PREÁMBULO

Contrariamente a lo que se nos venía diciendo, 2011 no fue el año en el que la crisis iniciaba su retirada, sino más bien el año en el que la crisis empezó a mostrarse en toda su crudeza, dando con ello idea de que los tiempos duros estaban ahora, en verdad, comenzando, y que los próximos años iban a ser complicados y difíciles.

Nuestro oficio se adentra en este tiempo de incertidumbres con, al menos, dos aspectos que acentúan su fragilidad. 

Por un lado la profesión de contar cuentos está en pleno proceso de consolidación tras el resurgimiento que comenzó en los años ochenta del pasado siglo y que ha ido afianzándose en los últimos veinte años. Treinta años no son muchos para que un oficio termine por consolidarse y los cimientos que nos sustentan son todavía frágiles como lo demuestra la facilidad con la que han desaparecido programaciones estables de gran solera, públicos que gustaban de la palabra dicha y espacios para contar.

Por otro lado en estos treinta años el oficio ha ido creciendo al calor de las administraciones e instituciones públicas siendo estas quienes mayor número de sesiones y actividades demandaban. Y como sucede que lo público, y especialmente las administraciones, es lo que más recortes está padeciendo y más dificultades tiene para pagar, esta dependencia de lo público nos lastra al mismo tiempo que nos quita el suelo bajo los pies: desaparecen contrataciones habituales y se demoran pagos de sesiones realizadas muchos meses atrás.

                                                               A María y A Gloria                                  

 

“Huyendo del sonido

eres sonido mismo,

espectro de armonía,

humo de grito y canto”.

F. G. Lorca de Elegía al Silencio

 

EL SILENCIO CON MAYÚSCULA

 

                                             “Qué esplendida laguna es el silencio.

                                              Allá en la orilla una campana espera,

                                              pero nadie se anima a hundir su remo

                                              en el espejo de las aguas quietas”.

                                                                            

  

                                                                           Mario Benedetti 1998 Papel Mojado

 

El Silencio está detrás, detrás de la palabra, de la música, del ruido, al otro lado de la noche, del muro, debajo de la tierra, más allá del horizonte, más alto que el cielo, en las profundidades del mar. Cuando la Humanidad llegó a la luna encontró sobre todo silencio. 

No hacía falta ir tan lejos. 

También había Silencio más cerca, más adentro, en su propio interior, mezcla de emociones, imágenes y pensamientos difusos, bordeando siempre el lenguaje.

Primero fue el Silencio.

Silencio con mayúscula, oquedad, vasija infinita que pone en relación las resonancias de los seres y del mundo, cuya presencia continua sólo se manifiesta cuando se le presta atención. 

Se apaga un motor y el Silencio aparece como si para llegar a  percibirlo en toda su potencia nuestra alma necesitase tan sólo que algo callase.  

Más que un sonido, más que una ausencia, una sensación, un hueco insonoro que cubre el universo con su fuerza cósmica, una inspiración que nos puebla, que nos preña con su naturaleza tranquila e indecible cuyo sentido, sin embargo, nos empeñamos en desvelar. 

Contar en grupo se pueden entender muchas maneras. Una podría ser aquella realizada por un grupo de personas que se reúnen y hacen una sesión de cuentos, sin tener mucho más en común que esa sesión que van a realizar en un momento concreto. Otra la que ofrece un grupo formado como tal y que cuentan juntos, pues comparten nombre, pero cada uno cuenta su cuento de modo individual, y la sesión puede ser o no, preparada en grupo, de modo que el grupo entero decide qué se cuenta, orden, etc., o no. Y contar en grupo a varias voces, compartiendo la sesión entera y cada una de las historias.

Légolas colectivo escénico, cuenta de esta última manera, y es la manera que entiende que es contar en grupo, porque realmente no sólo compartes una sesión con el otro, sino cada una de las historias, cada instante de la sesión, cada encuentro con el público, y todo el trabajo previo hasta llegar a ese momento.

