Me encargan que hable de la voz del viejo en los cuentos y tengo la sensación de que escuchar viejas, puede ser para los que andamos en el oficio de contar historias otra de esas modas que van y vienen, una necesidad alentada más o menos por una creciente y urbana preocupación por eso que llaman el territorio vacío, vaciado o abandonado, quizá también un exotismo asociado a eso que ya no se puede encontrar, a ese tesoro perdido y en buena medida, porque las palabras de viejo son eficaces desde el punto de vista escénico, ya que llevan a gran parte del público a un lugar seguro y feliz, donde está la amorosa mano de anciana que nos acariciaba:

"Había seis puertas, la de la calle de donde se sentían los coches, los camiones y los tractores, la de la cocina de donde venía el calor y el olor a chicha, la de la habitación de la máquina de coser con sus cajas de manzanas, la de la abuela vieja, que sólo se entraba los domingos a darle un beso y a por la propina, la de las muñecas donde dormía yo, y la de ellos, la puerta de ellos no se cerraba nunca y la mía sólo si ya me había dormido, entre el armario y las muñecas andaban siempre el Sacamantecas, el Papón y el Hombre del Saco, por eso yo, cobarde, me ponía mohíno y ella se acostaba conmigo, esto era una cocha que tenía siete cochines y andaban al verde ahí, por cima del Tamaral, entre la Pajarera y la Josa, que antes había ahí una manga con dos molinos, y estaba la cocha mirando pa los cochines y llegó el lobo, ay de mí dijo la cocha, ay de mí y de mis cochines, yo me arrimaba a ella y ella me pasaba la mano por la cabeza, en el calor de mi abuela se me abrió el entendimiento de los cuentos.”

Cuando la UNESCO declaró la Tradición Oral Africana Patrimonio Intangible de la Humanidad, Amadou Ampaté Bâ pronunció aquella frase que los cuentacuentos manejamos tan a menudo: “En África, cuando un anciano muere, arde una biblioteca”. Y ciertamente, ha pasado a ser nuestra carta de presentación, en muchos casos nuestro referente a la hora de explicar lo que significa ser narradora oral.

Sin embargo, cuando me piden que haga una reflexión sobre la narración y nuestros mayores, de pronto me asalta la duda. Me cuestiono si en este nuestro mundo occidental, nos hemos tomado muy en serio sólo una parte de este aforismo creado por el antropólogo malinés, y estamos a punto de perder su esencia. Me refiero a que nos hemos preocupado tanto de preservar nuestras bibliotecas del fuego del olvido, que estamos dejando que se extingan los auténticos depositarios de la memoria.

Los narradores de cuentos hemos poblado las bibliotecas, las bebetecas, las estanterías con nuestras versiones de los cuentos escuchados en los recoletos círculos de la tradición oral. Hemos trabajado mucho por poner en valor las historias guardadas en la memorial popular, macerada de boca a oreja por abuelos que contaban a sus nietos. Más tarde, esos nietos que revivían las emociones recibidas bajo el embozo de las sábanas, las contaron a nietos a los que abrigaban bajo mantas embozadas. Pero los círculos relacionales, en que los mayores tomaban la palabra en el centro del círculo familiar, en el umbral de la casa, ante el vecindario expectante, esos referentes han ido perdiendo vigencia. Ahora, en las asépticas residencias geriátricas, no hay tiempo ni lugar para crear espacios de escucha narrativa.

“Cuando escucho, tengo ventaja. Cuando hablo, la tienen los demás” Proverbio árabe.

En el año 2009 recibí el encargo de participar como cuentista en el programa Mayores por el Medio Ambiente. Un programa de la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía que trabaja con personas de avanzada edad y su relación con el entorno del que forman parte.

Mi primera cuestión a resolver fue ¿qué les cuento a estas personas que tanto han vivido, tanto han experimentado, tanto han aprendido?

La respuesta vino sola, como traída por el viento. Les narraré precisamente aquello que han vivido, han experimentado y han aprendido… sus vivencias. Y para ello antes he de escucharles.

Afortunadamente no estaba solo en la tarea, el narrador Filiberto Chamorro compartía conmigo el encargo. Anduvimos por las ocho provincias andaluzas realizando el mismo juego:

1) Les invitábamos a hablar sobre sus recuerdos, sus memorias, en grupo. Incidiendo en las anécdotas y hechos llamativos de cada lugar. Mientras nos contaban historias y sucesos, una ilustradora realizaba unos dibujos en una mesa apartada de la misma sala. Basándose en lo que escuchaba.

2) Tras la escucha, la organización del evento invitaba a las personas mayores a un desayuno o merienda durante una media hora aproximadamente. Fili y yo teníamos esa media hora para componer un relato en el que se incluyeran, además, las imágenes de las ilustradoras.

