¿Por qué cuento cuentos tradicionales para niñas y niños? ¿No tengo miedo de asustarl@s? ¿De verdad creo que eso es bueno para ell@s?
Las respuestas me llegan de atrás:
Crecí en los fabulosos años sesenta que, por lo menos en Italia, eran modernos, racionales y lanzados hacia el progreso. Mentir era malo y la ambigüedad no existía. Los adultos eran optimistas, utilizaban el método Montessori y ofrecían a la infancia divertidos cuentos de Rodari, que no traumatizaban a nadie pero que hacían pensar.
Me gustaban, creo. No recuerdo ni uno.
Una tarde mis hermanos y yo tuvimos a una canguro de la que no sé ni la cara ni el nombre. Quizá la echaron por lo que había hecho.
Nos reunió alrededor del círculo que una lámpara dibujaba en la alfombra y empezó el cuento de un niño y una niña y sus padres de corazón devorado por el hambre, y había bosques musgosos con dentro una casa con dentro una bruja. Tenía los ojos blanquecinos pero podía verte. La bruja, no la canguro.
Eso era distinto de Rodari, eso hacía que el círculo de luz se contrajera, la oscuridad empezara a respirar y la piel de mi espalda se escalofriara (¿por qué “estremeciera” me suena tan cursi?).
El miedo era asombroso, quería que acabara ya, queríaquenoacabaranunca.
Era horrible; era hipnótico, era que para soportarlo mi cuerpo entero tenía que entrar en el círculo de luz, mi dedo tenía que enroscarse en un hilo de la alfombra ¿cómo lograrlo sin que la vieja bruja lo supiera?
Y me tragué el aliento. Y nos quedamos solos el cuento y yo.
Y entonces yo luché para que la bruja muriera.
Y me alegré de que lo hiciera de forma cruel y tan poco elegante.
Y acompañé a casa a Hansel y Gretel dispuesta a matar a sus padres si no los acogían de vuelta.
Es el único cuento que me ha quedado como herencia y tesoro del país de la infancia (miento, por suerte la bisabuela no se había enterado de que estábamos en los sesenta y me contaba de las comadres sin bragas del bisabuelo masón y de frailes capuchinos que escondían a gente en las catacumbas, pero esta es otra historia).
Yo para público infantil cuento historias tradicionales, con sustos, peligros y muertes. Con muchos sustos, muchos peligros y alguna muerte.
Escojo mis cuentos. No me gusta Rodari, pero tampoco me gustan los Grimm y Perrault, ni sus mujercitas y princesitas, e incluso el bueno de Calvino a veces dormita.
Busco e invento mi tradición, si es posible entre cuentos contados por narradoras a recopiladoras, así es más fácil, para mí, entrar en el círculo y recordar la voz rasposa de la bisabuela y la voz bajita de una canguro que quizá no sabía lo que estaba haciendo.
Si lo hago así, sé que en mi voz l@s niñ@s escucharán su cuento y encontrarán sus bruj@s y sus had@s>1.
Y si sus padres y madres se asustan, que les cuenten ell@s, que es lo que tendrían que hacer.
Pero que sepan que sus hijos, sus hijas, acabarán entrando en el bosque.
Quizá sea mejor que, si quieren, puedan entrar al principio cogidos de la mano de alguien que recuerda que el miedo y los árboles esconden tesoros.
Marina Sanfilippo
1 Oooh, perdón, yo no quería, pero aquí la arroba queda tan bien…



