Narrar la historia de mi país siempre ha sido una pasión para mí como cuentero. Quizás eso lo heredé de Florencia Ramírez, una profesora de ojos verdes, cabello castaño,  y capaz de provocarnos miedo, a todos sus alumnos de 13 años de edad,  con solo ingresar al aula del colegio: por su exigencia, sus exámenes orales, el jugueteo efectista con su collar y su tono de voz nasal. 

Pero no fue el miedo a ella lo que me contagió el amor por la historia. Fue que en medio de sus clases exigentes, cuando ella dejaba de lado las pruebas que nos pedía para localizar ríos y montañas en mapas en blanco, cuando desistía de preguntarnos causas y consecuencias de los hechos, ella decía:

“Guarden los cuadernos y todo lo que tengan encima de los pupitres: hoy la clase es de historia y lo primero que vamos a hacer es contar los hechos”

Entonces ella narraba con pausas, silencios, descripciones detalladas y secuencias activas los acontecimientos que, de acuerdo al plan de estudios, habían constituido a Costa Rica como nación. 

“El arte por el arte significa siempre
 un arte sometido, que rehúye al 
peligro y busca el calor de los aplausos”
Aldo Pellegrini

 

De unos años para acá empecé a entender el oficio de contar historias de otra manera, supongo que, así como un joven entiende las relaciones interpersonales de una forma distinta a como irá transformando esas interpretaciones a medida que vayan pasando los años y viva encuentros y desencuentros, lo mismo sucede con la labor artística. Me atreví a contar cuentos por primera vez, siendo más o menos consiente de lo que pretendía hacer, cuando estaba por cumplir dieciocho años; puede sonar sorprendente o incluso tierno para narradores de países como Argentina o España, incluso de México o Chile (a pesar de que en años recientes ha venido creciendo un movimiento de narradores jóvenes), pero siendo de Colombia es más que natural encontrarse con la narración oral en edad universitaria y en un contexto como el descrito por Carolina Rueda en su artículo publicado en esta misma web.

Transitar por varios espacios, ciudades y países, conocer cuenteros de larga trayectoria y compartir camerino y hasta habitación con ellos fue un detonante de reflexiones que con el pasar del tiempo se han ido estructurando, formulando más preguntas que respuestas, evidentemente, pero sembrando posturas en mi hacer. En relación con la frase usada como epígrafe de este artículo, uno de los aspectos que ahora defiendo con vehemencia es la importancia de estar parado en un escenario y el poder del discurso; como narradores tenemos el privilegio de estar frente a muchas personas y es entonces cuando nuestra voz cobra un valor político en la sociedad. 

Este largo artículo pretende reflexionar sobre narración oral y compromiso. Cuenta para ello con dos partes diferenciadas: en primer lugar hay una introducción (preámbulo) con reflexiones sobre el tema objeto de análisis, introducción realizada por quien firma este artículo; y a continuación se pueden leer las respuestas a unas preguntas que enviamos a tres narradoras que han sufrido algún tipo de veto por su palabra comprometida. Ellas son Paula Carballeira, Clara Sáenz y Ana Griott.

 

PREÁMBULO

El arte es una forma de expresión, es la manera como el artista manifiesta sus sentimientos, sus intuiciones, sus ideas, etc.; es, en suma, la manera como se relaciona con los otros y con el mundo. Obviamente esto es una simplificación de un tema mucho más complejo, pues, para empezar, el propio concepto de arte ha ido cambiando con los tiempos: no era lo mismo para Aristóteles (arte como imitación) que para Schopenhauer (arte como conocimiento); no era lo mismo el arte en la Edad Media (con un paralelismo entre la estética y la ética) que en el Romanticismo (donde busca ser la expresión de las emociones del artista, rompiendo con esa voluntad utilitarista medieval). 

Además de todo esto habría que considerar otras cuestiones, porque sí, el arte es una forma de expresión del artista, pero también del cliente, el que encarga y paga la obra (como tan bien me señaló Manuel Légolas en una conversación sobre este tema), como ha ocurrido durante siglos con las obras de arte encargadas por la Iglesia, por ejemplo.

Cuando la mayoría de la población no sabía leer ni escribir sus necesidades de información, conocimiento y diversión corrían a cargo de trovadores, actores, ciegos, clérigos y otros profesionales de la palabra oral, que suplían aquellas carencias alfabéticas con noticias, romances, bandos, sermones, historias….

