En noviembre de 2000 nos vimos con Ana Pelegrín en un café de Madrid como si fuéramos dos amigas que se reúnen para conversar de sus cosas, sólo que no era lo que parecía. Yo venía de Buenos Aires a pasear por España, con mi marido, y mi encuentro con Ana tenía como objetivo entregarle el Segundo libro del Encuentro Internacional de Narración Oral de Buenos Aires, donde se había editado su conferencia de apertura de uno de los encuentros. Ana apenas sabía de mí pero a ella la precedía el reconocimiento que le tenemos los narradores y especialistas de literatura infantil y juvenil. Esa charla se convirtió en una clase: ella era una maestra y yo una alumna que tiene el privilegio soñado de ser depositaria única de los comentarios del maestro.

Cuando recién yo comenzaba a trabajar con niños en 1984, y todavía no sabía de mi deseo de contar cuentos, sus libros La aventura de oír primero, y luego Cada cual atienda su juego, me llevaron a mi infancia, al placer de jugar y escuchar, y al lugar importante de la memoria, no la de repetir como loro, que así nos enseñaban en el colegio, no, la otra, la que está encerrada a veces, o escondida adentro nuestro. Después de leer estos libros, la conocí una tarde en Buenos Aires en la presentación de La aventura de oír y su aparición me pareció mágica, cómo una mujer de apariencia frágil podía encerrar tanta fortaleza. Con los años, ya como narradora oral, leí La Flor de la Maravilla, esta vez con la convicción de estar frente a algo glorioso. Me emociona mucho cada vez que lo leo y aún más leer su prólogo.

Ana Pelegrín trazó una huella en mí que creo no habérselo dicho por eso me alegra tanto esta invitación a escribir algo sobre ella. La Conferencia que leyó en Buenos Aires caló tan hondo en mí que la tomé muchas veces en mis cursos como una forma de entrar cada uno en la visión de su «microcosmos». Ella toma la visión que narra el protagonista del Aleph «en el oscuro sótano de una casa de Buenos Aires, aquel punto donde los puntos del espacio se reunían sin superposición, simultáneamente, en imágenes fulgurantes del aleph».

Del Aleph en el que vi… Vi a Orlando, un niño toba en Orán, en las tierras del tumultuoso río Pilcomayo, dos hermanos escuchando a ese niño mataco o toba los cuentos del Monte chaqueño. Vi en sus palabras al cacuy estremeciéndome con su lamento. Vi una niña al lado de su abuela desgranando arvejas, recibiendo la enseñanza en ese acto que es escuchar el transcurrir del tiempo y la reverberación del silencio. 

Y así continúa su enumeración de los puntos de su biografía en su conferencia.

En aquel café de Madrid también hubo tiempo para hablar de cosas de la vida y de los proyectos. Ana Pelegrín me cuenta de su investigación sobre los libros de la colección Billiken, editados acá en Buenos Aires, que tenían como autores y dibujantes a españoles escapados de la guerra y del Franquismo, y era un homenaje a todos aquellos que no pudieron ser reconocidos por sus obras. Y me pide mi colaboración. Así es que en mi peregrinar por librerías de viejo porteñas, de nuevo Ana me instala en mi Aleph, y me vi leyendo en mi infancia en la cocina de mi casa, a la hora de la siesta. Cada libro que encontraba era un tesoro que me costaba enviarle. Uno de los últimos hallazgos, los cuentos de Oscar Wilde, tenía uno de los cuentos más buscados por mí: El niño Estrella. Sentada en el piso de la librería recuerdo que comencé a leerlo con desesperación pero en la mitad del cuento las hojas estaban arrancadas. Tenía la secreta esperanza de que Ana me dijera que así no le servía, pero de todos modos lo quiso. Encontrar El niño Estrella fue como encontrar La Flor de la Maravilla.

Dice Ana:

Cuentan las viejas consejas que existe una flor oculta que cura las heridas de los hombres y es larga y azarosa su búsqueda. Algunas veces, su poder devuelve la vista a los ciegos, otras hace sonreír a los afligidos, otras deja la impresión momentánea de la belleza transparente de una flor de agua que se desvanece entre secretos sonidos, a veces dejando suspenso el ánimo porque su incandescencia borra el inexorable discurrir temporal.

Llámese flor del llolay, liri bleu, flor del agua, flor de mayo.  Es la flor de la maravilla. Persiguiendo su imprevisible presencia me he extraviado en el laberinto múltiple de las voces que hablan del prodigio y he vislumbrado su íntegro poder floreciendo en el florilegio de los romances, los recreos y las retahílas que hechizan a los niños y a cuya fascinación me he rendido cada vez que la palabra comenzaba a anular el tiempo. Y esta es La Flor de la maravilla.

Su libro de investigación fue presentado en Buenos Aires, Ana ya no estaba entre nosotros, Graciela, su hermana, me llama por teléfono, me quiere enviar el libro por deseo expreso de Ana, que me considera como una persona más de las que colaboraron con su proyecto. Ese gesto me pareció de una generosidad tan grande, mi aporte fue ínfimo frente a todo su trabajo y a todo lo que recibí de ella,  que me permitió encontrar a La Flor de la Maravilla.

Juana La Rosa

Juana La Rosa dejó en 1984 su profesión de Arquitecta para desplegar un sueño, crear un Centro Cultural para niños, una librería y una biblioteca infanto juvenil e iniciar el camino menos pensado el de ser narradora oral. Fue Vicepresidenta del IBBY en Argentina y es integrante fundadora de los Encuentros Internacionales de Narración Oral.


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