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Vivo en un pueblo de La Segarra, en Lleida, y trabajo casi siempre en Catalunya. La mayor parte de las sesiones de cuentos que realizo son en catalán y para público infantil o familiar bilingüe, y tienen lugar en bibliotecas, escuelas o museos. 

Puesto que me dispongo a hablar de espectáculos, sesiones y proyectos de cuentos en los que no utilizo mi lengua materna, quiero dar algunas explicaciones previas. 

Hablo cinco idiomas por necesidad, por amor, por convicción, y por curiosidad. 

Cada uno de mis días comienza con un buen desayuno y un "Bon dia" en catalán. 

El jazz es en casa el pan nuestro de cada día. 

El sueco es el trineo que se desliza por la montaña nevada, la risa y el juego, los recuerdos de infancia.

El portugués está alojado en el vientre, en mis amores de juventud y en las canciones que canto.

Mis sueños, mis pensamientos y mis deseos transcurren en castellano.

Entre ellos se visitan, se tropiezan, se confunden, se invaden y se ayudan.

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Contar en dos idiomas no tendría que tener otra complicación que saber los idiomas en cuestión (evidentemente). Los idiomas se aprenden y son un elemento mecánico que sirve para comunicarnos… aunque lo mejor, sobre todo a la hora de contar, es que no se hayan tenido que aprender sino que vengan de serie, que se sea bilingüe. Cuando se cuenta es más práctico concentrarse en las ideas que se quieren transmitir sin tener que entretenerse buscando las palabras para hacerlo, para que el cuento fluya. 

Un servidor es bilingüe y en ese sentido nunca he tenido problemas a la hora de contar. Sí he tenido dudas a la hora de escoger el repertorio fuera de mi ámbito lingüístico. 

“La lengua es el principal vehículo de expresión de las culturas”, por lo que se entiende que a cada lengua le corresponde una cultura distinta, una forma concreta de entender el mundo, una mitología, unos referentes. 

Claro que de la misma forma que uno puede ser bilingüe, también puede ser bicultural… pero siempre una de esas culturas es más marcada que la otra.

Cuando fuera de Catalunya, en mi caso, he observado lo que contaban otros narradores y la reacción del público, he sentido la necesidad cambiar la forma de contar, porque he pensado que lo que no se entendería serian mis referentes.

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(foto de Massimo Rana)
 

A Dario Fo lo conocí de rebote: a la Salamanca de mi periodo estudiantil vino la actriz Charo López con un montaje de "Tengamos el sexo en paz", firmado por Franca Rame, actriz también y compañera de Fo. Recuerdo pasar un rato divertidísimo entre desvelos íntimos y un modelo de espectáculo que apenas había vislumbrado hasta entonces: el monólogo unipersonal. Luego vinieron los cuentos, y aquel mismo texto de Franca Rame prestado de la biblioteca con algunos de mis primeros cuentos para contar en mi desvirgamiento como narrador, en el mismo año en que Dario Fo recibió el Nobel.

Pero el asombro no acabó ahí: en 2002 encontré por azar en una antigua librería de teatro madrileña, La avispa, el Manual mínimo del actor, y fue una revelación. Con la forma de seis clases-conferencias transcritas, Fo me desvelaba los entresijos del teatro popular italiano, y la historia de la comedia del arte, e ideas sobre el contar, sobre el texto, sobre el montaje y las historias que me serían muy útiles en mi posterior concepción de la narrativa oral, y me enamorarían para siempre de la Comedia del Arte.

Hace tiempo que usaba una maleta de piel marrón. La llevaba llena de mis herramientas de trabajo: cuentos que me encantan, una llave a veces mágica y a veces no, un llamador de patos, una tela extranjera y alguna cosa más. Vamos, la típica maleta de cuentacuentos… ¿qué os voy a explicar?

Aunque algunas cosas no las llevaba dentro.

También tenía pegados muchos kilómetros y miles de horas en bibliotecas y colegios. Tenía pegadas algunas sesiones que salieron bien y otras tan malas como la gripe en verano. Tenía ideas, proyectos, propuestas, colaboraciones… 

Y digo tenía porque, un día tan tonto como un martes, me la robaron. Abrieron la furgoneta tan limpiamente que no me di cuenta hasta un día después. Y de repente todo mi trabajo de selección de cuentos y de encontrar cachivaches para las sesiones, ¡se fue! Todos los libros que me habían regalado o dedicado y los que me había traído de diferentes sitios, ¡se fueron! Se fue la pequeña escenografía que me daba apoyo, y las batallitas que forjaban las sesiones…Y me di cuenta de la cantidad de improperios por minuto que soy capaz de decir. 

