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Miedos hay muchos y de estos muchos, mucho de lo que hablar.

Hace muchos años que estudio psicoanálisis y ejerzo como psicoterapeuta. Hace algunos años que cuento cuentos. Estos dos oficios tienen, a mi entender, muchos puntos de contacto. Antes de nada, ambos son oficios de relación que implican un contacto directo y, en cierto sentido, íntimo entre dos o más personas. Y entre el yo y el otro, un campo, un espacio de significaciones posibles donde lo inconsciente juega un papel tan o más importante que el que se comparte de forma consciente. 

Esta relación tiene como mediador privilegiado, aunque no único, el habla. El habla repleta de afectos de uno y la escucha atenta del otro, en situación presencial, permite la creación de este campo de posibilidades (1) donde los inconscientes se encuentran y lo que se le dice al otro es reinterpretado y dotado de significación conjunta, en el aquí y ahora del encuentro.

Así, cuando un narrador cuenta una historia a un oyente, lo que tiene lugar es un encuentro entre habla y escucha de cosas que, en ambos, moviliza afectos (2). Empezando por los niños. Cuando pensamos en miedo asociado a los cuentos, con frecuencia pensamos en historias de terror, tantas y tantas veces solicitadas. Pero los críos, cuando piden historias de terror, no están realmente esperando aterrorizarse. Están solicitando la vivencia acompañada del miedo.

¿Y por qué los niños piden tanto estos cuentos? ¿Qué sucede cuando los contamos?

Lo que sucede es el habla y la vivencia, en situación relacional, de miedos arcaicos, precoces, primitivos, que los niños sienten necesidad de revisitar en el proceso de elaboración necesario para el crecimiento psíquico.

Es importante pensar sobre los cuentos que sirven a esta función y sobre los narradores que transmiten estos cuentos. Para los niños, los cuentos populares y tradicionales continúan siendo fuentes privilegiadas de contacto con miedos comunes que necesitan manejar en su proceso de pensar pensamientos. En este tema, es indispensable el conocidísimo trabajo de Bruno Bettelheim (1975) que, aunque discutible en muchos aspectos, nos muestra claramente de qué manera estos cuentos hablan al yo en formación del niño en un lenguaje que éste es capaz de asimilar.

Los cuentos reconocen y dan voz a las tensiones inconscientes del niño. Convierten en decible lo indecible, de la manera en que es posible a estas alturas del desarrollo. Hablan de lo que es necesario de una forma adecuada a los límites y capacidades del aparato de pensar pensamientos (3) (en construcción) del niño. Con algún distanciamiento en el tiempo y en el espacio, y con el manto del simbolismo creando alguna cosa que se aproxima al sueño. Los cuentos también ofrecen salidas, muestran caminos posibles de resolución de conflictos internos de acuerdo con las exigencias del yo y del superyó.

Todo esto sucede, como ya se ha dicho, en un contexto relacional, en una vivencia conjunta que le permite al niño tomar contacto, acompañado, con estos sentimientos profundos y frecuentemente muy perturbadores y asustadores –incluso por su intensidad–, e integrarlos.

El narrador que tiene conocimiento de su oficio no cae en facilismos y da con los cuentos que hablan del miedo con profundidad, para él y para quien los escucha. No da rodeos, no huye, no altera finales para que todo acabe bien. Tiene un buen manejo de la palabra, del sentido, de la transmisión en la que cree y que practica en su trabajo todos los días. Experimenta con el niño el miedo que en él evoca con sus cuentos. Lo acompaña. Y acompañado, el niño puede navegar por aguas turbias con mucha más seguridad.

Y con los adultos, ¿cómo es?

Todos tenemos mecanismos internos de represión de lo instintivo y de lo pulsional, conforme a las exigencias del yo y del superyó (instancias internas), así como en función de nuestro contexto externo. En mayor o en menor medida, estos mecanismos tienen que funcionar para que la vida en comunidad sea posible. Sin embargo, las fuerzas pulsionales siempre están allí, actuando. El miedo a que salgan a la luz, el miedo al emerger de todo lo que es de la orden de lo instintivo, de todo lo que es primitivo en nosotros, permanece y nos acompaña a lo largo de toda la vida. Pero si ese miedo conduce a la negación de lo instintivo y de lo pulsional, invariablemente ellos crecen y –tal como en los niños– emerge fuera de lugar (4).

