Guadi Galego

Mi nombre es Guadi Galego, me llamo así desde que tengo 12 años, cuando sin saber el por qué este nombre me vino dado.
Guadi era como mis hermanas y hermanos habían querido renombrame y Galego el apellido de mi madre, sin más, por arte de magia llegó a mis manos, a mis letras, a mis músicas.
Desde pequeña mi éxito reside en la emoción, no soy una gran escritora de letras, más bien, yo diría que soy mala, jejeje, pero son las mías, las que yo vivo desde un universo que pulula entre la diversidad, el feminismo, la justicia y la idiosincrasia, la de una mujer que nace en un país llamado Galiza.

Nieves Borrón foto

Me piden mis compañeras que diga ¿Cómo se percibe y se cuenta el mundo siendo mujer?
Pues como se puede, todos vamos aprendiendo como podemos, con más o menos tesón, con más o menos intenciones, con más o menos dolor, con más o menos satisfacciones y según vamos conociendo o aprendiendo vamos dirigiendo, vamos siendo más dueñas de nuestras vidas.

Me crié y crecí rodeada de mujeres, en el seno de una familia numerosa con siete hermanas, mi madre, la tía abuela, la abuela, mi padre y un hermano. Durante mi infancia tuve pocas pistas sobre lo que significaba socialmente ser mujer, a mi alrededor lo femenino era protagonista, estábamos familiarizados, por ejemplo, incluidos mi padre y mi hermano, con el mundo regla y con todo lo que conlleva. Los roles también estaban repartidos (o así lo veía yo) pues mi madre era la practicante, modista y peluquera de toda la familia y esas tres funciones me parecían de suma importancia. Todos éramos personas y eso era lo importante. Pero esta percepción del mundo, duró poco. Fui dándome cuenta de que el ser persona no incluye tanto como creía el ser mujer, por lo que cada vez me sentía, y me siento, más mujer, que sí incluye el ser persona.

Carolina Rueda

La pregunta inicial de esta reflexión es si ser mujer y artista son condiciones que se modifican una a la otra. Como narradora de cuentos, animal de escena, gestora cultural y mujer he descubierto que mi condición femenina significa. Empecé a narrar en Colombia, fui parte del grupo inicial de lo que se convirtió en un movimiento de cuenteros con características fenomenales. Crecí como narradora y programadora en un mundo de hombres, creo que ciertas estructuras narrativas y descripciones las aprendí de escritores. Casi me molestaba el acto señalador de la diferencia, tardé tiempo —como el personaje de Moliere en El burgués gentilhombre, que se entera ya mayor que habla en prosa— en darme cuenta que ser mujer marcaba una diferencia y que quisiera o no, me ubicaba en un lugar que tuve que asimilar. Descubrí también cosas de mi conciencia e inconciencia de género. Me percaté que internamente la validación me la daban los hombres, que mi juego de interlocución se había entrenado para hablar con hombres; que mis charlas con las mujeres, enriquecedoras, prodigas, magníficas y supremas, eran un premio de consolación porque les faltaba la validación masculina para acceder al mundo intelectual representativo; trabajé convencida de que mi lectura femenina estaba probada; que yo era, había sido y sería libre, autónoma y que la marcación permanente del género me ponía más bien en entredicho; pasaron años, dolores también, cansancio y agotamiento; como decía un antiguo amigo, querido y muerto muy a mi pesar, la vida virtual que cuentan sobre uno es más interesante que la real.

inglés

Cuando se trabaja con personas que han tenido que dejarlo todo, a menudo lo único que han podido llevar consigo cruzando fronteras geográficas, son las historias y su profundo arraigo en la tradición oral. Esto no es tan solo una metáfora. Es la base, la realidad de las vidas de los migrantes. ¿Cómo se traslada toda una vida a 30 kilos de equipaje facturado? Y esta es la situación de los migrantes más privilegiados... En una precaria lancha neumática sin un centímetro de más entre los apretados viajeros tendrás suerte si el chaleco salvavidas que rodea tu cuello no te ahoga durante el trayecto. 

En estas circunstancias las historias se convierten en muchas cosas: recuerdos, lanchas salvavidas, entretenimiento, canciones de cuna, hogares... 

Pero, en el presente clima hostil hacia los refugiados, las historias se han vuelto moneda de cambio para muchos de ellos. La relación entre las historias y su valor como instrumento de cambio y transacción no es nueva. En los cuentos tradicionales se pueden observar a narradores ejerciendo su arte por dinero. Sherezade contaba cuentos para salvar las vidas de las mujeres del harem de su esposo y la suya propia pero también por orden de su rey: “Cuéntame una historia”. Los cuentos los elegía ella y aquello cambió la historia de todos en aquel reino. El narrar historias hoy en día tampoco se ha divorciado de ganarse la vida o salvarla. 

En el clima actual, que otorga una gran importancia a los relatos “personales” y “culturales” en casi cualquier momento de nuestras vidas, las historias se convierten en mercancías comercializadas, y la vida y la muerte son las apuestas en juego. Los medios conservadores y su discurso político utilizan “historias” sobre la naturaleza parásita de los migrantes y por otro lado, el discurso favorable hacia los refugiados se nutre a su vez de “historias” que resaltan la fuerza y la vitalidad de la su presencia y su contribución social. 

