Este artículo, escrito por JoxeMari Carrere, fue publicado en la revista de literatura infantil y juvenil Peonza, en su número 111 de febrero de 2015. Agradecemos al colectivo Peonza y al autor permitimos publicarlo en la web.

 

Propongamos una definición de narración oral contemporánea. Por ejemplo: arte escénico basado en la narración de cuentos, ejecutado, habitualmente, por una persona, que, sin asumir el papel de un personaje, es decir, presentándose como ella misma, propone un espectáculo en el cual, utilizando, o no, elementos escénicos, busca la complicidad y comunicación directa con el público. Bueno, es una definición entre tantas. Lo verdaderamente importante es cómo identifican tanto los creadores como el público y los agentes culturales una propuesta escénica como esta.

 

Narración tradicional versus contemporánea

Una propuesta artística como la narración oral contemporánea adolece de una juventud que dificulta su definición y difusión en las redes culturales desde unos parámetros propios, es decir, sin estar ligado a otros objetivos como la promoción de la lectura, la pedagogía en valores o recurso multiusos en una programación infantil y de tiempo libre. Un arte como la narración de cuentos se pierde en el tiempo humano; mas la narración oral actual difiere de la actividad tradicional que se ha llevado a cabo en hogares, trabajos comunitarios o reuniones sociales.

Hay personas que cuentan para ganarse la vida, otras por afición, otras de manera circunstancial, y seguramente algunas o muchas no saben por qué o para qué cuentan. Para muchas, cuenten por lo que cuenten, o para lo que cuenten, o para quien cuenten, el acto de contar será innumerables cosas: un instrumento, un medio, un cauce, una medicina para el alma, un maná de palabras e imágenes, un sueño... Y además de todo esto, será un acto de amor. Si bien esto último puede que ni ellos mismos lo sepan.

Cuando contamos no estamos sino entregándonos al otro, desde nuestras limitaciones, desde nuestras habilidades, desde nuestros fracasos e ilusiones, contamos la vida, la nuestra o la de otros, y la contamos porque nos sentimos atraídos por el otro, sea el otro un bebé en el regazo o un teatro abarrotado. Buscamos el encuentro y la unión con el otro ser. Y en esta búsqueda, en este galanteo, nos ponemos guapos, limpios y aseados para agradar al otro. Buscamos el vestuario que mejor nos sienta o mejor nos hace sentir. Buscamos la historia que nos enamoró y que creemos que nos va a permitir hacer el amor al otro.

Llevo muchos años contando y desde siempre pensé que este oficio es de los más arriesgados que hay. Y no me estoy refiriendo a que sea duro y que incluso te pueda ocasionar la muerte, como ocurre en otras profesiones. Me estoy refiriendo a que el que cuenta se expone al que escucha, se expone a ser abrazado o rechazado, se expone a amar y ser amado. Nos desnudamos en cada sesión, en cada cuento. Y aunque ni tú ni el que escucha hayáis pactado previamente amaros, esto puede ocurrir.

Has de saber, y te lo digo como es, que hubo una vez una cuentista llamada “Carioca”, que se profesionalizó en el año 2003. Su primer espectáculo, si no me falla la memoria, se titulaba: “Un ratito entre ratones”, historias basadas en el libro de Arnold Lobel: “Historias de ratones”.

Allá por 2005, comenzó su andadura trabajando para diversas editoriales. Acogió con ilusión el llevar a los colegios la fantasía y la imaginación que esconden libros, cuentos, fábulas, retahílas, poesías… No en vano había estudiado Pedagogía y estaba convencida de que el centro escolar era el mejor lugar para esparcir las semillas de la creatividad.

Tras visitar coles y más coles, descubrió que el entorno no era todo lo maravilloso que había imaginado. Los niños no siempre estaban receptivos y había que hacer un esfuerzo de motivación para mostrarles la diversión que esconden los libros. Tuvo que aprender a adaptar los espectáculos por ciclos para ofrecer a cada edad lo que más les gustaba, según sus intereses. Más tarde comprendió que había que adecuarlos al aula, a las necesidades de la editorial, a los gustos de los profesores, a las pretensiones de los padres… Tenían que ser sesiones dinámicas, participativas, con mucha acción.

 

Me cuentan que en este número seremos varios los que hablaremos del trabajo para editoriales. Me aterra la idea de ser repetitivo, de que empieces a leer y digas… “¡Esto ya lo he leído!”. Así que, con tu permiso, me salto el protocolo y te cuento sólo una pequeña parte de lo que, para mí, implica esa faceta de mi trabajo como profesional.

 

¿Contar el libro de la editorial o contar mi repertorio?

La entrevista tuvo lugar en una cafetería salmantina. Una comercial, el jefe de zona y una propuesta sobre la mesa. Me iban a pagar muy poco por sesión, pero me darían tal volumen de trabajo que merecía la pena sí o sí. Agotador pero rentable.