Pienso que, en los adultos, las buenas historias de miedo son las que juegan precisamente con eso. Son las que despiertan un sentimiento de extrañeza, de inquietud, que nos quitan el sosiego. Un sentimiento que nos inunda, invade, cuando lo pulsional emerge y lo que nos era familiar se vuelve una cosa extraña, desconocida, bizarra. Que trasciende el conocimiento. Que es sobrenatural.

Los cuentos fantásticos de Guy de Maupassant, contemporáneo de Freud –con quien compartió las clases de Charcot– evocan bien este sentimiento. A juicio de Maupassant, el miedo tiene que ver menos con acontecimientos externos y más con los “subterráneos sombríos”, acontecimientos internos que deconstruyen el alma. En uno de sus cuentos (5) el protagonista describe el miedo del siguiente modo:

"El miedo (y los hombres más audaces pueden tener miedo) es algo espantoso, una sensación atroz, una especie de descomposición del alma, un horroroso espasmo del pensamiento y del corazón, cuyo solo recuerdo provoca escalofríos de angustia. Pero eso no ocurre cuando uno es valiente, ni ante un ataque, ni ante una muerte inevitable, ni ante todas las formas del peligro: eso ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas, frente a riesgos vagos. El verdadero miedo es algo así como una reminiscencia de los terrores fantásticos de otros tiempos." (Maupassant, 1882)

De eso nos habla Freud en un largo e interesantísimo artículo titulado "la inquietante extrañeza" (*), de 1919, que relaciona la extrañeza con todo aquello que asusta, con lo que provoca miedo y horror. Pero tiene la particularidad de ser una categoría de lo temible que se remite a lo que es conocido, familiar, y que por alguna razón, deja de serlo y se vuelve, por ello, inquietante (unheimlich).

Remite al doble significado de la palabra heimlich en alemán, que quiere decir tanto lo que es familiar, confortable, agradable como lo que está oculto, lejos de la vista. Unheimlich, normalmente asociado al contrario del primer significado, puede ser también entendido como todo lo que debería haber permanecido oculto pero que salió a la luz.

Freud nos habla de varias formas asumidas por la extrañeza y por aquello que la desencadena en nosotros en historias o episodios de vida. Y aclara que:

“Si la teoría psicoanalítica acierta cuando asevera que todo afecto perteneciente a un impulso emocional, de cualquier clase que sea, se transforma en ansiedad por obra de la represión, entre los ejemplos de lo que provoca miedo existirá por fuerza una categoría en que pueda demostrarse que eso angustioso es algo reprimido que retorna. Esta variedad de lo que provoca miedo sería justamente la inquietante extrañeza.” (Freud, 1919)

Lo extraño que no es nada nuevo o ajeno, y sí algo que nos es familiar y que está establecido en la mente desde hace mucho, pero alienado de ella por superación o represión. El extrañamiento ocurre, por consiguiente, cuando complejos infantiles reprimidos vuelven por medio de alguna impresión, o cuando creencias primitivas animistas que habían sido superadas parecen confirmarse al final. Es decir, precisamente algo que debería haber permanecido oculto pero, por alguna razón, sale a flote.

Sin embargo, hay cosas que parecerían extrañas en la vida real pero que no lo parecen en la ficción. Existen muchos más medios para crear extrañeza en la ficción que en la vida real. Y, además de eso, está la subjetividad de cada uno. Para que sea de hecho sentido, el buen cuento de miedo tiene que venir al encuentro de nuestros propios miedos.

Por tanto, contamos cuentos de miedo para entrar en contacto con él. ¿Y después? ¿Qué hacemos con el miedo?

