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Charo Pita entrevista a Paula Carballeira

PaulaCarballeira

Más que una entrevista, esto es una conversación al calor de un par de tés, entre muchas complicidades y risas. Hace tiempo, mucho tiempo que nos conocemos y Paula Carballeira, nacida en Fene, mujer polifacética, actriz, escritora, directora de teatro y narradora, es una de esas personas que me fascina por su clarividencia, su buen hacer, su imaginación, su personalidad inclasificable y honesta y por esa intensa mirada azul que sobrevuela cada palabra que dice.

 

Charo : Esto de contar historias, ¿dónde tiene para ti sus orígenes?

Paula: Pues no lo sé. Supongo que de algún modo, el hecho de contar historias viene de querer hacer el mundo a tu manera, de una especie de necesidad de crear la realidad y de darla a conocer a los demás. Desde muy pequeña siempre me gustaron mucho los libros y la lectura, siempre estuve relacionada con el teatro, y, claro, una cosa lleva a la otra, parecen mundos distintos, pero al final todos tienen que ver con la ficción. Si lo que te gusta es leer y comunicar, la forma más directa de hacer tuya la realidad es construyendo una historia. Y viniendo de donde vengo, me refiero a la familia y al ámbito social en el que me muevo –pienso, por ejemplo, en mi madre, que habla mucho, pero no cuenta cuentos, o en mi padre, que habla poco, pero cuenta mucho, sin que lo que cuente sean realmente historias–, me parece una consecuencia lógica. Además, en mi caso resultó fundamental el hecho de comenzar trabajando con niños. Fuera de mis hermanos, hasta entonces nunca había tenido una relación directa con niños y nunca me había parado a pensar si me gustaban o no. Cuando los tuve delante, lo primero que me llamó la atención fue esa actitud tan abierta que normalmente muestran: de buenas a primeras van a escuchar lo que digas. Después ya se verá. Y mira tú por dónde, en ese primer momento de encuentro, no se me pasó por la cabeza otra cosa más que contarles una historia. Más allá de los cuentos, no tenía nada importante que decirles. Pienso que ahí estuvo el desencadenante.

 

¿Te acuerdas de la primera vez que contaste un cuento?

No recuerdo la primera vez que conté un cuento, lo siento, Charo, salvo los que les podía contar a mis hermanos en casa, sobre todo a mi hermana antes de dormir. Pero lo que les contaba eran cosas que estaba leyendo en ese momento. Por aquel entonces yo era muy artúrica así que ya puedes imaginar de qué iban los cuentos. De manera profesional, tal vez la primera vez fue en la biblioteca Nova 33 de Santiago, no sé, aunque también tengo conciencia de preparar una historia para hacerla pública cuando estaba en la Universidad, durante un encuentro de la organización internacional de teatro infantil y juvenil en el año noventa y pico. Durante un tiempo feché ahí mi primera vez en contar un cuento delante de un público, pero Xabier Docampo, que estaba ese día, dice que no, que ya lo contaba antes, y él tiene mejor memoria que yo.

 

¿Cuánto tiempo llevas contando?

No creo que llegue a veinticinco años. Sé que más de veinte y menos de veinticinco, lo que no está nada mal.

 

¿Qué fuiste primero, actriz, narradora o escritora?

Resulta difícil separar las cosas. A ver, primero de todo fui lectora, y de modo simultáneo empecé con el teatro en las escuelas municipales, luego en la Universidad y, por último, en el ámbito profesional. Los premios literarios y las publicaciones fueron las primeras cosas que se hicieron públicas, lo primero que se conoció de mí. Y lo de narradora llegó después, de una manera consciente. Verás, yo pensaba: “lo que quiero ser es escritora, ¡uy!, pero eso no da para vivir, tengo que buscar otra cosa”. Y empecé a estudiar Filología. Pero lo de profesora no me convencía. “¡Actriz””, pensé entonces. Pero tampoco resultó definitivo. Y así, de manera consciente, apareció la posibilidad de ser narradora.

 

¿Qué semejanzas y qué diferencias hay entre la Paula Narradora y la Paula Actriz?

