catalán

En mi primer año de carrera hacía el recorrido Castellón - Valencia ida y vuelta cada día. Me levantaba antes de las 6 de la mañana, mi padre nos llevaba en coche a la estación a mi hermana y a mí y entonces cogíamos el tren hasta la estación de El Cabanyal. Una vez allí todavía nos esperaba el 81, el autobús que recorría y todavía recorre, toda la avenida de Blasco Ibáñez para dejarnos en la facultad de historia antes de las 8 de la mañana.

El madrugón era terrible y el tren uno de aquellos civis con pocas paradas que atravesaba La Plana casi en silencio. Porque aunque cada día nos encontrábamos prácticamente las mismas caras y nos sentábamos en los mismos sitios, no estaban los ánimos para mucha conversación. Hay gente que hasta que no sale el sol y se ha tomado un buen café, no es persona. Yo no tomo café y puedo ponerme a hablar ya en pijama, pero la salida del sol, eso sí, eso siempre me ha impresionado. Y ya que estábamos despiertos, pues ver salir el sol desde el asiento del cercanías, era un espectáculo que casi que me compensaba por levantarme pronto y el vagón en silencio.

Aquel primer otoño había empezado a leer El Señor de los Anillos. Y estaba tan enganchada y me gustaba tanto que leía en todas partes y a todas horas. También en el tren. Entonces me pasó que cuando iba leyendo concentrada y en algún momento alzaba la vista y miraba el paisaje, lo veía todo de una forma nueva, distinta. Y os prometo que empecé a mirar las montañas de Almenara, que es uno de los pueblos del camino, como nunca las había visto. Como si las viese por primera vez, como si aquel paisaje se hubiese impregnado un poco de la magia del libro. Y me di cuenta de que aunque siempre había pensado que la Tierra Media, si estaba en algún lugar, era en los bosques escandinavos, caí en la cuenta, quizás por primera vez, de que yo también vivía en un país maravilloso, en un país de castillos.

En el n.º 351 de la revista Primer Acto, se publica un monográfico sobre la situación actual del teatro en Galicia ("Gallegos y contemporáneos") que incluye un artículo escrito por Paula Carballeira hablando acerca del panorama de la narración oral en Galicia. Agradecemos a la revista y a Paula el permiso para publicar dicho artículo en nuestra web. [En unos días contaremos también con el texto en gallego]

PA 351

En Galicia, como en muchos otros lugares donde la transmisión oral de la cultura es fundamental para su supervivencia, lo que no se cuenta no existe. Poco importa que esté escrito. Poco importa que lo proclamen la televisión y las redes sociales. Alguien tiene que contar los hechos para darles vida y, en ese mismo momento, la memoria de quien cuenta recrea la historia, colorea los espacios en blanco, escoge entre las palabras las más precisas para su recuerdo. Es lo que  se denomina “confabulación” en psicología: “Síndrome propio de ciertos pacientes con trastornos de la memoria (síndrome de Korsakov) que suplen las lagunas de su memoria con hechos imaginarios o falsos recuerdos.” , una definición que nos puede parecer algo alejada de su origen etimológico: “hablar con otra persona”, pero que si lo pensamos bien lleva implícito un pacto, una convención entre quien habla y quien escucha para otorgarle existencia real a lo que se cuenta, a lo que se narra, a lo que se fabula.

Tuve un amor temprano: la palabra.
Luego llegarían otros. Entre ellos el experimentado por una ciudad fría, dura, bella. De “un cielo cruel y una tierra colorada”, diría nuestro poeta mayor, Ramón López Velarde. Cuando partía de aquí a otra universidad a culminar los estudios, o al volver, siempre me sorprendía el color de los cortes longitudinales que evidenciaban el deseo del hombre de ganar terreno a colinas y desniveles para dar paso a la creación de avenidas que poco a poco se fueron modernizando.
Aún no me encontraba en la pantalla con “Lo que el viento se llevó”, pero en mi alma iba ya esta tierra roja de cielos incomparablemente azules, y (como manifestara Scarlett O´Hara en la legendaria cinta), de ella había heredado la fuerza para desarrollar una voluntad tenaz, una terquedad inquebrantable. Llevaba su orografía en la palma de la mano. Su subsuelo de fábula, que alguna vez dictó en el mundo la pureza de la ley plata, me hizo entender que en la oscuridad de los procesos internos existe la posibilidad de concebir y parir tesoros, pero que hay que saber esperar la idea-orfebre exacta para facturar filigranas del más alto valor.

