El pasado mes de noviembre se desarrolló la décima edición de la FLLIC, la Feria regional del Libro, la Lectura y las Industrias Culturales.

Desde su inicio, la gerencia de esta feria tuvo presente a la narración oral profesional como una actividad no solo dinamizadora y de entretenimiento, sino como un complemento troncal para la consecución de los objetivos que persigue cada año. Así, desde la gerencia, siempre se ha perseguido ofrecer al público asistente una muy buena selección de las propuestas escénicas que se han desarrollado dentro del Festival y también coordinando espacios a lo largo de toda una semana donde escolares de diversas edades y adultos pudieron disfrutar de los cuentos contados.

La respuesta del público adulto, por ejemplo, fue desde el principio abrumadora, convirtiéndose el Festival en uno de los pilares del evento.

Se pasó en muy poco tiempo, de una treintena de personas (en el primer año) a más de trecientas de media en estos últimos acercándose en ocasiones a las quinientas.

Le pedimos a Pepepérez, cuentacuentos desde los años ochenta del pasado siglo, que nos contara su experiencia contando cuentos para televisión durante diez años. Pepepérez ha tenido la amabilidad de escribirnos este estupendo artículo en el que comparte pautas (muy interesantes) para quienes vayan a colaborar con este medio. 

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Desde 1998 a 2008 estuve grabando cuentos para el programa de Canal Sur TV de Andalucía, primero en “La Banda del sur” que luego pasó a ser “La Banda”, y desde 2003 a 2008 compaginé las grabaciones de cuentos con un microespacio titulado “El coleccionista de palabras” que guionizaba y presentaba yo mismo.

Los cuentos para televisión, según mi experiencia, tienen que tener algunos requisitos especiales, muy diferentes a los que tienen esos mismos cuentos contados en directo.

Voy a hablar primero de los cuentos que grababa como cuentos para rellenar espacios dentro del programa.

CUENTOS EN EXTERIORES Y SIN ESPACIO PROPIO EN EL PROGRAMA

1.- Se grababan en exteriores, unos ocho o nueve cuentos por grabación en una mañana.

2.-Se grababa con una sola cámara al hombro. Esto suponía que tal cual salía se editaba, no había montaje posterior para corregir errores.

En la Biblioteca Pública Municipal "Francisco Umbral" de Majadahonda, en su sección infantil, han hecho una pequeña exposición sobre cuentistas que cuentan y escriben libros. En esta biblioteca llevan años mimando la palabra dicha, promoviendo campañas escolares y sesiones de cuentos para todo tipo de público. Por eso, tras años de escuchar a cuentistas varios contando, han decidido hacer esta pequeña exposición con libros de narradores que también escriben y publican libros.

Se han centrado especialmente en los profesionales que han pasado por allí a contar, pero igualmente se podría haber incluido a otros cuentistas que también tienen libros publicados, que cada vez son más.

La exposición está siendo un éxito y la mayoría de los libros seleccionados andan siempre prestados.

Nos parece una iniciativa estupenda, un modo de prolongar el placer por las historias (ya sea contadas, ya sea leídas).

Aquí os dejamos una galería de fotografías de la exposición. Fotografías realizadas por Carolina Gavilanes.

 

Siempre que contamos una historia suele haber un grupo más o menos numeroso de personas escuchándonos, sin embargo nunca nos planteamos contar un cuento a una o dos personas, salvo en los casos de paternidad o maternidad y en ese caso se hace más como progenitor/a que como narrador/a.

Hace un tiempo, sobre principios de 2011, pensé cómo sería contar una historia a una sola persona en una situación cotidiana, de forma habitual, como cuando relatamos la jornada laboral, o una anécdota que nos acaba de ocurrir  y no de forma excepcional o como un acontecimiento especial.

Así, hice un listado de situaciones cotidianas donde se pudiera contar una historia, y poco a poco se me fueron apareciendo narradores o narradoras en esas situaciones, seguidamente les llamé por teléfono y les propuse la idea. La historia debían elegirla libremente y no debía tener relación con la situación elegida, es decir, si la situación era cocinando, la historia no debía ir sobre alimentos. Además no debía exceder de los 6 minutos, ya que el tiempo en lenguaje audiovisual es diferente al tiempo de cuando narramos en directo.

La idea era hacer protagonista "el hecho de narrar", o sea, el hecho en sí, no tal o cual historia, o tal o cual narrador o narradora, sino el hecho mismo de contar una historia, y para ello era preciso grabar las experiencias para que pudieran ser vistas por los demás ya que en directo solo habría uno o dos escuchantes. Es decir además del narrador/a contando una historia, también había que hacer un trabajo de montaje audiovisual para contar la situación con imágenes.

