Cuando la UNESCO declaró la Tradición Oral Africana Patrimonio Intangible de la Humanidad, Amadou Ampaté Bâ pronunció aquella frase que los cuentacuentos manejamos tan a menudo: “En África, cuando un anciano muere, arde una biblioteca”. Y ciertamente, ha pasado a ser nuestra carta de presentación, en muchos casos nuestro referente a la hora de explicar lo que significa ser narradora oral.

Sin embargo, cuando me piden que haga una reflexión sobre la narración y nuestros mayores, de pronto me asalta la duda. Me cuestiono si en este nuestro mundo occidental, nos hemos tomado muy en serio sólo una parte de este aforismo creado por el antropólogo malinés, y estamos a punto de perder su esencia. Me refiero a que nos hemos preocupado tanto de preservar nuestras bibliotecas del fuego del olvido, que estamos dejando que se extingan los auténticos depositarios de la memoria.

Los narradores de cuentos hemos poblado las bibliotecas, las bebetecas, las estanterías con nuestras versiones de los cuentos escuchados en los recoletos círculos de la tradición oral. Hemos trabajado mucho por poner en valor las historias guardadas en la memorial popular, macerada de boca a oreja por abuelos que contaban a sus nietos. Más tarde, esos nietos que revivían las emociones recibidas bajo el embozo de las sábanas, las contaron a nietos a los que abrigaban bajo mantas embozadas. Pero los círculos relacionales, en que los mayores tomaban la palabra en el centro del círculo familiar, en el umbral de la casa, ante el vecindario expectante, esos referentes han ido perdiendo vigencia. Ahora, en las asépticas residencias geriátricas, no hay tiempo ni lugar para crear espacios de escucha narrativa.

Por eso mismo, pienso que a veces estamos tan pendientes de nuestras bibliotecas, que dejamos extinguir la voz de quienes nos pasaron el testigo de la palabra.

 

El pudor de contar

TALLER MAYORES BITECA ELENA FORTÚN

Cuando trabajo talleres con ancianos, ya sea en bibliotecas o en centros de mayores, siento que al principio cuesta mucho romper el hielo. Percibo un temor a dejar que fluya la historia. Resuena en cada intento, en cada “pues señor” que se abre paso en el silencio, un sentimiento de “si esto no vale para nada, esto no es más que una tontería de vieja… o de viejo” Más de una vez me han dicho: “pero cuenta tú, cuenta tú, que tú sí sabes”. Y yo respondo que si sé, es porque ellos me han precedido.

En la Universidad de L´Uele, en Isiro, en la RD de Congo, reunimos a ancianos para que contaran sus historias, con el fin de recopilarlas y trasladarlas a las nuevas generaciones. Pronto vimos que era necesario que ellos mismos fueran a contarlos a los chicos de la escuela.

Tras las presentaciones y la detallada introducción de lo que iban a ser aquellas sesiones, los asistentes confesaron que sentían vergüenza, pues lo que antes era normal, ahora se sentía como algo trasnochado: Las jóvenes generaciones huían de aquellas sesiones de tradición familiar, considerando que estaban lejos del “progreso” que ahora les seducía. El trabajo entonces de escucha y recopilación, se convirtió en una forma de restablecer el valor que la narración oral empezaba a perder… ¡en África, donde cuando anciano o anciana muere arde una biblioteca! Cada veterano que contaba su historia, sentía que aquella labor les retrotraía a la dignidad de sus ancestros, y a partir de ese momento, todo fue más fácil. Escuché cuentos como los del Talismán del Hijo que odiaba trabajar, o la leyenda de la pantera que secuestra a las doncellas (un mito más de las vírgenes embarazadas). Cuentos que luego narraron en el salón de actos de la Universidad. Todo un doctorado Honoris Causa.

