I

Hablemos de ficción.

  • La ficción es una invención, una cosa fingida, una suma de sucesos y personajes imaginarios. La ficción es una mentira. Eso sí, una mentira que, en muchos casos, nos lleva al corazón de la verdad.
  • Centrándonos en el ámbito de los cuentos contados, la ficción se sostiene a partir de un lenguaje artístico, un lenguaje literario (no literal) que permite articular significados a partir de, por ejemplo, lo simbólico y que posibilita la polisemia, la pluralidad de interpretaciones.

Ejercer la censura contra los textos artísticos, contra la ficción, implica, por un lado, no comprender ninguna de las dos premisas anteriores por parte del censor, es decir, no diferenciar entre realidad y ficción y no entender que la interpretación frente a una obra de arte puede ser múltiple y no única; y, por otro, pensar que el público necesita ser protegido (ergo, es incapaz de protegerse solo): por eso, no me cansaré de repetirlo, una de las acciones básicas contra la censura es la educación y la cultura: cultivar el espíritu crítico para que sea el público quien reflexione y emita sus propios juicios con respecto a lo sentido/pensado frente a una obra artística (aunque parece que eso no es exactamente lo que está pasando en Occidente).

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que parte de lo que hacemos y decimos en nuestra esfera pública es susceptible de ser censurado. Sobre todo si nuestra esfera pública va más allá de nuestra zona de confort, aquella en la que solo nos comunicamos con los que piensan y actúan como nosotros.

La palabra censura y su acción está a menudo en boca de muchos, los censores crecen, pues las herramientas de censura ya no pertenecen a unos pocos. Los ofendidos se multiplican, “ofendiditos”, tanto es así que raro será que tú, lector, no hayas usado o escuchado este término en los últimos tiempos. Internet y las redes sociales son los nuevos censores, mejor dicho, son las nuevas magistraturas desde las que ejercer la censura. Además de los balcones regios, los púlpitos o mimbares y las cátedras, la Red dicta la moral de nuestro tiempo. Una moral que lo abarca todo. Una censura que se adelanta al pensamiento y a la libertad de pensar. Y que por supuesto se introduce como un virus en el arte y la creación artística. La libertad de creación, la libertad de expresión son cuestionadas. Y no me estoy refiriendo solo a los artistas actuales, sino a la revisión y juicio que estamos haciendo de la Historia del Arte y sus obras. No es nada nuevo y quizá será mejor empezar por el principio.

En la República romana existía una figura magistrada que era el Censor. Se trataba de un cargo por el que a un ciudadano se le investía de las siguientes funciones: era responsable del censo, de algunas cuestiones relativas a las finanzas y de supervisar la moralidad pública. Otras magistraturas eran los pretores, cuestores o ediles con atribuciones de lo más variopintas, desde administrar justicia hasta organizar los juegos y vigilar los pesos y medidas en los mercados. 

Me llamo Amor Prior y, para quien no me conozca, soy entre otras cosas narradora oral. El pasado uno de agosto lancé junto a la productora audiovisual "Yo te hago el vídeo" un proyecto ilusionante, llevar a vídeo, en formato serie, mi espectáculo escénico "El sexo de Ana", pero cuando lo lanzamos nos dimos cuenta de que algo no marchaba bien, la visibilidad del contenido era muy baja.

El funcionamiento de las redes sociales es cada vez más complejo. Por eso, dejando al margen el interés que pudiera producir nuestro contenido en la audiencia, empezamos a investigar las posibles causas de este fenómeno. El alcance orgánico de estas plataformas en la actualidad ha descendido drásticamente con respecto al pasado. Lo que buscan las mismas es que publicites el contenido, es decir, que pagues. También intuimos que la palabra sexo, contenida en el título del proyecto, podría estar haciendo que los buscadores ocultaran el contenido y decidimos resignarnos y autocensurarnos por el bien del proyecto. 

El remate llegó cuando nos dispusimos a invertir unos pocos euros en nuestro proyecto, una vez alcanzado el capítulo cinco "El clítoris". Facebook se negó a publicitarlo alegando: “El anuncio no está en circulación porque es sexualmente provocativo o resulta demasiado sugerente”. Nunca me habían dicho algo tan bonito, pero lo que yo quería no eran piropos, era visibilidad. Así que me afané en descubrir qué era lo que le parecía tan mal a la red estadounidense.

