El concepto memoria es de uso común para quienes nos dedicamos de una u otra manera a oficios relacionados con la oralidad y en particular a la narración oral de cuentos. Está presente como recurso metodológico en la preparación técnica del texto y como contenido en los trabajos investigativos de recopilación, en los procesos creativos, y en el significado o alcance que representa para el pasado, presente y futuro de nuestras sociedades. Sin embargo la mayoría de las veces el término memoria es asociado a la memoria histórica relacionada con el derecho a la verdad de las víctimas de violaciones a los derechos humanos en medio de conflictos actuales o guerras pasadas, con las acciones de recuperación de la misma y con todo tipo de polémicas y repercusiones de tipo político, social o judicial. Efectivamente este es un enfoque, pero no el único, pues la memoria histórica colectiva nos habla de muchos más aspectos como la identidad, la ética, las costumbres, las relacionales sociales, el contexto, entre muchas otras. Pero ahondar en ello no es mi intención con este texto, sino mas bien describir, a modo de minúsculo preámbulo, la coyuntura en la que puede tener lugar la narración oral de la conciencia épica popular como posibilidad creativa o como compromiso artístico-social (como quiera asumirse) de los/las narradores/as orales de cuentos para contribuir al proceso de recuperación de la memoria histórica colectiva, la  lucha contra el olvido y la transformación social; tan importante y necesaria.

 

Mi opinión es que los/las narradores/as de cuentos podemos contribuir en diferente medida y espacios a la transformación social, porque así lo han hecho quienes nos precedieron en el oficio para diferentes causas y reivindicaciones, porque así lo hacen hoy en día cientos de narradores/as en todo el mundo al interior de sus comunidades, y porque hacemos parte de sociedades y colectivos que demandan un compromiso activo de todos/as para la solución de los problemas (incluidos quienes se expresan con el arte, entre él los cuentos). 

Pues bien, entrando en el tema que nos ocupa, la conciencia épica popular puede entenderse como la forma de registrar la historia de manera épica y heroica. No se trata de los libros y tratados escritos por los expertos de referencia, donde se exponen las fechas y grandes acontecimientos, sino la manera como las personas entienden, sienten y viven los hechos cotidianos que suceden y sobretodo el significado que para ellas han tenido. Principalmente es oral, pero no significa que se excluyan otros medios. El contenido depende de quien lo haga, su ideología, sus características culturales, económicas, políticas y su relación de contradicción con otros grupos o comunidades, bien sean vencidos/vencedores, nativos/extranjeros, pobres/ricos, etc. Cada grupo tiene su manera de narrar con sus especiales características y recursos. Según Salas de Lecuna y González Yiloria se trata de una “historia popular que interpreta, critica, añade y corrige, con gran libertad, lo expresado por los historiadores, pues no está sometida al rigor científico exigido a éstos. La especulación es más libre, la imaginación trabaja con mayor espontaneidad, como también el sentido crítico se hace más visible” (1)

En el caso de aquellos que ocupan el lugar menos favorecido de las relaciones de poder (los derrotados, excluidos, victimas o afectados) las narraciones de su conciencia épica popular incluyen un componente heroico relacionado con la supervivencia. Son historias de pequeñas acciones que cuentan como se sobrevive en medio de situaciones hostiles y complicadas para la vida, testimonios de actos que contribuyen al mejoramiento social de la comunidad o relatos de pequeñas luchas reivindicativas.  En estos casos los protagonistas de los relatos se asemejan a héroes y sus acciones se equiparan a gestas épicas-epopéyicas dignas de ser recordadas.  Las autoras referenciadas anteriormente también acuñan el término epopeya de la crueldad, para referirse a antihéroes que la memoria colectiva popular recuerda por sus actos malvados, impactantes y productores de temor, indicando que su recuerdo tiene una lección preventiva de rechazo a la violencia y lo bélico.

En este sentido pienso que los/las narradores/as orales de cuentos tenemos la posibilidad de contar historias que hacen parte de esa conciencia épica popular de los excluidos o las victimas de situaciones injustas. Bien sea recopilando, adaptando, creando y contando relatos heroicos de supervivencia, de solidaridad, de buenas acciones o bien sean epopeyas de la crueldad. Las fuentes están al alcance de la mano. Por doquier somos testigos de actos altruistas que sin saberlo contribuyen al bienestar colectivo de las personas. Igualmente presenciamos situaciones injustas y crueles que tienen un amplio significado para la comunidad, pero que en ambos casos son invisibilizadas por intereses económicos, mediáticos o de poder, contribuyendo de esta manera al olvido.

