Fran Pintadera entrevista a Félix Albo

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El entrevistador quería música y el entrevistado nos hace esta sugerencia,

 

Hace poco más de 10 años que escuché cuentos sobre un escenario por primera vez. Era en el Festival Etnosur, donde había caído siguiendo el ritmo de las músicas del mundo. De pronto vi a un grupo de gente alrededor de un pequeño escenario y decidí quedarme a comprobar qué ocurría. Un hombre grande y de prominente barba negra contaba historias de una manera que jamás había escuchado. No sé si fue fruto del calor de Jaén, de llevar varios días de festival durmiendo poco y de cualquier manera o de qué extraño motivo, pero hubiera jurado que las historias se me metieron adentro y se tambalearon de un lugar a otro de mi cuerpo. Sin duda, algo sucedió, porque unos años después era yo el que se subía a un escenario y hacía de la palabra una manera de estar en el mundo. El día en que tomé la decisión escribí un correo dirigido al señor grande y de barba negra para compartir la euforia inicial. «Muchas gracias por escribirme, por contar, por animarte», me contestó. Varios años después seguimos contando y sin dejar desfallecer los ánimos. Con la euforia ya en calma tras el paso del tiempo, pero con la alegría intacta, me encuentro con el señor grande y, ahora, de barba perfilada: Félix Albo.

 

Fran Pintadera: Félix, han pasado más de 10 años desde aquel festival y más del doble desde que contaste cuentos por primera vez. ¿Qué te lleva ser fiel durante tantos años a este oficio?

Félix Albo: Yo creo que es porque me siento muy afortunado. Para mí es un regalo tener este oficio. A lo largo de mi vida he pasado por muchos otros, como hemos hecho todos, pero este ha sido el que más que aporta, el que más me mueve, el que más me conmueve, el que más me enriquece y el que más me exige. Me exige un ritmo constante… creo que es de las pocas cosas constantes que tengo en mi vida. Estoy entregado a él porque me gusta, y porque disfruto mucho a lo largo de todo el proceso. Desde la creación de las historias, al contacto con el público o los programadores, del mundo de las bibliotecas…

 

Cuando arrancaste con esto lo hiciste con el Grupo Albo, junto a Gusi y Pablo. ¿Qué queda de aquello cuando echas la vista atrás?

Ahora me veo más frecuentemente con Gusi, que era el tercer Albo, y siempre lo recordamos con mucha ilusión porque fue un juego, una fiesta, como todo lo que hacíamos en esa época. Aprendimos un montón y cuando vimos la posibilidad de vivir de esto nos lanzamos Pablo y yo. Hace nada, cuando cumplimos 20 años, nos juntamos los tres en el lugar donde contamos por primera vez y fue muy entrañable. Yo estoy feliz de haber participado de eso, fue algo que cambió mi vida profesional.

 

Y en todo este tiempo, ¿en ti también ha cambiado algo?

Me he quitado mucho lastre, mucho miedo, aunque siempre haya un respeto o una devoción. El ritmo exigente del oficio te pide nuevos retos, no acomodarte.

 

Y a nivel de espacios, salas, bibliotecas… ¿Has observado cambios?

Ahora por ejemplo estoy con los mellados (1) en teatro y no tiene nada que ver el llegar y tener a dos personas dispuestas para ti para ver qué necesitas previo al espectáculo, a llegar a sitios donde tienes que mover sillas o mover cajas de cerveza o tablones… Creo que de eso seguirá habiendo porque es responsabilidad nuestra seguir abriendo espacios. Nuestro trabajo parece que es un poco así, y aprendes de todo. Cuando toca un sitio cómodo como teatros o bibliotecas que cuidan los detalles y al público, donde puedas contar y centrarte en lo que quieres transmitir, sale una sesión de estas únicas que la recordarás por lo bonito y lo intenso. Y cuando sale un desastre que estás manteniendo el texto mientras peleas con un ruido, con esto y con aquello, también la recuerdas, porque es una generación de respuestas, de estímulos y un cambio continuo de perspectiva de la historia. En cuanto a espacios el cuento para adultos parece que suena más, ya la gente hace menos la gracia de decir si los cuentos para adultos son porno. Sigue siendo un arte de un público menor, pero hemos avanzado.

