La narradora tinerfeña Laura Escuela realizó, por encargo nuestro, esta entrevista a la cuentista y escritora Montserrat del Amouna de las pioneras de la narración oral en España. La entrevista  se celebró dentro de las jornadas presenciales del VI Máster del CEPLI, el 10 de julio de 2012 en la misma aula que le sirve de homenaje.

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Montserrat, aunque te conocemos principalmente como escritora, has sido un referente importante en la historia de la narración oral española y en la implantación de la hora del cuento en las bibliotecas. ¿Cómo llegas hasta la narración oral? 

Llego por obligación. Dicen que el escritor nace escritor. Yo desde muy pequeña decía: “Voy a ser escritora”. Mis hermanos mayores y mis padres me contestaban: “Pero qué dices, ¡eso es muy difícil!” “No me importa. Voy a ser escritora”, contestaba. Nací escritora. Narradora no. Llegué a la narración porque me lo pidieron. Me vino impuesta por dos bibliotecarias que fueron las dos primeras mujeres que aprobaron la oposición a bibliotecas: María África Ibarra e Isabel Niño, que hicieron en los años cincuenta algunas de las primeras grandes exposiciones en la Biblioteca Nacional de Madrid con mucho escándalo debido a la censura. En aquel momento los niños no se sentían cómodos en las bibliotecas. Llegaban y veían aquellas grandes escaleras, aquellos pasillos, todo lleno de madera y barniz… pero ellas comenzaron a trabajar con niños, les abrieron las puertas. Entonces me llamaron e insistieron para que fuera a contar cuentos. Así que en los cincuenta empiezo a contar. Alterno las dos actividades: escritura y narración. En temporadas han pedido más sesiones de cuentos, otras menos. En mi vida escribir es constante, en cualquier situación… lo de contar es más circunstancial y depende de que me llamen o no.

 

Imagino que una infancia rodeada de libros facilitó tu acercamiento a la narración.

Tuve una larga experiencia como oyente. Éramos muchos en casa. Pasé la Guerra Civil en Madrid y estábamos rodeados de libros. Leíamos y se contaba de todo. Recuerdo desde muy pequeña a mi padre yendo de la habitación de mis padres a la mía contándonos La Odisea. Mi madre nos leía teatro: El Vergonzoso en Palacio, Cyrano de Bergerac… Mi padre le decía: “Eso no son cuentos para niños” y ella le contestaba: “Anda que los que cuentas tú…”

¿Qué contabas? ¿Dónde?

Contaba cuentos populares y tradicionales. Las versiones más cercanas al documento oral: los hermanos Grimm, los cuentos de Ándersen, aunque él es más libre cuando recoge, pero también. Nunca cambiaba ni adaptaba los argumentos. Siempre he pensado: ¿A usted le parece que tal o cual cuento es cruel? Pues no lo cuente, busque otro.

Los cuentos que han prevalecido y se han seguido contando a lo largo de los años lo han hecho por su valor simbólico. Por algo estarán ahí. Recuerdo versiones espeluznantes en que, por ejemplo, el lobo de Caperucita era el guarda de un parque infantil. ¡Eso es un disparate! Pienso que no hay que adaptar. 

He contado en muchos sitios: bibliotecas, colegios, centros de la tercera edad, conferencias… De hecho he contado cuentos a los diez minutos de un terrible terremoto en Santiago de Chile en el hall de un hotel. La gente estaba muy asustada: en ropa interior, otros cubiertos con mantas… había de todo. Cuando nos dejaron entrar en el hotel había hablado en el Congreso de Escritores sobre la narración oral y había dicho que servía para todo. Lo afirmé rotundamente. Así que allí, en aquel hall, dije: vamos a ver si vale para pasar el susto tras un terremoto. Y conté cuentos. Y sirvió.

Sabiendo el qué y el dónde, nos falta el cómo.

Un cuento se cuenta dependiendo de de dónde se tome. Un cuento de la narración oral o el capítulo de una obra actual no se cuentan igual. Por ejemplo, sobre el proceso a la hora de narrar: cuento mucho el capítulo seis de El Quijote. Al hacer la adaptación  para narrarlo no lo escribo y no intento memorizar. Lo que hago es un esquema claro de lo que quiero contar, los puntos importantes, y ese esquema lo tengo presente en el momento de narrar. Si uno se esfuerza mucho y se pone a memorizar, a la hora de transmitir el cuento a los oyentes estás pendiente de no olvidarte de nada y no atiendes al cuento. El esquema facilita mucho más la tarea y te da libertad. 

Cuando empiezo a contar, el tiempo de narración también hay que estructurarlo bien. Yo dedico una parte importante a la introducción. Luego relato el cuento y el final es rapidísimo. Digo la fórmula de “y Colorín Colorado, este cuento se ha acabado” y allá se las entiendan los niños.

