Uno no elige su público… así comenzó Nicolás Buenaventura la conversación que mantuvimos a través de la pantalla, él en Colombia y yo, Carmen Sara, en España, sobre las cárceles y la experiencia de contar cuentos en espacios privados de libertad. Fueron más de cincuenta minutos en los que no hubo desperdicio. Aquí he intentado transcribir lo que me contó, espero que les sea de provecho, para mí sin duda lo fue.
Contar cuentos en las cárceles
Uno no elige a su público. Igual que no quiero vivir en un lugar donde los gobernantes eligen a su pueblo, entiendo que es la gente la que elige qué cuentos quiere o necesita escuchar. Hay muy pocos lugares en los que me he negado a contar. Recuerdo uno, en un festival en el que me invitaron a contar en un prostíbulo, y en ese momento pensé que si alguna historia merecía ser escuchada, eran las historias de las mujeres que trabajaban allí.
Fui a contar historias a las cárceles de La Picota y La Modelo porque un periodista quiso hacerme una entrevista en el periódico El espacio, un periódico “amarillista” (la sabiduría popular dice que si uno pone un ejemplar de El espacio en la calle, llegan los buitres, por la carroña que publica). Al principio, pensé rechazar la oferta, pero luego reflexioné que si había aceptado entrevistas en otros periódicos nacionales, por qué no iba a aceptar en este. La condición que le puse es que no cambiara ni una sola palabra, y él aceptó. A raíz de esta entrevista, vino la petición de los presos de que yo fuera a contarles cuentos a La Picota y La Modelo, ya que El espacio es el periódico que circula en las cárceles.
Cuando era pequeño, había un compañero de clase que tenía un hermano preso (era un preso político). Me enteré porque cuando vas a la cárcel te ponen un sello en el antebrazo y a mi compañero le había quedado la marca. Cuando le pregunté qué era eso, me contó que su hermano estaba preso y le dije que quería ir con él a visitarlo. Me hice muy amigo de su hermano. Los presos políticos tienen un papel muy importante en las cárceles porque se vuelven maestros, enseñan a escribir, a leer... Él organizó para algunos presos un encuentro en el que estuve contando historias junto a algunos amigos músicos. Ese encuentro fue mi comienzo de contar en estos espacios.
Muchas veces, cuando estoy en estos lugares, tengo una idea de lo que voy a contar, pero recuerdo que en Las Palmas me llevaron al centro penitenciario Salto del Negro, y una de las historias menos recomendables en esa situación fue precisamente la que salió de mi boca, "El cuento del pájaro libre". No fue un acto de valentía ni de audacia, sencillamente fue la historia que quiso salir de mi boca en ese momento, y fue muy importante.
En otra ocasión, fui a contar cuentos a una cárcel para menores en Cali. Era una situación muy complicada, se notaba una tensión muy fuerte, y para mí lo primero fue tratar de escuchar ese momento, escuchar qué historias había allí, qué historias podrían tener cabida, y pensé en historias que tuviesen un final donde se pudiera elegir, porque elegir es un acto de libertad. Cuando uno va a lugares en los que las personas que están allí son consideradas como dañinas para la sociedad, es importante escuchar para saber cuál es la palabra que se ha de pronunciar.
El sentido de las palabras
Las palabras cobran un sentido diferente en las cárceles. Las palabras que usamos cotidianamente adquieren otro significado, tienen una dimensión distinta: lo justo, la libertad, el estar preso… Por ejemplo, la palabra detenido es una palabra terrible, porque las personas somos movimiento. La palabra libertad no tiene el mismo significado para quien vive preso que para quien no está en esa situación.
La palabra justicia y su relación con lo justo, en ese mundo, son dos palabras que no tienen nada que ver. Alguien puede haber cometido un delito y la justicia lo ha puesto en ese lugar, pero no es justo lo que le está pasando, no es justo lo que está viviendo. La justicia es un código para poder vivir juntos como sociedad, es una lengua que hay que hablar, pero lo justo es otra cosa. No van juntos y muchas veces se confunden. Para quien recae el peso de la justicia, su condena puede ser excesiva, injusta, y para quien está imponiendo la justicia, puede insuficiente. Por eso, entre justicia y justo hay un abismo, no existe una continuidad. Ese lugar que existe entre la justicia y lo justo es un lugar que los cuentos pueden explorar.
El apodo es también una palabra muy importante. En la cárcel, todos tienen otro nombre distinto al que tienen fuera, un nombre que le define en ese lugar. En mi última novela, hay dos personajes que están en la cárcel, a uno lo llaman “Sobrado de tigre” que viene a significar “pobre de él, no queda casi nada” porque le han despojado de todo, porque está roto por dentro y por fuera. Y al otro lo apodan “Rebusque”, porque en las situaciones más complicadas sabe rebuscar, encontrar una astucia para sobrevivir.