En muchas culturas y tradiciones el narrador oficiaba (y oficia) rituales importantes para los individuos y la comunidad. En este sentido el griott guineano Marcelo Ndong nos contaba en su última visita a Guadalajara cómo había narradores en culturas africanas que oficiaban funerales.
En España cada vez son más los narradores que ofician bodas civiles, le hemos pedido a Pepe Maestro, que ya ha realizado unas cuantas, que nos escriba un breve texto a propósito de esta cuestión, y este es el hermoso texto que nos ha enviado. No dejéis de disfrutarlo.
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Cuando dos amantes quieren unirse en matrimonio deben preparar una cesta y acudir a la casa del contador de cuentos. En la puerta de su casa depositarán la cesta y se marcharán. En la cesta, deben introducir algunos alimentos para que el narrador los valore y algunos objetos personales. El sabor de los alimentos determinará el tipo de historias que les gustaría escuchar, si bien se cuidarán mucho de ofrecer un único sabor, pues esto supondría limitar la esencia del contador. Lo habitual es ofrecer sal, dátiles, harina y maíz. Muy raramente se ofrece carne o verdura, a no ser que se sepa que el narrador se halla en casa y recibirá pronto la petición. Lo usual es que se encuentre de viaje y halle la cesta a su regreso. De ahí, que no sean conveniente los alimentos perecederos.

Con todo, lo más importante son los objetos personales que se introducen en la cesta y que determinarán en gran medida la aceptación del narrador. Por objeto personal no se entiende algo que sea de su propiedad, sino aquellos que sirvan para alimentar la imaginación del contador y que muestren el grado de implicación que poseen. Una buena propuesta sería algunos cabellos, el cráneo de un pájaro, una rama tallada, alguna semilla…

Mi abuela María era una gran narradora oral. Contaba cuentos, cantaba romances y recitaba oraciones, ensalmos y refranes. Apenas había ido a la escuela, pero tenía una memoria prodigiosa y, a veces, uno tenía la sensación de vivir al lado de una enciclopedia parlante. Con ella al lado aprendí la cadencia de la lengua; recitaba con cierta majestuosidad como si fuera una actriz que actuara para mis hermanos y para mí mientras atendía los guisos o fregaba los cacharros.

“Una vieja fregando
dijo al puchero:
ojalá te volvieras
chico soltero.”

Por supuesto, su repertorio procedía de la tradición oral. Todas las lenguas tienen un tesoro en esa tradición oral que se trasmite de generación en generación. Sancho es el mejor referente. Frente a la locura de don Quijote, Sancho representa con sus sentencias la cordura y el equilibrio popular. Mi abuela era descendiente directa de Sancho.

Sólo cuando mi abuela desapareció me fui percatando de la deuda impagable que tenía con ella. De forma inconsciente ella me había legado un caudal de conocimientos y un gusto por la palabra, por el ritmo, incluso por la entonación. Esa herencia inconsciente la siguen recibiendo hoy todos los niños a través de sus padres y de sus abuelos. 

De la misma manera, los profesores ejercen una influencia decisiva en los gustos literarios de sus alumnos. Cuando un profesor cuenta una historia entresacada de un libro o cuando pondera un episodio vivido por personaje concreto, ya le está poniendo la miel en los labios y empujándolo inconscientemente a abrir las páginas del ese libro.

El profesor, con frecuencia, goza de un aura para el alumno, es un modelo a imitar, cualquier sugerencia que salga de sus labios puede resultar decisiva para él.

PREÁMBULO

Contrariamente a lo que se nos venía diciendo, 2011 no fue el año en el que la crisis iniciaba su retirada, sino más bien el año en el que la crisis empezó a mostrarse en toda su crudeza, dando con ello idea de que los tiempos duros estaban ahora, en verdad, comenzando, y que los próximos años iban a ser complicados y difíciles.

Nuestro oficio se adentra en este tiempo de incertidumbres con, al menos, dos aspectos que acentúan su fragilidad. 

Por un lado la profesión de contar cuentos está en pleno proceso de consolidación tras el resurgimiento que comenzó en los años ochenta del pasado siglo y que ha ido afianzándose en los últimos veinte años. Treinta años no son muchos para que un oficio termine por consolidarse y los cimientos que nos sustentan son todavía frágiles como lo demuestra la facilidad con la que han desaparecido programaciones estables de gran solera, públicos que gustaban de la palabra dicha y espacios para contar.

Por otro lado en estos treinta años el oficio ha ido creciendo al calor de las administraciones e instituciones públicas siendo estas quienes mayor número de sesiones y actividades demandaban. Y como sucede que lo público, y especialmente las administraciones, es lo que más recortes está padeciendo y más dificultades tiene para pagar, esta dependencia de lo público nos lastra al mismo tiempo que nos quita el suelo bajo los pies: desaparecen contrataciones habituales y se demoran pagos de sesiones realizadas muchos meses atrás.