Narrar la historia de mi país siempre ha sido una pasión para mí como cuentero. Quizás eso lo heredé de Florencia Ramírez, una profesora de ojos verdes, cabello castaño,  y capaz de provocarnos miedo, a todos sus alumnos de 13 años de edad,  con solo ingresar al aula del colegio: por su exigencia, sus exámenes orales, el jugueteo efectista con su collar y su tono de voz nasal. 

Pero no fue el miedo a ella lo que me contagió el amor por la historia. Fue que en medio de sus clases exigentes, cuando ella dejaba de lado las pruebas que nos pedía para localizar ríos y montañas en mapas en blanco, cuando desistía de preguntarnos causas y consecuencias de los hechos, ella decía:

“Guarden los cuadernos y todo lo que tengan encima de los pupitres: hoy la clase es de historia y lo primero que vamos a hacer es contar los hechos”

Entonces ella narraba con pausas, silencios, descripciones detalladas y secuencias activas los acontecimientos que, de acuerdo al plan de estudios, habían constituido a Costa Rica como nación. 

“El arte por el arte significa siempre
 un arte sometido, que rehúye al 
peligro y busca el calor de los aplausos”
Aldo Pellegrini

 

De unos años para acá empecé a entender el oficio de contar historias de otra manera, supongo que, así como un joven entiende las relaciones interpersonales de una forma distinta a como irá transformando esas interpretaciones a medida que vayan pasando los años y viva encuentros y desencuentros, lo mismo sucede con la labor artística. Me atreví a contar cuentos por primera vez, siendo más o menos consiente de lo que pretendía hacer, cuando estaba por cumplir dieciocho años; puede sonar sorprendente o incluso tierno para narradores de países como Argentina o España, incluso de México o Chile (a pesar de que en años recientes ha venido creciendo un movimiento de narradores jóvenes), pero siendo de Colombia es más que natural encontrarse con la narración oral en edad universitaria y en un contexto como el descrito por Carolina Rueda en su artículo publicado en esta misma web.

Transitar por varios espacios, ciudades y países, conocer cuenteros de larga trayectoria y compartir camerino y hasta habitación con ellos fue un detonante de reflexiones que con el pasar del tiempo se han ido estructurando, formulando más preguntas que respuestas, evidentemente, pero sembrando posturas en mi hacer. En relación con la frase usada como epígrafe de este artículo, uno de los aspectos que ahora defiendo con vehemencia es la importancia de estar parado en un escenario y el poder del discurso; como narradores tenemos el privilegio de estar frente a muchas personas y es entonces cuando nuestra voz cobra un valor político en la sociedad. 

Este largo artículo pretende reflexionar sobre narración oral y compromiso. Cuenta para ello con dos partes diferenciadas: en primer lugar hay una introducción (preámbulo) con reflexiones sobre el tema objeto de análisis, introducción realizada por quien firma este artículo; y a continuación se pueden leer las respuestas a unas preguntas que enviamos a tres narradoras que han sufrido algún tipo de veto por su palabra comprometida. Ellas son Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott.

 

PREÁMBULO

El arte es una forma de expresión, es la manera como el artista manifiesta sus sentimientos, sus intuiciones, sus ideas, etc.; es, en suma, la manera como se relaciona con los otros y con el mundo. Obviamente esto es una simplificación de un tema mucho más complejo, pues, para empezar, el propio concepto de arte ha ido cambiando con los tiempos: no era lo mismo para Aristóteles (arte como imitación) que para Schopenhauer (arte como conocimiento); no era lo mismo el arte en la Edad Media (con un paralelismo entre la estética y la ética) que en el Romanticismo (donde busca ser la expresión de las emociones del artista, rompiendo con esa voluntad utilitarista medieval). 

Además de todo esto habría que considerar otras cuestiones, porque sí, el arte es una forma de expresión del artista, pero también del cliente, el que encarga y paga la obra (como tan bien me señaló Manuel Légolas en una conversación sobre este tema), como ha ocurrido durante siglos con las obras de arte encargadas por la Iglesia, por ejemplo.

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