Opción a opt

…porque el hombre es un animal de palabras, como el pájaro es un animal alado.
Octavio Paz

ESCENARIO

Desde la Facultad de Psicología (Universidad de la República), se propuso un proyecto de investigación-acción, a ser realizado con Mujeres Privadas de Libertad (MPL), que se encuentran en etapa de pre-egreso en la Unidad N° 5 femenina, situada en el Departamento de Montevideo dentro del barrio Colón.

En estos días en que estamos presenciando cómo crecen los discursos intolerantes, racistas, xenófobos, en que hemos visto los estragos de la violencia machista, no dejo de pensar en lo mal que nos comunicamos: si nos entendiéramos más, ¿nos trataríamos mejor? Si nos escucháramos más, ¿nos conoceríamos mejor? No tengo una respuesta clara; según el día, el optimismo o el escepticismo me llevan a contestar de una manera u otra.

Sin embargo, qué más podemos hacer como narradores orales que ayudar en este sentido, realizar nuestra pequeña contribución para mejorar la calidad de la escucha, para dar voz a los que no la tienen, para rescatar historias ya olvidadas.

En mi trabajo personal siempre me han interesado mucho las anécdotas. Me parecen un género literario delicioso donde la expresividad natural de cada uno se expande y permite reconocer los recursos naturales que tenemos para poder explotarlos. Desde hace años, trabajo en mis talleres con niños y niñas esta técnica, y trato de que sus historias tengan un valor en nuestros encuentros, y de que sean escuchadas como merecen. Es dentro de este trabajo que surge la experiencia que quiero contaros.

 Muchos son los espacios donde los cuentos pueden desplegar su tarea reveladora de íntimos secretos.

Las narradoras, los narradores, sabemos cómo las historias son capaces de tomar la palabra en cafés, bibliotecas, teatros, centros culturales, hasta el rincón de un parque. En cualquiera de ellos, los cuentos son la llave que abre paso a las emociones, todas iguales pero todas singulares, de los que, libremente, se acercan al círculo mágico del relato.

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“Igual al té contado” es un proyecto que se inició en la isla de Tenerife y se ha extendido a la isla vecina de La Palma.

La idea surge de una llamada de teléfono en la que una madre amiga con una hija de quince años que ha sido violada dice: “Cuéntale un cuento que le cure el alma”. Nadie me había pedido un trabajo de ese tipo, por lo que empezaron las reflexiones acerca del tema y las siguientes cuestiones salieron a la palestra: Los cuentos nos pueden hacer reír, llorar, volar, pero ¿curar el alma?, ¿Qué contar a alguien que dice tener el alma rota?, ¿Qué tipo de cuentos son los idóneos para una Víctima de Violencia de Género?, ¿Querrá escuchar historias que se parezcan a la suya o cuentos de princesas?, ¿Tal vez cuentos chistosos? Por más que reflexioné no llegaron las respuestas hasta bastante tiempo después. Pero quería ayudar a esta madre y a esta chica, así que llamé a la adolescente por teléfono y hablamos durante más de una hora, no un día sino varios. Al principio le contaba  cuentos del repertorio y hablábamos acerca de ellos, de sus protagonistas y sus acciones, después empezó la búsqueda de cuentos que sentía que le podían gustar más y finalmente terminó diciendo: “Hoy te contaré yo un cuento a ti” y me contó la historia de su vida, violación incluida. Fue ella la que me pidió que hiciera esta misma acción con otras mujeres, y el nombre “Igual al té contado” simplemente porque mientras hablábamos por teléfono tomábamos té. A partir de esa primera acción lo tuve claro.

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"Non sei para que me serven as maus"
"No sé para que me sirven las manos"

Mi trabajo durante diez años en una residencia de personas mayores no me dio nunca respiro a la sorpresa en la necesaria monotonía de horarios y el ritmo pausado, mucho más lento que las horas del día, no en vano ocho de cada diez personas vivían en la consideración de dependientes, pero si algo aprendí es que el mar que asemeja calmo en superficie puede esconder un desapercibido mar de fondo, que se descubre metiéndose en él, pues conocer desde la orilla, sólo de vista, no es conocer.

Corrían los años ochenta en Centroamérica. La guerra fría tomaba a la región como escenario principal en lo que algunos denominaron “el patio trasero de Estados Unidos”. De ahí que las guerrilla y los ejércitos  disparaban  a diario sus balas y desangraban a El Salvador, Nicaragua, Guatemala y Honduras.  Entre tanto, en Costa Rica, único país sin ejército del área, la guerra se hacía sentir por medio de refugiados, aeropuertos clandestinos, hospitales ocultos, espionaje y una crisis económica que intentaba poco a poco recuperarse, con apoyo económico de los gringos, a quienes no les servía que la crisis económica en Costa Rica favoreciera los intentos de la izquierda por tomar el poder en el país, como ya lo había hecho en su vecina Nicaragua. 

Todo esto sucedía en medio de declaraciones gubernamentales ticas sobre neutralidad en los conflictos de los países vecinos, a pesar de que por debajo de la mesa se toleraba y ayudaba a algunos bandos vinculados en las guerras vecinas, especialmente en Nicaragua. Poco después, un esfuerzo político permitió sentar a las partes a negociar la paz en Centroamérica, un proceso que le valió un Premio Nobel de la Paz al expresidente costarricense: Óscar Arias Sánchez. 

En ese convulso contexto, la cuentería escénica sembró su semilla en el país, aunque debió esperar más de dos décadas para recoger y mostrar su cosecha.  Fue en los ochenta cuando algunos cuenteros tradicionales pudieron visibilizar su trabajo en libros y discos, más allá de su efímera expresión en casas, plazas y parques.

También fue el momento en el que algunos actores, artistas plásticos, bailarines y narradores empíricos empezaron a hacer sus primeras búsquedas en la cuentería. Algunos de ellos conocieron la técnica de la narración oral escénica por medio de talleres impartidos por Francisco Garzón Céspedes, a quien se le reconoce como el promotor de esta expresión artística en Latinoamérica. 

Me preguntan si se puede vivir del cuento en Costa Rica. No hay fórmulas mágicas. Enrollarse las mangas, combinar otros saberes y poner el corazón en lo que haces, son solo algunos ingredientes para conseguirlo.

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Ana Coralia. Foto de Fernando Arguedas

Nací en una familia que hablaba mucho y de una madre que pasaba todo el santo día contándome historias. Algunas eran familiares, otras anécdotas personales y otras tomadas de los libros.

De manera que crecí rodeada de palabras y cuando hubo que decidir cómo pondría pan en la mesa, dirigí mi brújula hacia el periodismo que era lo más cercano a lo que quería hacer el resto de mi vida: contar.

Ya desde los 11 años componía mis propias canciones, pero no fue sino hasta los treinta y tantos, que tuve la oportunidad de escuchar por primera vez cuentos para adultos. 

Aquello fue como el “Ábrete Sésamo” de una cueva inimaginable de tesoros y se rompió mi paradigma de que los cuentos narrados eran solo para niños. 

Entonces me dije: “Yo quisiera poder hacer eso…”.

El Universo estaba escuchando y la vida me llevó más temprano que tarde a las puertas de la narración oral.

Así desde el 2001, comencé, primero a volar por instrumentos y más delante de la mano de Juan Madrigal, conocido en el mundo de la cuentería como Juan Cuentacuentos, a tomar talleres y a formarme con otras herramientas como cuentera.

Sin embargo, la decisión de dedicarme a tiempo completo a narrar cuentos fue osada y revestida del mismo valor con que los que practican “Bungee jumping”, se lanzan al vacío.

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