Este artículo, escrito por Alberto Sebastián, fue publicado en la Revista de Literatura Infantil y Juvenil Peonza, en su número doble 106-107 de octubre de 2013. Agradecemos al colectivo Peonza permitimos publicarlo en la web.

 

¿Escuchar cuentos constituye un camino hacia el interés por los libros? ¿La narración oral de cuentos puede ser una herramienta útil de Animación a la lectura? Nos referimos a los cuentos contados, no a la lectura compartida ni a los libros de imágenes. Hablamos de contar y escuchar sin el recurso del libro, de la escucha atenta de una historia que sale de la boca de un narrador que hace uso de su voz, su mirada y su gesto como transmisores de la historia. ¿Puede ser una actividad válida más allá de los primeros años, cuando la lectura se convierte en el principal medio de obtener conocimiento y placer?

Según Alberto Manguel: “El lector ideal ha de aprender a escuchar”.

Es evidente que durante la Educación Infantil la herramienta fundamental a partir de la cual trabajamos con historias es la voz. Es la primera vía de acceso a la palabra y a través de ella a las primeras historias. De un modo natural los adultos ponemos en contacto a los niños con otros mundos creados por la imaginación del hombre mediante nuestra voz. Con el tiempo los pequeños no tardan en relacionar las historias que escuchan con ese objeto que se encuentra en el aula, en la biblioteca y en casa; el libro. Antes de aprender a leer saben que las letras que pueblan las páginas esconden esos cuentos que les gusta escuchar. Juegan a leer antes de saber descifrar las palabras. La palabra dicha constituye el primer contacto con la literatura. Eso es un hecho difícilmente discutible. La cuestión es si con posterioridad a los primeros años siguen siendo necesarios los cuentos para acercar a los niños a la literatura escrita, si los cuentos son una buena vía para aprender a amar los libros. 

La biología nos enseña que en algunos aspectos el desarrollo de un ser vivo (ontogenia) reproduce el proceso evolutivo de su especie (filogenia). A partir de este hecho podemos jugar a hacer el paralelismo en el tema que nos ocupa. El hombre comenzó a explicarse el mundo imaginando historias y contándolas. Las primeras comunidades humanas trataron de encontrar cuál era su lugar en el mundo más allá de lo puramente biológico a través de mitos  mediante los cuales intentaba comprender los fenómenos naturales que observaba y también de explicar su propio origen. Estas historias que le ayudaban a explicar y a explicarse fueron construyendo su imaginario a la vez que empezaban a conformar la memoria colectiva de su comunidad, la cohesionaban y servían de enseñanza a los descendientes. En cierta medida a través de ficciones creaban una realidad tan cierta como la que veían con sus ojos. Tuvieron que pasar muchos miles de años antes de que ese corpus de mitos, creencias y saberes quedara plasmado por escrito y es muy reciente en nuestra historia la lectura como medio casi absoluto de transmisión del conocimiento y de acceso a las historias que siguen alimentándonos. 

Del mismo modo en el niño es la oralidad lo que en la edad temprana le identifica como miembro de una comunidad y mediante la cual adquiere sus primeros conocimientos pero es indudable que es también la primera vía de acceso al mero disfrute de la palabra, al juego de las adivinanzas y retahílas y su primer contacto con los cuentos y la poesía. Con posterioridad será la lectura el instrumento fundamental del que se servirá para seguir accediendo al conocimiento, pero también al disfrute y a la evasión que la literatura proporciona. Esto resultará sin duda más fácil si su imaginación se ha alimentado con cuentos, si ha experimentado a través de la palabra el gozo que proporciona una buena historia, si ha aprendido a crear en su mente paisajes diferentes del que ve cada mañana.

Es de todos sabido que el origen de lo que llamamos literatura fue oral. Homero, los romances, los cantares de gesta están considerados grandes hitos de la literatura universal y nacieron para ser transmitidos con la palabra dicha. Del mismo modo no faltan en la historia de la literatura ejemplos de cómo el cuento oral ha pasado a formar parte de grandes obras consideradas clásicos  (El conde Lucanor, Las Mil y una noches, El Decamerón, Cuentos de Canterbury…). No resulta muy difícil establecer una relación íntima entre literatura oral y literatura escrita, pero ¿es posible establecer una relación causa-efecto entre la escucha de cuentos y el despertar del apetito lector?

En opinión de Gustavo Martín Garzo, no hay ninguna duda de que esto es así:

“No creo por eso que debemos preocuparnos más de la cuenta de que los niños lean. La única incitación a la lectura que creo posible es la que puede nacer de nuestro afán no tanto de que el niño se acostumbre a tener libros a su lado y a leerlos con devoción sino de que escuche los cuentos, y cuantos más y más veces mejor. Que acertemos a contárselos con convicción, transmitiéndoles ese temblor que ocultan, el sentimiento de su maravilla y de su extrañeza.”