Pero la introducción sí me parece importante. Puede tener varias facetas: a lo mejor es un cuento cuya acción ocurre en el pasado y es esencial situar la época histórica o la localización geográfica del cuento para que se entienda bien. Dejo que intervengan los niños únicamente en la introducción y aviso de que cuando empieza el “Érase que se era” y hasta el “Colorín Colorado” se respeta el espacio mágico de la historia y no se puede meter la mano ahí. Nadie puede intervenir y eso lo aceptan hasta los más pequeños, porque en ese momento la narración tiene que tener un ritmo, una cohesión y una unidad que no se puede romper. 

Sobre el vocabulario, a veces en la introducción comento algunas palabras que estaría bien que supieran porque en ese cuento determinado va a decir mucho. Pero por lo demás no me preocupo mucho por que ellos tengan que entender todas las palabras. Lo básico es crear una estructura gramatical de frase muy clara: sujeto, verbo y predicado. Y no abusar de los pronombres porque se pierden. Más vale repetir el nombre del protagonista. A veces dentro del relato también conviene usar algún epíteto. El valiente Ulises o el astuto Ulises, el rápido Aquiles… y así el niño los relaciona y le es más sencillo.

¿Existen los cuentos infalibles?

Existen los buenos cuentos. Sin embargo, no hay nada que funcione siempre bien. Es preciso ver al grupo y saber qué quieres decir y cómo, a qué dar preferencia… funciona en todos sitios igual, en narración, en conferencias... 

Siempre depende del grupo. El tono distendido que estoy usando contigo lo uso con gente de 17 y les sienta mal, no aceptan el humor ni las bromas que les pueda hacer del mismo modo, y suelo tener que recurrir al tono de “experta” e incluso de “pedante”. 

La experiencia te da todo, nada de que “los toros de Mihura agachan la cabeza para embestir.”

A mediados de los sesenta se publica “La hora del cuento”, que ayudó mucho y sigue siendo referente claro a quienes quieren dedicarse al mundo de la narración. Este libro fue el fruto de muchos años contando cuentos en las bibliotecas de Madrid. ¿Cómo recuerdas esas experiencias?

Bueno, allí recogí las experiencias de todos esos años trabajando y contando. Ahora, ese libro, después de todas las nuevas experiencias que he vivido trabajando tantos años ha sido reescrito y va a ser publicado por SM. Se titula “Cuentos Contados” y es una revisión de aquel libro. Tiene un corpus de los cuentos que suelo contar y explico cómo han llegado hasta mí. También incluirá unas nociones elementales de historia de los cuentos orales, grandes colecciones existentes…

A la hora de contar a niños y adolescentes, ¿qué diferencias encuentras entre los de antes y los de ahora? 

Los modelos que tienen los niños de ahora son los de la televisión. Como todos están viendo lo mismo en el mismo momento, hablan de eso siempre y no parecen tener muchos más referentes.

Lo que cambian son los referentes, no los niños.

A mí me gusta mucho trabajar con ellos fomentando su imaginación, haciéndoles pensar. Antes la vida facilitaba más la imaginación. Ahora parecen estar encorsetados y cortados por el mismo patrón.

Mira, hay una actividad que realizo: meto en una bolsa objetos extraños y diferentes. Lo planteo como un ritual mágico. Los chicos deben sacar un objeto y ponerlo en el pupitre.  Les digo: en el mundo solo existe ese objeto y tú. Debes escuchar a ese objeto a ver qué cuenta, a ver cuál es su historia.

Todo el mundo tiene una historia, lo que pasa es que no escuchamos a lo que nos rodea. A los cinco minutos hacen grupos y se cuentan la historia unos a otros. Luego construyen una entre todos, combinan las que han creado, completan alguna de ellas... y luego se narra a los demás.

La cuestión es despertarles, que vivan un enfrentamiento con la realidad. No limitarles, siempre se les limita y antes tal vez eso ocurría menos.

Me dan miedo a veces los niños de entre 8 y 12 años, porque pueden estarse perdiendo su infancia. Les digo: agarra bien al niño que eres. Y también lo digo a los adultos: agarra bien al niño que fuiste. 

Yo no he perdido a la niña que fui. Es un don que tengo.

Contar a niños o a adultos. ¿Diferencias? ¿Preferencias?

Contar a los niños es lo típico, lo esperado, lo que parece que debería ser obligatorio. Sin embargo, es muy interesante contar a los adultos. Lo viven de una manera muy intensa. La forma en que atienden y siguen las historias... y que después digan cosas como: “Nadie me había contado un cuento desde que tenía seis años y me los contaba mi abuelo…” es muy gratificante. 

Me gusta contar a adultos, pero siempre con la sugerencia de que luego se muevan, de que los cuentos no se queden en el aplauso sino que se sigan contando, que rueden de boca en boca y se lleve a cabo la verdadera oralidad.

¿Por qué contar cuentos?

Es parecido a por qué escribir, o por qué hacer cualquier otra cosa. 

Lo que más me gusta de lo que generan los cuentos es la unión intergeneracional. Provocan el contacto. 

Verás, tengo una anécdota de cuando escribí Patio de Corredor, que fue el libro con el que gané mi primer premio literario.

