images

Muerte que no mueres en tanto que haya vida.
Muerte parto inverso... Ay, muerte de mi vida
Luis Eduardo Aute

No hace mucho tiempo, hombres y mujeres celebraban la muerte tanto como la vida. Cuando un niño nacía, se le vestía con un trajecito y se mostraba a la comunidad; cuando un anciano moría, se le vestía con su mejor traje y se mostraba a la comunidad. En ésta, su primera noche de muerto, se le acompañaba para que no estuviera solo en su nuevo estado, también se acompañaba a sus familiares: «Te acompaño en el sentimiento», se decía a los que lloraban la pérdida. «Velatorio» se llamaba a esta fiesta porque todos los que allí estaban velaban, es decir, estaban despiertos, acompañándose y compartiendo los sentimientos. En estas reuniones, a veces las mujeres mayores, las viejas, contaban cuentos jocosos, «consejas» se llamaban. De ahí la expresión «De la vieja, la conseja», que no es el «consejo» como tanta gente cree, sino el «cuento». Tan importante era celebrar la muerte que, cuando la gente se hacía mayor, acostumbraba viajar con el traje que había elegido para cuando la muerte llegara, viajaba con su mortaja, no fuera a ser que la muerte, tan silenciosa e imprevisible, te pillase mal preparado o mal vestido. La vida era una preparación para morir, y una vida digna aseguraba una muerte digna.

La Muerte representada como un ser antromórfico ha existido en muchas culturas desde los inicios de la humanidad. A partir del siglo XV, por ejemplo, en nuestra cultura, comenzó a ser representada como una figura esquelética que lleva una enorme guadaña y viste con un manto negro con capucha. También se le da el nombre del Ángel de la Muerte. Aunque no se hace mención en la Biblia de tal Ángel, existe una mención de Abbaddon (El Destructor) cuya identidad corresponde al Ángel del Abismo. La Muerte, no puede ser detenida de ninguna manera y a menudo es una mera funcionaria: no posee control sobre el destino ultra terreno de las almas a las que le toca conducir; solo se presentar a buscar a aquellas personas a quienes les ha llegado la hora. En muchas ocasiones, la Muerte es muda, no habla ni se deja ver ni conocer y su visita es inevitable, pero en algunos cuentos de la tradición oral, la Muerte habla, bromea, hace tratos, amadrina a algún humano e incluso en el imaginario de las historias filmadas, puede incluso jugar al ajedrez.

catalán

La cultura popular es todo aquello que el pueblo piensa, canta, juega, cuenta y cree. Son conocimientos que antes, en aquellos tiempos, se aprendían de forma espontánea, como un aparte del proceso de socialización. Los niños escuchaban a las personas mayores, y las personas mayores les enseñaban canciones, juegos, remedios medicinales... Ahora, la transmisión se ha roto. Y se hace necesario que vayamos a buscar a aquellas personas que todavía mantienen la cultura popular en el recuerdo. Las personas que me gusta denominar los guardianes de la memoria.

Recuerdo con emoción la primera vez que entrevisté a una persona y grabé un par de fábulas. Era la seño Pepica, una vecina de mi abuela. La conocía de toda la vida. Me habían pedido un trabajo para la escuela, y necesitaba entrevistar a alguien que no fuera de la familia. Ella me relató, con una mágica sencillez, la historia de "La favera mágica" y “Peret y Margarideta". Con el tiempo, leyendo, descubrí que las historias de la seño Pepica eran conocidas y contadas en Europa, en África, en Asia, en América... con un hilo conductor bastante similar, y muchos detalles diferentes. Esta es la magia de la cultura popular. Todos los seres humanos la compartimos, pero la hemos hecho nuestra de una forma diferente: como el lenguaje y las lenguas. Un ejemplo de la necesidad de preservar y divulgar la riqueza cultural del mundo.

catalán

El trabajo de campo para el estudio y análisis de las costumbres de las poblaciones se realiza desde que la antropología se interesó por el otro en el siglo XIX, desde una perspectiva etnológica. Pero el interés por el registro de entrevistas para el estudio y recuperación de la tradición oral, el folclore y la etnopoética tuvo lugar en el reciente siglo XX.

Los narradores y narradoras orales disponemos de muchas fuentes de información directa, tantas como personas podamos entrevistar. Además, la red nos posibilita acercarnos a los corpus que hay registrados y aumentar así nuestro repertorio desde las fuentes orales.

Os mostramos aquí una pequeña recopilación de algunos de los recursos que podemos encontrar en castellano, catalán, gallego, euskera y portugués, en Internet. El criterio de selección ha sido sólo el de referenciar aquellas páginas que dispongan de material audiovisual y/o sonoro y que esté clasificado por categorías.