 

La narración hace veinte años necesitaba de determinadas cuestiones para sentirse cómoda. ¿Ha cambiado la situación? ¿Qué necesita la narración hoy?

Seguimos siendo un arte nuevo, seguimos teniendo que ofrecer calidad y dándole forma a nuestro oficio. No creo que podamos estar relajados por la red de festivales y espacios que poco a poco se ha tejido. Hay cierta estabilidad que antes no había pero tenemos que seguir peleando por hacernos un espacio más grande y de calidad, sin perder la cercanía, ni la frescura. 

 

En una entrevista que Laura Escuela le hizo a Montserrat del Amo ésta decía que  «Veía mucha narración tirando al espectáculo cuando realmente es mirar a cada una de las personas a quienes se cuenta». Ahora que trabajas en teatro y espacios donde la cuarta pared está presente y donde el contacto con el público puede resultar más complejo, ¿cómo ves la comunión de narración y teatro?

El teatro lo que puede hacer es exponenciar el valor de la narración. El hecho de tener un escenario a una altura óptima, butacas cómodas para escuchar durante un buen rato, diseñar luces a tu antojo...  ayuda a lograrlo. La cuarta pared se da sobre todo, de una manera visual y natural. Cuando hay 500 personas, aunque estés en una biblioteca no llegas a conectar con todas. Tienes las mismas posibilidades de conectar con ellas que en un teatro, el número de personas es una frontera natural con esa cercanía. A parte del contacto visual hay un contacto que es el que da la palabra. Hay gente que al escuchar una historia y notar que le llega, se siente cercana al narrador aunque no lo haya mirado en todo el espectáculo. En el teatro intento poner al servicio de la historia todos los elementos que pueden favorecerla. En cuanto a la escenografía llevo cosas muy pequeñas y muy cuidadas. No vale todo. Cualquier elemento visual puede romper el ritmo y el imaginario de los espectadores. Otras artes o recursos como la música o la magia junto con la narración pueden dar muy buenos resultados. Todo se puede mezclar siempre que se ponga al servicio de lo que para mí es esencial, que es la palabra.

 

Siguiendo con esto que apuntas, ¿qué necesita un espectáculo para considerarse un espectáculo de narración?

Básicamente que lo principal en el escenario sea la palabra. Llega un momento que es lo único que la gente ve. En el teatro todo ocurre fuera del espectador, y el espectador reacciona frente a lo que está viendo. Pero en la narración no está viendo nada. El espectador reacciona frente a lo que él mismo genera dentro de sí. Quizá por eso la sensación que se le queda al espectador es de un impacto o de una cercanía mayor.

 

Hablabas sobre espectáculos que no maridan bien con otras artes, no porque sea una mala combinación sino porque no aciertan en las medidas o, en definitiva, no está bien realizado. Independientemente de si están combinados o no con otras artes, ¿cuál podría ser el criterio para saber dónde hay un buen contador de historias?

Creo que hay tantos criterios como contadores con estilo propio. Hay gente que funciona, y que hace cosas que tú nunca harías, por una cuestión de habilidad, de criterio o de ética, incluso, y ves que funciona. Y hay otras cosas que crees que funcionan y, sin embargo, no. No hay un método universal y eso nos salva. Es algo muy personal y muchas veces depende del camino que uno tome en un momento concreto. A veces te ponen a contar en unas condiciones en las que lo que tenías pensado no sirve absolutamente de nada y tienes que tirar con otros recursos y medios y de pronto se va forjando un estilo. La base siempre tienen que ser buenas historias y las historias, para que sean buenas, tienen que tener un alto grado de coherencia con la persona que las cuenta. El narrador tiene que ser el primero en creer lo que está diciendo.