La semejanza principal entre estas facetas está en que soy yo la fuente de la que salen, ambas parten de mí y, lógicamente, siempre queda algo de mí en ellas. Cada uno tiene su método de interpretación. Para mí, interpretar significa sacar hacia fuera, mostrar esa parte que da forma al personaje, sólo esa. Sin embargo, para narrar no necesito mostrar nada, sino más bien al contrario, tengo que despojarme de algo. Al público no le interesan toda mi vida, todas mis experiencias, yo soy la transmisora de una historia en tanto que cuerpo, en tanto que voz, en tanto que gesto, con mis referencias personales. Soy yo, sí, pero hay partes que no están ahí porque no aportan nada a la historia. Visto así, a grandes rasgos, la diferencia está en que, como narradora, me despojo de lo que no preciso y, como actriz, busco algo en mi interior, lo amplío y lo muestro. Pero curiosamente, me siento más yo narrando que como actriz.

 

¿…Y entre la Paula Narradora y la Paula Escritora?

Aquí la distancia es más grande. Como narradora, tengo un contacto directo con el público, existe en contar un riesgo que me gusta. Escribiendo, sin embargo, me encuentro escondida detrás de las palabras. La distancia con quien recibe la historia es enorme. Escribir, en mi caso, es jugar y crear en soledad, esperando, desde luego, que alguien lo lea, pero sin tener la certeza de a quién y de qué manera va a llegar. Esto en lo relativo a las diferencias porque, a pesar de las apariencias, también existen puntos de encuentro entre la narración oral y la escritura. Estructuralmente, las características entre lo literario y la oralidad son claramente diferentes, claro, pero hay semejanzas en los temas que me gustan, en el tipo de historias que trato o en la manera de abordarlas.

 

Háblanos sobre tu estilo a la hora de contar historias, tus temas…

Supongo que mis temas son los de todo el mundo, los llamados grandes temas: la vida, la muerte… Pero como yo no provengo directamente de la tradición oral, tengo que buscar casi siempre en los libros. Lo que fui aprendiendo con los años es a recoger las historias de la gente. Aprendí a incorporarlas. Me parecen una fuente inagotable y, además, tienen la ventaja de que los libros necesitas ir a buscarlos, pero las historias de la gente vienen a ti. Por otro lado aquí en Galicia tenemos una conciencia entre realidad y ficción muy difuminada. Ese es un tema que también me interesa, cómo la ficción explica la realidad, y cómo jugamos con ella; cómo los cuentos son una manera de alejarnos de la realidad para explicárnosla. Pasa lo mismo en la literatura. Y luego está la intriga. También me interesa mucho porque para mí la vida es misterio y el gran misterio de la vida es la muerte. Además, en Galicia la muerte siempre estuvo omnipresente, no en un sentido trágico, sino como parte de la cotidianeidad. Y me encantan las pequeñas intrigas, eses pequeños misterios, no tanto policíacos, sino fantásticos, pero con un pie en la realidad…

 

¿Y el tema del miedo? Porque el miedo es también uno de tus temas, ¿verdad?

Yo soy una persona que tiene mucho miedo. Desde pequeña siempre lo tuve. Siempre le digo a los niños que a la hora de dormir las personas se dividen en tres tipos: los que se duermen enseguida sin ningún tipo de preocupación; las personas que se tapan completamente pues creen que el miedo queda fuera y así están protegidas, personas que de algún modo se esconden de sus miedos sin importarles lo que hay al otro lado de las sábanas; y luego estamos las que tenemos tanto miedo que nos tapamos, pero dejamos fuera los ojos y las orejas porque tenemos miedo, sí, pero queremos ver a pesar de que está oscuro, queremos escuchar a pesar de lo que podamos oír. Somos gente que sabemos que, si no vemos y oímos, nos pondremos a imaginar y entonces tendremos mucho más miedo. Es por esto que el miedo me resulta un tema muy atractivo, por su capacidad de disparar la imaginación. Y me gusta indagar en él: cuáles son nuestros miedos y cómo decidimos afrontarlos o no. El miedo me parece un tema sin fondo y un sentimiento muy humano.

 

¿De qué manera influye la narración oral en tu escritura?

Mucho. Piensa que soy una persona que se pasa un montón de horas contando cuentos. Además la narración oral tiene algo que a veces se pierde en la escritura: la inmediatez, la sinceridad con la que el público recibe al narrador y lo narrado. Traspasando esta idea al plano de la escritura, cuando estoy trabajando en un libro, me gusta mucho jugar con eso que tiene la narración oral de llegar fácilmente a la gente, sin renunciar, naturalmente, al estilo literario, pero, al tiempo, sin alardear de cuántas metáforas puedo acumular en tres párrafos. De hecho esto es algo que no me atrae como lectora. Por eso, del mismo modo que en la narración oral, cuando escribo intento buscar una aparente sencillez para explicar las cosas, eso sí, sin ir en detrimento de la belleza y de la musicalidad de las palabras. Y, mira tú, la música es otra de las cosas que abunda también en la narración oral: hay melodía y ritmo cuando se cuenta y considero importante traspasar la musicalidad del decir a mi escritura. 

