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"Bienvenidos a la histórica Jonesborough, la ciudad más antigua de Tennessee. Somos una ciudad pequeña con una gran historia. Llevamos entreteniendo a nuestros visitantes más de 225 años y hemos disfrutado de ello cada minuto. Hemos tenido visitantes y residentes muy especiales. Andy Jackson abrió su despacho de abogados y se convirtió en juez en Jonesborough. Ya como presidente, pasó un tiempo en la posada Chester de camino de vuelta al Hermitage en Nashville y el presidente James K. Polk también pasó tiempo aquí. Por supuesto, el Presidente Andrew Johnson era nuestro vecino en Greeneville y pasó mucho tiempo haciendo política en Jonesborough también. Pero lo cierto es ¡qué para nosotros todo el mundo es especial!" Este es el modo en el que el alcalde Kelly Wolfe da la bienvenida a todo el mundo a esta pequeña ciudad de apenas 6.000 habitantes en el corazón del sur de los montes Apalaches.

"Jonesborough es la capital mundial de la narración oral", nos dicen. Y el periódico Los Angeles Times escribe: “Lo que Nueva Orleans es al jazz…Jonesborough es a la narración oral.” Y es que en Jonesborough se encuentra el Centro Internacional de la Narración Oral. Hace más de 40 años en esta localidad empezó el Festival Nacional de Narración Oral que constituía la primera celebración de un festival dedicado exclusivamente al arte de la narración oral. La consecuencia fue un florecimiento de la narración oral por todo EE.UU y el que hoy en día haya cientos de eventos por toda la nación dedicados a la narración oral. Desde que en el 2002 se completó el nuevo Centro Internacional de la Narración Oral, las actividades de narración oral y los eventos se desarrollan durante todo el año.

Pero, ¿cómo comenzó todo?

Reflexiones de Estrella Ortiz tras vivir la experiencia de contar historias en los abrigos de Sudáfrica y en las cuevas de Atapuerca y Los Casares, dentro del proyecto europeo De cueva en cueva. Maratón de cuentos, Guadalajara 2013.

 

Contar cuentos en el interior de una cueva prehistórica es una experiencia difícil de olvidar. El hecho de la cueva como un espacio natural donde contar historias ha sido el estímulo para remontarme imaginativamente a los tiempos pretéritos y elucubrar sobre cómo podría ser el hecho de contar ahí y qué podría ser lo que se contara. Una inmersión que incita incluso a pensar sobre cuáles pudieron ser las primeras historias o cómo pudo producirse la chispa que llevó al lenguaje. El tiempo no fue suficiente para que pudiera profundizar sobre los cuentos en sí, a nivel de temas o teorías, pero al menos pude centrarme en observar aquello que se despertaba en mi cuerpo frente a una situación tan primaria. Lo cierto es que al entrar en contacto directo con estos lugares, aunque no haya una base científica para argumentar lo que se siente, la imaginación se abre a múltiples sugerencias. 

Si bien los narradores orales tenemos ocasión de narrar en sitios de lo más variopintos, una cueva no es cualquier lugar. La singularidad del espacio, a mi modo de ver, invita a pensar sobre aquellos tiempos en los que la cueva significaba mucho para la supervivencia. Una supervivencia entendida no solo a nivel físico como lugar que proporcionaba refugio donde protegerse de todo tipo de inclemencias, sino también como un espacio que propiciaba el sentido de comunidad y pertenencia, lo que entendemos por un principio de cultura. Durante el Paleolítico, en numerosas cuevas la gente vivía o se reunía, y en algunas otras muy especiales, unos pocos pintaron y los demás, a lo largo de milenios, continuaron entrando a mirar. Y, sin duda, también a escuchar. Tendría que ser así, ya que algún tipo de discurso acompañaría el paseo en el que se contemplaban los animales pintados en la pared.

Desde finales de los años ochenta hemos visto como en España han ido proliferando narradores, festivales y programaciones. El origen de los narradores desde distintos puntos de partida (educación, teatro, otros) ha hecho que hoy en día tengamos un amplio abanico de estilos y formas de ver la profesión, y por ello es necesario un planteamiento común que respete los estilos pero que consolide una profesión que recibe demasiadas injerencias desde dentro de ella misma y que hace que nuestro mensaje como profesionales no quede tan claro a programadores y público en general.

Por otro lado los Festivales se han convertido en plataformas donde poder mostrar espectáculos innovadores que muchas veces se quedan en los baúles por que en los tipos de programaciones que están fuera de estos Festivales no nos hemos atrevido a mostrar este tipo de trabajos, yendo casi siempre a la contada eficaz, cosa que me parece un error porque nos convierte en artistas de repertorio para según qué ocasión y no en artistas que presentan un trabajo elaborado con categoría de espectáculo escénico.  También creo que estos Festivales deberían recoger inquietudes teóricas sobre la profesión y  no sólo vernos y disfrutarnos porque hemos coincidido en una fecha y lugar comunes. Esto posiblemente lo tendríamos que fomentar los propios narradores ya que es una cosa que nos interesa a nosotros y no tanto al programador.

En cuanto a las programaciones, es verdad que no hemos conseguido todavía entrar en espacios escénicos tales como teatros o salas de cultura mínimamente equipados, de ahí también que esos espectáculos a los que me he referido antes que se presentan en Festivales muchas veces no encuentren lugares adecuados donde presentarse, aun así debemos hacer el esfuerzo por mostrarlos. Debemos ganar espacios donde contar para adultos y no sólo bares donde se requieren otro tipo de espectáculos y técnicas por parte del narrador.

