El Hombre de los dos sombreros
Pep Durán entrevistado por Blanca Calvo

PepDurán

Me gustó mucho recibir un mensaje electrónico en el que AEDA me preguntaba si quería hacer una entrevista a Pep Durán. Siempre he admirado a Pep, cuya capacidad de iniciativa parecía no tener límites. A lo largo de varias décadas ha montado preciosas librerías y las ha hecho rentables, ha diseñado los mejores muebles para exponer los libros, ha organizado una estructura industrial para producirlos y venderlos, ha coordinado eventos culturales importantes, incluso ha trabajado en la televisión… y todo eso no le ha impedido participar en actos pequeños, a veces casi íntimos, y contar los cuentos que le habían emocionado y que llevaba dentro de sus famosas maletas. Yo he aprendido de él unas cuantas cosas sencillas e importantes, y hacía mucho tiempo que no nos veíamos, así que me dio mucha alegría tener un  pretexto para reencontrarnos. Ese proyecto me iluminó el día.

La verdad es que, al principio, pensé que la entrevista tendría que ser a distancia, al vivir él en Mataró y yo en Guadalajara, pero cuando lo llamé para preguntarle si quería ser entrevistado me contó que tiene una relación con una mujer de Madrid, una escritora para niños a la que conoció en el Camino de Santiago (cada año Pep hace -o hacía, no sé si sigue- una parte de camino), y todos los meses se monta en el AVE para pasar con ella unos días. A él también le encantó la idea de la entrevista, aunque sólo fuera porque eso nos permitía reencontrarnos, y me dijo que la próxima vez que viniera me llamaría para quedar.

Así que un día de invierno, semanas después, quedamos en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, con mucho tiempo por delante. Cuando llegamos estaban empezando a montar las mesas para la comida, así que comimos. Hablando. Por los codos, porque teníamos que ponernos al día de los muchos acontecimientos ocurridos en nuestras vidas en los últimos tiempos.

Los últimos años han sido, para nosotros, de cierre de muchas cosas. Yo me he jubilado de un trabajo apasionante que llenaba mi vida quizá más de lo prudente. Pep ha ido incluso más allá en las despedidas, ha sufrido todos los desgarros posibles, el más grave de ellos el cáncer y la muerte de su mujer, Silvia, aunque también sus penas profesionales han sido muchas: ha tenido que asistir al cierre -con grandes pérdidas económicas- de la librería que dio a luz hace tantos años, ha visto cómo terminaba la cooperativa que la sustentaba –con reproches y malos rollos entre sus miembros-, y ha visto cómo algunas de sus realizaciones más queridas, la fiesta del Libro Gigante de los Ciudadanos entre ellas, ha dejado de hacerse por tontos malentendidos de esos que nos sobran a los  humanos.

Así que Pep que, como decía, ya me ha enseñado algunas cosas,  en nuestro reencuentro me da una lección comprimida de filosofía zen sobre cómo afrontar las despedidas que los años nos obligan a tragar. En definitiva, resume, el secreto consiste en aceptarlas como algo natural, en vez de tomárnoslas como un (mal) trago.  “No pasa nada”, dice varias veces a lo largo de nuestra comida, y esa frase me hace sonreír porque también la dice mucho Vera, mi nieta de tres años, cuando intuye que sobrevuela una regañina. Ella la dice ceceando, porque es de Cádiz; Pep con su característico acento catalán, pero ambos la cargan del mismo significado. ¿Será que sólo los niños y los viejos tenemos la capacidad de aceptar que nada es lo suficientemente importante como para desestabilizarnos? 

Comentamos Pep y yo una sensación que ambos hemos vivido después de nuestras jubilaciones, que es la de resultar un poco invisibles en el ambiente profesional que seguimos sintiendo como nuestro. Pep dice que, durante un tiempo, nadie le llamaba para proponerle cosas y que, si ahora tiene algunas invitaciones –que a veces le llevan a viajar a otros continentes-, le vienen de un circuito nuevo, de personas que le han “descubierto”, no de las de siempre. Pero hay que aceptarlo, no pasa nada.

Después de la muerte de Silvia, Pep vive con Alex, su hijo de 18 años, que intenta descubrir su camino en la vida. El chico tenía una relación tan estrecha con su madre que, al faltar ella, Pep no sabía cómo asumir su nuevo papel de padre/madre, y cuenta que, al principio, eso le producía una gran tensión que se reflejaba en la relación con su hijo. Todo iba mal hasta que se ha dado cuenta de que lo único que necesita Alex es que él “esté ahí”, acompañando y observando respetuosamente. Ni más ni menos. Y desde que ha visto claro eso, la relación es estupenda. No pasa nada. 

Así que Pep vive en la provincia de Barcelona porque quiere acompañar a su hijo. Comparte el tiempo entre su casa de Mataró y una cabaña que ha construido en pleno monte, en un terreno que compró con Silvia, cuando vivía. Allí se dedica a cuidar el bosque: limpia los caminos. Me lo cuenta de manera que no puedo por menos de imaginármelo como el hombre que plantaba árboles, ese ciudadano real convertido por Jean Giono en personaje de cuento, y no voy demasiado desencaminada porque, si aquel personaje plantó poco a poco un bosque enorme, dejando tras de sí cada día unas cuantas semillas, Pep me cuenta que uno de sus proyectos más queridos es hacer una biblioteca repartida por el bosque, dejando libros en pequeños recipientes de madera que piensa ir construyendo. Es decir: está plantando una biblioteca, poco a poco. A lo mejor no llega a hacerla todo lo grande que le gustaría, pero no pasa nada.