 

¿Qué cuento de tu repertorio es tu favorito?

El cuento de "Barbazul", el de "Míster Fox". Lleva conmigo un montón de tiempo y me pasó con él algo muy curioso. Lo dejé de contar una temporada porque estaba un poco harta de él. Me daba la impresión de que le faltaba algo. Pero con el tiempo lo recuperé. Me di cuenta de que era muy actual y de que le podía añadir ciertas cosas. Estoy muy contenta con el resultado. Creo que es un cuento que me marcó mucho desde el principio porque fue con él con el que recuperé mi gusto por los cuentos tradicionales y por otro tipo de ambientes en los que hay humor, pero también esa atmósfera de misterio que intento desarrollar. Y además, es el primer cuento en el que metí como recurso esa característica tan mía de hablar muy rápido.

 

Háblanos de la sesión más extraña que hayas tenido en tu vida.

Uf, hay muchos tipos de extrañeza y yo tengo muy mala memoria. Pero, mira, me sucedió una cosa de la que me acuerdo porque se la conté a alguien estos días. Hace bastantes años, estaba haciendo una sesión en el puerto de Vigo. Había muchísima gente, así que tenía que contar encima de una mesa bastante alta. Comencé la sesión, y justo al principio entraron dos señores grandes, rubios, claramente extranjeros, marineros de oficio –eso lo supe después–, y que no hablaban otra cosa que polaco. La cuestión es que no entendían nada, pero les estaba gustando mucho la función según me dijo el dueño del bar en uno de los descansos. Mientras contaba, ellos bebían y bebían y estaban tan entregados que en cada pausa me ayudaban a subir y bajar de la mesa. En el tercer descanso, me cogieron y yo noté en ellos cierta indecisión alcohólica. Efectivamente, debían ir muy cocidos porque me soltaron antes de que llegase al suelo. Total que me caí y me hice un esguince brutal. Naturalmente, alguien me llevó al hospital. La enfermera me preguntó qué me había pasado y yo comencé a contarle el asunto, la mesa, los polacos… pero de repente me di cuenta de que aquello sonaba a locura. La mirada de la enfermera resultó totalmente reveladora: para ella yo estaba mal de la cabeza. Muchas veces uso esta anécdota como ejemplo de que la verdad o la mentira no están en lo que relatas, sino en la actitud del oyente ante lo que escucha. El cuento, aunque ficción, es verdad cuando se cuenta porque en ese momento la gente cree en él, mientras que algo que realmente sucedió se vuelve falso cuando el oyente no cree en lo que dices. Por lo demás no recuerdo grandes anécdotas, sólo esas cosas pequeñas que te van cambiando. Me acuerdo perfectamente, por ejemplo, en un festival internacional, de una compañera que estaba narrando. Yo la había visto muchas veces en escena, quizás por eso me di cuenta de que ese día había algo distinto en su modo de contar. Lo hacía muy bien, como siempre, pero había algo que no te sabría describir. Aquella noche ella me lo explicó: “¿Sabes qué me pasó?”, me dijo, “cuando estaba ahí arriba, me di cuenta de que mi tiempo como narradora ya se había pasado, que ahora lo que quiero es hacer otra cosa”. Y eso me pareció tan revelador, tan bonito que lo compartan contigo, porque era una cosa muy íntima, y tan valiente, que me hizo pensar mucho.

 

Al hilo de lo que dices, si no fueses narradora, ¿qué te gustaría ser?

No lo sé. Es que me gusta mucho lo que hago. Hombre, si volviese a nacer siendo una persona distinta, con otras cualidades, físicas sobre todo, me encantaría ser bailarina o tocar un instrumento musical.

 

Volviendo a tu trabajo creativo, decías antes que la mayoría de tu repertorio procede de lo que lees…

Ahora no. Hubo un tiempo en que sí, pero ahora no.

 

Y, ¿cómo escoges los cuentos que vas a contar?