Pero no me refiero únicamente a aquellos actos que claramente todos reconocemos como heroicos/antiheroicos, por ejemplo; salvar la vida de una persona, apagar un incendio o el descubrimiento de un asesino en serie. Esas historias gozan de cierta cobertura por los medios y tienen un somero alcance popular. También pueden considerarse actos heroicos (como he logrado corroborarlo en talleres y encuentros con colectivos diversos) la siembra de árboles, la limpieza de ríos, el acompañamiento a personas en situación de movilidad reducida o una enseñanza alternativa por un maestro. Igualmente pueden definirse como actos crueles una ofensa pública y comunitaria, el constante maltrato de un funcionario de la administración, la contaminación del espacio sonoro o la violencia psicológica. Cada persona y cada comunidad definen lo que es heroico o cruel y lo que recuerdan por el significado que tiene para ella.

La recopilación de esas historias, su adaptación o recreación y su posterior narración oral en diferentes espacios es una práctica artística de recuperación y construcción de memoria colectiva y lucha contra el olvido. Por supuesto esa práctica no debe quedarse en la enunciación simple del acto mismo, pues ello representaría idéntico alcance y efecto que un correo electrónico masivo, un flayer o una arenga de mitin.  Lo más interesante y atractivo para el proceso artístico, narrativo y memorístico es que esa información pueda ser narrada con los códigos épicos, estéticos y simbólicos de un cuento o una leyenda; según el camino creativo que se escoja. Ha sido a través de la oralidad y utilizando esos códigos que los pueblos han comunicado con mayor significado buena parte de aquello que no les interesaba olvidar. En términos llanos; una situación heroica o injusta informada tal cual se suma al conteo de situaciones heroicas o injustas que suceden a diario y que acumulamos en nuestras vidas; en cambio, un cuento que narra un acto solidario o cruel como una gesta heroica/antiheroica, llena de fantasía e imaginación, de graciosa exageración, de imágenes metafóricas sugerentes, de símbolos y recursos formularios o acumulativos, tiene más posibilidades de ser recordado y pasado de boca en boca, de oído en oído, de memoria en memoria y de corazón en corazón. Y si llega a tener aún más suerte puede generar un cuestionamiento acerca de su origen, un debate del por qué de sus causas y una sensibilización para que esos hechos se conviertan en motivadores o no se vuelvan a suceder nunca más.

Quisiera terminar reseñando una pequeña experiencia con esta práctica y en particular con la epopeya de la crueldad. En el año 1998 fuerzas paramilitares realizaron el macabro ingreso en una región conocida como el Catatumbo en el nororiente colombiano. Su objetivo era el control sobre territorios geo-estratégicamente claves y además ricos en recursos naturales de inmenso valor. Consecuentes con su estrategia de terror desplazaron, desaparecieron, torturaron y asesinaron cientos de personas en diferentes pueblos. En el año 2006 tuve la oportunidad de ingresar en la zona para determinados trabajos relacionados con el acompañamiento a víctimas de aquellas violaciones de derechos humanos y en el marco de entrevistas y conversaciones informales me encontré con ciertos relatos de espantos contemporáneos o hechos sobrenaturales. Sorprendentemente las narraciones tenían relación con hechos y protagonistas puntuales.  Constituían manifestaciones de la conciencia épica popular de las victimas de los paramilitares y particularmente eran epopeyas de la crueldad. Recopilada y profundizada la información sobre los casos me decidí a adaptar y narrar algunos cuentos. A modo de reseña/resumen enuncio algunos de ellos;

  • El poste llorón; un poste de electricidad llora misteriosamente en las noches oscuras para recordar al hombre que fue atado a él y posteriormente descuartizado.
  • La venganza del negro; el fantasma de un hombre se encarga de buscar a sus asesinos en vida para darles la misma muerte de la que fue víctima.
  • El pacto de cordillera; un líder paramilitar realiza un pacto con el diablo para conseguir poder y dinero, pero finalmente incumple la promesa y el demonio cobra lo suyo.
  • La escuela encantada; un lugar en donde suceden misteriosas situaciones a tal punto que no se puede permanecer allí, debido a que este sitio era utilizado como centro de tortura.
  • No se puede descansar en paz; en una casa de un pueblo no se puede dormir porque en la habitación principal aparecen llorando almas en pena buscando a su verdugo. Esta casa funcionaba como cuartel de operaciones de los paramilitares.

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(1)  SALAS DE LECUNA, Yolanda y GONZALEZ YILORIA, Norma. La conciencia épica en la narrativa oral de los vencidos y de los vencedores. Revista Oralidad 1-1988. UNESCO

 


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