La última parte de nuestra conversación, antes de iniciar le entrevista, trata un tema profundo, más incomprensible para mí. Pep confiesa que, ahora, lo que más le interesa es la física cuántica aplicada al interior de las personas. Yo soy de letras y la física no se me ha dado nunca bien, pero le escucho con atención por ver si este desbrozador de caminos me abre alguno nuevo, útil para comprender el sentido de la vida -algo que, a pesar de que soy una persona de edad avanzada, no acabo de conseguir-. Con un estilo muy pedagógico Pep me va explicando que sólo existe el ahora y el vacío, lo que me resulta poco tranquilizador y muy inquietante, porque siempre me ha resultado difícil vivir intensamente el momento presente –y eso me hace sentir un poco culpable-, y porque todavía no he conseguido que no me asuste el vacío de la muerte. Me gusta ver que Pep tiene esos misterios mucho más resueltos que yo -aunque le sea difícil explicarlos o tenga ante sí una oyente especialmente infradotada para las abstracciones-, porque noto que eso le da una tranquilidad desde la que puede disfrutar ampliamente de la vida: de sus paseos por el monte o de la conversación con una vieja amiga… Al final me doy cuenta de que no puedo seguirle, que tendré que desbrozarme mis propios caminos. No pasa nada.

La comida termina y decidimos cambiar de escenario para hacer la entrevista formal: nos vamos a la cafetería de un tranquilo hotel de la Gran Vía, con música ambiental relajante, nos sentamos ante un café y reiniciamos la conversación, ahora con un guión delante. Yo había preparado una larga ristra de preguntas y, antes de empezar, se la enseño con una risa casi amenazante: 

 

B.: Tengo todas estas preguntas para hacerte…

P.: ¡Caramba!

 

… pero a lo mejor se reducen a dos, o a una… 

Ja, ja, ja

 

Yo empezaría por algo que me interesa especialmente, y es si tú piensas que los cuentos son necesarios para vivir. Yo creo que sí, pero me gustaría saber qué opinas tú.

(Contesta lentamente, reflexionando y buscando las palabras exactas) Es posible que parta de los tópicos y vaya a otro sitio, y que mezcle lo que tengo como incorporado y lo que voy deduciendo. Para mí los cuentos son necesarios para vivir, sí. No tanto el cuento en sí, sino la capacidad que tiene de enlazar desde el que cuenta, desde el emisor, al receptor. El cuento es necesario para vivir en cuanto a vehículo transmisor y a vehículo conector. Para mí es como un contacto directo del emisor con todos aquellos que lo reciben. El cuento contiene en sí mismo la capacidad de entrar en un lugar muy profundo de cada uno sin que el receptor se dé cuenta de que le penetra, le abre, le despierta. Con el cuento las personas no tenemos defensas porque “sólo es un cuento”, no es la realidad; precisamente por eso, porque estamos muy bajos de esas defensas y prevenciones que tenemos ante algo que nos puede penetrar y dar miedo. El cuento en principio no da miedo, sólo abre y relaja, y en esa apertura y relajación puede llegar a conectar muy profundo con espacios interiores que uno no conoce, ha pasado por alto o ha escondido. Mientras el cuento pueda entrar ahí, es necesario para vivir. ¿Para vivir qué? Para vivir la conciencia de la propia vida. No tanto la vida exterior, la que vemos, la vida lineal, la vida de las cosas que vamos haciendo a nivel de subsistencia, sino para vivir una vida más pluridisciplinar, más amplia.   

Pero el cuento, a la vez, está desprestigiado porque, como dice León Felipe, te pueden dormir con todos los cuentos. Los políticos cuentan cuentos cuando en los debates expresan fantasías, deseos de lo que podría ser, y  pueden adormecernos con cuentos. Esos cuentos servirían para vivir, y de hecho se utilizan para vivir, pero para vivir dormidos. A mí no me interesa vivir una vida dormida, me interesa vivir despierto. Como la vida es tan limitada, como mínimo quiero estar despierto, quiero despertar en algún momento para poder vivirla con toda su intensidad.

Y los cuentos me permiten entrar en un sitio en el que no tengo prevención. Cuando cuento a los adultos, que a veces vienen con sus niños y otras como adultos, me doy cuenta de que quedan sorprendidos por haberse situado en un lugar de sí mismos en el que hacía mucho tiempo que no estaban o desconocían, y se sorprenden de lo que han sentido. Porque en realidad el cuento sólo sirve para llegar ahí, para que cada uno sienta, porque cada uno lo vive desde su propia experiencia. Como cada uno se referencia a sí mismo, desde dentro lo que da noticia de sí mismo es esa pose que tiene dentro, y si el cuento despierta eso, le ayuda a vivir despierto, no a vivir dormido. 

 

Hablar de políticos me viene bien para hacerte la siguiente pregunta, que gira en torno a la profesión de contador de cuentos, algo que tú y yo hemos visto nacer. Me hace gracia que uno de los políticos más jóvenes, Alberto Garzón, en el primer párrafo de su primera intervención en el Congreso dijo la palabra “cuentacuentos”, y en otra ocasión ha insistido en el término, diciendo que Rajoy es uno de los peores cuentacuentos que hay. ¿Qué ha pasado para que esa profesión y esa palabra ocupen un lugar tan importante?

Pues que en este momento la palabra narración ha pasado a significar en primer lugar el acto de narrarnos. Existe la conciencia de que todo es narración y eso es curioso, porque se habla de narración en psicología, en historia, en los centros económicos… se dice, por ejemplo, “¿Cómo narramos un proceso de producción?” Antes narración sólo significaba el acto de contar historias a los niños, en cambio ahora es algo que tiene que ver con la conciencia de que lo que estamos haciendo en el mundo es narrarnos nuestra propia historia. La narración se utiliza constantemente en la familia, entre los amigos, en la política, en la empresa, en las ventas… todo es un proceso narrativo. Y al tener esa presencia en la vida cotidiana, los políticos han de hablar de narración. Y fíjate que narrar no es sólo hacer referencia al presente, sino a nuestra historia: a cómo contamos el pasado, y también a cómo contamos el futuro, porque tenemos capacidad de narrar incluso lo que aún no es. Tener esa conciencia de que todo es narración está bien, porque eso quita la fuerza de la realidad a algo que no es real. Lo único real es el ahora, el presente, y el presente no lo narramos, lo vivimos. Lo otro sí lo podemos narrar; por eso los políticos lo utilizan, claro.