Pues depende un poco del momento en el que estoy. Al principio, mi comportamiento a la hora de escoger un cuento era totalmente adolescente. Me decía, por ejemplo: “¡Cómo mola Michael Ende! Voy a leer todo lo que escribió y voy a intentar contar algo suyo”. Bueno, en mi caso, esto no me pasó con Michael Ende, pero sí con Ítalo Calvino o, más recientemente, con Mia Couto. Con Cunqueiro no me pasó, fíjate. Me gusta mucho, pero no sentí esa llamada a contarlo. Pero después, poco a poco sin ser consciente, dejé de contar cuentos de autor y me interesé por el cuento tradicional. Era un momento en el que trabajaba mucho con niños y tenía que preparar muchos cuentos en poco tiempo, y, aunque la mayoría del repertorio que elegía procedía de libros, su estructura estaba muy próxima a la oralidad. Es lo bueno que tiene trabajar con la tradición, aunque sea en recopilaciones escritas.  Eran cuentos que te situaban rápidamente dentro de la trama, te sumergían en el ambiente y se desarrollaban con claridad por lo que yo, como narradora, a la hora de reelaborarlos no tenía más que llenarlos con mis aportaciones personales. Además, encontré en ellos imágenes inolvidables y de una profundidad que me atraparon. El otro día me preguntaban en un curso de narración por qué los narradores no cogíamos directamente los cuentos literarios para contar, pues a priori parecía más fácil. Para mí no es más fácil. Si quiero hacerlo bien tengo que respetar el estilo del escritor, reproducirlo, trasponer su voz literaria a la mía. Y eso es de lo más complicado.

 

Y cuando tienes una historia escogida, ¿cómo empiezas a prepararla?

Primero me cuento la historia en voz alta, la verbalizo y voy apuntando lo que me gusta. Cuando ya tengo claro por dónde va, se la cuento a alguien próximo, un amigo, un familiar… Hay gente que cuando me escucha decir: “Encontré un cuento interesante…”, huye. Durante esta primera vez, observo las reacciones del oyente y voy decidiendo qué funciona y qué no. Pero hasta que no cuento la historia en una sesión delante de un público, no tengo nada realmente claro. A partir de ahí sigo reelaborando la historia durante un tiempo, pero ya no la vuelvo a trabajar a solas porque pienso que así me puedo engañar mucho. 

 

¿Como narradora qué influencias has recibido?

Cuando empecé a narrar aquí en Galicia, sólo estaba Quico Cadaval. Yo a Quico lo adoro, me encanta, pero no me identifico con su estilo. La verdad es que, de una manera consciente no me quiero sentir influida por ningún narrador. Es como en la escritura, te puede gustar mucho un autor, pero no quieres escribir como él. Sí que me han influido Quico y muchos compañeros en la manera de afrontar el oficio y con sus opiniones, pero no en el estilo, por lo menos de una manera consciente. Pero hay algo en lo que sí me siento influenciada, algo que quiero rescatar para mí: la calma, la tranquilidad que algunas personas desarrollan en escena. Yo no puedo ser así, lo sé, pero intento atesorar esa calma interna que ellos emanan para el antes y el después del narrar. Eso sí que lo fui recogiendo de otros.

 

¿Tú sesión más especial?

Cuando conté en mi pueblo. Fue una sesión maravillosa. Realmente hay muchas sesiones especiales por diferentes causas: porque estás en un día malo y se produce una conexión especial con el público que tiene la magia de transformar el día; porque te encuentras con uno de esos públicos homogéneos que ni se cuestiona lo que va a escuchar ni te cuestiona como narradora, uno de esos públicos que tiene un único modo de recibir que te sorprende… 

 

¿Un lugar especial?

La biblioteca de Redondela donde empecé a contar cuando era muy joven; la biblioteca Nova 33 de Santiago; la biblioteca de Cambre, donde llevo trabajando tanto tiempo que ya les estoy contando a los hijos de los primeros oyentes… Estos lugares con respecto a los niños, pero si pienso en un espacio especial para adultos, me quedaría con el pub Atlántico en Compostela.

 

Tú cuentas en gallego y en castellano. ¿Qué supone ser bilingüe a la hora de contar?