Para niños y adultos, conjurar el miedo implica entrar en contacto con estos contenidos que emergen o son traídos a la luz de lo consciente a través de una situación cualquiera de vida o, claro, por un buen cuento. Reconocerlos, darles continente (forma) y, finalmente, apropiarse de ellos, aprender a manejarlos.

Xabier P. DoCampo, que tiene un delicioso libro de historias de miedo, nos habla precisamente de eso cuando dice:

 “...yo disponía de un truco, el miedo sólo duraba el tiempo que me llevaba hacerme dueño de la historia, hacerla mía e incorporarla a mi almacén de historias, ese nido en el alma donde dejaban de ser historias ajenas, porque las hacía mías y ya no me daban miedo. ¿Cómo me podría dar miedo algo que ya era mío?” (Docampo, 1994)

Lo que es nuestro puede asustarnos, dependiendo de la cara que asuma –como vimos–. Pero no asusta tanto cuando somos capaces de leer –de forma más o menos clara– los mensajes que nos envía nuestro inconsciente y de reencontrarnos con lo que, al final, ya es profundamente nuestro.

No obstante, por mucho psicoanálisis que hagamos, creo que nunca llegaremos a conocer más que una pequeña parte de aquello que somos y guardamos en nuestras profundidades. ¡Y qué bien que sea así! ¿Qué sería de nosotros si perdiésemos la capacidad –aunque no lo confesemos por nada– de sentir aquello no se qué indecible que nos despierta un bosque cubierto de neblina a la luz de la luna, cuando presentimos todo lo que allí podría habitar?

 

trad. Queca Carballo
 
 
Referencias bibliográficas

Bettelheim, B. (1975). Psicanálise dos contos de fadas. Lisboa: Bertrand Editora (12.ª edición).

Docampo, X. (1994). Quando batem à porta pela noite. Lisboa: Âmbar, 2003. 

Ferro, A. (1995). A técnica na psicanálise infantil. Río de Janeiro: Imago. 

Freud, S. (1919). O Estranho. Freud: Obras Completas. Río de Janeiro: Imago, 1996. 

Maupassant, G. (1882). El miedo. In La máscara y otros cuentos fantásticos. Madrid: EDAF, 2007. 

 

Notas

(1) Tal y como lo entiende Antonino Ferro, noción muy trabajada en su libro de 1995 La técnica en el psicoanálisis infantil.
(2) Un narrador escoge para contar las historias que, para él, tienen sentido. Historias que, por una razón u otra, evocaron y evocan en aquel narrador determinados sentimientos con los cuales tiene que confrontarse y que tienen significado al narrar. Así se produce la transmisión inconsciente, en simultaneidad con la consciente, que siempre se sucede en el acto narrativo. 
(3) Noción trabajada por Wilfred Bion, psicoanalista que desarrolló una teoría del pensar basada en las nociones de contenido-continente y en la función de transformación de elementos constitutivos del pensamiento β (protopensamientos no pensables asociados al afecto en bruto y a la sensorialidad) en elementos α (pensamientos pensables).  
(4) Eventualmente crece de tal manera que se transforma en algo monstruoso contra lo que somos incapaces de lidiar. El mito de Minotauro habla de forma bastante clara sobre eso. Hijo de un tabú ignorado, cabeza de toro haciéndose cargo de un cuerpo humano, instinto sobreponiéndose a lo racional, el confinamiento en el laberinto (representación de la civilización) intentando convertirlo en no visible hace de Minotauro un monstruo terrible y aterrador en su exigencia continuada de sacrificios humanos. 
(5) El miedo, cuento de 1882 que forma parte de la antología La máscara y otros cuentos fantásticos. 
(*) El título del artículo de Freud ha sido traducido al castellano de diversas maneras: "La inquietante extrañeza", "Lo siniestro", "Lo ominosos", "Lo extraño", "Lo inqietante en lo familiar"; en el texto original portugués aparece traducido como "O estranho". El título original es "Das unheimlich" y el término en cuestión no tiene una traducción exacta en las lenguas latinas. (N. de T.)

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