Muchos son los espacios donde los cuentos pueden desplegar su tarea reveladora de íntimos secretos.

Las narradoras, los narradores, sabemos cómo las historias son capaces de tomar la palabra en cafés, bibliotecas, teatros, centros culturales, hasta el rincón de un parque. En cualquiera de ellos, los cuentos son la llave que abre paso a las emociones, todas iguales pero todas singulares, de los que, libremente, se acercan al círculo mágico del relato.

¿Es posible que este mismo poder de lo imaginario se acomode también en otros lugares?

He contado en un cementerio en la ciudad de Jerez, en Méjico, y me sobrecogió la entrega de un público familiar, pertrechado de sillas y buenos rebozos para defenderse del relente, dispuestos a escuchar cuentos de catrinas y resucitados la noche de difuntos.

He contado en iglesias, en medio de la selva congoleña… Incluso, -en una aventurada sesión de un festival-, en una oficina del registro civil y en un autobús urbano… Los que escuchan, con mayor o menor sorpresa, dejan que el imaginario de la historia que les pilla a desmano, les conmueva o consuele brevemente sus quebrantos cotidianos.

Pero en estos casos, cada cual, cuando el relato ha terminado -o cuando su interés por la historia se agota-, regresa a su casa, con la seguridad de que mañana, o la semana que viene, podrán repetir aquella experiencia si se les antoja.

Esa es la gran y única diferencia de contar en un centro penitenciario.

El ritual para llegar al auditorio de internos e internas te prepara, te anticipa que la vida queda suspendida en el parking, donde has dejado el coche, y en él tu móvil y algunos otros objetos de prohibida entrada en el recinto.

La revisión del bolso, la minuciosa observación del Documento Nacional de Identidad, te despojan de frivolidades. Y más adelante, cuando el primer rastrillo se abre y te adentras en la primera galería, camino de la segunda verja corredera, donde otro funcionario te requerirá documentación, para pasar al tercer control… Entonces piensas que tu auditorio no acude voluntaria y expresamente a escuchar tus cuentos. No. Superior a la voluntad, es el deseo de que las historias les hagan viajar mucho más allá de los barrotes de la celda.

Ya antes de la contada, en la pequeña charla, entiendes que lo diferente ha sido la forma de llegar, pero que el intercambio de sonrisas, de breves presentaciones o incluso confidencias (“yo me siento aquí, cerca de la zona de las chicas, porque también va a venir mi mujer, que está en el módulo cuatro…”) te iguala con la audiencia, expectante y vigilada, y convierte el espacio asfixiante en un círculo mágico del que participamos la narradora, los venidos en tiempo de recreo y los vigilantes funcionarios que al final te preguntan que en qué biblioteca cuentas para llevar este sábado a sus sobrinos.

Alcalá Meco, Estremera, Soto del Real… de todos esos lugares he salido con el convencimiento de que el ser humano a este lado ignora cuántas cosas le hermanan con el prójimo, y que se hacen evidentes intramuros. Una de ellas es la fascinación por vivir otras vidas, algo que escuchar una historia hace posible.

En Soto del Real di talleres hace años. Recuerdo la cara de sorpresa de los funcionarios cuando revisaban mi maleta llena de libros ilustrados “para niños”. Luego me confesaban que habían alucinado con las conversaciones que se habían derivado después de los relatos.

En Sevilla-2, en la conmemoración de los 50 años del Nobel a Juan Ramón Jiménez, la alucinada fui yo, pues la participación de los asistentes rebasó todas mis expectativas, cuando les propuse rapear juntos poemas del poeta de Moguer.

No, no son hermanitas de la caridad. Todas, todos ahí dentro llevan a cuestas un pasado que querrían olvidar, un duro presente, sin muchos visos de futuro. Por eso los cuentos vienen a reconciliar sus vidas prestándoles su tiempo, por unos momentos más real que los barrotes y la garita de control. Porque todas, todos, en esos instantes, escapamos por la vereda que pintó Wang Fong sobre los muros del palacio del emperador, camino a las altas cumbres donde le esperaba su cabaña de pintor ermitaño.

Yo desharé el camino de los tres controles que abrirá paso hasta el parking, donde daré al contacto del coche, que me llevará de nuevo a casa. Allá dentro queda la historia de Wang Fong, libre, flotando en los mundos irreales que ha fabricado la imaginación, para escapar de la angustia, al menos esa noche.

 Ana García Castellano

Este artículo pertenece al Boletín N.º 69 - Narración oral en contextos de vulnerabilidad social


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