 

Esto tiene que ver con la voz del narrador, la voz propia. En 21 años de oficio hay más tiempo para encontrar esa voz y para definirse, ¿cuál ha sido el camino para encontrar tu voz?, ¿o aún la estás buscando?

Nunca se deja de buscar y cada uno debe buscar su voz al margen de si es narrador o fontanero. Creo que forma parte del desarrollo de la propia persona. Como narrador sigo buscando y que me queden muchos años y ojalá muera en el camino de la búsqueda. Es un viaje en el que, sobre todo, escucho. Para mí es fundamental escuchar y mirar de una manera permeable. Es una actitud que va haciendo poso. Esa permeabilidad en la vida va afectando tanto a la selección de historias como al momento y manera de contarla. Ahí, poco a poco, surge la voz propia.

 

Sobre el escenario, cuando la voz está presente, a veces nos convertimos un poco en superhéroes. Siendo así, si Superman se escondía tras la apariencia inocua de Clark Kent y Batman tras Bruce Wayne, ¿quién se esconde tras Félix Albo?

Puff. La intensidad que tengo en el escenario sería inviable mantenerla en la vida. Tienes una concentración absoluta para escuchar, para centrarte en el texto, para estar pendiente de todo el público… tienes todos los sensores abiertos y con ese sensorío no puedes ir por la vida. Fuera del escenario soy una persona de lo más normal y corriente, por suerte. 

Me gustan muchos los viajes de vuelta. Cuando he terminado un espectáculo que ha salido muy bien y la gente te espera para saludarte, se hace fotos contigo, te cuentan sobre sus recuerdos, te hablan con el alma abierta, te agradece… es cierto que la noche es más bonita, pero en el transcurso del viaje te vas deshinchando y vas haciendo kilómetros y conectando con lo que de verdad eres. Es como un chute, un placer total, y luego vuelves a la vida que sigue siendo otro placer.

 

Hay una canción de Quique González que dice «Duermo en doble fila, vivo a todo trapo. Esta es la vida que yo quería para mí, pero no es la vida que tú querías para mí». No sé dónde duermes, pero sí que tienes una llena de carretera. Entre todos los placeres de los que hablábamos, ¿dirías que es esta la vida que querías para ti?

Nunca he querido una vida para mí. No he diseñado una vida. Siempre he sido una persona muy abierta a ver qué ocurre. Viajar siempre me ha gustado, conducir me apasiona. Hago muchos kilómetros, sí que es verdad. En este trabajo hay remansos, en verano por ejemplo suelo coger menos trabajo para pasar más tiempo con la familia y hay veces que echo de menos estar tres o cuatro horas sin parar viendo el paisaje pasar. Mis historias se van calando de esa fugacidad del paisaje: del paso de las estaciones, las heladas, los días de lluvia, las noches cerradas, los adelantamientos torpes, los accidentes, incluso. Creo que todo eso va calando y forma parte de mi oficio. La cabina del coche es uno de los espacios donde más tiempo paso creando. No le pongo ninguna pega. 

 

Hay mucha gente que nos estará viendo en sus casas… o algo parecido. Con qué palabras te gustaría despedirte de los narradores y amigos varios que lean esta entrevista.

Bueno… aprendí en el geriátrico que todo el mundo tiene algo que contar y que toda vida de cada persona debería ser escuchada. Creo que es algo necesario: escuchar y contar, escuchar y contar. A veces a los narradores, nos preocupa tanto contar que nos olvidamos de escuchar y es lo que hemos estado haciendo antes de dedicarnos a esto. Todo lo que tenemos, mucho o poco, se lo debemos a lo que hemos escuchado. Así que, a unos y otros, que sigamos escuchando y abandonándonos a las historias y que disfrutemos de ello.

 

Muchas gracias, Félix, por todo. Y a ti, lector, si todavía quedan canciones en la banda sonora, puedes terminar de saborear la entrevista cerrando los ojos... escuchando y disfrutando, que para eso hemos venido.

 

Fran Pintadera

 

(1) Hace referencia al espectáculo El pueblo de los mellados.


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