En general dedicarse a cualquier manifestación artística en México es complicado, difícil y en algunas ocasiones hasta peligroso, existen muy pocos apoyos por parte del Gobierno en cualquier instancia a proyectos de Narración Oral, ya que aún es poco reconocida como arte escénica (a pesar de contar con muchos narradores de gran trayectoria en el país). Si a esto le sumamos el recorte presupuestal de 30% para el Presupuesto Federal otorgado a la Secretaría de Cultura del Estado de Veracruz, (en el cual llevamos a cabo nuestra actividad profesional) y que además este está en bancarrota habiendo sido el ex gobernador acusado de enriquecimiento ilícito, fraude y desaparición forzada de activistas, reporteros y estudiantes, sí, ser narrador en México y particularmente en Veracruz es complicado, difícil y peligroso.

Aún así desde hace 10 años me encuentro en esta ciudad, Xalapa, capital del Estado y aquí hemos podido consolidar un proyecto llamado “Cuentos y Flores” el cual cuenta con una Asociación Civil, un taller permanente de Narración Oral en la Benemérita Escuela Normal Veracruzana, un Festival Internacional de Narración Oral, y un foro permanente, así como diferentes programas sociales.

A pesar de lo complicado que es remar contra la corriente este trabajo nos da satisfacciones incomparables, nos permite ofrecer a los niños y jóvenes un acercamiento a las artes como forma de expresión y alternativa de vida, un ejemplo de ello es el programa “Flor y Canto” que llevamos a cabo con la Escuela Primaria CONECALLI ubicada dentro de las instalaciones de la Casa-hogar del mismo nombre y con quienes desde hace 5 meses nos encontramos trabajando llevándoles obras de teatro, espectáculos de Narración Oral, y talleres de arte sin costo alguno. Así mismo llevamos espectáculos de narración a cárceles, hospitales y asilos de ancianos, pero la gran mayoría de estas actividades las llevamos a cabo con autofinanciamiento, o gracias al apoyo de algún patrocinador.

En México muchos de los fenómenos artísticos y culturales dependen de las instituciones gubernamentales: teatros, foros, festivales, producciones, programas culturales, becas, etc. Esta relación no está del todo mal si consideramos que son nuestros impuestos los que nos permiten tener estos “beneficios”, los cuales, dicho sea de paso, cada vez son menos debido a que año tras año los recortes presupuestales para la educación y la cultura son más recurrentes, severos y contundentes.

De alguna manera la narración oral se ha visto beneficiada de esta relación entre la cultura-arte e instituciones gubernamentales. La constancia y el esfuerzo de numerosos narradores como Armando Trejo, Vivianne Thirion, Beatriz Falero, Marilú Carrasco, Moisés Mendelewicz, entre muchos otros, han contribuido a que las instituciones consideren la narración oral como un arte escénico y una disciplina independiente de la literatura o del teatro. Asimismo, han logrado que la narración oral gane terreno en espacios culturales, programación en diversos foros, teatros, ferias, festivales o programas de estímulo para la creación.

De todos los programas que actualmente existen me gustaría resaltar uno de los que goza de mejor salud y solidez. Me refiero a “Regaladores de Palabras” coordinado por Benjamín Briseño y Edna Rivera. Su éxito radica, quizá, en el ejercicio de democratizar los espacios de expresión artística con la finalidad de albergar todas las propuestas de narración oral, nacionales e internacionales, sin importar la corriente, el maestro, la asociación o grupo al que pertenezcan. Todos tenemos cabida en alguno de los tres espacios de la UNAM donde opera el programa.