 

Seguramente también reciben cursos de narración de cuentos. ¿Tú has dado cursos a políticos?

Ja ja. No, pero he contado cuentos en actos políticos. Y la gente se sorprende de que en la presentación de un acto político se puedan contar cuentos. He narrado, fíjate, hasta a notarios, en un acto de compraventa de una librería, en Barcelona. Varios libreros la comprábamos, y al hacer la inscripción había unos flecos en los que los abogados no se ponían de acuerdo, y el notario estaba esperando. Entonces nuestro abogado comentó que yo venía de contar cuentos y, como jugando, me sugirió contar uno y les conté el de la noche en que las letras se liberaron. Y el notario y los abogados se pusieron a escuchar y cambió el ambiente, de tal forma que al terminar el notario dijo: “¿Qué, vamos a firmar?”, y se firmó todo. He contado ante profesionales, y lo que hace el cuento es cambiar el escenario: sitúa a las personas que están en una actitud mental de una lógica cerebral, especulativa, a otro espacio en el que esa lógica no cabe, y en ese otro espacio -no tanto emocional sino más bien instintivo, de relajación- cabe el acuerdo. El cuento a veces puede conseguir relajar, de tal manera que saca la idea de un sitio y la mantiene en otro que tiene más que ver con el pacto, con la concordia, con el acuerdo.

 

Uno de los momentos más mágicos que he vivido escuchando cuentos ha sido contigo. No sé si te acordarás tú, pero hiciste algo más difícil que lo de los notarios. Fue en Guadalajara. Una de las veces que has venido, hace muchos años, te pedí que fueras a contar al colegio que estaba al lado de la Biblioteca, y fuiste a contar a un público difícil: chicos y chicas de unos trece o catorce años, que piensan que los cuentos ya no van con ellos. Y escogiste muy bien el cuento, porque tenía un poco de erotismo: era una princesa, que se iba desnudando, y pasaba el rey por allí…

¡Ah, sí!: la historia de Blanca. Que no era tu historia… 

 

Ja ja… Y sonó el timbre del recreo ¡y no se movió ni uno! Y eso sí que me pareció mágico, pero no sólo eso. El director del colegio, que era del Opus y había dicho que a ver qué tipo de cuentos se iban a contar, estaba emocionadísimo escuchando también, y viendo cómo disfrutaban sus alumnos. He leído en alguna entrevista que te han hecho que esos momentos mágicos se dan. ¿Tú te das cuenta cuando se están dando? 

Sí, me doy cuenta, y son como sagrados. Dices magia; sí, es como magia pero es sagrado. Y me doy cuenta de que no soy yo quien hace eso. En un principio me asustaba, pero como ya lo reconozco, ahora ya no me asusta. Se da en algunos casos, no siempre. Cuando no era tan consciente de que eso podía pasar tenía mucho miedo. Miedo a que fuera yo, a través de la seducción, que es una de las facultades que los contadores tenemos, quien manipulase ese momento. Es tan frágil, tan abierto, que fácilmente se puede manipular. Recuerdo que una vez en Lisboa, en un teatro con más de trescientas personas y yo solo en el escenario, pasó eso. Notaba que, al moverme en el escenario de un lado a otro, era como si la energía fuera hacia un lado y hacia otro, y me asusté muchísimo por eso que había. Luego, cuando eso se ha ido repitiendo, ya más consciente, me he dado cuenta de que no soy yo quien lo hace, que es un momento que tiene que ver con algo que no sé cómo nombrar, por eso digo sagrado, para dar valor, fuera de mí y fuera de todo lo que se puede manipular, a ese espacio. Es un espacio de conexión interior de la gente, no tanto con el cuento sino con la energía que el cuento suscita, conecta, despierta. Para mí es una energía amorosa, por ponerle algún nombre, aunque la palabra amor signifique tantas cosas. Es energía comunicativa que despierta y abre, y  cuando despierta y abre uno se sorprende, pero no está en el pensamiento, no está en los centros vitales de nuestros tres cerebros: el racional, el emocional y el instintivo. Está en un lugar que es como un ensoñamiento, ese lugar en el que el tiempo no existe. Por eso, cuando termina, el que escucha dice: “Anda, pero ¿ya es esta hora?”, y es como si despertase de ese sitio. Cuando eso sucede es mágico, sagrado. Y precisamente porque el que cuenta tiene conciencia de eso, debe ser muy cuidadoso, como si tuviese algo, una burbuja que se  puede romper en cualquier momento, y tener clara conciencia que eso no lo hace uno: se da.

 

Después de haber escuchado a muchos narradores, profesionales y no, yo creo que hay dos tipos de narradores: los que se sirven de la palabra y los que sirven a la palabra, que quizá serían esos que despiertan esa sensación sagrada que has descrito. ¿Estás de acuerdo con esa clasificación tan simplificadora? 

