
Imagen: Estrella Ortiz. Foto de Rafa Fraile
Ser cuentista conlleva ciertos riesgos que, por fortuna, no son mortales, aunque bien podría decirse que nos la jugamos a cada historia. Contar cuentos de viva voz es una intervención artística en la que participa todo el ser y exige una gran entrega; un acto vivo de comunicación en el que cada sesión es diferente: nosotros no volvemos a ser los mismos, así como tampoco lo es el público. De modo que conseguir que nuestro auditorio sintonice con lo que estamos contando en cada momento forma parte del reto del oficio. Muchas de las estrategias que vivimos en este proceso coinciden con las características del juego: placer, riesgo, repetición, capacidad de superación, pruebas de ensayo y error, entrega, pasión.
Todo comienza con la elección de lo que se quiere contar. Este proceso queda teñido por el pálpito que se siente al reconocer una historia como propia, aunque sea totalmente desconocida, y que nos impulsa a querer contarla. A partir de aquí se pone en marcha un ejercicio de imaginación en el que de algún modo vemos la historia, así como nos vemos contándola, e incluso a veces, cuando ya se tiene una cierta experiencia, también se ve la supuesta respuesta del público. Por ejemplo, si se ha elegido un cuento para criaturas, dentro de nosotras hay un esfuerzo por calibrar si se acomoda a sus gustos y edades. Esta suposición inicial, casi instintiva, por supuesto que está sujeta a sorpresas y no siempre esas suposiciones se corresponden con el resultado. De ahí que haya que arriesgarse y probarlo. Más adelante, en la fase de contacto con el público, en la hora de la verdad (nunca mejor dicho), se tendrá la oportunidad de comprobar si esa imaginación inicial se corresponde con la realidad: unas veces la historia resultará mejor de lo que se pensaba, mientras que alguna otra, por el contrario, a pesar de nuestro empeño, no terminará de funcionar.
Imaginar la historia es una parte fundamental en el trabajo de preparación. Algo que no tiene por qué ser un proceso sesudo u obligado, pues lo que se requiere en esencia es que al cuento le demos tiempo y espacio, que nos entreguemos a ello conscientemente y a la vez abandonándonos a esa experiencia de ensoñación. Por tanto, esta fase requiere un cierto estado de indolencia, una necesidad de dejarse invadir por la historia sin apresuramientos. Y para que las imágenes del cuento puedan poco a poco poseernos, quizá algunas personas necesiten tenderse cara al techo, que es una posición gallarda y cómoda para filtrar noticias y creerlas, como diría Mario Benedetti. Porque en realidad no podemos atrapar las historias, tan solo necesitamos favorecer las condiciones para que sean ellas las que nos atrapen a nosotras.
Luego habrá que sobrepasar ese vagabundeo imaginativo y dedicarse a la memorización; cuando menos, será necesario fijar el hilo conductor, la correlación de acciones necesaria para que el cuerpo del cuento viva y se sostenga por la fuerza de su esqueleto. Tal vez como parte del juego también haya que recomponer la historia desgranando un orden de secuencias que no se corresponda con el del cuento literario (si ese ha sido nuestro modelo), pues las leyes que rigen la escritura no son las de la oralidad.
Además del armazón temporal de sucesos, si el cuento incluye reiteraciones de palabras clave, nombres atractivos de personajes o lugares, diálogos y frases fijas (o estribillos), asimismo merece la pena plantearse aprenderlos de memoria. Las palabras se dicen con el cuerpo, son cuerpo, de modo que tampoco resulta desdeñable, si así se considera para un buen resultado final, incorporar en la realización de la historia un acompañamiento gestual, además de vocal. Este recurso universal, sobre todo en historias para primeras edades, proporciona un material muy jugoso, ya que a partir de esos puntos de encuentro memorísticos, las personas asistentes tienen la oportunidad de vibrar con el cuentista para crear juntas una parte importante del cuento. Esta es la forma más visible, pero no lo única ni la esencial, de lo que entiendo por participación (según el diccionario: tomar parte en algo, recibir parte de algo, compartir) del público.
El cuento comienza a jugarse a gran escala cuando después de la preparación llega el momento de probarlo en directo. Un momento maravilloso no exento de riesgos y gratas sorpresas. Contrastar lo preparado delante del auditorio es apasionante y requiere toda suerte de recursos y flexibilidad frente a nuestras ideas fijas. Es como si, después de todo el proceso vivido hasta ese momento, la historia volviera a ser recién nacida, abierta a nuevas posibilidades. Eso sí, sobre los puntales firmes que hemos ido asentando. En esta fase de pruebas e improvisación, en el que el instinto cuentista vuelve a trabajar al cien por ciento, pueden producirse pequeñas transformaciones —cambios de tono de voz e intenciones, nuevos gestos, miradas que por sí solas crean espacios—, así como otras de mayor calado como la supresión de algún pasaje o el desarrollo de algún otro que hasta entonces tan solo estaba hilvanado.
Estos ajustes son posibles gracias a la repetición de la experiencia, a la oportunidad de probar distintas posibilidades, de trastear con el cuento manteniendo todos los sentidos alerta. En este momento la imaginación no puede hacerlo todo, se requiere vivir la improvisación, sentirse diciendo y haciendo, verse y oírse internamente, y sobre todo prestando atención a aquellos indicios externos que ocurren durante la realización del cuento, y tomar buena nota de ellos. En este valioso proceso de pruebas, el cuento requiere contarse unas cuantas veces con público para que pueda decirse que está hecho. No obstante, la recreación que se produce cada vez que una historia se lanza de viva voz es una tarea que no acaba nunca. Y si bien es cierto que llega un momento en que a fuerza de decirla consigue estar muy asentada, cada vez que se comunica nos insta a revivirla. Considero que en esta aparente repetición no existe monotonía ni cansancio, sino apasionamiento, ya que revivir una y otra vez el cuento forma parte indispensable de la tarea creativa. De hecho esa es la medida que tenemos para saber si un cuento continúa vivo en nuestro interior: si sigue dando satisfacción compartirlo. Es por eso por lo que cuando, por muchas razones que podrían enumerarse, se llega a un punto en el que ya no es gustoso de decir, habrá que plantearse abandonarlo, pues un cuento con el que se deja de jugar es un cuento difunto.
Después de muchos años de oficio continúo maravillándome de la vida autónoma que tienen a veces las historias del repertorio para decir por su cuenta la última palabra. En fin, al principio de este escrito hacía una breve enumeración de los componentes de juego que tiene nuestro trabajo. Y como si me hubiera dejado para el final el mejor bocado de la tarta, destaco por último la sintonía que se produce cuando el público late al unísono con las peripecias del cuento. Una experiencia que supone la recompensa máxima para todo cuentista y que deviene fruto de la práctica, pero no solamente, pues también es un regalo y un misterio, pura magia —que magia es todo lo que encanta.
Esta es pues la base de toda participación: la complicidad que se produce cuando las personas que nos escuchan comparten el entusiasmo y la sinceridad que destilamos y se permiten vibrar con nosotras mientras contamos mentiras con la máxima honradez.
Y esto, como diría Andersen en uno de sus cuentos, sí que es la pura verdad.
Estrella Ortiz
Este artículo forma parte del Boletín n.º 106 - Abran juego, narradoras/es