Siendo objetivos, la narración oral en México como actividad artística está en el peor de sus momentos.

Sí, existen narradores que están comprometidos con la profesión. Son gente que está en una constante búsqueda por mejorar su trabajo y por aprender de otras disciplinas; que exige condiciones dignas para realizar su trabajo y busca un pago justo; que es sincera consigo misma al momento de narrar; y que dedica buena parte de su tiempo a leer, no sólo para buscar repertorio, sino también para enriquecerse de todas las lecturas posibles.

Sin embargo, son más las personas que "cuentan un cuentito" por hobby o por terapia, que piensan que la narración oral consiste en aprenderse de memoria un relato y decirlo sin omitir ningún signo de puntuación y que aseguran que contar un relato es algo muy fácil. Hoy en día, cualquiera es cuenta cuentos; basta con disfrazarse para aparecer en escena dándoles igual si es un colegio, una fiesta de cumpleaños o una plaza al aire libre. Y no faltan los intrépidos que venden proyectos pedagógicos o enfocados a los niños especiales sin tener la formación necesaria o un mínimo de experiencia en la materia.

Hablar de los festivales de narración tomaría varias páginas pero, en resumen: la mayor parte de ellos son proyectos en donde no se dedica un esfuerzo importante a gestionar los recursos (económicos, materiales y humanos) para realizar un verdadero festival; donde se reacciona de manera improvisada ante cualquier situación; donde no se cuida la calidad de las propuestas de sus participantes; y donde el apelativo de "Internacional" depende del paso coincidente y conveniente de narradores extranjeros por México; donde se explota a los artistas para desquitar el último centavo de lo que cuesta alojarlos y darles de comer; donde se programan actividades en cualquier espacio sin consideraciones.

Hace ya unos cuantos años, en el encuentro de narradoras y narradores de Mondoñedo (Galiza), se propuso el tema de contar en dos idiomas. En principio la propuesta era interesante, pero adolecía de un pequeño error. Cuando se planteó el tema, se tenían en mente las personas que narraban en otro idioma además del castellano, siendo estos idiomas los originarios de otros países, como por ejemplo el inglés, el japonés o el francés. Cuestión interesante, ya que las mismas estructuras de los idiomas hacen que la narración se tenga que adaptar y hasta los pequeños matices se pierdan en el paso de una a otra lengua. Cómo se enfrenta la narradora o el narrador a esta cuestión es algo interesante. Pero como decíamos, la propuesta tenía un fallo, inconsciente si se quiere; olvidaba que muchas narradoras y narradores del Reino de España, en este caso, contamos "además" en castellano. Es decir, que nuestro idioma creativo es otro, siendo según el caso, el catalán, el gallego, el euskara o el asturiano. Se daba por supuesto que el otro idioma era, digamos, externo al país oficial del que somos súbditos. Al final, se aceptó la propuesta de hacer una pequeña mesa redonda con narradoras y narradores que contábamos en catalán, gallego y euskara. En ella cada uno planteamos lo que suponía contar en idiomas que viven realidades diferentes en su territorio natural, así como la cuestión de hacerlo también en castellano.

Planteé en aquella ocasión las dificultades que supone contar en euskara. Dichas dificultades no vienen dadas, en mi caso al menos, por un desequilibrio entre los conocimientos del euskara y el castellano, siendo este último el idioma dominante, situación que puede darse en otros narradores y narradoras. Mi capacitación lingüística en euskara podría decirse que es igual o superior al castellano, conociendo, no solo el euskara estándar, sino diversos dialectos. Además de ello, el euskara es mi idioma creativo, adaptando después los trabajos realizados al castellano. Esto que parece una obviedad, no es tal cuando el idioma original y propio en el que trabajas sufre de una situación diglósica para con el dominante, en este caso el castellano.

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