Sí, claro. Lo que pasa es que yo he visto cómo narradores que se sirven de la palabra se transforman en narradores que sirven a la palabra. Hay un proceso, y lo he notado en mí mismo y en mis compañeros más próximos a lo largo de todos estos años. Hay momentos en que ves que uno tiene tanta presencia y quiere utilizar tanto los mecanismos que tiene que se sirve del cuento para brillar él, para brillar con sus dotes, que pueden ser dotes maravillosas, sorprendentes. Pero cuando termina dices: “Ya, ¿y qué?”. Quedas igual. Y hay otros que igual no tienen esas dotes pero tienen la capacidad de poder dejar que la palabra nos atraviese. Por eso cuando hago los talleres y cuando hablo digo que cualquiera puede contar cuentos siempre y cuando parta de su verdad. El contador se cuenta a sí mismo cuando se cuenta con verdad. Cuando uno no se muestra él, y por lo tanto no se descubre y no muestra su verdad, el cuento puede estar muy bien, pero no conmueve a nadie. Pero cuando uno cuenta desde su verdad, mostrándose y dejándose penetrar, dejando que le afecte eso, que le traspase, puede ser tartamudo… Es igual su forma, porque la forma no importa, porque no es importante ni el cuento. Lo importante es cómo esa verdad despierta en el que escucha su propia verdad. Porque sólo es eso: el mí en todo. Eso que me cuentan está en mí, y cuando ese “mí” se despierta, el cuento me despierta a mí, y cuando me despierta, yo siento. Y fíjate que todas las personas pagamos para sentir: vamos a buscar el arte, exposiciones, música, cine, teatro, cabarets… para sentir, para tener la experiencia de sentir. Una cosa tan simple como contar, como la oralidad, como la palabra -con música, con gesto-, lo que hace es despertar, si el cuento vale, mi capacidad de sentir. Entonces el cuento está en mí; por eso es nuevo cada vez, aunque sea el mismo cuento, porque depende de cómo yo esté, de cómo esté el contador, de cómo esté lo que hay en mi ambiente. Aunque yo conozca el cuento no importa, porque saber es racional, sentir es todo el ser; es sólo el ser quien siente. La experiencia de sentir es única en ese momento.

 

Eso enlaza con una pregunta que te quería hacer. Recuerdo que a veces hemos tenido reflexiones sobre si el cuento debe dosificarse, dirigirse a un público pequeño porque la transmisión necesita ese público reducido. Y recuerdo que en los primeros maratones hablábamos sobre si un público tan numeroso puede conmoverse con la palabra tanto como uno más limitado. Antes, en la comida, decías que has experimentado la conmoción de grandes cantidades de personas. ¿Qué piensas ahora? 

Yo me siento más cómodo con un público reducido, porque sé que con mi mirada puedo abarcarlo, puedo abarcar sus ojos. El contador cuenta mirando y siendo mirado, porque la comunicación la estableces a través de los ojos. En un público pequeño, veinte o treinta personas, puedes recorrer los ojos y puedes mantener esa conexión. Por lo tanto se puede dar con más facilidad eso que pretendemos, que es la capacidad de comunicar y de ser comunicado, ser penetrado, con todo el significado de la palabra penetración, que implica apertura. Lo que pasa es que luego he estado en escenarios grandes: recuerdo recientemente dos experiencias en Gerona, la primera en la final de unas Jornadas sobre escuelas rurales unitarias, con maestros rurales, que utilizan la proximidad en sus aulas y los recursos que eso comporta. Eran trescientas personas, y en ese momento me doy cuenta de que puedo contar. Y la conmoción, la sorpresa, fue mía al ver que esa conmoción se daba desde la primera a la última fila. Y quedé muy sorprendido de cómo se podía dar eso. Yo sé que utilizo unas técnicas: mirar a la primera fila, al medio, al final, para poder hacer de todo un globo; ir mirando para tener en los extremos más extremos esa mirada. Es como construir una gran burbuja –lo que hace Pep Bou-: cuanto más pequeña, mejor la puedes mantener, pero  cuanto más grande, más fácil es que explote y es más difícil de abarcar, porque cuanto más abarcas, menos aprietas. Depende mucho de qué ambiente se ha creado antes; si las personas del público han trabajado antes, es mucho más fácil que la comunicación pueda establecerse con todo el conjunto, porque la burbuja ya está casi hecha. Yo creo que es energía. Es como si el ambiente tuviese una conectividad tan fuerte que, con poca energía más, la de la palabra, se puede llegar a todas y cada una de las personas que hay. He vivido, junto con ellos, esa conmoción de estar, ¡yo que sé!, casi cinco minutos aplaudiendo ¡por unos cuentos! Es esa energía que hay allá, y dices: “Gracias, gracias”, pero yo sé que eso no soy yo; es algo que ha pasado a través de mí cuando no lo pretendo, cuando suelto, cuando me lo he preparado mucho pero, una vez empezado, y haciendo lo que hacemos los narradores, tanteo para poder situarme, para poder hacer, y hay un momento en que se crea esa burbuja y sólo hay que mantenerla, pero ya no es el narrador, ni su palabra, quien lo hace, sino que todo eso sirve a algo que pasa a través de él. Y eso me encontré, en la segunda experiencia en Gerona, en un festival de poesía en que presentaban un libro de poesía y estuvieron dos horas recitando poemas del libro. Es pesadísimo estar dos horas escuchando poesía. Estaba la sala llena, y a mí me habían pedido que cerrara el acto, y me dije: “¿Qué hago yo aquí?”. Tenía preparado algo, pero después de dos horas, ¿cómo podía estar cuarenta minutos más contando cuentos? Entonces me lancé: subí y sólo conté tres cuentos, los tres que me salieron en ese momento de entre los que había preparado, y pasó algo: quedaron enamorados de la sesión de cierre. Pero, claro, había tanta energía poética ahí… yo, mientras los oía, pensaba: son palabras bellas. Pero entre tantas palabras bellas es como con el azúcar, quedas empalagado. Puede que, como el cuento crea otro lenguaje, otro registro distinto del de la poesía, penetrase y refrescase aquello que era tan empalagoso, no lo sé. Bueno, contestando tu pregunta: sí, el público pequeño es más fácil. Con público más grande es más complicado, pero si hay algo que lo ha calentado, es fácil llegar. Yo lo he experimentado.