Las bibliotecas, a lo largo de la historia, han ido cambiando y evolucionando y se han modificado también sus funciones. En un primer momento se centraba la atención en el libro y la función principal consistía en la adquisición, custodia y conservación.

Después se fijó la atención en los lectores y la biblioteca, en especial la pública, se concibe hoy como un servicio público para la comunidad, considerándose una de las instituciones más democráticas que existe.

La biblioteca no debe conformarse con ofrecer los mejores servicios a aquellos que las frecuentan, sino que puede salir al encuentro de los que la desconocen y, para ello, puede realizar una serie de actividades cuyo objetivo será llegar al público potencial. Estas actividades pueden ser de tres tipos: de extensión bibliotecaria, extensión cultural y de animación a la lectura.

Los servicios de extensión bibliotecaria son el esfuerzo que realiza la biblioteca para llegar a sus usuarios, en casos en que, por razones de marginación topográfica, física o social, el usuario no puede acceder a ella. Está encaminada a las zonas rurales, prisiones, hospitales, etc.

En su “Alfabeto de la Animación a la Lectura”, publicado en 1999 en Educación y Biblioteca (y recuperado por Imaginaria para internet), Blanca Calvo dedica la N a la narración oral “porque a leer se puede empezar con los oídos. (...) Hay que contar cuentos en casa, en el colegio, en la biblioteca. Las historias piden más historias, y desde las palabras escuchadas es natural llegar a las páginas impresas. También Gustavo Martín Garzo en su artículo “Instrucciones para enseñar a leer a un niño” (que puedes encontrar aquí) insiste en que “los adultos deben contarle cuentos [al niño, a la niña]” porque “es importante que el futuro lector aprenda a relacionar desde el principio el mundo de la oralidad y el de la escritura.”

La narración oral se presenta, por lo tanto, como una de las estrategias estrella para animar a leer. De hecho esta cuestión ha sido determinante, desde mi punto de vista, para la revitalización del oficio de contar en nuestro país (como he comentado, por ejemplo, aquí).

También los cuentistas hemos escrito sobre este asunto de la narración oral y la animación a la lectura, traigo algunos ejemplos de los muchos que podría citar: "Contar cuentos y animación a la lectura", de Alberto Sebastián y "La narración oral y la animación lectora", de Carles García Domingo, ambos artículos en verdad muy interesantes. Aunque la gente de este colectivo también insistimos en que contar cuentos tiene valor en sí mismo (sí, además de todo lo bueno que conlleva), te animo a que leas, si no me crees, este artículo de Pablo Albo al respecto: "¿Y si contar cuentos no anima a leer?"

El presente artículo es, sencillamente, una excusa para compartir con vosotros y vosotras algunas cuestiones relativas a los hábitos saludables que he ido asumiendo a lo largo de estos años y que me han resultado de utilidad en el devenir de los días de este oficio nuestro. Seguramente me he dejado unos cuantos: os invito a que los incorporéis en los comentarios al artículo.

 

Del tiempo en casa

Actividad física. Son muchas las horas que pasamos leyendo libros, escribiendo o consultando delante del ordenador. A veces estas tareas son especialmente absorbentes, por ejemplo cuando estás preparando un nuevo espectáculo de cuentos, o en esas temporadas en las que no paras de enviar presupuestos o proyectos que te han pedido, o cuando tienes que actualizar la web o el blog y revisar redes sociales. Hay días que, si te descuidas, podrías pasarlos sentado, apenas sin moverte, leyendo o escribiendo. Y lo que es peor, a veces encadenas días de ese tipo, uno tras otro, hasta sumar muchos. 

Es por eso que para evitar un sedentarismo que resulta verdaderamente incómodo (cuando te levantas estás molido y sin fuerzas para nada) me obligo a realizar prácticamente todos los días algo de actividad física. En mi caso al menos dos días en semana suelo ir a nadar y el resto, a pasear (un mínimo de una hora). 

Por donde quiera que se mire, las islas están viviendo un punto de inflexión en cuanto a trabajo en equipo y movimiento de narradores se refiere. Sin ir más lejos, este pasado fin de semana, en La Palma, hemos hecho historia: por primera vez, narradores de todas las islas en las que se cuenta se conocieron, se escucharon, compartieron mesa, risas, vino, lugar de trabajo, escenario, dormitorio y baño.

A este movimiento no se ha llegado desde la nada. En febrero algunos narradores de Tenerife decidimos arrancar con el proyecto de formar una Asociación Canaria de Narración Oral para aunar esfuerzos y crear proyectos comunes. Se podría decir que los narradores, debido a nuestro estilo de trabajo, nos asemejamos a islas, y en Canarias, esa metáfora nos convierte en islas dentro de islas. Se nos presentan, aparte de todas las dificultades típicas de los narradores, barreras físicas claras debido a la cuestión de la insularidad. Esto dificulta las relaciones y sinergias culturales entre ellas. Por eso consideramos crucial la creación de una entidad que unificara al sector, convirtiendo las barreras en puentes que unan a narradores del archipiélago a través de la creación de actividades comunes. 

Tras reunirnos y conformar los primeros pasos para la Asociación, creamos un grupo en Facebook llamado Narradores de Canarias, y ahí comenzamos a compartir información y a contactar unos con otros. Justo en el momento en que la Asociación estaba a punto de nacer, un día, Cristina Temprano escribió en facebook: “Igual los Alisios me sacuden demasiado la sesera, pero hay una idea que me anda rondando y que voy a atreverme a proponerles: ¿y si nos vemos? ¿Y si organizamos un encuentro de narradores canarios?”

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