Una vez que elijo un cuento literario para narrar, aparece rápidamente el desafío de cómo adaptar esa historia, que fue pensada originalmente para leer, para convertirla al formato oral y que, al mismo tiempo, conserve eficacia comunicativa y el sentido con la que fue concebida.

Basta ver la adaptación de una novela llevada al cine para comprobar que no es tarea sencilla, especialmente si se trata de historias que congregan millones de fanáticos a su alrededor; claramente reinvindico al narrador como editor, aquel que saca (y también agrega) escenas de un cuento para otorgarle potencia al relato.

El oficio me habilitó para tomar decisiones escénicas sin sentir que traiciono al autor, estas cuestiones cobran importancia porque (como es mi caso) soy lector mucho antes que narrador oral, igualmente, me resulta más divertido cuando cuento historias que los espectadores no leyeron, y, por supuesto, narrar un cuento delante del autor nunca es tarea sencilla. Recuerdo una anécdota con Esteban Valentino cuando, antes de presentar un espectáculo basado en su novela A veces la sombra. Historia de un monstruo solitario (Editorial Alfaguara), le aviso que realicé algunos cambios respecto del original, específicamente le digo que saqué un capítulo, al enterarse de cuál se trataba, Valentino me dice que ése era su favorito, y que por qué no sacaba otro que no le gustaba tanto, le digo entonces que no podía sacar el capítulo al que se refería, ya que, escénicamente, era funcional al cierre de la novela... y del espectáculo, lo que, rápidamente zanjó la cuestión, porque, para mi suerte, Valentino es, además de excelente autor, una persona sensible a los cambios de formato, especialmente si percibe que el cambio no va a dañar a la historia sino que ayudará a potenciarla.

En 2008 decidí hacer un espectáculo de narración oral basado en la novela Soy leyenda (Richard Matheson, Ediciones Minotauro), en este caso tuve que escribir un guion, ya que la novela tiene 180 páginas, la primera decisión fue contarla en primera persona desde el punto de vista de Robert Neville, el último humano en un planeta Tierra habitada por vampiros, pero aquí (como siempre) me pareció importante pensar en el subtexto de esta historia, apartándome de lo estrictamente terrorífico de un humano rodeado de vampiros (algunos de ellos cercanos afectivamente al personaje principal), sino también pensar esta historia en términos políticos, ya que fue publicada en 1954, momento de auge del macartismo estadounidense, sentí que la podía ligar a la última dictadura militar en nuestro país (entre 1976 y 1983), donde se secuestraron y desaparecieron miles de personas, por pensar distinto, en el final de la novela, Robert Neville se pregunta “si lo normal es ser vampiro y él es el único humano…¿quién es el monstruo ahora?

Claramente la novela habla de “el otro” y por esa zona pensé la adaptación…

Como trabajo con historias (y autores) que me conmueven, una de las dificultades con las que tuve (y tengo) que lidiar en el proceso de adaptación al formato oral de un cuento literario (que fue pensado para ser leído), es hasta dónde estoy dispuesto a llegar, si en el cuento "El cisne" (Roald Dahl, Historias Extraordinarias, Editorial Anagrama) los adolescentes que atrapan a un compañero dos años menor para humillarlo, antes de matar al cisne del título matan a un pato, me resulta claro que al pasar al formato oral, la escena de la matanza del pato no esté en mi adaptación del relato; confieso que en las primeras versiones la muerte del pato estaba, el paso del tiempo (y oficio) se encargó de la edición del cuento…

Si en un cuento una mujer descubre, de modo casual, que su marido es un asesino serial, puedo enfocarme en los detalles de cómo ese hombre mató a once mujeres y un niño, o puedo hacer foco en la reacción de esa mujer que descubre que su esposo viola y mata a mordiscos a mujeres desde hace más de veinte años, y la pregunta clave que se formula la mujer (y los espectadores): ¿qué va a hacer ahora que lo sabe?...

Cualquier persona que haya leído "El almohadón de plumas" (Horacio Quiroga, Cuentos de amor, de locura y de muerte), sabe que el bicho escondido en el almohadón le chupa la sangre a Alicia y le provoca la muerte, pero sigo pensando que el verdadero monstruo de la historia es Jordán, ese marido que ama a su esposa pero que no se lo demuestra, y que, además, se enoja cuando ella se enferma…

Seguramente habrá quienes lean esta nota y no acuerden con estas afirmaciones, y está muy bien, porque las historias las interpretamos según miramos al mundo, y l@s narrador@s de cuentos no somos la excepción… por suerte.

 

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