Los enlaces direccionan de manera directa a aquellos apartados de las páginas donde se encuentran los archivos que son de interés para la recuperación de la tradición literaria oral. Aunque la mayoría de páginas disponen de otras informaciones, con suficiente enjundia para perderse en ellas.

catalán

Dicen que en el mundo fantástico de los cuentos maravillosos –les rondalles– hay un enigmático castillo llamado “d’Iràs i no Tornaràs” en el que se habla de Aliorna o Liorna, donde quien va no vuelve (de qui va no torna), de pequeñas luces azules que indican al viajero que allí, en aquel punto lejano que justo aparece brillante entre la oscuridad, hay unas casas donde se esconde algo fascinante y secreto... El espacio de los cuentos maravillosos es un espacio genérico, a menudo poco detallado, formado por caminos que se bifurcan y bosques espesos, hostales providenciales, casas de las que sale el miedo cada noche, jardines subterráneos donde el cielo y el sol brillan como si estuviesen sobre la tierra y no dentro de sus entrañas, cuevas que encubren mil peligros desconocidos, palacios deslumbrantes de encanto, castillos que defienden y esconden, que muestran y atraen, que son al mismo tiempo destino y punto de partida.

El castillo es, pues, un escenario habitual en las  rondalles de nuestra área cultural. A veces no es mucha la diferencia entre palacio, fortaleza y castillo, son términos que se usan casi como sinónimos. Pero, en principio, la fortaleza tiene una función básicamente defensiva, el palacio una función esencialmente residencial y el castillo combina ambas. Así, los castillos suelen estar situados en lugares estratégicos, comúnmente en lugares elevados para controlar el territorio y rodeados de murallas que los defienden de cualquier ataque y desde los cuales se puede atacar al enemigo. En ocasiones son lugares que delimitan y guardan las fronteras. Complementan los muros altas torres dentro de las que guarecerse del peligro y desde las que poder ver bien lejos, hasta en el horizonte. Y a menudo se encuentran rodeados por un foso que se puede llenar de agua y así reforzar el aislamiento y la defensa. Pero también cuentan con espacios de residencia: salas, cámaras, cocinas... en las que desarrollar una vida de comunidad o en familia.

Hace más de quince años  asistí en Castro Urdiales a un espectáculo-performance titulado "Homenaje a los hombres de la mar". Salí¡í de allí  encandilado. Al margen de que los dos actores que representaban la función eran amigos y que el montaje me resultó enormemente emotivo, quedé enamorado del espacio  donde se llevaba a cabo y de las posibilidades que ofrecía y pensé que me encantaría algún día trabajar en el mismo lugar. Era el Castillo de Santa Ana, un austero edificio del siglo XII  situado en un alto, al lado de la iglesia gótica de Santa María, dominando el puerto y el paseo marítimo de la villa costera. Después de la restauración  que tuvo lugar hace algo más de una década, la nave central del castillo se dedica a sala de exposiciones y a actuaciones de pequeño formato. Fue allí donde el pasado siete de diciembre llevé a cabo una sesión  de mi espectáculo de cuentos "Activas y resueltas" ante unas cincuenta personas. De esta forma mi deseo se vio cumplido.

Contar cuentos en este tipo de espacios tiene para mí un valor añadido. Pienso que para el público también, claro, pero voy a hablar de mis impresiones.

Las dimensiones del castillo de Castro no son muy grandes, por lo que la sala tiene unas medidas muy abarcables: 17 X 7 metros, espacio en el que caben unas cien personas. Los  muros son de mampostería de más de un metro de grosor, que junto con el techo abovedado proporcionan una acústica inigualable, de manera que si el relato lo exige, podemos prácticamente susurrar  y en la última fila se escucha perfectamente. Al fondo hay una pequeña tarima de madera donde se sitúa el narrador. Detrás de él una hornacina que arropa a un miliario romano hallado no muy lejos del castillo. Dispone de una iluminación tenue pero que permite apreciar cada gesto del artista y posibilita el cruce de miradas con el público. Se trata de uno de esos espacios donde puedes  jugar con todos los recursos con que cuenta un narrador sin preocuparte de ruidos, micrófonos, columnas o espectadores en ángulos imposibles. Donde puedes expresarte sabiendo que cada matiz, cada detalle, cada modulación va a ser percibido por cada persona que escucha. Las condiciones del espacio son óptimas, pero hay algo más.

La tradición de los cuentos orientales tiene muchos reflejos, más o menos velados, de las circunstancias históricas en las fueron engendrados. No tiene mucho sentido tratar de buscar en ella eso que algunos llaman la “realidad histórica”, pero también resulta empobrecedor ignorar por completo el trasfondo que hay detrás de tantas y tantas narraciones. Piénsese, por ejemplo, en la ausencia de bosques, castillos o brujas, y recuérdese, en cambio, el papel que juegan las ciudades, los palacios o los genios, para darse cuenta de hasta qué punto muchos cuentos de la tradición árabe reflejan un medio social muy distinto al que alumbró muchos de los cuentos populares que nos son tan familiares y que proceden del norte de Europa. Personajes como el viajero Simbad, el califa Harun al-Rashid, o ese Ali Babá que con sus cuarenta ladrones guarda sus tesoros en una cueva del desierto, nos transportan a un mundo muy distinto al que estamos familiarizados. 

Quizá uno de los ejemplos más bellos que conozco de este sutil entorno histórico al que me refiero procede del momento en que los califas abbasíes decidieron abandonar su capital en Bagdad para construir una nueva ciudad llamada Samarra en pleno del siglo IX. Un cuento posiblemente elaborado en esa época alude de una forma misteriosamente deliciosa al desconcierto que ello provocó entre todos, incluida la propia Muerte.

Más artículos...