Concha López Llamas es bióloga, profesora, escritora y sobre todo amante de la naturaleza. Ella dice que su mejor escuela han sido los robledales, los campos de cultivo, los bosques de ribera y el río negro de su tierra de la Carballeda, en Zamora. Después de la publicación de su novela  Espejo lobo (2018) nos apetecía charlar con ella sobre la relación entre el ser humano y el lobo. El resultado es esta entrevista que podéis leer a continuación.

Entrevista realizada por Tània Muñoz, Sherezade Bardají y Eugenia Manzanera para el Boletín n.º 66 de AEDA – ¡Que viene el lobo!

 

Concha López Llamas 

¿De dónde viene esa pasión por el bosque?

El bosque, o el monte como me enseñaron a llamarle mi familia rural desde pequeña, es el lugar en el que habita mi yo más primario, el más propio, configurado durante la adolescencia como negación de consignas antrópicas de toda índole. En él reside la libertad que deseo y entiendo, condicionada por la expresividad del resto de las especies. Sus límites los acepto y me equilibran. Entre los demás seres me siento en paz, en armonía. El vínculo con el monte es tan grande que es, para mí, continente y contenido a la vez. Esté yo donde esté, va conmigo y me define como persona.

 

Háblanos del lobo como especie.

El lobo es una especie clave en el ecosistema. Como depredador situado en la cima de la pirámide trófica es capaz de desencadenar una serie de efectos indirectos y amplificados sobre el resto de las especies, interviniendo incluso en la geomorfología del territorio, fenómeno conocido como cascada trófica generalizada. De hecho, su erradicación puede generar desde graves a irreversibles problemas como se muestra en el vídeo titulado “Cómo los lobos cambian los ríos” (How wolves change rivers link). Por otro lado, sus cualidades como animal social son magníficas. La estructura y jerarquización de los miembros de la manada han sido imprescindible para la supervivencia de Canis lupus a lo largo de miles y miles de años de historia que, añadido a la condición de especie generalista, que se adapta a diferentes condiciones ambientales y tróficas, y a la comprobada inteligencia que emplean de continuo, hace que estos cánidos silvestres sean merecedores del galardón a la resistencia. 

 

¿La visión que se tiene de él habitualmente concuerda con la realidad?

Normalmente no. Buena parte de la humanidad ha volcado en el lobo aquello que no quiere ver de sí misma, que le asusta, definiéndose como lo opuesto. Encontraron apoyo, por ejemplo, en la religión judeo-cristiana, encargada de significarle como el mismo diablo, como dan fe los escritos bíblicos. El ser que encarna toda la maldad del mundo. Otros pueblos, sin embargo, lo encumbraron hasta lo más alto. Para los japoneses, el lobo era un dios, y construyeron templos en su honor; y para los inuit, es el ser más cercano al espíritu del Universo. Es a lo largo del siglo XX, con el surgimiento de la Ecología como ciencia, cuando la imagen del lobo se aproxima más a la real. El conocimiento de su fisiología, etología y su rol ecológico es más que suficiente para dignificarlo y respetarlo, sin necesidad de fantasear. Canis lupus es fascinante. Por eso decidí que protagonizara algunos de mis trabajos literarios. ¡Tiene tanto que enseñarnos!

 

¿Crees que el ser humano y el lobo pueden convivir?

De hecho, en Iberia, el lobo no ha llegado a desaparecer desde el Paleolítico, si bien, en los años setenta del pasado siglo, la población quedó extraordinariamente mermada en la mayor parte del territorio, debido a la persecución antrópica como resultado de las bajas que provocaba a la ganadería, que entonces podríamos denominar como de subsistencia.

Pero no siempre sapiens ha perseguido a muerte a lupus. Muy atrás quedó aquella relación en la que sapiens no le perdía de vista para aprender de él su forma de desplazarse por el territorio con el menor gasto de energía y la menor pérdida de miembros de su grupo familiar; para reproducir sus artes de caza como estrategias de supervivencia, cuando no le robaba piezas de carne o se hacía con sus restos sobrantes. Sin embargo, ahora, momento de máximo antropocentrismo soportado por un modelo de economía capitalista en el que solo caben en el planeta aquellas especies que sirvan a los intereses del mercado establecido, el lobo se concibe como un competidor implacable y la coexistencia se percibe, por la mayoría de la población humana, como algo muy complicado, casi imposible.

 

¿Es posible un cambio?

Es necesario un cambio, y debemos imaginarlo para lograrlo. El “sapiens-necio” del Antropoceno no acepta la biodiversidad; no se concibe como ser ecodependiente, de manera que todo cambio debería pasar por re-significarnos como individuos y como especie en este y en otros temas, que el apelativo de necio nos lo hemos ganado a pulso. 

 

¿Cómo crees que podría llevarse a cabo esta convivencia? 

