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La voz materna es la primera que reconoce un bebé al salir al mundo. Ahí se enciende la chispa de nuestra historia propia y singular, como comunidad cultural, marcada por la cuestión de género que nos ha tocado.

Entendemos esa voz, la lengua materna, como elemento troncal de nuestras vidas. 

La voz de la mujer referente en los cuidados, el trabajo, el sustento de la casa, nexo de la familia y la comunidad, identificada con la tierra, con la memoria y con la fortaleza. Son esas mujeres, pilares indispensables de nuestra cultura viva, referentes de la palabra hablada, la cantada y la no pronunciada.

En las artes de la música y del baile hallaron una libertad que no conocían, y rompieron con todo, creando códigos retóricos, dejándose ir en la creación artística hacia la libertad, en un mundo regentado por el clericalismo y el patriarcado más acérrimo. Estuvo su lucha enraizada en la música y el baile; fueron ellas las tocadoras y cantadoras de lo prohibido, y se convirtieron en las máximas representantes de la conocida frase de Emma Goldman: “Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa”.

EL RITO

Las mascaradas de invierno son celebraciones rituales de origen pagano que tienen lugar entre el solsticio de inverno y el equinoccio de primavera. De hecho, se puede afirmar que el Antroxu o Carnaval es la última mascarada de invierno, cuando la llegada de la primavera es ya innminente. Si bien se desconoce su origen exacto, los estudiosos las relacionan con los ritos de fecundidad ligados a sociedades agrarias y con ritos de paso (los participantes activos son hombres jóvenes) de ascendencia prerromana, quizá también a alguna religión animista.  Algunas de estas mascaradas se han ido celebrando sin interrupción a la largo de los siglos, y otras han sido recuperadas después de una ausencia de 30, 40 o 50 años, gracias a las fuentes orales y a algunas referencias escritas. En la península ibérica, la mayoría de las mascaradas se concentran en el Noroeste peninsular, en concreto las provincias de Ourense, Asturias, León, Tras os montes (norte de Portugal) y, sobre todo, Zamora. (1) Las mascaradas de invierno se han conservado sobremanera en lugares montañosos, rurales, dedicados a la agricultura, relativamente despoblados y aislados de los núcleos urbanos.

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Comparsa de mazcaritos en Rozaes (Villaviciosa)

Está generalmente admitido que la mujer ha estado secularmente marginada del hecho teatral; sin embargo, en el contexto de los rituales prehistóricos, primera evidencia de actividad escénica, parece ser que las funciones que desarrollaban las mujeres dentro de ellos –pese a que este aspecto sea algo complicado de determinar– tenían bastante relevancia. Algunas líneas de investigación destacan el hecho de que las mujeres, al menos en determinadas ocasiones, podrían haber jugado un papel preponderante en esos rituales. Así se deduce que numerosas pinturas rupestres, muchas de ellas localizadas en el norte de España, fueron realizadas por mujeres, dado el tamaño de las manos representadas, lo que viene a mostrar que, efectivamente, la mujer desarrollaba un rol protagonista dentro de estas ceremonias. (1)

En cambio, otra línea de investigadores, en este caso provenientes del campo de la neurociencia, defiende, a la contra de la línea más ritualista representada por Frazer (1890) (2), otras opciones quizá más identificadas con las tesis de Darwin o de Freud, de orden determinista. Para ellos el origen de las ceremonias rituales se ubicaría en el hecho concreto de la necesidad de establecer una relación de poder de un género sobre el otro; más concretamente, en su capacidad de seducción. Jean Marie Pradier, profesor emérito, investigador y fundador en 1995 de la Etnoescenología, defiende que: 

“Darwin demuestra el poder biológico de la seducción en el contexto de una interacción esencial para la supervivencia de la especie y de la posición dominante de la mujer en el proceso de unión”. (3)

De este modo, el empleo no convencional de recursos corporales y vocales, más todo el conjunto de utillaje, avalorios o maquillaje, no habría tenido más objetivo que intentar seducir al otro sexo, y en este caso, al femenino que es sobre el que recaería la decisión última.

