"Vivir del Cuento en Argentina", así fue el tema sugerido por la gente de AEDA para que desarrolle. En cuanto me senté y leí el título que acababa de escribir me fue inevitable pensar que, para cualquier porteño (así se nombra a quienes viven en la Ciudad de Buenos Aires), vivir del cuento es como quien dice, vivir del chamuyo, del verso... lo que es sinónimo de ser un chanta. La narración oral en Buenos Aires es una profesión joven y el trabajo que hay detrás de la voz del narrador, algo absolutamente desconocido para la gran mayoría. 

Me preguntan a menudo si cuento chistes o si leo en voz alta. Una vez un taxista, me dijo: "¿Se dedica a contar cuentos?... ¡Pero los argentinos estamos cansados de que nos cuenten el cuento!".

¿Será por eso que los porteños no eligen ir a escuchar cuentos? Por falta de propuestas seguro que no, porque en Buenos Aires la cartelera es muy nutrida, ya sea en diversidad, calidad y precios de los espectáculos, incluso en los horarios, todos los días hay algo para ver, de lunes a lunes. Y sin embargo no es común que la gente elija ir a ver un espectáculo de narración y sí al cine, al teatro, a recitales, incluso al stand up, pero a escuchar cuentos va una minoría: aquellos que alguna vez conocieron a alguien que cuenta y los invitó, o aquellos que en algún momento tuvieron contacto directo con la narración. Tal vez este sea uno de los motivos por el cual aquí en Buenos Aires, somos pocos los que vivimos de esta profesión, de este arte. 

Otra razón seguramente sea la complicación que significa montar un espectáculo de narración y presentarlo en un teatro para hacer temporada con todos los requisitos cumplidos. Aquí los espectáculos que se presentan en un teatro deben registrarse en la “Propiedad Intelectual” que protege las creaciones originales literarias, artísticas o científicas expresadas en cualquier medio, tales como libros, escritos, composiciones musicales, obras dramáticas, coreografías, obras audiovisuales, esculturas, obras pictóricas, planos, maquetas, mapas, fotografías, programas de ordenador y bases de datos. También protege las interpretaciones artísticas, los fonogramas, las grabaciones audiovisuales y las emisiones de radiodifusión. Y también en “Argentores”, Asociación Civil que recauda los derechos de todas las obras argentinas y extranjeras que se difunden en cualquiera de los medios en todo el territorio nacional y los pone a disposición de los autores de teatro (texto, coreografía y música), de radio, de cine, de televisión (texto y coreografía) y de nuevas tecnologías.

Ambos registros son requisito fundamental para presentarse en un teatro. Si el repertorio es de autor, debe tener su permiso, si el autor es extranjero, debe tener, además, el permiso del traductor. Si es propio, no hay mayor dificultad. Si es de tradición oral, tampoco. Y si el autor murió y sus derecho ya fueron cedidos a la humanidad, ¡estás de suerte!

Luego de tener el papeleo legal autoral en orden ya puedes presentarte a un teatro y decir: "quiero hacer funciones de mi espectáculo aquí". Cuando llega el momento de la difusión tendrás que arreglártelas para que en la cartelera figure como espectáculo de narración, porque aquí hay cartelera de cine, danza, teatro, recitales... Luego tienes que llenar la sala para ganar un porcentaje de la taquilla, ¿Cómo viene la gente a ver narración si no saben lo que es? Y aquí llegamos al punto de nuestro amigo el taxista. 

Ahora bien, esto pasa en relación a los teatros. ¿Y en las bibliotecas, un espacio que está directamente ligado al contar y a la promoción de la lectura?, pues resulta que tampoco es común encontrar bibliotecas que tengan una programación permanente de narradores aquí en Buenos Aires. Sí en ocasiones y de manera puntual.

¿Y en las Universidades? No es habitual en nuestro país, a diferencia de Colombia por ejemplo, que haya espacio para la narración en las Universidades, no hay movimientos de cuentacuentos o colectivos cuenteros, como en otros países. 

Las Ferias del Libro, son el lugar dónde se hace más visible nuestro trabajo, de pronto en esos días hay cuentacuentos contando a toda hora para las editoriales, que pagan en esa época por nuestro trabajo, claro, nos necesitan para difundir sus nuevas ediciones; pero las ferias no son permanentes.

Entonces ¿cómo vivir del cuento en Buenos Aires?

Los colegios, los jardines [educación infantil], incluso los maternales [bebés] son el lugar donde la mayoría de los que vivimos de esto, trabajamos. Haciendo funciones escolares. Aquellos que hace más tiempo que trabajamos en la profesión tenemos ganada la confianza de los directores y maestros que son quienes saben captar muy bien la necesidad de que la narración esté presente en la cultura activamente. Así y todo son tantos los narradores amateurs que cuentan por gusto, sin haber hecho de esto un trabajo de búsqueda estética, de investigación del repertorio, de conocimiento de las edades a las que se va a abordar como narrador, que terminan haciendo un trabajo bien intencionado pero pobre en calidad. Y que no suman a la hora de forjar un camino para la narración oral como arte y como oficio. 

La docencia, la creación de cursos, capacitaciones y talleres de narración, son recursos importantes para quienes viven del cuento.

Otro espacio posible, bien pago, pero muchas veces ingrato en cuanto a las condiciones, son los eventos empresariales o fiestas privadas.

En nuestro país son varios los festivales nacionales e internacionales, la mayoría subsidiados en parte, y sólo en parte, por instituciones y, en ocasiones, por alguna que otra empresa, pero básicamente armado en base a funciones escolares y teatrales (estas últimas sin gran convocatoria, por las mismas razones que explicaba al comienzo). Estos festivales le dan al narrador la posibilidad de mayor visibilidad en el círculo narrativo, pero no así la posibilidad de vivir económicamente de su participación. 

Para trabajar en cualquiera de estos ámbitos, como cualquier trabajador autónomo, hay que tener al día el monotributo para facturar legalmente.

Lo que sucede en el interior de nuestro país es muy parecido y a veces aún más complejo. Hay ciudades con mucho movimiento en el campo de la narración, ciudades como Rosario, La Plata, Córdoba, Neuquén,  Santa Fé, Trelew, Comodoro Rivadavia, Mendoza... que organizan festivales, también ferias del libro, pero pese al trabajo y esfuerzo de aquellos que llevan adelante estos espacios, no les es posible vivir únicamente del contar. 

En Argentina, somos un puñado los que vivimos de contar historias. Y en su mayoría trabajamos alternando todas estas maneras. 

Y aunque el escenario no parezca demasiado alentador, los narradores orales nos hacemos presentes como sea,  buscamos las grietas olvidadas, los espacios impensados y ahí estamos siempre contando.

Fer Narradora (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo. / facebook)

 

Este artículo forma parte del Boletín n.º 36 de AEDA: Panorama de la narración oral en Argentina


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