 

Te quería preguntar, ligando con eso, sobre los repertorios. Yo creo que no se puede contar cualquier cuento. Tú no puedes contar cualquier cuento…

¡Qué va, qué va!…

 

A veces ves personas, por ejemplo en el Maratón, que están contando un cuento que se nota claramente que no es para ellas… ¿Cómo ves este asunto de los repertorios?

Eso es muy importante. El cuento te atrapa a ti, tú no atrapas el cuento. Puedes hacer un esfuerzo, pero… 

¿Qué cuentos cuento yo? Aquellos que “me cuentan” a mí. He descubierto que me cuento a través de los cuentos, y he decidido contar sólo aquellos a través de los cuales me muestro. Si el contador cuenta desde su verdad, el cuento le hace abrir esa verdad. Es como si fuera una llave para abrir algún rincón de sí mismo que es verdadero. Por ejemplo, hace unos días estuve en el Harlem Club, que es un sitio que a mí siempre me asusta. Me invitó Martha Escudero a contar en una sesión que se titulaba Viaje al vacío escuchando cuentos, y conté un cuento de Anna Llenas que se titula Vacío –El buit, en catalán-. Estoy en ese momento de mi vida en el que estoy descubriendo, investigando, mi propio vacío, y el cuento habla de ese vacío. Es un cuento nuevo, que estaba en la Fnac entre los más vendidos. Yo nunca había encontrado una manera de poder hablar del vacío. Hay varios cuentos que pueden enlazarse, pero empecé con ese, en el que una niña descubre su vacío e intenta llenarlo primero con varias cosas y al final decide soltar todo. Termina de una manera que no es tal como yo siento, pero es igual: hablando del vacío puedo hablar de mí mismo. Puedo adaptar cuentos nuevos hablando de un tema concreto que es el que me preocupa en el momento. Lo que hago luego es coger los otros cuentos que he ido adoptando y tienen alguna cosa que habla de eso. Todos los cuentos con los que he ido haciendo mi repertorio tienen cosas de mí así que, cogiendo el tema del vacío, puedo ir haciendo el recorrido por un montón de cuentos que me llevan al mismo sitio, que hablan de lo mismo, y hacer una sesión con todos ellos. En realidad, mi repertorio son los cuentos que me sirven para mostrarme y, como contador, me arriesgo a mostrarme porque, si no me arriesgo, no puedo conectar, sé que puedo hacer una cosa más o menos bien pero que quizá no conecte, porque no habla de mí. 

 

A mí siempre me sorprendía que contaras un cuento que era incomprensible, sobre todo para públicos pequeños y, sin embargo, no quedaba mal ni provocaba rechazo. Te hablo de El aniversario, de Martí i Pol, la historia de ese hombre que, a partir de un momento, decide ir con un sombrero. Seguramente decía algo de ti, en aquel momento…

Y sigue diciéndolo. Es un cuento que habla de mí. Lo he adoptado, y cuando me han pedido que recomiende el libro que me ha impactado, siempre es El aniversario. El hombre con un sombrero ha sido siempre una imagen mía, esa búsqueda de la propia identidad. Fíjate, ese mismo cuento, a lo largo de mi historia personal, va cogiendo distintos matices, porque como el texto -que es simple pero conecta- habla de algo esencial como es la búsqueda de uno mismo, de alguien descontento con uno mismo que busca su propia esencia, en cada momento de mi vida lo he podido contar desde el lugar en el que estaba, y ahora continúo contándolo desde el lugar en el que estoy. Habla muy profundamente de mí, y de ese vacío interno que siento y que, por más que quieran llenarlo desde fuera, no pueden porque es tuyo, está dentro de ti. Y ese cuento, cuando lo cuento a adultos, les abre alguna parte, porque todos tenemos ese impulso de sustitución del faltante, ese punto en el cual siento un vacío interno y busco cómo llenarlo. Los niños también, porque también tienen esa conciencia del vacío. No lo saben nombrar, pero también buscan con qué llenarlo, desde la teta de la madre hasta los juguetes, el abrazo, el beso… es siempre buscar algo que me llene eso que siento, que no sé lo que es y no sé con qué lo puedo llenar. Y eso los pequeños también lo sienten, y pueden reconocerlo escuchando una historia de mayores.

 

Sin embargo hay algo que no cuentas explícitamente, creo. Algo que ha salido mientras comíamos y en otras entrevistas que te han hecho: el miedo. ¿Tú cuentas cuentos en los que se hable explícitamente del miedo?

Sí, hablo del miedo. Para mí el Maurice Sendak de Donde viven los monstruos es el cuento del miedo a que no me quieran por el hecho de ser "malo". Es que el inicio del miedo es el miedo a estar inadaptado. Por ejemplo, en Casi, de Peter H. Reynolds, es el miedo a que se rían de mí, a estar inadecuado Mi miedo más profundo es el de no satisfacer las expectativas que los demás tienen de mí pero, en el fondo, es no satisfacer las que tengo de mí mismo. El miedo está en mí desde la aceptación del mí mismo y luego, a lo largo de mi vida, lo he ido proyectando fuera: el miedo a los demás. En el fondo es un miedo a no ser querido, esa necesidad de que me llenen esa cosa, el vacio, a través del amor de los demás hasta que, en este momento, estoy transitando al amor a mí mismo porque los demás no me lo van a dar, no me van a cubrir eso, no pueden: cada uno tiene su historia y no pueden sustituirme ese faltante, esa cosa que siento que me falta y que, en el fondo, nadie me va a cubrir. La única forma de llenar ese vacío es aceptando que está vacío, no buscando fuera sino aceptando en mí que eso es así. La aceptación es lo que llena eso. Así que ya ves: cuentos que hablan de ese miedo cuento muchos.

