En mi infancia había una hora mágica… las 5:05 de la tarde.

A las 5 salíamos de la escuela. En la plazuela de la iglesia de nuestro barrio, con su aire tranquilo y bonachón paseaba sereno D. Daniel, el viejo cura que nos conocía a todos. 

Como bandada de pajarillos libres y hambrientos, corríamos la chiquillería y hacíamos corro a su alrededor. Sí, teníamos “hambre” de que continuase contándonos como todas las tardes, las historias mágicas de la Isla del Tarantantam, la que tenía casitas con paredes de turrón, tejados de chocolate y ventanas de dulce de caramelo de colores; puertas de frutas escarchadas y los caminos estaban llenos de flores, de pajaritos de colores que trinaban la música y cantaban las canciones que más nos gustasen. En sus caminos había árboles grandísimos y olorosos donde vivían ciervitos que no se asustaban y nos miraban alegres de vernos llegar ¡a las niñas y niños de todo el mundo!, chinos, indios, negros, cobrizos y rubios. En aquella isla se hablaba un idioma mágico que entenderíamos y podríamos hablar ¡¡¡todas/todos!!!

El silencio era total, la algarabía había dado paso a los ojos abiertos y brillantes de la sorpresa regocijada y contenida. Las imaginaciones soñadoras de todos nosotros, ya volando, ya navegando, sobre una alfombra mágica o por el toque maravilloso de un hada, ya nos acercábamos a la Isla del Tarantantam. ¿Y con qué vestidos tenemos que ir? Preguntábamos a nuestro viejo y paciente cura. De colores; de princesas, de bailarines o de exploradores, de hadas. ¡Cada una/uno con el que elija imaginarse y le parezca bonito! Todo era belleza, cantos de pájaros y niñas/os extranjeras/os venidos de sus países que serían nuestros amigas/os. ¡Que alegría más emocionante!

Al día siguiente el camión de refrescos, al maniobrar hacia atrás, tiró un gran poste del tendido eléctrico de la plaza. Había unas niñas jugando al lado; la más pequeña quedó golpeada y aprisionada por el gran poste de madera. Era la nena de la sobrina de D. Daniel. Todas las niñas y niños del barrio lloramos por ella. Lloramos también porque D. Daniel ya no volvió a estar a las 5:05 minutos en la plaza de la iglesia cuando salíamos de la escuela.

Pasó mucho tiempo –a los niños el tiempo nos parece siempre muy largo–, un año nos pareció, y nos dijeron que se había ido al Cielo porque era muy viejito. Todas las niñas/niños pensamos que se había ido porque tenía pena por su sobrinita pequeña, y por eso se había ido al Cielo con ella.

Para mí, creo que en ese momento se trazó la línea fronteriza que hay entre los Cuentos y las Historias felices de niñez, y la historia real, la que trae incluidas lágrimas. Dicen que los niños cuando “crecemos” damos “estirones” y ese fue tan fuerte para mí que no me dolieron las rodillas, me dolió el alma. Y aún me duele.

Cuando alguien cuenta historias como Carmen Sara o Luis Guitarra en los mensajes de sus canciones, entonces, ME DESPIERTA EL ALMA y recuerdo o “sueño” que quizá aún es posible que haya o pueda haber un mundo parecido al de la Isla de Tarantantam, donde caben todas las niñas y niños y gentes del mundo; de distintos colores, razas, religiones, países, oficios, donde vive la Belleza, la Verdad de cada persona y donde suena la preciosa y alegre Música y cada pájaro sabe su propio Canto, sin que nadie se lo enseñe.     

 

Texto de Maribel Pereda, misionera de Verbum Dei, para el Boletín n.º 105 – Cuentos en cautividad