Desde finales de los años ochenta hemos visto como en España han ido proliferando narradores, festivales y programaciones. El origen de los narradores desde distintos puntos de partida (educación, teatro, otros) ha hecho que hoy en día tengamos un amplio abanico de estilos y formas de ver la profesión, y por ello es necesario un planteamiento común que respete los estilos pero que consolide una profesión que recibe demasiadas injerencias desde dentro de ella misma y que hace que nuestro mensaje como profesionales no quede tan claro a programadores y público en general.

Por otro lado los Festivales se han convertido en plataformas donde poder mostrar espectáculos innovadores que muchas veces se quedan en los baúles por que en los tipos de programaciones que están fuera de estos Festivales no nos hemos atrevido a mostrar este tipo de trabajos, yendo casi siempre a la contada eficaz, cosa que me parece un error porque nos convierte en artistas de repertorio para según qué ocasión y no en artistas que presentan un trabajo elaborado con categoría de espectáculo escénico.  También creo que estos Festivales deberían recoger inquietudes teóricas sobre la profesión y  no sólo vernos y disfrutarnos porque hemos coincidido en una fecha y lugar comunes. Esto posiblemente lo tendríamos que fomentar los propios narradores ya que es una cosa que nos interesa a nosotros y no tanto al programador.

En cuanto a las programaciones, es verdad que no hemos conseguido todavía entrar en espacios escénicos tales como teatros o salas de cultura mínimamente equipados, de ahí también que esos espectáculos a los que me he referido antes que se presentan en Festivales muchas veces no encuentren lugares adecuados donde presentarse, aun así debemos hacer el esfuerzo por mostrarlos. Debemos ganar espacios donde contar para adultos y no sólo bares donde se requieren otro tipo de espectáculos y técnicas por parte del narrador.

El mayor porcentaje de programaciones se realizan en bibliotecas y especialmente para niños o público familiar, lo que nos obliga a tener repertorio infantil, nos guste o no, son muy pocos los narradores que sólo cuentan para adultos viendo su campo de acción mucho más reducido, este tipo de narradores me los he encontrado sobre todo en Cataluña, provienen del mundo del teatro y conciben sus espectáculos como escénicos y no como contadas. Creo que poco a poco debemos ir ganando espacios y para ello hay que prepararse a conciencia, y por otro lado conservar los que tenemos pero mostrando siempre trabajos escénicos adaptados a las circunstancias del espacio y público pero no convertirnos en meros entretenedores para rellenar una programación que muchas veces se hace de forma automática sin criterios por parte de los programadores. 

Hoy en día se narra mucho para niños de una edad más bien corta, algo para adultos y muy poco para niños algo más mayores y para adolescentes. Esta (la de los adolescentes) es otra batalla que poco a poco tenemos que ir librando por la importancia que creo que tiene este colectivo.

Narrar es un acto social que provoca el análisis continuo y por lo tanto el replanteamiento de nuestra vida con el fin de lograr una sociedad encaminada a la mejora de la calidad de vida de sus habitantes, y para conseguir esta sociedad hace falta contar con inversiones de capital, con un sistema legal estable, y con políticas coherentes, pero sobre todo, resulta necesario contar con ciudadanos íntegros, preparados y responsables que se constituyan en actores del proceso de innovación y desarrollo permanente de sus pueblos; los cuales adquieren un especial interés en países como el nuestro, donde cada vez más, los que lo habitamos provenimos de horizontes culturales diferentes.

La formación de nuestros jóvenes adquiere en este ámbito una vital importancia, si queremos llegar a conseguir ese “ciudadano íntegro”. Y para ello debemos formar personas que no tengan reparos en mostrar sus emociones, valores, costumbres, conflictos y sus formas de resolución. En conclusión, lograr que los jóvenes expresen libremente sus opiniones en esta sociedad donde cada vez tenemos más reducido nuestro vocabulario y donde se mide con vara rasa al que piensa de modo distinto a la mayoría.

En los últimos años hemos visto como nuestros jóvenes actúan cada vez más en grupo, no opinan individualmente por temor a ser catalogados como distintos, estéticamente se muestran iguales y adquieren una especie de negación al compromiso político y social sobre todo por la falta de información y la falta de capacidad de análisis ante los problemas sociales que presenta nuestro mundo.

La idea de educar a los jóvenes como si de una clonación se tratase, se ha valido siempre del miedo a lo nuevo, a lo desconocido, eliminando así cualquier atisbo de independencia, consiguiendo alumnos mansamente sometidos, alumnos que han fingido estarlo mientras el alma se les llenaba de preguntas y alumnos rebeldes por sistema.

El arte y el valor imaginario que este conlleva han sido las formas de defenderse y dar salida a la personalidad que anda escondida, y que habla y actúa en términos inesperados rompiendo así el personaje asignado, de ahí la relación entre la libertad y el imaginario.

Por eso el valor del imaginario en cualquier proceso pedagógico que tenga por objeto enriquecer la conciencia de los jóvenes, enfrentarlos con las conclusiones de su observación, y liberarlos de esa carga de velada censura a ser uno.

Pero para que esto pueda ocurrir hay que encontrar un espacio común, pero ¿cómo hacerlo?, yo no conozco otro donde confluyan mejor la imaginación, la libertad, el respeto, la tolerancia y el compromiso social, que el arte y en este caso concreto, la narración oral.

La narración oral crea un espacio de opinión, expresión y debate, además de generar espacios de divertimiento y reflexión. Creo firmemente que la narración es uno de los vehículos adecuados para que los jóvenes puedan canalizar sus inquietudes y sus dudas y así intentar crear una sociedad más preparada y por lo tanto más feliz.

 

José Manuel Garzón Hernández
Narrador

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