 

Pero no directamente. Tú no eres un contador que haga un uso utilitario del cuento. Porque a veces hay la tendencia de usar los cuentos para reforzar posturas de los niños, pero lo que tú haces es algo más indirecto, más sutil… 

Sí, no se describe tanto el miedo, no es decir: “Cuenta cuentos que me den miedo”. Pero sí, cuento un cuento de miedo a los niños muy pequeños, que es el miedo a la oscuridad. Es ¿No duermes, Osito?, de Kókinos, que cuenta cómo Osito tiene miedo y no lo puede llenar con nada hasta que Oso Grande lo lleva a la oscuridad para verla de cara y le cuenta que, gracias a la oscuridad, podemos ver las estrellas. Es curioso eso, nos fijamos en las estrellas pero no nos fijamos en la oscuridad, y lo que sostiene las estrellas es la oscuridad. Y Osito ve también la luna, preciosa, pero ya no puede ver nada más porque se ha dormido en brazos de Oso Grande, y es que, en el fondo, lo que necesita es ese abandonarse en el abrazo concreto. Ese cuento, fíjate, lo cuento a los niños, pero también en lugares de empresarios, porque los empresarios tienen miedo, el miedo al riesgo, y contra el miedo, que es ancestral, la única forma de actuar no es anularlo, negarlo, ponerse a actuar, sino mirarlo, estar en el miedo. Sólo atravesando desde el miedo mismo, sólo dejándose penetrar por él, el miedo se vive y, viviéndolo, se difumina. Sí: cuento cuentos de miedo, desde esa actitud, no de huir del miedo sino de mirarlo, aceptarlo en mi.

 

Me quedan tantas cosas para preguntarte… pero no podemos hacer esto eterno. Me gustaría saber qué huella han dejado en ti los amigos, y concretamente dos: Miquel Obiols y Asun Balzola.

Mmmm… Empiezo por Asun. Para mí ha sido un amor, una ayuda sabia, y la tengo presente constantemente. Cuento muchas veces los libros de Munia como homenaje a ella y como homenaje a mí. Con ella he aprendido mucho, y en mi baño tengo un original, de esos “originales” que hacía Asun, que fotocopiaba un dibujo y luego le ponía acuarela y lo firmaba,  y lo tengo siempre presente porque es una manera de tenerla presente a ella. Cuando ella vivía, venir a Madrid era ir a su casa, no podía venir sin visitarla. La he querido mucho y me ha ayudado mucho. Cuando he tenido un nuevo amor - siempre he sido muy enamoradizo-, se lo he presentado a Asun. Ella ilustró todas las portadas de Notícia de llibres y algún día tendremos que hacer una exposición de todas porque son preciosas. Una de ellas es una sirena con un libro. En un aniversario, no recuerdo si en el 93 o 94, me regaló una nueva sirena, con una dedicatoria en la que se refería a lo mucho que siempre me han gustado las mujeres –le acababa de presentar a mi nueva pareja-. El último homenaje que he intentado hacerle ha sido reeditar Historia de un erizo, un cuento en el que, como en todos los suyos, estaba un poco ella. 

Miquel Obiols ha sido para mí El Planeta Imaginario, aquel programa de televisión en el que trabajé con él, que fue el descubrimiento de otro mundo al que yo no era capaz de llegar. Para mí, el Planeta fue entrar en otro universo, y él me dio la mano para entrar ahí haciendo de todo: yo iba con la maleta, y en realidad ese es el personaje que luego he ido adaptando como trajinante de cuentos. Miquel ha sido un amigo que ahora está en su mundo, ese que yo no conocía y en el que no era capaz de entrar como él. Le he admirado siempre por su capacidad de surrealismo, esa cosa de Magritte…

 

Es que fue una época estupenda de la televisión para niños, primero con El Planeta Imaginario y luego con La Bola de Cristal, dos programas muy distintos pero, los dos, muy abridores…

Sí. Fíjate que aún encuentro gente, que ahora tiene alrededor de cuarenta, que me recuerda de El Planeta Imaginario. En las maletas llevo unas pegatinas del programa y cuando las ven dicen: “¡Anda!, ¿tú estabas en El Planeta Imaginario? Yo lo veía y me gustaba mucho…“ Y cuando regalo alguna de esas pegatinas la reciben como un pequeño tesoro.

 

Yo te he visto contar sin objetos, y sin libros…

¿Ah, sí?

 

Si, bueno: por lo menos aquella historia de Blanca lo contaste “a pelo”…

Sí, tengo algunos “a pelo”. Pero, ¿por qué no suelo contar sin nada? Porque me he acostumbrado a apoyarme. Me he dado cuenta de que los objetos y cajas que tengo en las maletas me conectan con una parte de mí que no es la que se ve. Casi me sirven como talismanes para conectar con esa fuerza interna desde la que cuento. Son objetos, memorias, recuerdos… cosas que a veces no utilizo pero están ahí, y con su sola presencia es como si enchufase a una corriente a partir de la cual me es más fácil entrar en esa conexión interna. Utilizo álbumes -aunque en un teatro con trescientas personas no hay capacidad de ver la ilustración-, seguramente porque soy librero y lo utilizaba para vender el objeto libro. Contar era una manera de ejercer mi profesión, por eso nunca me he considerado un contador de cuentos, me escondía detrás de esa pose. Pero el álbum aún me sirve como conexión.  Los demás objetos, incluso cuando cuento en lugares como el Harlem, cuando abro la maleta y los despliego, hacen como un escenario con lo concreto de los colores, las formas, las sugerencias, las metáforas que tiene cada uno. Uso instrumentos musicales que sólo son de percusión porque no sé música: el oceadrum y el sonido del mar, el del trueno, la Calimba… Los objetos que he ido encontrando en varias partes del mundo me sitúan en un punto desde el que conecto, cuento y me muestro. Y al público le conectan algo porque, después de contar, todo el mundo viene a tocar. Utilizo pañuelos de muchas clases y colores… antes de contar monto en muy pocos minutos el escenario, y hay una transformación. Es como preparar la escenografía, la liturgia, en vez de dejar el escenario sin nada, sólo con la palabra. Me he dado cuenta de que hay una liturgia en mis actuaciones. En los talleres utilizo mucho esas maletas, y hay un momento en el que les digo a los asistentes, después de contar y utilizar algunos, que escojan un objeto, dos como máximo -con un golpe de corazón, con el deseo de tenerlo-, y que se lo queden. Y luego lo trabajamos, para que hagan algo desde el lugar que les ha llevado a escoger ese objeto, que transformen en palabras la sensación. Y es maravilloso ver cómo, muy rápidamente, cada uno puede encontrar su punto desde donde contar: un recuerdo, una fantasía, un roce… un montón de cosas que permiten situarse en el momento actual pero hablando desde sí mismo, porque a mí me interesa que cada uno conecte en el sí mismo. Por eso cuento con objetos, pero también, en algunos momentos, sin nada. Pocos cuentos, y cuando cuento así tengo más miedo, porque parece que no es suficiente.