 

Cuando comenzamos a contar en Légolas, al principio cada uno contaba su historia, no comenzamos contando a dos voces; pero sí que desde el principio compartíamos la sesión. La sesión siempre era conjunta, con una intención común, analizando cada una de las historias en grupo. Partíamos de un tema, que tras debate, quisiéramos trabajar conjuntamente y por eso nuestras sesiones desde el principio han sido temáticas, con un repertorio cerrado. Analizábamos que queríamos contar, proponíamos diferentes historias, veíamos quién podía contar qué, descartábamos ideas, añadíamos otras, ensayábamos juntos y hacíamos la crítica al compañero, desde cómo lo contaba hasta qué contaba, si debía poner más o menos el acento en una parte o en otra.

Todos nos hemos visto intimidados en un ascensor por la mirada de un bebé ¿o no?

Te mira sin parar de chupar su chupete o sin dejar de mover su pie dando golpes rítmicos sobre la sillita de paseo, o te mira con esa cara de “nada” que te hace dudar de todo. Es una sensación extraña, es como si te estuvieran desnudando el alma, como si adivinaran algo oculto de nuestro ser.

Los bebés son los reyes de la sabiduría. Según dicen, nuestra especie en cada generación mejora, así que los bebés son mejores que nosotros. Nosotros, pobres mortales que nacimos más sabios genéticamente que nuestros padres, pero somos menos sabios que nuestros hijos o sobrinos o ese niño del ascensor, compartimos el mismo mundo pero ¿el mismo universo?. Partiendo de este punto, desde esta mirada, podemos plantearnos trabajar, crear, contar…para bebés. Porque los bebés sí que se enteran, los bebés saben de poesía, saben de ritmo, saben lo que hay más allá de las formas, su universo no tiene fronteras, es después, cuando no paramos de ponerles trabas, normas, muros, culpas…es después, cuando el ser humano pierde la espiritualidad por aprender dogmas de fe y no nos enteramos de las cosas…

Para contar a bebés hay que ser sincero con uno mismo, respirar tranquilo, no sentirse con ganas de huir si algún llanto inunda la sala…( ese llanto puede ser : por un gassssssssss, la dentición, un mal dormir, que el bebé se sienta melancólico, que le asuste ese gentío, que no le guste el espacio…, no te sientas un contador -monstruoso). Para contar a bebés hay que entrar en su tempo de caracol, sin prisa pero sin pausa, aceptando que llueva o haga sol, que sea lunes o domingo…no pasa nada y pasa todo.

 

Cuenta un eminente antropólogo que cuando el hombre y la mujer aprendían a ser humanos sucedió algo que cambiaría el destino de una especie muy mal equipada para sobrevivir frente a otras especies mejor adaptadas a un medio donde lo que permitía la supervivencia era la fuerza. Y es que un día, en la hoguera paleolítica, un hombre, quizá una mujer, tomó la palabra y contó un cuento, uno de esos cuentos que hoy llamamos «populares» porque son del pueblo, es decir, de todos. Y esos cuentos cuentan todos lo mismo: que quien es capaz de ponerse en camino ante un conflicto recibe siempre la ayuda de alguien y, si se deja ayudar, consigue resolver el conflicto que lo había puesto en camino, y llega a ser rey, es decir: soberano de su vida.

Gracias a estos cuentos que consideran que el otro no es quien te hiere o quien te mata, sino quien te ayuda, que transmiten la confianza en el otro, el ser humano comenzó a confiar en el otro ser humano, y gracias a esta confianza los hombres, quizá también las mujeres, comenzaron a cazar juntos, y la fuerza del individuo se unió a la fuerza del otro individuo en la fuerza de la colectividad, y gracias a esta fuerza de lo colectivo el ser humano consiguió sobrevivir como especie. Sobrevivió el ser humano y también los cuentos, y se extendieron por todo el mundo para demostrarnos que lo que nos caracteriza como humanos no tiene fronteras, es universal, como los motivos folclóricos que sujetan, como un esqueleto, el cuerpo de los cuentos. Sobrevivieron también los narradores que prestan su mirada, su voz, su piel y su aliento a esos cuentos que llegan desde la noche de los tiempos a recordarnos que no estamos solos porque los que nos encontramos en el camino están ahí para ayudarnos a ser soberanos. ¿Para qué sirven los cuentos? Para vivir.