Hoy tenemos la fortuna de contar con una sociedad donde el analfabetismo está erradicado, lo que, a su vez, ha provocado la adaptación de algunos de estos protagonistas de la oralidad.

Si fijar los contenidos de la memoria mediante la escritura supuso un paso enorme para el desarrollo humano, no menos relevancia tuvo la sistematización de su almacenamiento y conservación y, posteriormente, su difusión de forma indiscriminada y sin barreras mediante la institución que hoy conocemos como Biblioteca.

No obstante, ésta ya no es la situación, solo fue el punto de partida, porque actualmente la biblioteca es mucho más que eso, es un servicio cultural y social básico, la institución democrática mejor valorada por los ciudadanos desde hace años, personalización de la propia democracia con sus principios, sus objetivos y sus procedimientos. En la biblioteca encontramos a diario, y como algo natural, la máxima expresión de la igualdad (de oportunidades, de derechos, …), de la libertad (de acceso, de pensamiento, de expresión, de tráfico de personas e ideas…), y de la comunidad (inclusión, espacio público, segundo hogar, …)

 

La biblioteca se ha convertido en un polo de desarrollo para las comunidades, en un elemento activo y eficiente para la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU, en un centro de dinamización integral para la sociedad a la que sirve, y en una fuente de recursos para mejorar el nivel y la calidad de vida de sus vecinos.

En el pueblo donde crecí no había (ni hay) consultorio médico, ni banco, ni tiendas, ni biblioteca. Ni siquiera colegio. Un autobús nos recogía a los escolares en la plaza y nos trasladaba al centro educativo más cercano, situado en el pueblo de al lado.

De vez en cuando a la puerta del cole paraba otro autobús que no iba cargado de los niños y niñas de pueblos vecinos, sino de libros. Recuerdo la excitación y las ganas de ir a curiosear cuando por la ventana de clase veíamos llegar al bibliobús. Salíamos corriendo y corriendo subíamos a aquel oasis de libros donde nos permitían ojear, toquetear todo lo que quisiéramos e incluso llevarnos algún ejemplar que nos gustase a casa. La llegada de la biblioteca ambulante, sin duda, era una fiesta y estoy segura de que contribuyó a promover nuestra curiosidad y afición por la lectura. Actualmente estas bibliotecas sobre ruedas continúan realizando esta labor en numerosos colegios rurales a lo largo y ancho de la geografía española. 

No menos ansia ante su llegada manifiesta otro de los colectivos a los que atiende el bibliobús: la cada vez más envejecida población de los pequeños pueblos. Cierto es que los bibliobuses han cambiado mucho desde “aquellos maravillosos años” (los ochenta) y hoy, aparte del préstamo de libros, se organizan actividades como clubes de lectura, cuentacuentos o talleres que dinamizan la vida cultural de las poblaciones que visitan. Lo que se mantienen desde su origen es el mismo espíritu de entonces, el de llegar “Donde nadie llega”. Este precisamente fue el lema con el que se celebró el pasado 28 de enero el Día del Bubliobús, que pretende reflejar cómo acercan los libros y la cultura a la población de zonas rurales y/o desfavorecidas de las grandes ciudades y que no tiene acceso a una biblioteca pública cercana.

Os vamos a contar cómo los libros también llegan a las zonas rurales…

Nos encontramos en el Colegio Rural Agrupado (CRA) Cabu Peñes, en Asturias. Un CRA es un centro que tiene sus aulas repartidas entre varias localidades. En este caso Santiago de Ambiedes, Bañugues, San Jorge y Verdicio. 
Las especiales características de nuestra escuela rural hacen que la norma general no sea siempre fácilmente aplicable, lo que supone para nosotros un reto añadido al permanente desafío que es la consecución de una educación de calidad. 

Esto también afecta a nuestra biblioteca, puesto que no es una biblioteca fija, sino que contamos con una “Biblioteca Escolar Itinerante”, la cual nace hace 12 años de la necesidad de aproximarse y disfrutar de un libro. Tal y como dijo Pedro Salinas: “No hay más tratamiento serio y radical que la restauración del bien leer en la escuela. El cual se logra, no por misteriosas y complicadas reglas técnicas, sino poniendo al escolar con los mejores profesores de lectura: los buenos libros”. 

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