 

¿Qué parentesco tienen la narración oral y la lectura en alto, algo que tú, como librero, has utilizado mucho y promocionas mucho?

Son dos lenguajes distintos. He hecho muchas cosas con la lectura en voz alta, la he trabajado mucho, y en algunos momentos, en mis actuaciones, utilizo las dos cosas. La lectura en voz alta, la lectura en general, tiene que ver con una  mirada hacia dentro de uno mismo. El lector en voz alta no puede mirar a la gente porque está mirando el texto. Puede levantar a veces la mirada si está bien entrenado, pero ha de volver al texto para serle fiel. Es oralidad sólo como sonido del texto. El narrador cuenta un texto utilizando sus propias palabras. Son dos cosas distintas, pero contar ayuda a la lectura: las bibliotecas y las escuelas utilizan la narración para conectar con la lectura. Para mí, el hecho de contar un cuento y mostrar que sale de un libro es dar pistas al receptor de que esa sensación que ha experimentado en el momento de escuchar puede recuperarla si él mismo encuentra ese texto en el libro que se muestra. Por eso hemos utilizado muchas veces las campañas de lectura en voz alta desde la librería, con actores que van a leer en voz alta a las escuelas, al que les hacemos una biografía lectora ficticia. Llevan un macuto con quince libros, por ejemplo, y explican, leyendo trozos, cuál ha sido su experiencia lectora a través de esos libros, que luego dejan allí. Los chavales –siempre es a partir de once o doce años hasta la ESO y el BUP- luego van a buscar esos libros porque han experimentado algo a través de la voz educada de un lector en voz alta. Es importante que la voz del que lee esté educada, porque interviene mucho el timbre y la textura, porque hay voces que te entran más. Yo he estado en espectáculos de lectura: cuando en 2005, se hizo en Barcelona el Año del libro y la lectura, fui a un espectáculo de Vargas Llosa, que estaba en el escenario con alguien más durante hora y media, leyendo maravillosamente bien, y te puedes quedar ahí, extasiado, con esa voz que te va penetrando y va encontrando tu propia voz. La experiencia que he tenido al leer en voz alta, y con la lectura en voz alta, es ver cómo la voz del lector sintoniza, hace vibrar tu propia voz lectora, que es interna. Es esa frecuencia de voz educada la que te ayuda a descubrir tu propia voz. El problema del lector, muchas veces, es que no encuentra su voz. Como es una voz interna, y en muchos casos plana porque no ha experimentado, la lectura no le aporta significado. Pero ese mismo texto, leído por una voz educada, le hace conectar y despertar, es como si entrase en resonancia con la propia voz lectora, que entonces adquiere timbres distintos, colores, paisajes… 

 

Hay dos cosas interesantes de tu biografía como librero. En algunas entrevistas has contado que, al principio, eras un librero progre que pensabas que, con los libros, se podía cambiar el mundo. Y otra idea que también te he oído, como provocación al empezar alguna charla, es que te habías hecho rico vendiendo libros.

Sí, pero luego aclaro que mi riqueza tiene que ver con sentirme rico, no con serlo. Es verdad: siempre en mi profesión me he sentido rico. Siempre he cobrado. Menos que mis parejas, que siempre ganaban más que yo, pero tenía suficiente. Cuando me reunía con mis compañeros ingenieros, mi sueldo no tenía nada que ver con los suyos, pero siempre ha sido suficiente, nunca he sentido que me faltara, por tanto he sido rico. He tenido lo necesario y un poquito mas, y siempre he estado muy agradecido. Donde sí he dicho que me hacía rico es en ese cuento de las letras en el que nos hicimos ricos al vender las letras y montamos otra librería. Pero eso sí es un cuento.

 

A mí me encantaba oírte decir: “Soy librero y me he hecho rico vendiendo libros”

Igual era provocación, pero en realidad mi sueldo ha sido más que suficiente. Y al final, mira si soy rico, la librería se ha tragado todo lo que tenía. Pero he visto que puedo vivir sin ello. Igual es la vanidad de ser mecenas pero, ¿qué hace el dinero en el banco? En este momento no me importa haberlo perdido. No siempre ha sido así: antes me daba bastante rabia.

 

¿Y lo de cambiar el mundo con los libros? 

Yo siempre decía que quería cambiar el mundo con los libros y los libros me han cambiado a mí. Han cambiado mi mundo, así que a lo mejor sí han cambiado el mundo. 