Salvado el escollo de las condiciones económicas, nos metimos en la harina de la filosofía del oficio. Al menos tal y como yo lo entiendo. La comercial, que me conocía de verme contar un montón de veces en la ciudad, me daba carta blanca. “Cuenta lo que tú quieras, pero haz siempre alguna mención del libro, que para eso lo han comprado y trabajado. No mucho, con cinco o siete minutos vale”. El jefe de zona, más obtuso, se resistía: “No. Lo importante es que les cuentes nuestro libro. Debes centrarte en nuestro producto, que es lo que quiere el colegio y lo que queremos nosotros”.

Cuentan las historias que un guardia fue a decirle a su rey que había sido insultado llamándolo "cipayo" cuando pasaba por la plaza. El rey, sonriendo, le replicó que la palabra cipayo significaba 'soldado de la India de los siglos XVIII y XIX'. Le aseguró que no era ningún desprestigio llamarlo de aquella forma.

A la mañana siguiente el rey vio al anciano archivero inscribiendo palabras nuevas en el diccionario y revisando los significados de las que allí llevaban tiempo fichadas. Se acercó y le preguntó por el origen y significado del término que había propiciado el litigio, pues había quedado rondando en su cabeza. El bibliotecario de piel amarillenta como el papel pasó lento las crujientes hojas. Señaló con el dedo y el rey vio asombrado que la palabra tenía dos acepciones y la segunda significaba 'secuaz a sueldo'. Sonrojado de rabia y vergüenza salió mascullando cuan injusto puede llegar a ser aquel que no se cerciora del verdadero significado que tienen las palabras.

Al igual que reyes, jueces o pregoneros, los narradores orales, cuenteros o cuentistas somos usuarios y custodios de las palabras. Usamos los términos, los mezclamos y los difundimos. Así pensamos lo necesario que es cuidar y esmerarse en precisar el uso, en determinar los significados, en insistir en tener un diccionario que dé prestigio a la profesión.

Uno intuye que dedicarse profesionalmente a la narración oral en nuestro país no fue nunca tarea fácil. Hacerlo desde Asturias, autonomía uniprovincial de poco más de un millón de habitantes, situada en el extremo norte íbero, tiene sus especificidades, inconvenientes y sus ventajas.

Aunque con tímidos avances para la cultura popular en los últimos tiempos, la política cultural asturiana estuvo marcada por proyectos megalómanos (La Laboral o el Niemeyer) hechos a espaldas de los profesionales de la tierra y de las necesidades de la ciudadanía. Así, la política cultural desde comienzos de este nuevo siglo hasta la explosión de la burbuja del ladrillo estuvo marcada por la confusión de la difusión cultural con la construcción de equipamientos faraónicos. Mientras los edificios y los equipamientos, cuanto más grandes mejor, subían a ritmo de flashes, publirreportajes e ingentes cantidades de dinero público, los programas públicos de ámbito regional que aseguraban el acceso a la cultura a todos los lugares y pueblos iban desapareciendo. En materia de narración oral desaparece el programa “Crecer leyendo”, única herramienta de ámbito autonómico que un servidor conoció para trabajar en el ámbito de la animación lectora y la narración por toda la red de bibliotecas municipales de Asturias. La narración quedaba así circunscrita de manera prácticamente exclusiva a los programas municipales y escolares, también en franco retroceso. En aquellos tiempos la política estaba clara: mercantilizar el hecho cultural y convertirlo en un mero reclamo turístico, generador de noticias o artículo de consumo para las élites. La humilde pero imprescindible narración oral simplemente no importaba mucho y sobrevivía en los márgenes, lo cual si bien puede generar una minusvaloración del trabajo profesional de los narradores y narradoras, también puede ser una oportunidad para contar con más libertad. A ello me referiré un poquito más adelante. 

catalán

Me preguntaron: ¿cómo es contar en provincias? Y yo me pregunté ¿es que existe un centro? Porque yo me siento en el centro, en mi centro.

Una de las razones por la que cuento cuentos es porque a través de ellos he recuperado parte de una historia usurpada. Narro en una lengua minorizada, en un país ninguneado con un paisaje en vías de ser borrado, con una cultura convertida en folclore, sin medios de comunicación propios. Esto, dicho por el Che o por el subcomandante Marcos, suena revolucionario; dicho por una mujer del siglo XXI, habitante de una región europea, puede resultar pedante y localista.

No es una cuestión de ser localista; se trata “de ser”. Mi realidad la construyo a partir de lo que tengo cerca: mi gente, mi paisaje, mi historia, mis gracias y mis desgracias. La identidad es lo primero que necesito para poder contar, para poder contarme: ¿Quién soy yo para contar esto? Y la identidad, en este rincón del Mediterráneo, anda escondida. En la profesión, a esta falta de referentes como pueblo, se suma la práctica inexistencia de  narradores  anteriores a los años 90; ni tan solo en el mundo de la música o en otras artes que hubieran conservado nuestros cuentos, los que dan razón de ser a tantas cosas.

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