El lobo es una de las figuras más recurrentes de la literatura infantil. Y aunque la población real de lobos haya ido disminuyendo a lo largo de los últimos siglos y aunque su condición de animal salvaje diste mucho de la construcción simbólica que tenemos de él, el personaje sigue participando de forma activa de nuestro imaginario y forma parte de nuestra educación sentimental desde bien pequeños. 

Sus andanzas como personaje se remontan a mitos, leyendas, cuentos y fábulas que forjaron parte del estereotipo que todavía hoy sigue presente en los relatos, aunque, como veremos, éste haya sido reinterpretado “a lo largo de la historia de la literatura infantil según las preocupaciones sociales y literarias de cada momento”, como diría Teresa Colomer (1996). Representaciones diversas que nos llevan desde la archiconocida figura del malvado lobo feroz, hasta las versiones más actuales, que se divierten subvirtiendo su condición, convirtiéndolo en muchos casos en seres ridículos, contradictorios, honestos, sentimentales e incluso reflexivos. 

Al lobo lo conocemos, casi siempre, de la mano de algunos de los cuentos populares más famosos, aquellos que nos cuentan en la primera infancia una y otra vez: "Los tres cerditos", "El lobo y los siete cabritos" o "Caperucita Roja", donde el animal aparece como antagonista e infunde miedo por convertirse en el elemento que introduce el peligro a través de posibilidad de la devoración. Un papel que bebe, en parte, de los cuentos y leyendas campesinas de los siglos XVII y XVIII.

En noviembre del 2000, durante una salida al campo organizada por el grupo ecologista Ciconia, vi, junto a otras ocho personas, una pareja de lobos en la Sierra de la Culebra (Zamora).

Desde esta organización centrada en la defensa lobo, habíamos llevado a cabo acciones, algunas comprometidas, contra Administración y cazadores, que se negaban a considerar la especie como protegida y continuaban haciendo subastas para la caza de lobo.

Hicimos movimientos arriesgados para llamar la atención, hablamos mucho del tema, nos reunimos para debatir, convocamos jornadas en la zona para saber, para informar, para despertar…, pero, aun así, para mí el lobo seguía siendo “un animal de libro” al que nunca había visto.

También tuve el privilegio de escuchar a Manolín, que fue guardia forestal de la Sierra de la Culebra y una de las personas más sabias y conocedoras de la naturaleza y del lobo que me he encontrado.

“No se mueve un lobo en la sierra, sin que Manolín se entere”, solían decir quienes lo trataban. Cuando yo lo conocí ya era mayor y andaba con dificultad, pero su buen humor, su conocimiento y su amor por el lobo eran tan grandes que lo volvían joven: sus palabras sorprendían y conquistaban.

Él me hizo soñar con este animal, inventármelo, sacarlo del papel y meterlo en el corazón. Después, además, tuve la gran suerte de verlo, y fue entonces cuando le hice una madriguera aquí dentro y se quedó.

"La loba, la vieja, la Que Sabe, está dentro de nosotras. Florece en la más profunda psique del alma de las mujeres, la antigua y vital Mujer Salvaje. Ella describe su hogar como ese lugar en el tiempo donde el espíritu de las mujeres y el espíritu de los lobos hacen contacto -el lugar donde su mente y sus instintos se mezclan, donde la vida profunda de una mujer consolida su vida mundana. Es el punto donde el Yo y el Tú se besan, el lugar donde las mujeres corren con los lobos.”

Estas palabras pertenecen al libro Mujeres que corren con los lobos de la autora Clarissa Pínkola Estés, una obra de referencia a la que regreso periódicamente y en la que siempre encuentro inspiración.

Psicoanalista junguiana, poeta y cantadora, la autora nos invita con esta lectura a realizar un viaje apasionante por todas las estancias del alma femenina, a través de diversos cuentos tradicionales, algunos muy conocidos como “Barba Azul” o “Las zapatillas rojas”.

Según explica Clarisa Pínkola Estés, los cuentos le ayudan a explicar la naturaleza instintiva de las mujeres, engendran emociones, preguntas, contienen instrucciones preciosas y precisas para la vida. Las historias son medicina. Tienen ese poder. No requieren que hagamos, seamos o actuemos nada —sólo necesitamos escuchar. Los remedios para reparar o reclamar cualquier impulso psíquico están contenidos en las historias. Generan comprensiones más allá de lo evidente.

Víctor Casas, autor del documental "Que la noche es mía, la figura del lobo en la tradición oral del noroeste de la península Ibérica", comparte una historia para explicar el papel de esta especie como símbolo poderoso de lo extraño, nocturno y salvaje; unido a lo sobrenatural, protagonista de recuerdos e historias a través de muchas generaciones de humanos cobijados junto al fuego. 