Yo no he sido un buen lector, no soy un buen lector, he sido más bien de picoteo. Silvia, mi mujer, sí era una lectora apasionada, impulsiva, a veces para huir de su realidad, porque la lectura significa a veces una evasión de la propia realidad. En sus últimos años ella me decía: “¿Para qué tengo que leer historias de otros, si mi vida es apasionante y leyendo no vivo mi vida?” Si las historias no están escritas de manera que puedan darme resonancia de mi propia vida, lo único que hace la lectura es entretenerme. En este momento de mi vida ya no soy tan apóstol de la lectura, será muy útil para unos y para otros no, todo es muy relativo. En la librería me di cuenta de que la gente llega a la cultura desde muchos lugares y yo no soy quién para opinar. Lo que pasa es que pensaba que, dedicándome a esa profesión, podía despertar esa casi "apostólica" acción de culturizar a “aquellos que no saben lo que se pierden”. 

 

Bueno, a mí leer me sigue dando mucho placer. Y compartir el placer está bien.

Vale. Pero otras cosas también dan placer, por ejemplo una película, y antes me daba complejo de culpa ver una película si no leía. Mi hijo Alex es un gran lector, ha aterrizado en el género fantástico y se lo pasa bomba, pero hay otros libros que para mí son esenciales y le he regalado, y nunca los ha abierto; sin embargo está apasionado por libros de más de mil páginas, como el último que ha comprado. Pero también pasa mucho tiempo viendo películas, y a través de las películas veo que ha llegado al conocimiento de un montón de cosas; es otro lenguaje que igual le hace llegar la cultura de una forma distinta de la que a mí me han llegado. Así que ahora relativizo mucho, ya no soy tan apóstol. Pero sí, cuando abrimos la librería –años 69, 70, 71…- estaba prohibido todo, y poder traer libros de Losada, Ruedo Ibérico, libros editados en Sudamérica que aquí no estaban, era una manera de traer una mirada distinta de la que había aquí. Sí, queríamos cambiar esa forma gris de la dictadura y sí, para mí la librería servía para cambiar el mundo. ¿Se ha cambiado a través de la lectura? No pero sí. El cambio, me doy cuenta, es más bien personal, no tanto social. Como librero me he relacionado con los gremios, con la cámara del libro, con los editores… y me doy cuenta de que éramos unos idealistas, porque en el mundo del libro hay una parte material, de empresa, de comercio… que yo miraba mal, pensando: “Mira los capitalistas, mira lo que hacen…” Pero claro, también tienen que existir para que exista la lectura que cambia el mundo. En lo que en todo caso he cambiado es en la dimensión apostólica que tenía por mi formación católica, apostólica y romana, esa cosa de que las mentalidades cambian a través del ejemplo, algo que es también propio de los comunistas: pensar que a partir de las ideas se pueden cambiar las cosas. Ahora me doy cuenta de que es más complicado, que no es sólo eso, aunque puede haber una parte de eso, y que cambiar lo hace cada uno a su ritmo, a su manera, es un proceso que debo respetar, y que no soy quien para cambiar a nadie.

 

Te hago la última pregunta, que creo ya está contestada en las anteriores pero por hacértela directamente. Me sigue sorprendiendo mucho el poder que tiene la ficción. Por ejemplo, en los clubes de lectura los lectores a veces se enfadan si el libro deriva por unos derroteros inesperados. Recuerdo que, al leer Expiación, de Ian McEwan, que tienes que reinterpretar a partir de las últimas páginas, la gente no lo aceptaba. Si estás leyendo un libro y, al terminar, ves que le faltan las últimas páginas, no te vale inventar tú otro final, necesitas conocer el que estaba escrito. Es lo que Vargas Llosa llama la verdad de las mentiras. ¿Por qué tiene ese poder la ficción?    

Esto conecta con el principio de nuestra conversación, cuando hablábamos de cómo los cuentos pueden adormecer y de la comodidad de dejarse llevar. Yo estoy en la historia que me están contando y, si no me la terminan o me la cambian, me molesta despertarme a la realidad porque dormido estoy bien. Los cuentos pueden adormecer. Los cuentos que cuentan los políticos nos encantan, los políticos los cuentan por eso. Fíjate que casi todos los nuevos políticos son guapos, así podemos imaginar que, como son guapos, lo harán bien, pero todo es una ficción. Despertar a la realidad me molesta porque tomo conciencia de lo que es, no de lo que no es. El despertar tiene dos vertientes: es molesto y, a la vez, agradable. Estar dormido es más agradable, pero no vives. La mentira agradable es como una música que te va acunando, y cuando estás acunado estás bien. El bebé, al despertar, se molesta porque entra en el mundo de la realidad, que a lo mejor no le es agradable en ese momento. Pero claro, para mí lo más importante es esa ampliación de la conciencia que se da en el despertar. ¿Para qué estamos aquí si no para ampliar la conciencia?

 

¿Pero no sirven los relatos para ampliar la conciencia?

Sí, en el momento en que te conectan. Como te decía al principio, los relatos pueden ayudar a despertar la conciencia siempre y cuando lo hagan desde la verdad. Hablas de la verdad de la ficción, y creo que la ficción tiene una verdad cuando conecta con tu verdad. La verdad de la ficción es aquella que despierta tu propia verdad. La ficción es como un hilo conductor; unas conectan, otras lo que hacen es adormecerte. Ya está: no tengo más que decir.

Pues sí, ya está. La entrevista ha terminado: misión cumplida. 

 

A esas alturas anochece en Madrid. Para prolongar un rato más nuestro encuentro, Pep me acompaña a la estación de cercanías, atravesando una zona de Madrid –Cibeles y alrededores- siempre preciosa a esa hora. Hablamos de cosas intrascendentes y decimos que seguiremos en contacto, pero quién sabe cuándo será la próxima vez. A la entrada del tren nos damos un largo y cálido abrazo y, mientras bajo las escaleras camino del tren, él se aleja hacia el metro con sus dos sombreros: el que calienta su cabeza en esa noche fría y el que decidió no quitarse nunca más en algún lejano aniversario.

 

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