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Hace unos días, charlaba con una amiga sobre la exigencia social que estamos viviendo en cuanto a mostrarnos emocionalmente positivos. Hay una cierta tendencia a sentir, mostrar y expresar únicamente las emociones que consideramos agradables, y  a transformar lo que consideramos negativo en algo más simpático. Solo hace falta leer los mensajes escritos en las tazas, en las camisetas o en las agendas de moda. Esta tendencia también ha llegado a la literatura infantil, y han proliferado los álbumes ilustrados que hablan sobre sentimientos e intentan ofrecer a los niños experiencias de aprendizaje emocional. 

Comparto la idea de que el aprendizaje emocional es necesario. Sin embargo, discrepo de esta tendencia literaria insistentemente educadora en tres aspectos que me parecen fundamentales:

El primero tiene que ver con el hecho de que estos aprendizajes estén siempre dirigidos a los niños. El principal objetivo de eso que se conoce como Educación Emocional deberíamos ser los mayores. Una persona educadora que se conozca y se respete, puede acompañar a los niños en el autoconocimiento y en el respeto. Si no se da una actitud personal comprometida con uno mismo, ningún cuento bonito va a generar un aprendizaje tan profundo como el que puede generar una relación sanada y consciente. Los niños tienen derecho y edad de ser inmaduros, y de vivir con libertad lo que les corresponda.

El segundo tiene que ver con entender la literatura como un material didáctico. La función del arte jamás debería ser la de enseñarnos algo, sino la de simbolizar partes de nuestra condición humana, compuesta de luces y de sombras, de aquello que aprendimos a mostrar y a expresar, y también de aquello que escondemos o reprimimos. Nos interpelan y nos emocionan las obras de arte que no han sido concebidas para enseñarnos nada, sino como pura expresión de un movimiento interno. Puede que los álbumes que han sido pensados para trabajar emociones gusten, por supuesto; pero emociona e impacta mucho más la belleza de una historia concebida desde un lugar más profundo.

El tercero y último, vinculado con las líneas anteriores, tiene que ver con todas aquellas emociones y pulsiones que no estamos viviendo con naturalidad –aunque nos pertenecen y son parte de lo que somos- y que aparecen en otro tipo de literatura, como son los cuentos tradicionales. En ellos encontramos un amplísimo muestrario de las pasiones e impulsos esencialmente humanos. De hecho, en su origen, los relatos tradicionales nacen de compartir a nivel simbólico todo aquello que movía a nuestros antepasados en un nivel consciente o inconsciente. Las brujas devoradoras de niños, las madrastras despiadadas y los lobos feroces y seductores son parte de nuestro inconsciente individual y colectivo.

Entre todos estos maléficos personajes, hay uno que despierta especial respeto y admiración entre los niños: el lobo. Este personaje agresivo, mentiroso y tramposo lleva años acompañándonos a través de nuestros cuentos y recordándonos algunos de nuestros aspectos más indóciles y salvajes.

Ese es, precisamente, el trabajo de un buen lobo: mostrar su agresividad en todas sus formas posibles, ya sea devorando a unos pobres cerditos, manipulando niñitas indefensas que pasean por el bosque, o engañando a unas cabritas indefensas. Si no fuese por algunas de estas escenas, no hubiésemos podido delimitar en nuestra imaginación todos aquellos impulsos que socialmente se consideran reprobables, aunque forman parte del mamífero pensante que llevamos dentro. Y precisamente porque son difíciles de mostrar y de vivir, necesitan escenarios donde poder ser elaborados para hacerlos más conscientes y actuarlos de manera responsable. La agresividad no es algo negativo que hay que evitar, justo al contrario, es un impulso de vida que hemos aprendido a castrar, y probablemente por eso en ocasiones se torna violento, ya que acaba expresándose de una forma no elaborada.

Claro que el lobo asusta, pero no por eso debemos dejar a los niños sin él. Como nosotros en nuestro tiempo, tienen derecho a los símbolos que nos acompañan desde hace unas cuantas generaciones, y que nos movilizan porque nos hablan de algo que llevamos dentro. ¿Qué clase de experiencia literaria tendríamos si nunca sintiésemos algo desagradable o políticamente incorrecto? ¿Qué héroe llegaría al final del cuento como tal, con la sensación de haber vencido verdaderas dificultades si no encontrase graves peligros en su camino? ¿Cómo un lobo hambriento puede volverse bueno y hacerse amigo de unos suculentos cerditos con quien aprende a compartir verduras?

Muchos de estos finales modernos y reconciliadores no resultan emocionalmente creíbles para la experiencia del niño. Toda la angustia que se ha construido durante el relato necesita ser descargada a través de la eliminación del personaje que la creó. Esto, básicamente se concreta con la muerte del lobo. Hay que hacerlo para que el niño sienta que es capaz de transitar y vencer las dificultades con las que se encuentra. Para la salud emocional de un niño, es mucho más fortalecedor sentir el aliento del lobo en el cogote y ser capaz de matarlo, que convertir al lobo en un amable vegetariano de golpe y porrazo. 

Y si el niño puede crecer con conciencia de ser un ser agresivo, tiene más posibilidades de convertirse en un adulto menos violento y más completo. Porque no es que nosotros –los adultos- hayamos dejado de llevar el lobo dentro, no. Si fuese así, habríamos perdido una parte de nuestro instinto y nuestra fuerza imprescindibles para vivir; es que si lo hemos matado unas cuantas veces, ya no nos da tanto miedo, y podemos incorporarlo con más facilidad en nuestro registro emocional y en nuestra vida. El verdadero peligro no está en el lobo, sino en pensar que el lobo no forma parte de lo que somos. En la lucha por intentar ser lo que no somos es donde encontramos la angustia y la insatisfacción permanente. Si nos observamos con honestidad y valentía, muy probablemente acabaremos admitiendo que nos parecemos más al lobo carnívoro, seductor y mentiroso que al lobo conciliador, vegetariano e inocente. Y si, por alguna razón, os identificáis más con el que se vuelve bueno y acaba compartiendo zanahorias con los cerditos, salid de casa inmediatamente y dadle un buen susto a alguna Caperucita. Recuperareis en un instante, la vida y la fuerza que tenéis dentro. 

Eva Martínez

Este artículo pertenece al Boletín n.º 66 de AEDA – ¡Que viene el lobo!


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