Lo estaban leyendo unos adolescentes en una escuela. Uno de ellos me contaba su historia: “Al abuelo ya no lo podíamos dejar en el pueblo en invierno. No quería venirse a Madrid sino quedarse en el pueblo y estar siempre allí. Pero mi madre se lo trajo. Se pasaba el día entero en el cuarto de estar y mi madre le quitaba el polvo de vez en cuando.  Y cuando traje esta novela, le empecé a preguntar a mi abuelo cosas de la guerra, de esas que salían en el libro.” 

Se hicieron amigos. Uno preguntaba y el otro le contaba, y hablaron tanto, tanto, que ya no dejaron de hacerlo. 

Actualmente existen por toda España numerosos festivales de cuentos que promueven la narración oral para público de todas las edades.  Los cuentistas se han hecho con algunos lugares que a priori no estaban destinados a la narración, como teatros, bares,  donde desarrollan sus actividades, aparte de en las escuelas, bibliotecas... ¿Cómo valoras el mundo de la narración oral actual? ¿Crees que se puede vivir del cuento? ¿Cuál es el papel que se otorga a los narradores?

El ideal de narración es lo que se basa en la palabra. Cuanto menos esté cargado de artificio una narración oral, mejor, sobre todo si queremos utilizarlo como técnica de animación a la lectura o de promoción lectora.

Yo apoyo a la filosofía de la narración centrada sobre todo en la palabra. Lo otro está más cerca del espectáculo. Mantener la atención del público a través de otras cosas... no. No me interesa ese tipo de narración.

Sobre la profesionalización de la narración... todo tiene sus aspectos positivos y negativos. Creo que todo el mundo puede contar y que no hay que dar la sensación de que es difícil. Cuando se profesionaliza demasiado da la sensación de que se aleja de la gente. Actualmente veo mucho a la narración tirando hacia el espectáculo, cuando realmente es mirar a cada una de las personas a quienes se cuentan, tenerlas cerca. No se narra para un grupo, se narra para cada uno de los miembros de ese grupo. Cada oyente se siente interpelado de una manera personal y eso es muy importante.

Hay un espacio de narración muy gratificante para contar que es el interior de un coche en marcha. Es enormemente bueno. El tedio de un camino largo, del cansancio, del cuándo llegamos, cuánto falta... es un gran momento para contar cuentos. Lo he hecho mucho y funciona.

Para terminar y despedirnos: si tuvieras que escoger un cuento para contar ahora mismo, ¿cuál sería?

En mi libro “Tres caminos”, hay un cuento llamado “El camino de la sabiduría”. Tiene un mensaje zen. Es la historia de un muchacho campesino que vivía en un vallecito de una de las islas de Japón y que apenas sabía leer. Se pasaba el día segando y cavando, trabajando, jugando, riendo... pero un día oyó hablar de “el hombre sabio que vive al otro lado de las montañas”. Las gentes alababan su juicio y repetían sus enseñanzas. El muchacho decidió partir de viaje para conocer a ese gran sabio y conseguir saber tanto como él. Así comenzó su andadura a través de montañas, campos de arroz, bosques de cerezos, arroyos, laderas... hasta que, tras largas jornadas de viaje en las que apenas se detuvo para comer y dormir, llegó al lugar donde el sabio vivía. Lo encontró meditando, aunque él no sabía qué era eso. Se sentó frente a aquel hombre arrodillado en el suelo y comenzó a hablar. Le contó quién era, de dónde venía y qué quería. Le dijo cuáles eran todas sus virtudes y le invitó a que le acogiera como discípulo. El sabio no respondió. El niño siguió insistiendo durante largo rato. Al cabo de un tiempo, el sabio tomó papel de arroz y con tinta, escribió: ATENCIÓN. Luego dio el papel al confuso muchacho, que, al leerlo con dificultad, siguió hablando de todas sus virtudes y toda la atención que pondría a las enseñanzas que el sabio quisiera transmitirle. Tras mucho tiempo hablando, el sabio volvió a escribir en un papel: ATENCIÓN. El niño no comprendía. Así, una tercera vez. Ya cansado de lo que a él le parecía una burla, se marchó con rabia, pensando en lo desagradable y egoísta que le había parecido aquel hombre al que todos admiraban.

Ahora que no tenía tanta prisa, que la ilusión y la alegría por llegar habían sido sustituidas por desencanto y amargura, se paró mucho rato a comer, a beber del arroyo, a lavarse y disfrutar de la corriente, a aspirar el perfume de los árboles y la hermosura del paisaje... y de pronto comprendió: ahora veía el mundo tan bello porque lo estaba mirando y disfrutando con ATENCIÓN. Sin quererlo, lo había aprendido. Y ya había encontrado el camino de la sabiduría.

Creo que para trabajar, para estar inspirado, para todo, es necesario vivir con atención y profundidad cada momento de tu vida. Lo que se tiene es este instante. Es algo básico.

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PS. Una vez publicada esta entrevista le llegó a Laura Escuela esta fotografía de Montserrat del Amo contando cuentos en el hall del hotel, en Chile, unos minutos después del terremoto (historia que la propia Montserrat cuenta en la entrevista). La imagen es de César Hernández Colón y fue enviada por Georgina Lázaro. Aquí os dejamos el enlace al blog de Laura donde explica todo. Muchas gracias a los tres.