A todos los refugiados del mundo
A Buschra, Dhanun, Sayf y Yusuf
 

Mi primer contacto con el mundo de los cuentos palestinos de tradición oral fue allá por el año 1992 a través de una recopilación que, mi profesora, Carmen Ruiz Bravo-Villasante, me prestó y, cuya traducción y análisis, me propuso como proyecto de tesis doctoral. Después la vida y sus misterios me llevaron a México en donde tuve la suerte de conocer al que se convertiría en mi mentor y “maestro de maestros” en materia de tradición oral: Aurelio González, experto en Romancero y teatro cervantino. Con él aprendí la aproximación científica y académica a la tradición oral: metodologías, grandes teóricos y folcloristas, pero, sobre todo, me enseñó a comprender y amar esta área del saber más ancestral y auténtico de los pueblos. 

En 1994 hice mi primer trabajo de campo en Yarmuk, un campo de refugiados palestinos ubicado a ocho kilómetros del centro de Damasco. Joven e inexperta, y con tan solo un mes para realizar tamaña proeza, me di de bruces con la cruda e hiriente realidad; la de los refugiados palestinos, la de la gente refugiada, esa que se ha visto obligada a abandonar su casa, su pueblo, su país, su vida, para emprender el camino a la incertidumbre, a la miseria y a las penalidades, al olvido. 

Los refugiados palestinos se establecieron en Yarmuk 1948 tras verse forzados a abandonar su país por el entonces recién reconocido estado de Israel. En la época que yo lo visité, el campo parecía un barrio más de la ciudad, puesto que las tiendas de campaña con los años se habían convertido en casas y edificios no muy diferentes a los del resto de Damasco. Sin embargo, a pesar de la aparente normalidad del barrio y sus habitantes -completamente integrados, la mayoría educados y profesionales- a la hora de las entrevistas, puede comprobar que las heridas y penalidades que cargaron en su viaje como refugiados seguían ahí. Cada vez que les pedía que me contaran algún cuento de su tradición, respondían con otro tipo de historias, casi siempre relacionadas con sus traumáticas experiencias de persecución, balas, cárcel, hambre, frío, muerte. Y por esas heridas tan profundas que afloraban en casi todas las entrevistas, la sesión cuentística acababa truncada y convertida en llanto y abrazos colectivos. En muchas ocasiones, dichas sesiones cuentísticas ni si quiera llegaban a empezar, porque, en más de una ocasión, la desconfianza hacia una extranjera que venía a recolectar cuentos de su tradición oral, se tornaba en sospecha real de que la supuesta investigadora más bien podría ser una espía del régimen sirio al que ya entonces tanto temían. 

Un refugiado (según define la Convención relativa al Estatuto de los Refugiados) es una persona que se encuentra fuera del país de donde es originario debido a un temor fundamentado de persecución por diversas razones, y que no puede o no quiere reclamar la protección de su país para poder volver.

En el caso de la población saharaui refugiada en los territorios argelinos de Tinduf no pueden volver a su territorio porque su país está invadido por Marruecos que defiende su soberanía sobre el Sáhara Occidental, que hasta 1975 fue la provincia 53 española. En noviembre de ese año, el Rey de Marruecos lanza la “Marcha verde” sobre el Sáhara Occidental en la que 350.000 marroquíes cruzan la frontera y se produce, con el beneplácito de la comunidad internacional, la invasión militar y comienza el éxodo de la población civil saharaui, bajo bombardeos con fósforo y napalm. Si todas las huidas obligadas son inmorales, con esta nos une un lazo quizá mayor, pues no podemos olvidar que los saharauis llevaban en sus bolsillos el Documento Nacional de Identidad español.

Desde hace más de 40 años los saharauis refugiados (se calcula un número aproximado de 180.000 personas) viven en el exilio y ya han nacido dos generaciones que no han visto nunca su país de origen. Allí nos dijeron que se encontraban en la cárcel más grande del mundo, con una desesperanza creciente ante las sucesivas decepciones derivadas de la indiferencia de la comunidad internacional.

Sé poca cosa sobre Efteling: que es un parque de atracciones temático en la zona sur del centro de los Países Bajos, dedicado exclusivamente a los cuentos de hadas. Uno de los más antiguos del mundo.
Es una mañana lluviosa de principios de febrero, hace frío, y aun así, Efteling consigue templarme por dentro.
Me recibe el Gato con Botas y, desde el primer momento, me cautiva.
Siento incluso miedo cuando, al pasar por la tienda de golosinas, me doy cuenta de que me he puesto a saltar y de que he entrado corriendo como una niña, recorriendo con mi mirada las filas de dulces de colores. Soy como Pippi, pero también como Gretel… ¡Ay, si he entrado en la casa de caramelo!...
A partir de ahora voy a dejar miguitas de pan durante todo el día, porque me preocupa no encontrar la salida.

Hay atracciones para auténticos aventureros: la montaña rusa Barón, the Flying Dutchman (una montaña rusa que incluye un chapuzón en el agua) o el Vogel Rock (en el que tras entrar a la cueva que vigila el pájaro gigante, montas en una montaña rusa oscura como la muerte, en la que sólo sientes los giros y la velocidad, porque no ves).

Pero también para auténticos soñadores, como el viaje en la Fata Morgana, donde plácidamente puedes pasear entre los cuentos de Las mil y una noches desde tu barca, el Droomvlucht (“vuelo soñado”) en el que vas descendiendo en espiral plácidamente sentada por un bosque lleno de hadas, elfos, trolls y otros seres maravillosos, o Symbolica, en el que eliges entre el camino de la música, el del héroe o el del tesoro y simplemente dejas que las cosas sucedan.

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