Historias que cambian historias
Las historias no pueden cambiar la realidad, pero sí eso que nosotros creemos que es la realidad. El lenguaje, las hipótesis, los textos, los cuentos, nos permiten percibir la realidad. Nos contamos historias sobre lo que fuimos, lo que somos, para poder entender y entendernos como sociedad. Y esas historias que nos contamos solo las pueden transformar otras historias. El sentido de la ficción, de los cuentos y las historias, es transformar los cuentos que nos contamos. Todo el tiempo nos estamos contando cuentos, necesitamos contarnos cuentos, de todo hacemos un cuento. Pero esas historias que estamos construyendo todo el tiempo, a veces abren posibilidades y a veces las cierran. Nos hemos tragado muchos cuentos, como en estos momentos, que nos estamos tragando muchos cuentos (como el cuento de que una potencia puede matar a todo un pueblo de hambre porque se está defendiendo). Esos cuentos hay que bombardearlos con otros cuentos, contraatacarlos con otros cuentos. Lo que un cuento puede cambiar es a otro cuento.
Los cuentos que yo cuento me superan y me han cambiado la manera de amar, de pensar, de percibir y me han transformado. Las historias que narro las cuento porque a mí me han “reventado”, me han roto, me han cambiado… Ese poder transformador que tienen las historias no está en las historias, ni en quien las cuenta, sino en quien las escucha y las elige para que le transformen. Mi función como cuentero es asumir palabra a palabra las historias que cuento, tienen que estar relacionadas conmigo, que pasen por mi cuerpo, por mi piel. Uno es responsable de la historia que cuenta, entender hasta dónde puede llegar cada palabra dicha, nombrar bien las cosas (y eso es una responsabilidad política). Cuando uno nombra mal, está dando una visión tergiversada de lo que puede estar ocurriendo (no se puede llamar defensa a lo que es genocidio e imperialismo, como está ocurriendo en Gaza). Como cuenteros, como cuenteras, nuestro deber es nombrar bien, ese es nuestro poder.
Las cárceles
Creer que las cárceles son espacios para reinsertar en la sociedad es un cuento que nos han contado. ¿Cómo se puede entender que una persona que se la coloca fuera de la sociedad va a ser educada para integrase en la sociedad? La cárcel hay que asumirla y entenderla como un castigo. No está haciendo el proceso de reeducación integral. Las cárceles son lugares donde muchos se radicalizan contra la misma sociedad. La privación de libertad como castigo es perversa. Sabiendo, además, que allí conviven personas por causas muy distintas, que hay personas que han cometido delitos por sus carencias en las relaciones sociales, por dificultades mentales.
Crecí en Colombia, en una época en la que ser joven era un delito. Me detenían a menudo porque no tenía todos los papeles que había que tener. Me llevaban a las comisarías a limpiar los inodoros porque siempre me faltaba algún documento. Una vez estuve detenido porque escribí varios grafitis en Cali. Éramos cuatro, nos detuvieron a dos y estuvimos presos una noche y todo el día siguiente. Cuando me hicieron firmar en el libro de la comisaría de policía el documento que decía que había sido detenido por escribir en las paredes, dije que quería que se reflejasen los grafitis que habíamos escrito, no quería que me acusasen por otros distintos. Uno era “Mato, luego existo. Sicarios S.A.”, otro “Ayúdate, que nadie te ayudará”, un tercero, era un verso de César Vallejo “Tanto amor y no poder nada contra la muerte”, y el último “Hieronymus Bosch préstame tus alucinados ojos”. La vida me dio la ocasión de dejar por escrito las palabras por las que había sido detenido. No hubo ninguna condena, solo el miedo, el castigo, el escarnio... pero tengo que confesar que allí, en las horas interminables que pasé pegado a la reja de aquella comisaría, sentí que había entrado en otro mundo del que no estaba seguro de poder salir. La libertad es también un estado frágil que podemos perder.
Para acabar
“Una persona normal es alguien que es capaz de contar su historia” Oliver Sacks.
Los cuentos pueden combatir los cuentos que te cuentan, pero también nos permiten contar nuestra propia historia. Somos una especie que necesita contarse para poder vivir. Solamente contando, podemos habitar el mundo, contándonos los unos a los otros para poder estar juntos.
Carmen Sara conversó con Nicolás Buenaventura para el Boletín n.º 105 – Cuentos en cautividad



