiento, y continuamente humillado. No se le teme en los siglos XII y XIII. Pero la situación comienza a cambiar a partir del siglo XIV, cuando la peste y la crisis económica provocan la despoblación de los medios rurales y la reaparición del lobo en muchos lugares de los que había sido alejado por la presión humana. No es casual que el lobo sea el animal perverso por naturaleza en los cuentos populares europeos, siendo un ejemplo de ello la famosa "Caperucita Roja". Ni tampoco que la bestia de Gevaudan, que aterrorizara esta región francesa a mediados del siglo XVIII, fuese un lobo gigantesco”

En definitiva, que el lobo acabó siendo la encarnación del mal.

“A partir del siglo XVII ya hay un interés más descriptivista y científico por el lobo y otros animales, pero hasta el S XIX no entramos en un marco más afectivo con las primeras medidas proteccionistas (aunque con antecedentes muy antiguos como Plutarco), el que intentó establecer un marco de relación más igualitario entre los animales y los seres humanos”. 

Pero, aun así, a pesar de esta evolución, ese lobo feroz y atroz perdura en nuestro imaginario y nuestros hijos con muy poca edad ya asocian al lobo con la maldad.

Hay autores, como R. Delort (1984), que sostienen que la concepción medieval del animal se ha perpetuado a través de la tradición oral, del folklore, y de cientos de manifestaciones artísticas. A través de la simbología animal el humano quiso llegar a captar una realidad superior y sagrada: los animales y su significación eran un código mágico reflejo de una voluntad divina.

Es muy posible que el legado de la simbología mística animal aun perdure como una aportación más de los siglos medievales. Según R. Delort (1984) “nuestros conocimientos zoológicos han crecido a lo largo del tiempo, pero el símbolo es tan fuerte que nos persigue. Por ello seguimos diciendo que se tiene vista de lince y se lloran lágrimas de cocodrilo. La serpiente no se asocia con el diablo, pero no ha dejado de relacionarse con el mal. Y por la misma razón la paloma sigue siendo para los cristianos el símbolo del Espíritu Santo y para el resto, el de la paz”.

Cuando le pregunto a mi hija de seis años que si sabe cómo es el lobo. Ella me dice:

–No lo sé, nunca he visto un lobo.

–¿Y el de los cuentos? –le sigo cuestionando.

–Ese es muy feroz.

–¿Y el otro?

–El otro creo que es muy majo

Otro día escuché que mi hija le preguntaba a su amigo de cinco años: ¿Tú crees que el lobo es feroz? Y él respondió: El lobo es feroz, claro, porque se quería comer a los cerditos, les ha destrozado la cabaña. ¿Y el lobo de verdad? Ese es feroz también, bueno... ese es bueno. Todos son buenos, menos los que roban.

Parece que es difícil encajar al lobo.

Manolín, del que ya he hablado más arriba, comentaba que "el estudio del lobo no cabe encerrarlo en cajitas, en gráficos. No. Al lobo hay que sentirlo, no basta con observarlo".

Quizás por este fugaz “sentir al lobo” que ocurrió en aquella peña hace dieciocho años, también a mí se me ha hecho difícil encajar al lobo, entenderlo, guardarlo en un compartimento u otro para luego contar una historia.

Su carga simbólica es tan grande, su historia tan tremenda, que a lo largo de los años, no he encontrado la forma de acercarme a él con mis historias y de ser honesta al contarlas, fiel a tanta simbología desbordante y al animal que admiro.

Pero nunca es tarde, y como mulier ludens me propongo, ahora que ya peino canas, seguir jugando con “el lobo animal” y “el otro lobo” y encontrar la forma de llevarlo a mi boca, porque alguien me dijo un día: ¡Qué boca más grande tienes!

 

Maricuela

Este artículo se publicó en el Boletín n.º 66 de AEDA – ¡Que viene el lobo! 

 

Bibliografía :

Grande del Brío, R., (2013), Tras la senda del lobo, Salamanca, Amarú Ediciones.

Jans, N.,  (2017), Lobo negro, historia de una amistad salvaje, Madrid, Errata Naturae.

Del Riego Celada, L. y Alves, J., (2006), Contos y cuentos de lobos, Ayuntamiento de Puebla de Sanabria.

Chevalier, J. y Gheerbrant, A., (1988), Diccionario de Símbolos, Barcelona, Editorial Herder.

 Landry,  J. M., (2004), El lobo, Barcelona, Ed. Omega.

 Izzi, M., (2000), Diccionario ilustrado de los monstruos, Editorial José de Olañeta, Mallorca.

Delort, R., (1984), Les animaux ont une histoire, Paris, Seuil.

Morales Muñiz, M., (1996), El simbolismo animal en la cultura medieval. Espacio, Tiempo y Forma, Serie III, Historia Medieval, t.9, p. 229-255.

Morgado García, A. (2012) Los animales en la historia y en la cultura, Cádiz, Universidad de Cádiz.


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