Tardé en contar en castellano. Comencé narrando en gallego y hacer una sesión entera en castellano me costaba muchísimo: la música era otra, las palabras variaban, había con frecuencia interferencias lingüísticas… De manera inconsciente tendía a mezclar las dos lenguas. Ahora ya no me pasa. Pero hasta que no fui capaz de percibir el castellano como un idioma autónomo, ajeno al gallego aunque parecido a él, no conseguí construir una sesión entera en ese idioma. Hoy en día identifico y separo perfectamente las dos lenguas a la hora de contar. Eso sí, cuando llevo mucho tiempo narrando en castellano y vuelvo a Galicia, siento alivio. Debe ser porque me siento más libre expresándome en la lengua en la que comencé a contar.

 

Tú también trabajaste en la televisión. ¿Qué supuso para ti?

Supuso un inconveniente. Yo trabajaba en una serie que se veía mucho y tenía un personaje muy característico. Cuando contaba, la gente no quería ver a Paula, sino a Carmiña. La verdad es que el teléfono hervía de ofertas para que Carmiña fuese a contar cuentos. Lo que ellos esperaban era algo acorde con el personaje, cuentos tipo chiste, breves, socarrones y tirando a verdes, no lo que yo, como Paula, suelo narrar. Seleccionar lo que yo podía contar en función del personaje no me compensaba. Pero, como te decía más arriba, aquí existe mucha dificultad para diferenciar la realidad de la ficción. Tú eras Carmiña, por consiguiente tenías que contar como ella. Por eso, en aquella época en Galicia trabajaba mucho para los niños y en bibliotecas, pero muy poco para adultos. Ahora eso ya pasó.

 

En tu último espectáculo teatral mezclas lo dramático con lo poético. ¿Qué relación establecerías entre poesía y narración oral?

La poesía es fundamental en la oralidad. Creo que los grandes narradores son grandes poetas. Para mí, la poesía y la narración son música, ritmo, repeticiones… Y me di cuenta de que echaba de menos eso en las propuestas teatrales.

 

¿Qué te gustaría experimentar como narradora que aún no hayas experimentado?

El erotismo. Me digo, ¿por qué no? ¿Por qué tener límites? ¿Por qué ser gótica siempre? No me interesa la pornografía, sino el erotismo, pero me cuesta mucho la selección de historias.

 

¿Qué libro recomendarías?

Uno que estoy leyendo ahora de Michel Tournier, que me encanta, Le roi des aulnes, El rey de los alisos. Y además también recomendaría leer antologías de cuentos tradicionales. Hay algunas editadas desde un punto de vista antropológico o filológico que son más duras de leer, pero existen otras que son una delicia, como la de Ítalo Calvino, Cuentos populares italianos. En Galicia está Antonio Reigosa del que recomiendo Arrepíos e outros medos.

 

Me estoy acordando ahora de ese día en que estábamos Campa, tú y yo hablando y de pronto caímos en la cuenta de que los tres éramos de la estirpe de narradores a los que no les contaban cuentos de pequeños…

¡Es verdad! Tengo una función que se llama "Los cuentos que no me contaron", en la que intento exorcizar este asunto. Muchas veces conviertes en ficción tu vida para hilar una sesión o para darle consistencia. Yo, en esta que te digo, hablo de que mi madre no nos contaba historias de pequeños. La cuestión es que llegué a un punto donde ya no sabía si lo que contaba era cierto o no y tuve que llamar a mi hermano para preguntarle. Parece que me acerco bastante a la realidad. Verás, la cosa tiene su chiste. Según mi madre, ella nos contaba un montón de cuentos cuando éramos pequeños. Si le preguntamos qué cuentos nos contaba, ella responde: “¡Uy… todos, todos!” Pero nunca concreta cuáles. Nosotros siempre contraatacamos: “¡No, todos no, "Caperucita" nunca nos lo contaste!” A lo que ella responde con naturalidad: “Ese no, claro, ese no os lo contaba. ¿Para qué os lo iba a contar si ya lo sabíais?” Y se queda tan ancha. Lo cierto es que había un cuento que sí nos contaba, un cuento que a ella le gustaba mucho. Me acuerdo mucho de él porque era el único que le escuchaba, ninguno más. Y también es verdad que le dábamos tanto la vara que, para que la dejásemos tranquila, nos compró un disco de vinilo que nos ponía una y otra vez. Ese era el amor de mi madre por los cuentos, aunque ahora lo niega todo. Mi abuelo materno sí que nos cantaba alguna canción, pero…

 

La tarde sigue. Y la conversación… Y los cuentos.

 

Esta entrevista se publicó en el Boletín n.º 47 de AEDA – Diversidad lingüística y narración


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