Una vez al año desde AEDA abrimos un espacio y un tiempo para compartir e intercambiar saberes con profesionales de ámbitos conexos a nuestro oficio (bibliotecarias, maestros, lectores, estudiantes…); para que esto sea posible diseñamos y programamos la Jornada sobre Narración Oral y Lectura que, este año, cumplía su quinta edición bajo el título “Nuevos Tiempos, Viejos Cuentos”

Una programación de lujo que contó con las siguientes propuestas:

El pasado 24 de junio tuve el privilegio de dirigirme a un nutrido y diverso grupo de personas interesadas en la narración de historias al dar la conferencia inaugural de la Jornada sobre Narración Oral y Lectura celebrada en Huesca.

Jamás había estado antes en Huesca, ni había participado en ninguno de los encuentros sobre narración que AEDA viene organizando desde hace unos años. Estas circunstancias me recordaron las de mi primera visita al maratón de Guadalajara hace casi dos décadas, cuando acudí como conferenciante invitado al IX Maratón de los Cuentos de esa ciudad. Imagino que los encuentros de cualquier grupo profesional generan dinámicas similares. Yo sólo puedo hablar con autoridad de las que se desatan cuando se reúnen más de diez narradores para tomar una ciudad con las artes de la palabra.

Las energías que durante mi primera visita a Guadalajara me encandilaron y contribuyeron no poco a que saliera del despacho y las bibliotecas para hacerme folklorista de campo las sentí ese 24 de junio de Huesca. Nada más estimulante para un obseso de los relatos orales que sentarse a comer (o desayunar, o cenar, o tomar unos pinchos, etc.) con un grupo de narradores que han acudido a una pequeña localidad a celebrar las artes verbales. Las sinergias entre cuerpo y espíritu, emoción e intelecto, que se generan en ocasiones así rara vez las he experimentado en otros contextos. 

He tenido la suerte de que la provincia de Huesca haya sido el escenario de las dos últimas Escuelas de verano de AEDA y de las Jornadas sobre narración oral y lectura. Y digo suerte porque, sin que supusiera un gran desplazamiento para mí, durante esos días pude compartir aprendizajes, experiencias y momentos con mucha gente del oficio con la que probablemente si no, no coincidiría.

El oficio de narrar es muy solitario, y más en una provincia como la mía en la que no somos muchos. Sí que tenemos la suerte de tener bastantes espacios donde narrar, pero pocas ocasiones en las que juntarnos con narradores. El poder compartir durante una semana horas y horas con narradores venidos de orígenes tan diversos, hace que nos sintamos más unidos, compartamos puntos de vista, reflexionemos sobre nuestro trabajo, su estado y qué seguir haciendo para mejorarlo. Las formaciones, talleres, charlas y debates que se pueden dar durante esta semana creo que nos sirven de alimento durante los meses en que seguimos trabajando en soledad. 

Por otro lado, es interesante el impacto local que la Jornada y la Escuela dejaron tanto en Graus como en Huesca. La Jornada, en los dos lugares, tuvo bastante afluencia, acudieron la mayoría de las bibliotecarias de la provincia de Huesca y algunas de Zaragoza. Cuando después he regresado a sus bibliotecas todas me han comentado el ambiente de compañerismo que encontraron en la Jornada y la profesionalización que vieron en ella. Creo que para los narradores fue un acierto que los dos años la Diputación de Huesca las invitara, pues fue un gran escaparate en el que ellas pudieron conocer gente y ampliar contactos, ya que a menudo ocurre que desconocen dónde buscar nuevos narradores. 

A la Jornada también acudieron maestras y participantes en clubs de lectura de la ciudad. Después he podido coincidir con gente que participó en ella y la crítica ha sido muy positiva. 

Como seres sociales que somos, por pura biología, buscamos el grupo. A su vez el grupo busca encuentros temporales con otros colectivos. Esta necesidad vestida de costumbre ha favorecido, durante millones de años, la evolución del ser humano. Evolución en la gastronomía, en la genética, en las creencias, en las herramientas… y por supuesto en las profesiones, asunto que nos ocupa en el presente texto, en concreto la profesión de la oratura. Pues en dichos encuentros existía y existe un intenso intercambio de saberes, de descubrimientos, de apoyo y cariño. También surgen conflictos de conceptos y caminos… algo necesario para buscar respuestas.

En la antigüedad los encuentros se realizaban coincidiendo con algún acontecimiento del ciclo natural; el equinoccio de primavera, la migración de grandes mamíferos, el desove de peces, el culmen del calendario agrícola… Hoy, a pesar de que la mayoría vivimos en ciudades o grandes pueblos rodeados de miles de personas, seguimos buscando esos encuentros en otros lares con otras gentes. Siempre atendiendo a que el clima sea favorable y que nuestro ciclo laboral nos permita asistir (tal como hacían nuestros ancestros). La Escuela de Verano de AEDA y su hermana inseparable, la Jornada sobre Narración Oral y Lectura, son un ejemplo actual de los encuentros a los que me refiero.

Con este relato quiero decir que la Escuela de Verano de AEDA y la Jornada sobre Narración Oral y Lectura son más antiguas que su existencia. Y de no existir, sin duda alguna, surgirían. Simplemente porque lo necesitamos. Y ahora permítanme un instante para ponerme en pie y aplaudir a quienes tanto han trabajado para que sean realidad.

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