30 de junio de 2014. Recién iniciada en esto de los cuentos, llegué a Ezcaray nerviosa, con mucho miedo e incertidumbre. Nada más entrar en el albergue, una persona de la organización me saludó por mi nombre, me abrazó y me dio la bienvenida. De esta forma aterricé en esta gran familia. Yo, que llegaba de puntillas, como pidiendo permiso para entrar, de repente me sentí abrazada, acogida. Me sentí en casa. Y desde entonces he caminado acompañada en esta senda que voy descubriendo a cada paso. Conocí un mundo lleno de personas generosas, implicadas, (pre)ocupadas por el oficio.

Siempre mencionamos que esta profesión es muy solitaria, que es necesario la supervisión y el contraste con otros profesionales. Y puede que haya otros formatos más apropiados para ello (un seguimiento, una tutoría, una dirección más personalizada, …). Pero no me cabe duda de que para crecer a nivel profesional y personal es igual de importante ese otro acompañamiento: el encuentro afectivo, el vernos, compartir vivencias, reconocer y compartir nuestra vulnerabilidad en los procesos de aprendizaje. Y esto, sin duda, nos lo ofrece la Escuela de Verano.

Supongo que cuando hace más de seis años AEDA vio la necesidad de plantear una formación en este formato, no sabía el recorrido que iba a tener. Y no sé la lectura y la valoración que se hace actualmente. Lo que sí sé es que la Escuela ha marcado mi camino profesional, y me aventuraría a decir que también ha marcado el camino de muchas personas que se han iniciado en el oficio estos últimos años.

Dicen que siempre estamos aprendiendo, y yo añadiría: “si queremos”. Si no es así, poco importa la buena voluntad de quien enseña, el empeño de la vida por hacernos tropezar varias veces con la misma piedra. Lo que me encontré las dos veces que participé como profesora en la Escuela de Verano de AEDA fue profesionales que quieren seguir aprendiendo, que invierten tiempo y dinero en ello y que, por lo tanto, manifiestan un enorme respeto por la trayectoria, el trabajo y las reflexiones de quien, como yo misma, ha tenido la oportunidad de impartir un curso. Esa actitud provoca un sentimiento de reciprocidad, de correspondencia, el agradable peso de la responsabilidad sobre los hombros, como cuando contamos una historia ante un auditorio expectante porque nuestras palabras les van a evocar lugares, personas, situaciones, tan semejantes a las suyas propias y al mismo tiempo tan distantes.

El nuestro es un oficio solitario. Cada narrador o narradora selecciona sus cuentos, los adapta, estructura una sesión y la va conformando en contacto con el público. Pero eso no impide que existan puntos de encuentro entre profesionales y que la experiencia de quien lleva un largo camino andado y pensado, bien pensado, con sus sabores y sinsabores, pueda servir de guía a quien está empezando o a quien quiera profundizar en algún aspecto que otros compañeros o compañeras hayan trabajado de manera especial. Es de agradecer que AEDA favorezca ese encuentro, esa escuela en un sentido amplio, para que existan palabras que no se lleve el viento, sino que guardemos para cuando sean precisas.

Con el objetivo de conocer algunas experiencias concretas de narradores y narradoras del panorama nacional contando de forma repetida en un mismo espacio durante un tiempo, hemos entrevistado a siete profesionales (dos de ellos formando parte de un mismo colectivo): Alicia Bululú (Sevilla), Isabel Bolívar (Tenerife), Héctor Urién (Madrid), Mar Amado (Madrid), Julián Moreno (Santander) y Concha Real y Mercedes Carrión que forman el grupo CuantoCuento (Madrid). Todos ellos han hablado de su experiencia contando (y en algunos casos, también llevando la programación) en bibliotecas, pubs o librerías de manera continuada.

La experiencia de Alicia Bululú se centra en la Biblioteca Pública Municipal del Centro Cívico “Los Carteros”. Cuenta allí todos los miércoles de octubre, noviembre, marzo, abril y mayo en los últimos años. Al principio lo hacía durante todo el curso escolar y comenzó en 2005.

Isabel Bolívar cuenta su experiencia con el proyecto “Cuentacuentos para familias lectoras con niños entre 3 y 6 años” en la Biblioteca de El Paso, isla de La Palma, donde ha realizado ocho sesiones en 2018 y ocho en 2019 una vez al mes paralelo al curso escolar.

Héctor Urién habla sobre “Las mil y una noches, contadas una por una”, sesiones de cuentos para personas adultas llevadas a cabo en la Taberna Alabanda todos los martes desde marzo de 2012. Van 275 funciones, todas diferentes.

Mar Amado nos cuenta su experiencia en el Pub “La Travesía”, donde estuvo con su grupo “Palique” desde 1992 hasta 2000 contando y programando. Allí contaron durante muchos años, al principio todos los jueves y más adelante, los jueves y los domingos de cada semana.

Julián Moreno centra su experiencia en los “Sábados de Cuento”, sesiones destinadas a público familiar a partir de cuatro años que se llevaban a cabo en la librería Estvdio de Santander. Él programaba y de las 19 sesiones anuales realizaba entre 4 y 6. 