Para convivir con el lobo, o con cualquier especie, debemos modificar nuestro sistema de valores. El sistema en el que estamos inmersos nos ha hecho creer que solo tiene valor aquello que se mide en euros o en cualquier otra moneda de cambio, pero la calidad de vida nada tiene que ver con el Producto Interior Bruto de un país. Los valores que aporta el lobo son muchísimos y no cuantificables. ¿Hay algo más intenso que sentir su presencia entre las matas de escobas o de urces, o en la espesura del robledal?  ¿Quién más que él en estos parajes nos conduce virtualmente hacia espacios mistéricos donde habita la vida y la muerte al mismo tiempo? ¿Dónde si no con él próximo podríamos percibir la vulnerabilidad de ser presa y el poder de ser depredador? ¿Quién como él mantiene a la vez nuestro instinto animal alerta y nuestro intelecto en forma?

 

¿Qué lugar crees que ocupará el lobo en nuestra sociedad dentro de treinta años?

Depende de cómo hagamos los deberes en el presente. Es evidente que, si las administraciones siguen como hasta ahora, permitiendo su caza y la de sus presas, dentro de treinta años, de existir lobos, la especie estaría en condiciones muy precarias, con escasa variabilidad genética. Para que el lobo, en el futuro, siga coexistiendo con nosotros en armonía y con buen estado de salud, se deberían cumplir una serie de requisitos esenciales. Por ejemplo, conseguir que la Directiva Habitat europea se cumpla en todo el territorio español y el lobo se considere una especie protegida; y que cambie el sistema de valores de los españoles en relación con los animales silvestres y domésticos, parejo al reconocimiento de nuestra condición animal y nuestra conciencia como seres ecodependientes. Si así ocurriera el lobo habitaría espacios no antropizados con presas suficientes para autogestionarse sin interaccionar tanto con los animales domésticos y, así, todos más tranquilos y felices. Difícil tarea, pero no imposible. El ecologismo, el ecofeminismo, el antiespecismo, son movimientos cada vez más numerosos y habrá que confiar en su capacidad conjunta de generar nuevos paradigmas para habitar la Tierra.

 

¿Qué es el ecofeminismo? 

El ecofeminismo es un pensamiento y una praxis, y se enriquece o potencia con la interacción entre los dos movimientos que lo constituyen: ecologismo y feminismo. Hay muchas maneras de definirlo porque hay distintos tipos de ecofeminismos, pero todos ellos se enfrentan al dominio que el heteropatriarcado ha ejercido sobre la mujer y sobre la naturaleza no humana por considerarse superior a ellas, lo que le permite instrumentalizarlas, maltratarlas-sobreexplotarlas, y en ocasiones hasta acabar con sus vidas. 

 

¿Crees que los niños y las niñas reciben una educación ambiental y feminista adecuada?

La educación ambiental se ha introducido en la mayoría de las escuelas de una forma teórica y esto es del todo ineficaz. Una verdadera educación ambiental debe pasar por la modificación de hábitos cotidianos, en relación con el respeto a los recursos de la Tierra para reducir su consumo, reutilizarlos y reciclarlos, y en esto debe involucrarse la escuela en colaboración con las familias, y te puedo asegurar que esto no se hace, salvo en raras ocasiones desgraciadamente. Pero la educación ambiental es mucho más que poner en funcionamiento la regla de las tres erres. Debe ofrecer una visión global de cómo nuestro comportamiento afecta al Planeta, a nosotros y al resto de las especies, y los currículos no contemplan esta formación de una manera integral. Al sistema económico vigente no le interesa que haya ciudadanos críticos con su manera de gestionar la vida. ¿Acaso se educa a los niñxs y adolescentes sobre cómo deben alimentarse para que haya alimentos suficientes para todas las personas, sean del continente que sean? ¿Acaso se les enseña a calcular la huella ecológica que producen en el planeta en función de la vida que llevan? ¿Se les hace conscientes de cómo influyen en el calentamiento global y en cómo este hecho afecta ya a las personas más desfavorecidas de la Tierra, especialmente las mujeres por los roles que desempeñan (acarreo de agua, por ejemplo, teniendo en cuenta que cada vez tienen que ir más lejos para conseguir algo del líquido vital)?

En cuanto a la igualdad de género se trabaja mejor desde el aula, siempre y cuando el profesorado sea consciente de cómo nuestro comportamiento cotidiano está impregnado de todo tipo de gestos machistas. Como esto no es fácil de percibir, convendría que estos profesionales recibieran formación al respecto. La sociedad sigue siendo muy machista; la violencia de género se vive también en el aula, bien como reflejo de lo que sucede en la calle o en las familias, bien como resultado de la propia coexistencia de puertas hacia adentro. El Centro Docente debería dar entrada a proyectos educativos específicos que potencien la igualdad entre sus miembrxs. También es necesario vetar los contenidos sexistas que hay en los materiales educativos y potenciar aquellos que hacen referencia al género femenino. En los libros de texto son escasísimos los referentes femeninos. Quienes los escriben deben ser conscientes de ello e incorporar mujeres célebres, que las hay en los diferentes campos del saber, para que sirvan de referencia a los y las estudiantes. Pero al igual que con la educación ambiental, la educación en igualdad de género debe traspasar la frontera del Centro Escolar para que su desarrollo sea más eficaz. Familias, Profesorado y Municipios deben trabajar conjuntamente. 

 

 

Entra entrevista se publicó en el Boletín n.º 66 de AEDA – ¡Que viene el lobo!


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