Restablecer la autoridad

TM 2017

Cuando se atraviesa este muro, tanto en Isiro como en Madrid, las historias surgen con fluidez. Es fácil reencontrar hasta diez versiones distintas de Pulgarcito, o de Blancaflor… o del avaro que vendió su alma al diablo. Pero nuestra labor no trata de recopilar “informantes”. No. En estos talleres, trabajamos por restituir a nuestros abuelos una autoridad que siempre les ha pertenecido pero que les hemos arrebatado sin darnos cuenta. (Autoridad en la acepción que ofrece la RAE, como “prestigio y crédito que se reconoce a una persona por su legitimi-dad o por su calidad y competencia en alguna materia”)

Recuerdo cuando era niña, en la casona de mi tía abuela en León, la espontaneidad con que la vaquera, la señora Paca saltaba de pronto: “este es el filandón, una historia y al jergón”, y todos abríamos los ojos deslumbrados en espera de las historias que sabíamos se derramaban después de aquel conjuro. La vieja Paca sabía que había autoridad en sus palabras. Como lo sabe también Tomaso, el anciano que cuenta en Portugal, y siempre es recibido con entusiasmo en los festivales y en las bibliotecas.

En los talleres con mayores, el mejor, por no decir el único ejercicio es Escuchar. Escuchar con esos mismos ojos deslumbrados, para restablecer esa conexión perdida. Escuchar con la mirada asombrada de los nietos, con la misma con la que nos miran los niños y niñas a nosotros, los contadores de historias, en la biblioteca. Si los miramos así, esas miradas dan autoridad a nuestros mayores. Eso es lo que me han enseñado. A asombrarme aún más. A recibir su legado como si de una gran Orden de los Narradores se tratase.

Una vieja amiga de mi familia, que había sido maestra en pueblecitos perdidos de Extremadura, allá por los años 60, me contaba la siguiente experiencia:

En la clase estaban aprendiendo el Romance del Conde Niño (con aquella buena costumbre de memorizar romances, que ahora intentamos rescatar), a partir de la “Flor nueva de Romances viejos” de Menéndez Pidal. Cada día salía un alumno, o alumna a recitarlo. Todos estaban encantados de lucir su narración. Sin embargo, una niña, una de las más activas en la clase, no quería salir. Hasta que mi amiga, la maestra insistió con cariño en que dijera su romance. Cuando empezó a decirlo, en un momento dado se paró… la maestra la ayudó, diciendo los versos que seguían, pero la niña le espetó : Es que no es así. ¿Cómo que no es así?. Es que todos lo dicen mal. Como está bien es así. Y siguió recitando maravillosamente el romance, en versión diferente a la que el resto repetía. Al terminar simplemente añadió: ¿Lo ve? Es así. Así es como me lo ha enseñado mi abuela.

Y con esa autoridad volvió a su pupitre. La autoridad que da la voz de la memoria.

La versión de Pelostuertos que publiqué en OQO está tomada del cuento que me contaba mi abuela Isabel. Por muy bellas que sean las ilustraciones de Mikel Mardones, por muy fiel que haya intentado ser a la historia, nada de ello es comparable a la voz profunda de mi abuela, a su mirada amenazante cuando cantaba: “cuando éramos vivos, veníamos a esta huerta a por higos. Ahora que somos muertos, ¡venimos a por Pelostuertos!
Porque el cuento, el verdadero cuento era así: justamente como lo contaba mi abuela.

Ana Gª-Castellano
Nació en Madrid. Muy pronto, los libros y la palabra la fascinaron en cuanto descubrió los prodigios de que eran capaces. Narradora oral, Licenciada en derecho y Master Counseling (acompañamiento y escucha en situaciones de duelo), ha realizado actividades de cuentos en Centros de Mayores de Castilla-La Mancha, talleres con mayores en las Bibliotecas Públicas de la Comunidad de Madrid y el taller “Les contes des viellards” en la Universidad de L´Uele de la R.D de Congo.

Este artículo forma parte del Boletín nº. 77 - Personas mayores y narración oral, un camino de ida y vuelta


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