Concha Real y Mercedes Carrión nos hablan de cuentos para público adulto en el café Libertad 8, Madrid. En este lugar han propiciado que se cuenten cuentos desde 1992 todos los sábados desde octubre a junio. 

La pregunta ha sido una, con varios apartados: Cuéntanos las ventajas y desventajas de trabajar repetidamente en un mismo espacio a nivel de repertorio, el espacio en sí, el público, la profesión en general, y cómo se valora la frecuencia. 

A continuación recuperamos las respuestas estructuradas diferenciando todos los aspectos tratados esperando que os resulte de interés.

Laura Escuela

I

Hablemos de ficción.

  • La ficción es una invención, una cosa fingida, una suma de sucesos y personajes imaginarios. La ficción es una mentira. Eso sí, una mentira que, en muchos casos, nos lleva al corazón de la verdad.
  • Centrándonos en el ámbito de los cuentos contados, la ficción se sostiene a partir de un lenguaje artístico, un lenguaje literario (no literal) que permite articular significados a partir de, por ejemplo, lo simbólico y que posibilita la polisemia, la pluralidad de interpretaciones.

Ejercer la censura contra los textos artísticos, contra la ficción, implica, por un lado, no comprender ninguna de las dos premisas anteriores por parte del censor, es decir, no diferenciar entre realidad y ficción y no entender que la interpretación frente a una obra de arte puede ser múltiple y no única; y, por otro, pensar que el público necesita ser protegido (ergo, es incapaz de protegerse solo): por eso, no me cansaré de repetirlo, una de las acciones básicas contra la censura es la educación y la cultura: cultivar el espíritu crítico para que sea el público quien reflexione y emita sus propios juicios con respecto a lo sentido/pensado frente a una obra artística (aunque parece que eso no es exactamente lo que está pasando en Occidente).

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que parte de lo que hacemos y decimos en nuestra esfera pública es susceptible de ser censurado. Sobre todo si nuestra esfera pública va más allá de nuestra zona de confort, aquella en la que solo nos comunicamos con los que piensan y actúan como nosotros.

La palabra censura y su acción está a menudo en boca de muchos, los censores crecen, pues las herramientas de censura ya no pertenecen a unos pocos. Los ofendidos se multiplican, “ofendiditos”, tanto es así que raro será que tú, lector, no hayas usado o escuchado este término en los últimos tiempos. Internet y las redes sociales son los nuevos censores, mejor dicho, son las nuevas magistraturas desde las que ejercer la censura. Además de los balcones regios, los púlpitos o mimbares y las cátedras, la Red dicta la moral de nuestro tiempo. Una moral que lo abarca todo. Una censura que se adelanta al pensamiento y a la libertad de pensar. Y que por supuesto se introduce como un virus en el arte y la creación artística. La libertad de creación, la libertad de expresión son cuestionadas. Y no me estoy refiriendo solo a los artistas actuales, sino a la revisión y juicio que estamos haciendo de la Historia del Arte y sus obras. No es nada nuevo y quizá será mejor empezar por el principio.

En la República romana existía una figura magistrada que era el Censor. Se trataba de un cargo por el que a un ciudadano se le investía de las siguientes funciones: era responsable del censo, de algunas cuestiones relativas a las finanzas y de supervisar la moralidad pública. Otras magistraturas eran los pretores, cuestores o ediles con atribuciones de lo más variopintas, desde administrar justicia hasta organizar los juegos y vigilar los pesos y medidas en los mercados. 

Me llamo Amor Prior y, para quien no me conozca, soy entre otras cosas narradora oral. El pasado uno de agosto lancé junto a la productora audiovisual "Yo te hago el vídeo" un proyecto ilusionante, llevar a vídeo, en formato serie, mi espectáculo escénico "El sexo de Ana", pero cuando lo lanzamos nos dimos cuenta de que algo no marchaba bien, la visibilidad del contenido era muy baja.

El funcionamiento de las redes sociales es cada vez más complejo. Por eso, dejando al margen el interés que pudiera producir nuestro contenido en la audiencia, empezamos a investigar las posibles causas de este fenómeno. El alcance orgánico de estas plataformas en la actualidad ha descendido drásticamente con respecto al pasado. Lo que buscan las mismas es que publicites el contenido, es decir, que pagues. También intuimos que la palabra sexo, contenida en el título del proyecto, podría estar haciendo que los buscadores ocultaran el contenido y decidimos resignarnos y autocensurarnos por el bien del proyecto. 

El remate llegó cuando nos dispusimos a invertir unos pocos euros en nuestro proyecto, una vez alcanzado el capítulo cinco "El clítoris". Facebook se negó a publicitarlo alegando: “El anuncio no está en circulación porque es sexualmente provocativo o resulta demasiado sugerente”. Nunca me habían dicho algo tan bonito, pero lo que yo quería no eran piropos, era visibilidad. Así que me afané en descubrir qué era lo que le parecía tan mal a la red estadounidense.

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