Muchos de nosotros sabemos hablar inglés o francés, además de alemán o italiano. Algunos incluso dominan el húngaro o el finlandés. Lo aprendimos en su día siguiendo la estela de algún poeta que nos conmovió y quisimos, como Unamuno con Ibsen, leerlo en la lengua original. Para ello hicimos un esfuerzo. Pero hoy tenemos una renta. Una renta y una herramienta que, como si se tratara de un violín, debemos seguir cultivando si no queremos que se nos atrofien los conocimientos.

Con la narración oral pasa lo mismo. Ya hemos andado un camino, pero no conviene confiarse. Hay que oxigenar el conocimiento, corregir posturas, reparar vicios, ensayar nuevas modalidades. En definitiva, no confiarse, someter nuestras destrezas a nuevos enfoques. De ahí los cursos intensos de fin de semana  o de verano que nos permiten renovar conocimientos para ajustarlos a nuevas perspectivas.

De lo que se trata es de no anquilosarse para no repetir los versos como el cómico viejo que decía León Felipe. Ocurre con frecuencia que vamos adquiriendo pequeños vicios en nuestro rodaje y la voz arrastra un eco cansino que no comunica.

La narración oral está íntimamente ligada a la palabra, es cierto, y cuando indagamos en los orígenes del cuento y en lo que llamamos tradición oral, nos encontramos con palabras que en un momento de la historia alguien decidió imprimir y salvarlas así del olvido.

Pero si la narración oral está compuesta sólo de palabras, ¿dónde está la necesidad del narrador? ¿No bastaría con imprimir las palabras y hacer fotocopias? ¿o a lo sumo escuchar los cuentos con las voces que propone el traductor de Google? La presencia del narrador ¿aporta algo al cuento?

Es el término “narración oral” que incita al error. Sería más justo hablar de narración en directo. Quienes imprimieron los cuentos tradicionales, no pudieron imprimir los gestos, las actitudes, el ritmo, las maneras, las entonaciones y todo aquello que forma parte de la narración en directo. Ese universo gestual y visual forma parte de la escritura de un cuento, es a la vez forma y contenido.

Estamos hablando de comunicación. En la comunicación, ya se trate de televisión, de cine, de teatro, de narración oral e incluso de una conversación cotidiana, la palabra está continuamente acompañada de la imagen. 

Esta misma semana lo decía. Los narradores somos infieles por naturaleza, incluso a nosotros mismos. Esta frase podría provocar el sonrojo de cualquier miembro puritano del ejército de salvación o incluso una excomunión colectiva del gremio de los narradores orales (término que ya de por sí suena pornográfico) por parte de la curia vaticana, pero vengan de donde vengan las amenazas, no me desdigo. Lo he comprobado en mis propias carnes, o, mejor dicho, en mis propios textos.

Está claro que escribir y contar historias de viva voz son dos ejercicios diferentes aunque, aparentemente, tengan en común idéntica materia prima, es decir, la palabra. Esto puede inducir a confusión. Si tanto escribir como contar historias se cimentan en lo mismo, parece lógico concluir que comparten estructura y maneras, vamos, que son el mismo perro con distinto rabo.

inglés / euskera / catalán

Entre los objetivos articulados en los estatutos de AEDA se encuentran varios relativos al hecho de dar visibilidad, difusión, divulgación... de la actividad de la narración oral. Es por eso que para tratar de lograr dichos objetivos se crea esta página web y se administran diversas cuentas en las redes sociales: Facebook, Twitter, Lista de cuentistas y Boletín mensual. Aun así creemos que todavía hay ámbitos virtuales en los que la nueva de la palabra dicha todavía no tiene suficiente presencia, nos referimos, concretamente, a los dispositivos móviles. 

Es por eso que AEDA ha estado trabajando los últimos seis meses para poner en marcha una APP/APK, aplicación compatible con Android y con iOS, que facilite el acceso a la información sobre narración oral en dispositivos móviles (smartphones y tabletas).

 APP 

Muchas veces nos quejamos de que a nuestro oficio afluyen gentes que vienen de otros sectores profesionales y que trabajan gratis porque no viven de contar historias. Esta queja es la misma de los escritores con respecto a los narradores que publican libros pero que, como no viven de escribir, no exigen los derechos que tienen como autores. Una y otra conducta manifiesta muy poca profesionalidad en ambos ámbitos: la narración y la literatura.

Pero a veces lo que sucede en ambos casos es que no sabemos cuáles son nuestros derechos y cómo hacer que se cumplan. Me gustaría con esto que escribo arrojar un poco de luz para vislumbrar cuáles son los derechos y las obligaciones de los escritores.

Son muchas las maneras de entrar en el catálogo de autores de una editorial. Una de ellas es enviar tu texto a la editorial en la que desees publicar. En este caso, conviene mirar bien el catálogo de la editorial y ver si lo que has escrito encaja en alguna de sus colecciones. Si envías un texto para un álbum ilustrado a Anagrama, no te lo van a publicar porque ellos no tienen una colección de álbum ilustrado, aunque tu texto sea muy bueno. Otra cosa que conviene saber es que casi ninguna editorial devuelve originales, ni se obliga a contestar en ningún plazo establecido y ni siquiera se obliga a contestar. Esta “política de recepción de originales” habitualmente aparece explícita en su web.

Hoy, ocho de marzo, parece un buen día para recordar la íntima, vital relación de los cuentos y la mujeres. Más allá de las figuras femeninas emblemáticas que aparecen en miles de historias contadas (con Sherezade a la cabeza), este breve artículo pretende hacer un recorrido por algunas habitaciones y calles, plazas y patios en los que sherezades de carne y hueso alimentaban la llama de la palabra dicha. Porque las mujeres son protagonistas de la pervivencia y la revitalización de esta arte, de este oficio de contar cuentos.

mujer contando 1001 noches en 1910
Mujer contando en 1910 al estilo de Las 1001 noches. Foto tomada de aquí.

 

 “Mi abuelo llegó al pueblo hace cien años: venía de un lugar muy lejano, caminando. Había nacido en ese lugar, pero nunca estuvo allí. Porque los de su pueblo eran caminadores, les gustaba andar y andar, no estar fijos en ningún lado. Por eso no tenían tierras, sino caminos”.
Rigoberta Menchú, Premio Nobel de La Paz

ANDA QUE ANDA es un festival, en un sentido amplio, una fiesta del contar, una sucesión de cuentos, cuenteros y cuenteras que van desgajando historias en diversas geografías. Es un festival de cuentos que no está anclado en una geografía, que se mueve. Empezó en el barrio de Lavapiés, Madrid, continuó por Barcelona y hasta la fecha ha llegado a Elche.

ANDA QUE ANDA, el festival de los cuentos itinerantes, nace desde el colectivo “La Cháchara” de Sevilla con el objetivo principal de brindar un espacio de diálogo intercultural y fomentar la idea del libre tránsito de las personas por el mundo (o los mundos). Queremos, desde la organización, que tanto los cuentos como la gente anden, vuelen, corran, jueguen, vivan, se reproduzcan, renazcan…

Nos inspiran los cuentos, nos movemos como personas libres, nos gustan las buenas historias, sean de finales felices o tristes, nos apasionan las leyendas, los mitos que deambulan por la amplia imaginería popular. Nos inspira el camino, por ello tenemos los zapatos bien puestos, aunque a veces nos gusta andar descalzos, con la tierra bajo los pies; o entre las nubes, caminantes al fin, como el abuelo de Rigoberta Menchú.

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