 

Esta historia sucede en un tiempo de palabras sin electricidad y comienza cuando se enciende la lumbre en una vieja cocina, haciendo sentir a salvo de la oscuridad y de sus peligros, y del frío sufrido con poca ropa de abrigo. 

Hay un grupo de personas a su alrededor que no están siempre juntas, pongamos que viajeros cansados o familiares reunidos por una matanza o por la boda de una chica del pueblo. Están sentados en bancos de madera y en sillas humildes de enea. Ellas siempre haciendo algo con las manos; algunos hombres también, mientras otros fuman con la mirada perdida. Con la misma alegría o seriedad que tenemos ahora, cuando nos juntamos alrededor de las pantallas, grandes o pequeñas.

Esa noche el azar ha unido a un grupo de habladores, con buena memoria y ganas de contar. Una de las protagonistas tiene una novedad, en un mundo donde hay pocas al cabo del día, y está deseando contarla: ha visto al lobo esta tarde (al lobo, no a un lobo) cuando volvía por el camino del monte; como de aquí allí, y se quedó mirando, y era como un burro de grande. Un encuentro de dos caminos paralelos que casi nunca se cruzan, habitantes de mundos diferentes que se asustan mutuamente: doméstico y diurno frente a salvaje y nocturno.

Una de las denominaciones más extendidas de nuestro oficio es la de “narración oral escénica”, lo que presupone un “escenario”. Y si bien para los narradores suele ser un concepto amplio (un aula, la sala de una biblioteca, un rincón en el parque…), el lugar de la escena, por antonomasia, es el teatro. Por suerte ya existen algunos cuenteros y cuenteras en nuestro país que se mueven como pez en el agua en espacios teatrales pero, sin duda, el margen de conquista es amplio. Por eso y por el interés mostrado por varios colegas de profesión, quería relatar mi, hasta el momento, corta experiencia en un circuito teatral: la Red de Teatros de la Comunidad de Madrid (en adelante, CAM).

Tal vez sirva de acicate para quienes desconocen o ni siquiera se han planteado abrir caminos en este ámbito en el que narradores y narradoras convivimos con las demás artes escénicas: teatro, música, danza, títeres, circo…

Aclaro antes de empezar que en este artículo me limito a exponer una experiencia concreta y que desconozco si es extrapolable a otros circuitos u otras comunidades autónomas.

Para quienes estén menos familiarizados con este mundillo, explico brevemente qué es la Red de Teatros de la CAM: una manera de garantizar una programación de artes escénicas y música en los 64 municipios de la Comunidad de Madrid integrados en este programa que se puso en marcha hace tres décadas. Para ello, el organismo autónomo financia una parte del caché de las compañías y el ayuntamiento beneficiario en cuestión, otra parte. Para compañías afincadas en Madrid, la CAM (a través de la Consejería de Cultura, Turismo y Deportes) aporta el 60% del caché y el 40% para las procedentes de otras Comunidades. El resto, hasta completar el importe, el municipio en cuestión.

nestor

Todo acto de Narración Oral tiene tres elementos mínimos fundamentales: un público, un relato y una persona que lo cuente. Si la narración está bien construida y transmitida, y el público se siente parte, ocurre que los tres elementos se mueven al unísono. Es una sensación fantástica sentir el acto conjunto, una experiencia que genera lazos y pertenencia y que permite a las personas que allí están, por un momento breve, ser parte de la tribu.

La Narración, además, es respetuosa con el imaginario de cada cual, permitiendo a cada persona imaginar su cuento al mismo tiempo que lo comparte con el resto. Cada persona, al “escuchar” la historia, es co-creadora del relato y lo construye con sus propias imágenes. Si esto no es inclusivo, no sé qué puede serlo, pero ¿qué ocurre cuando alguien en el público no puede oír lo que se cuenta? ¿O no entiende lo que está ocurriendo para poder aportar su parte al proceso de creación? 

A finales de enero y principios de febrero de este año, Néstor Bolaños (narrador y psicólogo) y yo impartimos, en la Biblioteca Insular de Gran Canaria, el taller “Narración y Diversidad. Herramientas para una Narración Oral Inclusiva”.

NARRACIÓN ORAL Y DIVERSIDAD

Todo partió de una propuesta de la Mesa Inclusiva para el fomento de la lectura en Gran Canaria, dependiente del Pacto Insular por la lectura y la escritura del Cabildo Insular.

Plantearon este taller ante la necesidad de llevar a cabo en la Biblioteca actividades de narración oral inclusivas, de modo que los narradores/as de la isla se formaran para poder participar en la minimización y/o eliminación de las barreras que encuentran personas con diversidad funcional a la hora de disfrutar de las sesiones.

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