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En catalán DEBAT A BAT es un juego de palabras que proviene de la expresión de bat a bat, estar totalmente abiertos, dejar una puerta o ventana abierta de par en par. También podemos abrir el corazón y la cabeza.

Dándole la vuelta se me ocurrió juntar De-Bat y me salió Debate, me encantó la idea porque sugiere un debate abierto.

Esto que os cuento en cuatro líneas, poner nombre a la criatura, fue un run-run que me acompañó durante el proceso de creación. Todas las cosas tienen su nombre. Todas las cosas, por lo tanto, han de ser nombradas. La necesidad de dar nombre es tan antigua como la humanidad. ¿Os podéis imaginar lo que significó para mí encontrar la palabra justa?

Os cuento de qué estoy hablando. Hace un año la Gerencia de Servicios de Bibliotecas de la Diputación de Barcelona me hizo el siguiente encargo: mOn, queremos crear un nuevo recurso para bibliotecas y hemos pensado en ti. Palabras clave: jóvenes y álbum ilustrado.

Me temblaron las piernas: trabajar con jóvenes de entrada asusta y si le añades la literatura, el cóctel puede ser terrorífico. Pero me atreví a poner en juego nuevas estrategias de trabajo y dinamizaciones centradas en la participación directa, el diálogo y la escucha activa. El resultado ha sido fascinante.

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Hablar sobre adolescentes y jóvenes en las bibliotecas es un tema que acaba siempre generándome un montón de preguntas, la mayoría sin respuesta. Vaya por delante que no puedo dar formulas milagrosas ni proporcionar un catálogo de actividades brillantes para que las bibliotecas se llenen de jóvenes.

Parece ser que el uso de la biblioteca por parte de este colectivo es la gran asignatura pendiente de las bibliotecas públicas y muchas veces pensamos en qué es lo que hacemos mal o por qué nos “abandonan” cuando cruzan el umbral de la adolescencia. Pues creo que es un ciclo natural, sin más. Y que tendríamos que relajarnos un poco. Pero que no se interprete  “relajar” con “pasar del tema”. Las bibliotecas como espacios públicos educativos son un lugar apropiado para acoger a adolescentes y jóvenes.

Supongo que estaréis de acuerdo conmigo que muchas veces el público adolescente y joven es el que más nos saca de quicio, nos altera, nos enfada y saca lo peor de nosotros mismos. Es así, a mí me ha pasado. Confieso que me he alterado, he chillado y he invitado a salir a muchos de ellos a la calle. Soy humana, creo.

Cuando abrimos las puertas de la Biblioteca de Trinitat Vella-José Barbero, en marzo de 2012, nos encontramos que la biblioteca era ocupada por grupos de jóvenes que venían a marcar el territorio y hacer un uso bastante inadecuado del espacio. Eso generó conflictos con los otros usuarios y, a su vez, que el personal de la biblioteca trabajara con malestar y tensión. La mayor parte de personas que trabajamos en bibliotecas no tenemos formación en mediación, gestión de conflictos, sociología de la adolescencia, etc. Gran parte de los ciudadanos asocia biblioteca a préstamo, tranquilidad, cultura, paz, silencio, etc. Al igual que también asociamos la adolescencia con una etapa de rebeldía y de liarla.

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La planificación de AMORT, sesión de narración para institutos, fue larga: seleccionar, adaptar, darle forma, buscar imagen y adecuar la voz. Como siempre, aunque en este caso adecuar la voz fue lo más difícil. No quería que sonara juiciosa, ni marisabidilla ni mucho menos ñoña. Por suerte los cuentos y las adaptaciones me llevaban cada vez más a mi adolescencia, a mi instituto, a mi gente, a mis lugares… en fin, a mí.

Entonces no quise parar y me acordé de las cosas que me emocionaban, las que me asustaban, las que me daban placer y las que me hacían reír. Encontré la voz en la adolescente que había sido o en la que creía haber sido –que para el caso daba igual. Y seguí buscando.

Recordé cómo es de visceral todo en esa etapa de la vida. Nada pasa sin marcarte; de alguna manera, hasta la actividad más insignificante se recuerda como algo importante: Los partidos de baloncesto con el profesor de Latín. La recogida de firmas para que le compren un piano a la de Música. Las pellas en la estación del tren. Lo que se lee y lo que te cuentan, si es sincero. Todo se tatúa bajo la piel.

Encontré la voz, resaltando las cosas mas pequeñas, aquellas que los años ningunean y visceralizándolas; eso sí, sin dramas, que mi adolescente –o la que había construido- es dura. Llevando al límite recuerdos y jugando a “¿y si… Maupassant hubiera conocido mi insitituto?”

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