En la plaza del pueblo navarro de Lantz, a 25 km de Pamplona, en el valle de Ultzama, un tiro de escopeta acaba con el terrible bandido Miel Otxin. A continuación lo queman en una hoguera mientras los habitantes del pueblo bailan el zortziko alrededor, celebrando la captura y muerte del malhechor. El lunes lo capturaron los Txatxos, lo pasearon por el pueblo, y el martes lo ajustician. Y como si de un bucle temporal se tratara, todos los años, desde hace generaciones, se repite la misma escena. Una y otra vez capturan y ejecutan a Miel Otxin. Y bailan. Es una de las celebraciones más famosas y tradicionales del carnaval vasco. Tan es así, que el zortziko que bailan en corro ese día lo lugareños, ha trascendido a las mugas del pueblo y se baila en las fiestas y romerías vascas.

Escenas parecidas se dan, no solo en distintas expresiones del carnaval vasco, sino en Europa. “El último acto de las fiestas a menudo era un drama en el cual “Carnaval” era sometido a juicio, confesaba sus delitos, hacía su testamento, se le ejecutaba-generalmente en la hoguera-, y, por último se celebraba el funeral”. En su imprescindible libro La cultura Popular en la Europa Moderna, Peter Burke nos presenta un recorrido por la Europa Moderna, entre los siglos XVI y XVIII, a través del estudio de la cultura popular, la no perteneciente a las élites, unas expresiones de cultura popular que alimentaron y desarrollaron el imaginario europeo hasta nuestros días. Y una de sus expresiones más características y desobedientes era, como no, el carnaval; una fiesta llena de simbolismos, imaginería popular y, sobre todo, trasgresión. Un ritual que se repite anualmente hasta nuestros días, a pesar de los múltiples intentos de las autoridades por cambiarlos, dirigirlos o, simplemente, prohibirlos. Burke ve imprescindible hablar de ritual cuando se habla de cultura popular, “(...) porque un cuadro de cultura popular que no tome en cuenta el ritual, sería más erróneo que la peor de las creaciones del historiador”. El carnaval, como ritual y fiesta total, congrega en si mismo, todos aquellos elementos que alimentan el imaginario de los cuentos tradicionales. Héroes, animales fantásticos, distorsión de la realidad, transgresión de relaciones cotidianas, situaciones absurdas, transformación de las personas en personajes imposibles, imaginación a raudales y, sobre todo, imaginar el mundo del revés, darle la vuelta, para entenderlo y mostrarlo desde otro punto de vista,  reflejando a menudo el deseo de otro mundo, donde los poderosos son arrastrados por el fango de la historia.

“El espacio del lector se va construyendo de a poco,
de manera desordenada por lo general, un poco azarosa.”
Graciela Montes
La frontera indómita

Con este artículo intentaré compartir la experiencia de un taller de lectura que funciona dentro de un proyecto-marco llamado “Talleres Integrados”, llevado adelante por un grupo de profesionales de distintas disciplinas (El equipo de coordinadores de los Talleres está formado por Mariel Danazzo, Paula Nieto, María Laura Arias, Norberto Mazzolini y Roberto Sotelo) desde el año 2007 en el Centro Terapéutico CREDA, perteneciente al sindicato de trabajadores no-docentes de la Universidad de Buenos Aires (APUBA).
Esta Institución realiza un abordaje interdisciplinario dirigido a bebés y niños con trastornos del neuro-desarrollo, y a adolescentes, jóvenes y adultos con discapacidades cognitivas con y sin compromiso motriz. Todos ellos son hijos de trabajadores docentes y no-docentes de la Universidad de Buenos Aires.

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Cuando Jorge me abrió la puerta de APAM en julio del 2016, la idea era contarle a “los chicos” unos cuentos con un par de amigos cuentistas. Aquel era un “centro de día” para personas con “diversidad funcional física” (DFF), y llegamos con ese pudor melindroso de quienes se piensan “normales” y creen que con las personas en sillas de ruedas hay que ir de puntillas. Nos preguntábamos cómo sería la gente, qué cosas no habría que contar, cómo habría que adaptar las historias... Y de pronto allí conocimos al Doctor Amor, que en el podcast Radio Intrépidos explicaba cómo hacerle el amor a una lavadora. Y Hortensia, que envuelta en su chal de lana llevaba la crónica de crímenes castizos, de Jarabo a la Calle Cabeza, del Matamendigos al Asesino de la Baraja. Y Avelina, que apoyada en su andador leía cuentos fantásticos de cosecha propia. Así descubrí que algunas de aquellas personas me daban sopas con onda en picardía, sentido del humor y saber vivir. La segunda vez fui sola y les dije: a la próxima contáis vosotros.

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