El presente texto está compuesto por las notas tomadas por Ana Griot en la conferencia que impartió Franco Ferrarotti en el pasado FEST-Meeting celebrado en Roma.

 

La historia ha llegado a su fin. Comenzó con los primeros textos escritos y ahora acaba ahogada por la saturación de textos en las redes. O quizá comience otra historia donde hay tanta comunicación que no hay mensaje. La posibilidad de estar conectado es tan grande que todo se centra en el canal y el mensaje desaparece. Toda comunicación en estos nuevos canales reticulares es rápida, fría, aséptica, impersonal, virtual.

Ante este panorama cada día se hace más necesaria la pausa, el calor del contacto piel a piel, la presencia del olfato y el tacto en la comunicación entre las personas presentes en un mismo espacio real. Cada día se hace más necesaria la gente que recupere lo original, lo accidental, lo único, lo que no se puede repetir, que recupere la desnudez de lo no adornado, de lo primigenio, de lo verdadero. Cada día se hace más necesario que nos recuerden que el tiempo es la cualidad de la existencia no algo que se mide y se cronometra, que se pierde y se gana. 

Y todo esto tan necesario está presente en el oficio del narrador, ese oficio tan temido porque lo que sucede en el espacio escénico donde irrumpe el narrador no es predecible, no es controlable. Puede pasar cualquier cosa, y eso a estos poderes fácticos ejercidos por tecnócratas les aterra. El narrador es presente, lo que sucede es irrepetible, y por ello no se puede copiar. Aunque haya quien lo intente. Los que se empeñan en copiar repertorios por cuestiones de eficacia no han entendido que el presente no se puede repetir. El narrador está desnudo ante sus oyentes, nada lo adorna: no hay escenografías, no hay vestuarios. Está él con su voz, su piel, su aliento, su pálpito. Él es quien dice y lo que se dice: actor y texto a la vez. Y lo que dice es verdad, aunque el cuento sea maravilloso, porque ahí está él con su presencia para contarlo.

Cada día se hace más necesario, también, recuperar el sentido de comunidad (pero de comunidad real, no virtual), el sentido de pertenecer, de participar. Y eso se produce cuando alguien toma la palabra ante una comunidad de oyentes y cuenta. Es entonces cuando sucede eso tan bello que es la complicidad: todos somos partícipes de la misma historia. 

Por último, la comunicación online no tiene sintaxis: no hay jerarquías. La comunicación online solo tiene parataxis, copulación: y, y, y… No hay preferencias, toda la información es igual. Y con esta información, así organizada, no se puede construir nada porque para construir es necesario poner debajo, y sobre este debajo poner encima. Es necesario otorgar jerarquías a la información. No todo es igual. Incluso para construir un mensaje, o un relato, establecemos jerarquías, organizamos lo que se ha de contar conforme a una sintaxis: esto va primero y esto va después, este es el protagonista y estos los personajes secundarios. La falta de estructura, de jerarquía, nos conduce al todo vale, es decir, a la locura. Aquí también es necesaria la figura del narrador, del que decide contar esto y no aquello, del que establece prioridades en lo que ha elegido contar y cuenta primero esto y luego aquello, del que se apasiona con algunos momentos de su cuento y pasa de largo en los que menos le interesan. En definitiva, cada día es más importante la existencia de modelos narrativos que muestren que es necesario mojarse, bajo las luces de un escenario o en una comida familiar, que muestren que es necesario ponerle piel a lo que se dice. Que es necesario dejarse la piel en lo que se dice.

 

Franco Ferrarrotti fue diputado por Roma en el Parlamento italiano en los años sesenta. Ahora es profesor emérito de Sociología en la Università della Sapienza en Roma, e investiga en memoria histórica.