El escritor vallisoletano piensa que no solo hay que contar cuentos, sino que hay que hacerlo cuidando la forma. Con intención, con mimo.

Otro enorme escritor, Naguib Mahfuz explicaba en una entrevista la importancia que en su caso tuvo escuchar cuentos en los cafés de El Cairo cuando era niño:

“Iba a esos lugares cuando era pequeño para escuchar los relatos del poeta popular, porque el arte de la novela nos ha venido de ahí, a través de él.”

El Premio Nobel reconoce que las palabras que escuchaba de labios de los poetas que cantaban, recitaban y contaban cuentos en los cafés de su ciudad encerraban algo que él llama “el arte de la novela”. 

La forma más natural de acceso a esas historias que creemos van a ayudar a nuestros niños sembrando la semilla del interés por  la literatura es contarles cuentos. Un niño que ha escuchado muchos cuentos, que desde muy pequeño ha entrado en contacto con las tramas, los personajes, los misterios de los cuentos maravillosos, ha empezado a experimentar las emociones que la ficción puede aportarnos, y es mediante la oralidad como debemos hacerlos llegar, puesto que es esa su vía natural de transmisión. Debemos prestar atención a las versiones de los cuentos que contamos, cuidando que sean lo más fieles posible al original, pero aunque en el marasmo de recopilaciones que las editoriales nos ofrecen encontremos versiones más o menos acertadas, incluso las más edulcoradas o adaptadas deben su existencia a que alguien recogió por escrito lo que se llevaba generaciones contando de viva voz.

Hay dos conexiones claras entre el hecho de escuchar cuentos y la lectura: 

La escucha de cuentos requiere que el niño imagine las situaciones, los paisajes y los personajes. Le exige que cree sus propios escenarios y caracterice a los protagonistas de las historias a partir de lo que recibe a través de la voz, del mismo modo que el lector lo hace partiendo del texto escrito. Este ejercicio de creación es personal y único. Cuando un grupo de niños escucha un cuento no hay dos brujas, ni dos castillos, ni dos ogros iguales. Ese ejercicio de “ver” mediante la imaginación lo que las palabras dicen no es necesario en las películas, los libros ilustrados o los dibujos animados. Volverá a  aparecer cuando aprenda a leer. 

Al contar cuentos establecemos una relación directa con el oyente. De persona a persona, sin mediadores ni intermediarios. Es algo que puede parecerse a la relación que se produce entre escritor y lector. Hay algo de intimidad en esa relación. Aunque el que escucha esté rodeado de más personas, el narrador le habla a él. Del mismo modo el lector tiene la sensación de que el escritor se comunica con él directamente. Los escritores conocen bien este vínculo de confianza que los lectores establecen con ellos. Las personas que contamos cuentos también.

Si lo que buscamos al pretender que nuestros niños lean es que las preguntas que se hagan sean cada vez más complejas, si sabemos que la lectura agranda su mirada, les abre las puertas a otros mundos, otras vidas y otras realidades, estoy convencido de que en los viejos cuentos de hadas está el germen de todo eso. Cuentos en los que la maravilla está presente a cada paso, pero que también plantean situaciones que tienen mucho que ver con nuestra vida, que presentan al niño de una forma simbólica sucesos, personajes y situaciones que pueden dar respuesta a cuestiones que tienen que ver con sus miedos, sus preguntas y sus dudas. Pienso por ello que deben estar presentes más allá de los primeros años. Escuchar cuentos de todo tipo puede ser siempre algo que nos proporcione placer y conocimiento, además del más amable de los instrumentos que nos acercan a la literatura escrita.

Alberto Sebastián


Comentarios   

#2 Alberto 19-12-2013 11:51
Muy buena puntualización, Eduardo. En el artículo me he centrado en la relación escucha de cuentos-lectura , pero desde luego que el hecho de contar refuerza otras facetas del desarrollo y habilidades. Muy interesante la referencia a la empatía. El tema daría para varios libros.
#1 Eduardo Albornoz H 19-12-2013 03:58
Hay un aspecto complementario. La escucha de cuentos favorece en el niño su habilidad para expresarse oralmente, al tener presente un modelo que sabe hacer uso del vocabulario, de los tonos, inflexiones, pausas y acentos de la voz. Con ello su capacidad de relacionarse se ve fortalecida ya que la oralidad bien trabajada, y la capacidad de la persona para dibujar escenarios y situaciones a través de la voz, favorece la empatía, la situación de contextos y la resolución de problemas sobre la base del afecto que se genera cuando nos expresamos correctamente.

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